Diario de Lucía, 14 de marzo
Hoy no puedo dejar de pensar en los días que he pasado aquí, en la maternidad del Hospital de Salamanca. Llevo semanas ingresada, mucho antes de lo previsto; mi embarazo se complicó en el último tramo y los médicos no querían arriesgar nada. Además, no espero solo un bebé, sino que vienen dos a la vez. Me ofrecieron la opción de una cesárea programada, pero yo tenía tantas ganas de intentar un parto natural… así que los doctores decidieron acompañarme en el intento, sabiendo que podrían llevarme al quirófano en cualquier momento, si hiciera falta.
Por suerte, Nacho y yo firmamos para que él pudiera estar conmigo durante el parto; a los obstetras no les gusta mucho que haya gente ajena en la sala de operaciones. El parto empezó tarde, de noche. En cuanto noté las primeras contracciones, avisaron enseguida a Nacho, y en veinte minutos ya estaba a mi lado. Nos trasladaron juntos a la sala de dilatación. Dado que esta no era mi primera vez, más o menos sabía lo que me esperaba. Intenté mantener la serenidad y hacer caso a las indicaciones de las matronas. Y a eso de las cuatro de la mañana, llegó nuestra primera hija.
La pequeña lloró enseguida. La matrona me felicitó por el nacimiento de mi primera niña, pero en ese momento noté algo peculiar: Nacho apenas pudo esbozar una sonrisa, y enseguida miró hacia mí, algo inquieto. Apenas diez minutos después, nació nuestra segunda hija. Yo no podía dejar de sonreír de felicidad, pero Nacho rompió a llorar, y no me pareció que fuera solo por emoción. Las matronas se preocuparon un poco, pero alcé la mano y les dije:
No os preocupéis, en una hora se le habrá pasado. Esto nos pasa siempre con nuestros cinco hijos: espera, desea, pero nunca llega el niño. De verdad quería tener al menos un varón esta vez, pero ha vuelto a tocarle niña y claro, se disgusta. Pero le encantan sus hijas, así que, al final, todo va bien.
Y acerté: al día siguiente, desde la ventana de la habitación, vi a Nacho en la puerta del hospital rodeado de nuestras chicas, todas sonrientes, atando globos y gritándome que me quieren mientras él encabezaba la fila con cara de orgullo. Era evidente que, aunque le hubiera hecho ilusión un niño, en esta familia reina la alegría con nuestras princesas. Pero, sinceramente, hoy, he sentido un poco de ternura por el pobre papá, siempre esperando su hijo varón.






