En el pueblo de doña Asunción se acaba de morir su gato. Un gato respetado, con muchas victorias en su haber sobre las gatas del barrio, rivales vencidos y ratones cazados. Pero ya era muy mayor el minino, no se podía hacer nada. Casi veinte años llevaba el felino rondando por este mundo, sin una puesta a punto a fondo.
Doña Asunción envolvió a su querido compañero en una sábana limpia, cogió la azada y salió, cruzando el huerto, a enterrarlo detrás. Su marido, don Basilio Erocio, andaba bregando en una esquina del corral, arreglando no sé qué bajo la bodega y soltando improperios entre dientes.
Después de rendirle los últimos respetos al gato, Asunción tapó la pequeña tumba y salió del claro, cargando la azada embarrada. Por allí pasaba la vecina doña Felisa, mujer de ciudad.
¡Buenos días, Asunción hija de Baltasar! saludó Felisa, y por cumplir con el rito preguntó: ¿Qué andas haciendo?
Pues mira respondió Asunción , que mi Michino ya descansó, el pobrecillo. Dios se lo llevó, al viejecito. Lloré un poco y lo enterré allí detrás del huerto.
La noticia dejó a Felisa sin rumbo. Si tan solo ayer había visto a don Basilio en la tienda, donde compraba azúcar, un paquete de Ducados y un botellín de anís.
¡No puede ser! exclamó . ¿Tu Basilio ha muerto? ¿Así, de repente? ¡Si lo vi ayer mismo!
Claro, ayer aún andaba espabilado asintió Asunción . Todo el día estuvo contento, se zampó una sardina él solito. Incluso anoche jugamos un rato en la cama…
Los ojos de Felisa se agrandaban poco a poco.
Pero esta mañana se puso nostálgico el pobre Basilio, enfermó un poco… concluyó Asunción . Se tumbó en el banco, murmuró algo y soltó el último suspiro.
Felisa se santiguó mecánicamente.
Así pasa dijo . Estaba Basilio, y ya no está. Pero, ¿la azada para qué la llevas entonces?
¡Que te lo digo! repitió Asunción . Lo enterré detrás del huerto, envuelto en la sábana, y hasta le puse una ramita por si acaso se me olvida el sitio.
Felisa, de ciudad y poco conocedora de las costumbres del campo, se asombró de que Asunción enterrara al marido tan campante detrás del huerto, y que encima marcara el sitio con una rama para no perderlo.
¡Eres apañada, Asunción, eso no lo discute nadie! murmuró Felisa, confundida . Vas y lo entierras sin más. ¿Y no deberías, no sé, avisar por lo menos al guardia, para certificar el fallecimiento?
Ahora Asunción miró raro a Felisa.
¡Vaya ocurrencias tienes! soltó riendo . Basilio era bueno, pero no vas a estar molestando al guardia por estas menudencias. Bastante trabajo tienen ya los de la Guardia Civil. ¿O quieres que llame a la Audiencia Nacional?
Felisa calló, y Asunción cambió la azada de hombro.
Igual en la ciudad vosotros lo hacéis de otra forma concluyó poniendo paz . Sois todos tan listos, siempre con abogados y jueces, y que si justicia Aquí en el pueblo somos simples. Se muere uno y punto, coges la azada y a cavar. Detrás del huerto hay sitio de sobra.
Ya veo… musitó Felisa . Siento que aún me queda mucho que aprender de vuestra vida en el pueblo. Pero, ¿por qué detrás del huerto, en medio de los matojos? ¿No podías llevarlo a un cementerio cristiano?
La incomprensión de Felisa empezó a molestar a Asunción.
Y, ¿dónde iba a ponerlo, si ya no respira? preguntó enfadada . ¿No voy a meterlo al cementerio con los cristianos? Bastante lujo sería. Siempre se ha hecho igual: al otro lado del huerto.
Felisa se sentó con cuidado en un tronco, evitando mirar la azada que Asunción sujetaba con firmeza. Le temblaban hasta las piernas.
Qué arte tienes, vecina logró decir por fin . ¿Y cuántos has enterrado ahí ya además de Basilio?
Pues unos cuantos reflexionó Asunción . Antes de Basilio estuvo Miguelito: buen carácter, pero un poco traicionero de fondo. Por las noches se metía en la cama y amanecía el colchón empapado. ¡Ah, cuántas veces le reñí! Antes aún estuvo Santiaguín, ese sí era mimosón y sumiso. Pero también se le acabó el tiempo. Mucho me han tocado.
Y de golpe clavó la azada en el césped, como poniendo un punto final.
Ahora todos en fila detrás del huerto: Basilio, Miguelito, Santiaguín mis tesoros. Pero no pasa nada, que Antoñita me ha prometido traerme otro jovencito en breve. ¿No me van a faltar, mujer?
Vaya una a saber qué pensó Felisa, porque en ese momento apareció don Basilio Erocio por detrás de Asunción, cubierto de barro y cabreado.
¿Pero quieres matarme, carcamal? retumbó . ¡Que me has dejado medio enterrado allí abajo, yo gritando y tú aquí cotilleando! ¡Si apenas consigo salir!
Le quitó la azada de las manos y añadió:
¡Dame eso! Que voy a desenterrar las botas y la botellita de anís también se ha quedado ahí.
Y en ese momento doña Felisa resbaló del tronco y se desmayó. Así que, la botellita del sótano vino muy bienCuando Felisa volvió en sí, lo primero que vio fue a Basilio abanicándole la cara con la hoja de una acelga, la bota de vino bajo el brazo y la camisa remangada, todavía con restos de tierra en la frente. Asunción, de rodillas junto a su amiga, la salpicaba de agua de la fuente mientras murmuraba: “Ay, hija, que la vida de la ciudad endeble os deja blanditas como setas.”
Felisa parpadeó, aún mareada, y al incorporarse escuchó el coro apagado del gallinero y la risa contenida de Basilio, que en voz baja mascullaba sobre lo poco que valía la gente de ciudad para los asuntos serios.
Esto del campo es otro mundo, Felisa dijo Asunción sonriendo. Aquí hasta los muertos vuelven, aunque solo sea por una bota de anís y un par de botas viejas.
Felisa tragó saliva, se miró las manos y, por primera vez, pensó que tal vez debería aprender a usar la azada. O al menos, dejar de dar por muertos a los que solo están chapoteando en el barro. A su lado, Asunción se adelantó con paso firme al huerto, Basilio pisándoles los talones, bromeando ya sobre el próximo entierro del botellín de anís, no fuera a ser que al día siguiente la ciudad entera viniese a dar el pésame.
Y así, entre el murmullo de las gallinas y el olor fresco de la tierra removida, Felisa comprendió, al fin, que en el pueblo hay vidas que se entierran, otras que se desentierran, y algunas, como la suya, que apenas acaban de sembrarse.





