Hoy he decidido escribir en mi diario, aunque no suelo hacerlo. Hoy sentí la necesidad, quizás para ordenar ideas o para desahogar lo que llevo dentro. Hace meses que intento no demostrar emociones, sobre todo delante de mi exmarido. Siempre esperaba de mí una frialdad casi imposible, como si quisiera que me comportara como una estatua de mármol, ajena a todo dolor o alegría. Yo solo anhelaba tranquilidad, aunque ni siquiera sabía de qué forma se podía conseguir en mi situación. La realidad es que muchas parejas acaban separándose cuando el amor se apaga, y la vida perfecta de portada de revista se muestra como el espejismo que verdaderamente es.
Cuando al final el divorcio fue inevitable, necesitaba ingresos y encontré trabajo con turnos de noche. Parecía la única salida, aunque me costó aceptarlo. Sin embargo, entonces surgió una nueva dificultad: mi hijo pequeño dependía de mí, y necesitaba atención constante. Lo apunté a una guardería cercana aquí en Madrid, pero cerraban a las siete de la tarde. Después de esa hora, me encontraba sin red, sin familia que pudiera ayudarme, y sin alternativas.
Desesperada, le pedí a mi exmarido, Ignacio, que se encargara de nuestro hijo cuando yo empezaba el turno, a partir de las siete. Su respuesta fue tan fría como de costumbre, como si la responsabilidad no fuera suya también. Me preguntó por qué tenía que ser él quien se ocupara, como si cuidar a nuestro hijo fuese únicamente tarea mía. Por un momento, me sentí aturdida ante su indiferencia, pero pronto recuperé la compostura y le recordé que ambos somos padres, ambos tenemos los mismos derechos y obligaciones. Le expliqué que, además de la pensión alimenticia el dinero que legalmente debe abonar, como mandan las leyes españolas, él también debe implicarse en la crianza. No sacrificaría mi tiempo ni mi vida solo por su comodidad. Para mí, lo más importante era estar junto a mi hijo y procurarle estabilidad.
La situación me superó muchas veces. No fue nada fácil compaginar el trabajo nocturno con la maternidad, ni lidiar con la soledad y el estrés físico y emocional. Me vi sumida en bajones, ataques de ansiedad y una fatiga constante. Cuando me di cuenta de que mi salud se resquebrajaba, pedí ayuda. Busqué orientación médica, esperando quizás un poco de comprensión. Pero su excusa fue increíble: me dijo que priorizaba a su nueva familia con su esposa y que mi hijo era casi un estorbo en su nueva vida. Me dolió escucharlo era como si ofreciera a nuestro hijo apenas unas migajas de tiempo y cariño y poco más, lo mínimo exigido.
Al final, me vi inmersa en una especie de batalla silenciosa. Mi exmarido, egoísta e indiferente, parecía ganar terreno ante la inocencia de nuestro pequeño, Alonso. Nunca terminé de comprender nuestra relación, ni cómo él podía desligarse así de su propio hijo. Sin embargo, he aprendido a no dejar que su egoísmo condicione mi existencia. Sigo luchando para que Alonso crezca rodeado de amor y apoyo, al tiempo que trato de reconstruir poco a poco mi propio futuro. No ha sido fácil, pero me esfuerzo cada día por encontrar luz entre las sombras y, sobre todo, por demostrarle que, pase lo que pase, siempre estaré a su lado.




