Un recuerdo que me acompañará toda la vida

Te lo cuento como recuerdo, porque esta historia me marcó y me acompaña hasta hoy.

Miguel Sánchez supo ya de niño, en pleno colegio, que iba a ser maestro. No era un capricho ni un deseo sin más, sino la certeza profunda que nació tras un episodio que nunca olvidó. Con su mente de chaval comprendió que, pase lo que pase, hay que tratar de ser una buena persona; y tenía el ejemplo justo delante. Ese instante de auténtica educación se le quedó grabado para toda la vida.

Miguel estaba en sexto de primaria. Vivía solo con su madre, porque justo ese año su padre se marchó, así, sin más, tirándole a la madre unas palabras que Miguel escuchó desde la puerta:

Tengo otra familia, vosotros apañaos como podáis.

Miguel nunca borró esas palabras de su memoria; se encerró en su cuarto para que su madre no lo viera llorar:

Cuando crezca nunca haré eso, se prometió. Y de mi padre ni me quiero acordar.

Y así fue. No volvió a ver a su padre en toda su vida, casi no pensaba en él. Sentía cierta rabia; otros niños tenían padre y él no.

Su madre trabajaba en una fábrica textil y además cosía para gente en casa. Les tocaba sobrevivir, sin lujos, pero en casa siempre había comida. Y su madre no escatimaba en vestir a Miguel decente para el cole, para que no fuera menos que los demás. La vida era similar para casi todos en aquellos barrios de Salamanca… aunque siempre había excepciones.

En su clase estaba Nicolás, un chaval más, con quien se llevaba bien. Pero un día a su padre le tocó la lotería: heredó una casita de pueblo, la vendió y puso la pasta en un taller de coches. El negocio fue bien y el dinero empezó a entrar. Nicolás, mimado por sus padres, presumía de cosas nuevas, y todos lo miraban en silencio, con cierta envidia.

Un día apareció en clase:

Mirad qué reloj me ha regalado mi padre, dijo mostrando una pulsera con un reloj brillante, de verdad.

Miguel lo miró con envidia; Nicolás iba inflándose de orgullo porque nadie más tenía algo así. Sus compañeros se lo miraron, suspiraron; Miguel también se sintió algo triste, aunque lo disimuló, como los demás. Y ahí le vino el recuerdo de su padre:

El padre de Nicolás sí que está con su familia, el mío desapareció…

Miguel se esforzaba en estudiar, porque su madre se lo repetía:

Estudia bien, hijo; así te irá bien en la vida… Tengo todas mis esperanzas en ti.

No era el mejor, pero sí muy aplicado.

Ese día, el último periodo era Educación Física. En los vestuarios, todos a lo suyo, empujones, risas… Nicolás, cuidando su reloj, se lo quitó y quiso meterlo en su mochila. Con las prisas, lo dejó caer bajo el banco, solo Miguel lo vio.

Y pensó:

Podría cogerlo y meterlo en el bolsillo, nadie se enteraría…

Actuó sin pensarlo, se agachó rápido, lo recogió y lo guardó en el pantalón de deporte. Se le pasó por la mente avisar a Nicolás:

Oye, tu reloj está aquí debajo pero no pudo.

El profe, don Juan Rodríguez, gritó:

¡Venga, salid todos y a formar!

Todos en fila, empieza la clase. Estiramientos, correr, saltar… Miguel sólo pensaba en el reloj escondido:

Como se me caiga, la vergüenza será enorme. Tengo que devolverlo, pero ¿cómo? ¿Y si lo meto en la mochila de Nicolás cuando nadie mire? Pero si me pillan… peor. ¿Cómo explico que lo vi caer y lo recogí luego? Seguro me tachan de ladrón.

Miguel lo pasaba fatal, el reloj en su bolsillo le quemaba la pierna. Cuando sonó el timbre, todos corrieron a cambiarse; Miguel entró el último. Nicolás gritaba:

¡Me han robado el reloj! Es muy caro, venga, enseñad bolsillos.

Miguel no sabía qué hacer; si se lo encontraban le dejarían de hablar.

¡Don Juan, me han robado! chillaba Nicolás.

A ver, silencio, ¿qué pasa? respondió el profe.

Me han robado el reloj, mi padre me lo regaló.

¿Y para qué traes un reloj caro al cole? ¿Para presumir? Así no se hacen las cosas. Igual no hay robo, igual se ha caído. Pongámonos en fila…

¿Por qué? preguntaron los chicos.

Muy fácil, para que no andéis de un lado a otro alterando todo. Todos en fila y ojos cerrados. Si veo que alguien abre los ojos, pensaré que ha sido él.

Formaron fila, cerraron los ojos y don Juan empezó a revisar bolsillos. Al llegar a Miguel, dio un leve golpecito y notó el reloj. Miguel estaba entre la vida y la muerte.

El profe sacó el reloj y dijo:

Cambiaos de sitio y movió a Miguel con otro compañero. Todo con los ojos cerrados…

Miguel se preparó para lo peor, pero entonces escuchó:

¡Aquí está el reloj, Nicolás! Hay que cuidar mejor tus cosas.

Todos abrieron los ojos y vieron el reloj bajo el banco, aunque estaba en otro sitio. Nicolás lo cogió, se lo puso, y ya nadie le envidiaba; él mismo fue el culpable de todo.

No traigas más relojes caros, nunca se sabe… añadió don Juan.

Entraron los mayores al vestuario; Miguel salió el último mirando al profe, temiendo el momento incómodo. Llegó a casa como pudo y al día siguiente iba al cole con miedo, esperando que lo llamasen al despacho, y entonces…

Hoy es mi día. Igual don Juan me pone en evidencia delante del class…

Pero el día transcurrió normal, sin incidentes ni ver a don Juan.

Volvió a casa tranquilo.

Quizá todo pase en silencio, el profe no contó nada. Si hubiera querido, lo habría dicho allí mismo.

Miguel tardó en perdonarse; después de aquello juró nunca más tocar lo ajeno. Acabó el cole, entró en la facultad de educación.

Pasaron los años. Miguel Sánchez terminó la carrera y empezó a trabajar en un colegio. Un día, en su clase, sucedió algo similar. A una alumna, Carmen, le desapareció dinero y fue a contárselo a Miguel.

Don Miguel, me han robado dinero… eso le hizo recordar su propia historia.

Miró a todos y se fijó en la mirada asustada de Laura, una chica de familia complicada, vestía con modestia y nunca tenía nada de más. Sabía cómo era su hogar. Laura, ante el profe, bajó la mirada, y se notaba la vergüenza.

Miguel decidió no humillarla y dijo en voz alta:

Carmen, ¿cuánto te falta? ella respondió una cantidad no muy grande. Correcto, ese dinero me lo pasó Laura, lo encontró en el suelo y me lo entregó. Hay que estar más atentos. Gracias, Laura, hiciste lo correcto.

Aquí Miguel sacó dinero de su propio bolsillo, se lo dio a Carmen y le aconsejó cuidar mejor de sus cosas. La clase entera celebró, todos aplaudieron a Laura, que se quedó roja, mirando al profesor, con ganas de llorar pero aguantándose.

Después de clase, Laura esperó a Miguel en el aula. Él entró y ella le dejó el dinero sobre la mesa, admitiendo el robo. Miguel le dijo:

Siéntate, Laura, quiero contarte una historia.

Laura escuchó, fascinada, mientras Miguel hablaba de aquel niño, Nicolás, que presumía de reloj; de ese Miguel que no tenía reloj, pero lo tomó y después vivió una angustia enorme. Contó la reacción de don Juan, el profesor que supo protegerle.

Mira, él podría haber arruinado mi vida, y tenía toda la razón, pero me dio la oportunidad de rectificar. Ahora te la doy yo.

Laura rompió a llorar.

Gracias, don Miguel, es la primera y última vez… No volveré a hacer algo así.

Miguel la creyó; y estaba seguro de que nunca volvería a pasar. Y así fue.

Un tiempo después, Miguel fue a Salamanca de vacaciones, a ver a su madre, que ya era mayor. Salía del mercado cuando se topó con don Juan Rodríguez, su antiguo profesor de gimnasia. Ya mayor, pero aún con energía, paseaba con su bastón. Se saludaron, se sentaron en un banco y charlaron sobre el cole y la vida.

Llevo un grupo de mayores para hacer ejercicio, contaba don Juan. Hay que animarles a moverse.

Don Juan, quería agradecerle aquella vez del reloj… y le resumió la historia.

Miguel, yo tampoco sabía quién había cogido el reloj. Pero gracias por contármelo ahora.

¿Cómo que no lo sabía, si lo encontró en mi bolsillo?

Mira, yo iba con los ojos cerrados, igual que vosotros, para no mirar al alumno como ladrón. Cuando lo encontré, os hice cambiar de sitio, y lo puse bajo el banco antes de que abrierais los ojos, así ni recordaba quién lo tenía exactamente. Entendí que aquello podía marcarte. Y ahora eres maestro, me alegro mucho de verte siguiendo mi camino. Eso es mi mayor recompensa.

Aquella experiencia me indicó qué camino tomar, y siempre estaré agradecido.

Durante mucho rato, el alumno y el maestro compartieron sus historias, y Miguel escuchaba los consejos de su antiguo profesor. Al despedirse, don Juan le dijo:

¿Sabes, Miguel? Hay un dicho muy de aquí: Tapa las faltas del prójimo y Dios tapará las tuyas. Y así es en la vida.

Tal cual, te lo cuento yo, porque nunca se me va a olvidar.

Rate article
Add a comment

18 − fourteen =