Mi padre me ha prohibido coger en brazos a mi hija, temiendo que sea demasiado cariñosa con su nieta. Últimamente, mi pequeña ha empezado a gatear y, cada vez que salgo de la habitación, me sigue, deseando que la coja en brazos. Mi padre insiste en que no la malacostumbre y me aconseja que la deje en el suelo para que aprenda a desenvolverse sola. Sin embargo, me resulta imposible resistirme a abrazar a mi hija, y eso me hace preguntarme si quizás la protejo en exceso.
Reconozco que, a veces, soy muy dulce con ella, la consuelo cuando llora, la inundo de gestos cariñosos y apenas le riño. Quizá intento compensar la falta de afecto y cuidado que sufrí en mi infancia. Crecí en un orfanato tras el fallecimiento de mi madre y nunca llegué a conocer a mis padres biológicos. Los que ahora son mis padres, una familia de primos cercanos, me acogieron al enterarse de mi situación y me ofrecieron un nuevo hogar.
El comienzo fue complicado: mi padre era frío y mi madre trabajaba sin descanso para sacar adelante la casa, lo que dejaba poco margen para el cariño. Aunque sabía que me querían, les costaba demostrarlo. Así que me inventé mi propio cuento, imaginando un mundo donde era querida y admirada, como una princesa que gobierna un reino de amor.
Con los años, he buscado la aprobación y el afecto de los demás, sobre todo en mis relaciones sentimentales. Me aferraba a cualquier muestra de interés y pasé cinco años en una relación insana, temerosa de no encontrar amor en ningún otro sitio. Mi marido, que es atento y comprensivo, conoce parte de mi pasado y me apoya, aunque no lo sabe todo. A pesar de mis experiencias, no puedo evitar llenar de amor a mi hija, porque creo que merece todo el cariño posible, al contrario de lo que yo recibí de niña.





