¿Eres una fábrica de bebés? ¿Cuántos más piensas tener? me suelta con desdén mi suegra, Doña Pilar Moreno, nada más descolgar el teléfono.
Buenos días, Pilar. Por favor, no seas tan sarcástica le respondo con la mayor cortesía que puedo reunir. ¿Te ha molestado que Gonzalo te haya contado que esperamos otro niño?
¡Claro que me ha molestado! Después del tercer nieto te pedí que pararas ya de criar. ¡Pero no escuchas a una mujer sensata! Para Año Nuevo te regalé una caja enorme de preservativos, a ver si te cuidabas. ¡Y tú sigues con lo mismo! gruñe la mujer, medio enfadada.
Todavía me acuerdo del momentazo de Nochevieja, cuando Pilar apareció con aquella caja de preservativos envuelta como si fuera un regalo de verdad. Coincidía con el cumpleaños de nuestro mayor y ahí lanzó su indirecta de que era el momento de frenar. Te hemos oído, pero, qué le vamos a hacer, no se puede luchar contra la naturaleza, le contesto tranquila.
¿Ahora quieres hacerte la graciosa? Pues ya te apañarás con tus niños, no pienso ayudarte más empieza a alzar la voz.
Y tampoco es que lo hayas hecho le intento replicar, pero antes de terminar, Pilar cuelga y solo escucho el tono final de la llamada.
Suelto el móvil sobre la cama, sonrío y acaricio mi vientre plano. Esperamos el cuarto hijo y eso no le hace ni pizca de gracia a Doña Pilar. No termino de entender por qué una abuela puede ponerse tan nerviosa por semejante noticia.
Lo curioso es que ella nunca se ha implicado mucho: ni ha participado en el cuidado de los nietos ni ha ayudado nunca en lo económico. Como mucho, aparece una vez al mes a ver a los pequeños y, solo en días señalados, trae algún regalo. Nunca se le ha ocurrido, por ejemplo, comprarles un simple paquete de caramelos. Yo lo he aguantado en silencio, ni siquiera se lo cuento a Gonzalo. Nuestros hijos tienen de todo; ropa, comida, incluso algún capricho, y eso es lo que cuenta.
Gonzalo trabaja en una buena empresa y yo intento sacar algo extra desde casa. Mi pequeño negocio de manualidades empieza a crecer; de hecho, cuando fui capaz de permitírmelo, contraté a una canguro para que los niños no interrumpieran el trabajo. Ella se ocupa de jugar y salir al parque con ellos mientras yo me concentro.
Siempre he sentido que, pese a todo, formamos una familia ejemplar. Lo único que crea sombra en nuestro hogar es la agresividad de Pilar. Nunca le caí bien, y cuando vio que los niños venían uno tras otro, su frustración creció aún más.
Con nuestra tercera hija las cosas se pusieron feas; tanto que Pilar llegó a sugerir terminar con el embarazo. Con el tiempo acabó aceptándola, y por fin parecía que reinaba la paz, pero poco después me enteré de que estaba embarazada otra vez. No fue algo planeado, pero así somos: si el destino nos manda un hijo, será querido y criado como merece.
La noticia no le sentó nada bien a nuestra conflictiva suegra. Estoy segura de que lo que de verdad la inquieta es que Gonzalo deje de ayudarla económicamente. Él le da dinero habitualmente y, claro, al aumentar nosotros la familia, los gastos también crecerán y quizá deba cerrar su tiendecita.
A mí no me importa que mi marido ayude a su madre, pero nunca si eso perjudica a nuestros hijos. Ahora mismo llegamos bien a fin de mes, y siempre he apoyado que Gonzalo ayude con sus buenas obras: le pagó el dentista, un viaje a la costa, y hasta arreglos en su piso.
Si mi intuición es cierta y Pilar teme por su economía, solo puede ir a peor si sigue cargándonos con reproches. Sus críticas solo consiguen alterarme más ahora que estoy embarazada.
Evidentemente, nada de todo esto hará que cambiemos de opinión. Hemos decidido criar a nuestro cuarto hijo y así será. Lo único que me pregunto es: ¿tiene derecho una suegra a decirnos cuántos hijos debemos tener?





