Isabel se casó bastante joven, su padre le buscó un novio el mismo día que cumplió dieciocho años. La familia es acomodada¿qué más necesita uno para ser feliz? La boda fue fastuosa, todo el pueblo celebró por todo lo alto. Solo los recién casados parecían sentirse fuera de lugar.
Isabel sentía cierta simpatía por su marido, aunque en realidad no le conocía en absoluto. A su hermana no le tocó tanta suerteacabó casándose con un hombre de cuarenta años de un pueblo cercano. Todos pensaban que se iba a quedar para vestir santos, pero su padre al final logró encontrarle un pretendiente y le prometió una buena dote.
Los recién casados fueron a vivir a la casa de Fernando. No era muy espaciosa, pero al menos todo era suyo. El cabeza de familia anunció que cuando llegaran los nietos, ampliarían la casa.
La suegra no fue especialmente exigente con Isabel; al contrario, la ayudó a instalarse y a acostumbrarse poco a poco a su nuevo papel de esposa joven. Pero la cuñada, Inés, la recibía siempre con una hostilidad casi permanente. Inés era mayor que Isabel, pero seguía viviendo con sus padres. Su padre la había casado hace tiempo, pero el yerno la devolvió a la familia al cabo de un año, con todos sus bártulos. Era toda una víbora. No quería cuidar de la casa ni tenía intención de formar una familia. Así que terminó viviendo sola.
Siguiendo las costumbres antiguas, una nuera no se convertía en la verdadera señora de la casa hasta haber dado a luz a su primer hijo varón. Mientras tanto, debía quedarse en segundo plano y guardar silencio. Por eso, era habitual que toda joven que entraba en la casa de su esposo buscara tener un niño cuanto antes.
Isabel adoptó la misma estrategia. Hasta que se quedó embarazada, Inés la obligaba a hacer los trabajos más pesados y sucios. Claro que no tenía sentido, ya que en la finca había empleados contratados. Pero a su cuñada le gustaba humillar a la pobre Isabel.
El día que Fernando supo que iba a ser padre irradiaba felicidad. Los suegros celebraron la noticia, orgullosos de la nuera. Ese mismo día salieron a comprar materiales para construir una casa más grande. Inés, sin embargo, lloraba y soltaba improperios. Comprendía que pasaría el resto de su vida metida en un cuarto, atendiendo a sus padres. Nadie la querría de esposa y a nadie le construirían una casa jamás…
Pasaron seis meses. Una mañana, Isabel se despertó por unos golpes fuertes en la puerta. Era Inés.
¿Por qué estás tumbada? ¿Ya lo has hecho todo? En casa sí, pero mi marido no me deja salir al patio. No será por él, será porque eres una vaga. ¿Qué quieres? ¿Pero con quién crees que hablas? ¿Te estás entrenando para mandarme? Te recuerdo que aquí no podrás mandar hasta que no hayas parido. Jamás se me ocurriría semejante cosa… ¡Aquí no eres nadie, ni tú ni esa criatura que llevas! ¿Te enteras?
Inés estaba completamente fuera de sí, lanzó cosas a Isabel y gritó. El suegro acudió a la casa y se llevó a su hija llena de rabia. Isabel acarició su vientre y trató de tranquilizarse. Todo saldría bien. Todo iba a ir bien…






