Mis amigos compran pisos y gastan dinero en reformas, mientras que mi novia ha malgastado todos sus ahorros intentando aumentar nuestro patrimonio.

Life Lessons

Todo el mundo tiene una esposa encantadora, y yo he acabado con una metepatas de campeonato.

Iba por ahí presumiendo, diciendo a diestro y siniestro que después de la boda, nos compraríamos un piso sin problema, porque los invitados habían soltado buena pasta y nuestras familias nos echarían un cable. Pero la realidad fue bien distinta: sus padres nos soltaron que, ya que ella había tenido el brillante plan de casarse con un agente inmobiliario sin futuro a los veinte, sin acabar la carrera ni nada, pues nos las apañásemos con el tema del piso. Literalmente se carcajearon de la situación, y yo, con aire de cordero degollado, tuve que llevarme a mi flamante esposa de vuelta a casa de mis padres.

Para rematar, mi hermano ya vive allí con su novia embarazada imagina el plan, no cabe ni un alfiler. Mis padres dejaron caer, con esa sutileza tan suya, que estaría fenomenal si buscásemos un lugar aunque fuese sólo de alquiler, pero yo decidí hacer hucha para más adelante pedir una hipoteca y comprar algo decente. Mi mujer estaba al tanto del plan, decía que también quería mudarse cuanto antes, ¡y mira por dónde, menuda jugada se marcó! Se gastó todos nuestros ahorros en acciones.

¿Para qué? Para multiplicar nuestros ahorros.

A mi madre casi le da un pampurrio cuando se lo conté. Yo, por no llorar, me río, porque las dichosas acciones no hacen más que bajar y encima va para largo poder venderlas. Así que o palmamos dinero ahora o nos la jugamos a esperar y a rezar que algún día remonten. Y así estamos, todos nuestros amigos ya con su familia y su piso en Madrid, y nosotros, ¡con acciones en la mochila!

Mi mujer, Inés, llora a moco tendido, lamentándose y diciendo que la han engañado como a una pardilla. Encima, pagó a esa gente para que le enseñara por dónde invertir. Y yo, la verdad, no dejo de plantearme el divorcio. Se supone que el amor puede con todo, pero si no consigo pasar página de esto, igual es porque tampoco era tan fuerte y solo puedo pensar en todos los euros que sudamos y ahorramos durante años, y ahora, todo a la porra.

Si lo pienso, nuestro matrimonio empezó con mal pie desde el minuto uno, y esto no hace más que confirmarlo: parece que tengo una maldición eterna desde que me casé con la chica menos espabilada de Castilla.

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