Después de dejar a su amante bajarse del coche, Buchín se despidió de ella con ternura y se fue a casa

Life Lessons

Hoy he dejado a mi amante en una de las estrechas calles de Salamanca, despidiéndome de ella con una ternura inesperada. Después, puse rumbo a casa. Durante unos instantes, justo bajo el portal de nuestro edificio, me quedé parado, repasando mentalmente todo lo que le iba a decir a mi esposa. Subí despacio por la escalera y abrí la puerta con manos algo temblorosas.

Hola saludé intentando sonar natural. Teresa, ¿estás en casa?

Aquí estoy respondió ella desde la cocina, con esa calma suya inalterable. Hola. ¿Qué, pongo ya los escalopes a la sartén?

Me prometí a mí mismo actuar con decisión, sin medias tintas, como un hombre de verdad. Quería poner fin de una vez a esta doble vida que llevaba, antes de que los besos recientes de mi amante se disiparan del todo, antes de volver a perderme en la rutina.

Teresa aclaré la voz y busqué aplomo en mis palabras. He venido a decirte que debemos separarnos.

Ella lo tomó con una tranquilidad asombrosa, como todo lo demás en la vida. Siempre me había resultado imposible descolocar a Teresa. Tanto que en broma la llamaba Teresa Fría.

¿Eso qué significa? preguntó desde el quicio de la cocina. ¿No hago los escalopes, entonces?

Haz lo que prefieras respondí, incómodo. Si quieres, cocínalos, si no, no. Pero yo me voy con otra mujer.

En este punto, la mayoría de esposas se abalanzarían sobre su marido, sartén en mano, o montarían una escena mayúscula. Pero Teresa nunca fue parte de la mayoría.

Menudo figura estás hecho comentó, impasible. ¿Me has traído por fin las botas del zapatero?

No admití, sintiéndome como un chiquillo torpe. Si te importa tanto, bajo ahora mismo a por ellas.

En fin resopló ella, Si mandas a un tonto a por botas, volverá con las viejas de siempre.

Me sentí dolido. Todo esto de la ruptura estaba resultando demasiado frío, falto de pasión, de reproches. Pero, ¿qué otra cosa podía esperar de mi Teresa Fría?

Teresa, juraría que no me estás escuchando insistí. Te lo digo oficialmente: me voy con otra, me marcho de casa y tú hablando de botas

Claro replicó. A diferencia de mí, tú puedes irte adonde quieras. Tus botas no están en reparación.

Habíamos vivido juntos muchos años, y aún así nunca logré descifrar del todo si Teresa iba en serio o si me lanzaba una de sus irónicas pullas. Justamente esa serenidad suya, esa ausencia de drama, fue lo que me atrajo en su día. Sin olvidar su habilidad doméstica y su figura de mujer curtida y tenaz.

Teresa era firme, fiel y fría como un ancla de treinta toneladas. Pero yo ya no la amaba. Mi corazón ardía por otra, más impetuosa y tentadora. Tenía que plasmar este punto final; dar un salto a una nueva vida.

Así que, Teresa me esforcé por dar solemnidad a la confesión , te agradezco todo, pero me marcho porque quiero a otra mujer. No te quiero.

Vaya novedad murmuró Teresa. Ya no me quiere, menudo zapatillas desparejadas. Pues mira, mi madre, por ejemplo, estaba enamorada del vecino, y mi padre sólo quería jugar al dominó y tomar cañas. Y mírame, ¿no he salido bien apañada?

Discutir con Teresa era como pelearse con una pared. Su aplomo me desarmaba y el poco coraje que conservaba para discutir se evaporó solo.

Teresa, de veras eres una mujer estupenda dije con amargura . Pero quiero a otra. La quiero mucho, de forma intensa y hasta un poco pecaminosa. Y voy a irme con ella, ¿lo entiendes?

¿Otra? ¿Quién? ¿No será Lola la del estanco de la esquina, no? preguntó.

Di un paso atrás, sobresaltado. Hacía un año sí que tuve un lío con Lola, pero jamás pensé que Teresa lo supiera.

¿Cómo? Bueno, da igual. No, no es Lola.

Teresa bostezó.

¿Entonces será esa Marta la abogada? ¿Vas a irte con ella ahora?

Un sudor frío me recorrió la espalda. También tuve algo con Marta, pero aquello fue historia. ¿Cuánto sabía mi mujer y por qué nunca decía nada? Pero claro ella era puro acero.

No mentí torpemente. No es Marta ni Lola. Es otra, alguien fascinante, la mujer de mis sueños, no puedo vivir sin ella y por eso me voy. Por favor no intentes convencerme de quedarme.

Pues seguro que es Inés, la farmacéutica soltó Teresa, con un deje de burla. Carlos de los demonios Vaya secreto a voces. La cumbre de tus sueños es Inés Ledesma. Treinta y cinco, un hijo, dos interrupciones ¿no?

Me llevé las manos a la cabeza. Me pilló. Era Inés, justamente ella.

Pero ¿cómo lo sabes? ¿Has espiado o algo?

Vamos, Carlos dijo ella con un tono profesional . Soy ginecóloga en esta ciudad, conocen más mis manos que al alcalde. He atendido a casi todas las mujeres de Salamanca. Me basta un vistazo para saber si has pasado por ahí, so bobo.

Intenté recomponerme, recoger los restos de mi dignidad.

Vale, acertaste. Pongamos que es Inés. Pero no cambia nada, me voy con ella.

Deberías haberme preguntado antes contestó Teresa. Como médico te digo que de fascinante no tiene nada especial, es como todas. ¿Y el historial clínico de tu musa, lo has visto?

N-no tartamudeé.

Claro sentenció ella. Lo primero, métete en la ducha. Mañana hablaré con Laureano del ambulatorio para que te hagan un chequeo sin tener que esperar cola. Y luego, ya veremos. Menuda vergüenza, un marido de ginecóloga y sin saber escoger correctamente.

¿Y entonces qué hago? pregunté, derrotado.

Yo voy a hacer los escalopes dijo Teresa. Tú dúchate y haz lo que te parezca. Si algún día buscas tu cima ideal, sana y sin líos, dímelo y te recomiendo a algunaMe quedé un momento inmóvil en el pasillo, el sonido leve de la sartén calentándose en la cocina marcaba un pulso doméstico inalterable. Mi mundo acababa de volcarse y para Teresa era lunes, miércoles o viernes, daba igual.

Alcé la vista y vi nuestras fotos en la pared: viajes, fiestas, cumpleaños sin especial grandeza. Supuse que las olvidaría pronto, pero no pude evitar preguntarme si ella lo haría antes que yo.

Caminé hasta el baño con paso torpe. El vapor del agua caliente me rodeó apenas cerré la puerta, y supe que allí, por primera vez en meses, estaba solo con mi reflejo, sin mujeres, sin justificaciones ni escenas. Solo.

Al salir, envuelto en la toalla, el aroma a mantequilla y a pan frito llenaba la casa. Teresa servía dos platos en la mesa. Estiró el brazo y, por un segundo, creí que iba a detenerme, que por fin la Fría se derretiría. Pero sólo me miró de reojo, con ese destello indescifrable que nunca logré entender.

Si te vas, llévate el paraguas dijo. Con la tormenta que está cayendo, no sea que llegues empapado.

Me detuve en el umbral. Tomé aire, tanteé mis bolsillos. Nunca me gustaron los paraguas, siempre los olvido en algún bar o en la consulta de Teresa. Pero esta vez, quizás, lo necesitaba.

En silencio, ella puso los escalopes en la fuente y salió a tender el delantal en la ventana. La lluvia golpeaba los cristales con insistencia.

Al fin, tomé las llaves, el paraguas viejo (negro, con una varilla torcida), y la miré una última vez. Me esperaba todo el fuego de lo desconocido, sí. Pero detrás, en la cocina tibia, seguían oliendo los escalopes. Y pensé en que tal vez, a veces, la rutina era el mayor misterio de todos.

Teresa no dijo adiós. Ni falta que hacía. Por primera vez, comprendí que no era porque no sintiera nada, sino porque lo sentía todo y no necesitaba demostrarlo. Eso era ser fría o tal vez, simplemente, invencible.

Cerré la puerta y bajé despacio las escaleras, escuchando el repiqueteo de la lluvia, con el impulso nuevo y el miedo viejo envueltos en el olor perdurable del hogar abandonado.

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