Mira, te voy a contar cómo empezó todo entre mi marido y yo. Nos conocimos por pura casualidad: resulta que éramos compañeros de piso en la residencia universitaria durante la carrera. Al principio solo éramos buenos amigos, pero poco a poco la cosa fue a más, y al final acabamos juntos. Aunque disfrutamos mucho de aquella época viviendo en el campus, sabíamos que tarde o temprano nos tocaba dar el salto y plantearnos formar nuestra propia familia.
Cuando empezamos a ganar un poco más de dinero, decidimos invertirlo en un piso propio. Eso significaba que teníamos que vender las habitaciones de la residencia que todavía teníamos a nuestro nombre. Hicimos todo esto en secreto porque queríamos reformar el piso y luego montar una fiesta para sorprender a la familia con nuestro nuevo hogar.
Pero el hermano de mi marido se enteró de nuestros planes de vender y vino con una propuesta: ¿Por qué no me vendéis las habitaciones a mí por un precio más bajo? Al fin y al cabo, somos familia, decía, queriendo dar pena, porque también tiene dos niños y decía que podía pagar poco a poco, a plazos. Incluso soltó que las habitaciones no valían casi nada y que no era justo que tuviera que pagar por ellas. Lo que no sabía es que ya habíamos vendido las habitaciones hace tiempo y con ese dinero compramos el piso.
El hombre, intentando hacerse el listo, le contó el secreto a todo el mundo y habló sobre nuestro piso nuevo. En vez de alegrarse por nosotros, mi propio hermano se pilló un buen cabreo y se fue sin decir ni palabra. Se notaba que quería aprovecharse, pero al final nuestra picardía fue más grande que la suya.






