A veces la vida nos sorprende con todo: La increíble historia del cardiólogo don Eduardo Yefímovich,…

Life Lessons

A veces la vida te sorprende con cada cosa Hoy me he encontrado pensando en aquel verano inolvidable de hace muchos años. Por entonces trabajaba en el ambulatorio infantil de mi barrio como cardiólogo. Me llamo Fernando Martínez Ruiz, y como todos los compañeros, cada verano me tocaba irme uno o dos meses como médico al campamento infantil de la Sierra de Madrid. Allí controlábamos la cocina, pesábamos a los niños, revisábamos sus mesillas, curábamos raspones con mercromina Lo típico, si no surgía nada grave, gracias a Dios.

Tendría yo entonces unos 38 o 40 años, deportista, pelo entrecano, algo ondulado, rostro anguloso, cejas y ojos oscuros Nunca me faltaron cumplidos de las madres ni de algunas compañeras.

Recuerdo que en 1985 la campaña contra el alcohol estaba ya a tope; beber en público podía costarte no solo multas y cambiarte las vacaciones, sino hasta el despido, y eso fuera el cargo que tuvieras. Era algo serio de verdad.

Aquel agosto me tocaba la última tanda del campamento, y claro, la última noche era siempre un caos: los niños corriendo por las habitaciones, embadurnando a los dormidos con pasta de dientes, los monitores haciendo como que los perseguían mientras se echaban su copa de vino o su copita de orujo de tapadillo, por la tradición, que aquí nunca faltan excusas.

Yo tampoco me escaqueé, que para algo era parte del equipo médico, ¿no? La noche pasó sin sustos, por la mañana desayunamos todos y luego directo a los autobuses. Al poco más de una hora, llegamos a Madrid, frente al Teatro Real; los peques entregados, padres recogiendo, todo bajo control.

Un vinito más para despedir la temporada y me encaminé a casa. Allí me esperaban ya con la mesa puesta: terminaba la tanda y, además, en cuanto comiéramos, mi esposa, Carmen, y yo volábamos a Valencia para ver a mi madre. Septiembre, la Costa Blanca, las mejores fechas para disfrutar ¡una gozada!

Pero entonces me pegó de lleno: el vino, la noche en vela, el traqueteo del bus y me desmayé bajo unos setos en la Plaza de Oriente. Me quedé seco, así, del tirón.

Los demás compañeros ya se habían dispersado, pero menos mal que Ángeles, la enfermera, me vio. Trató de despertarme, pero yo ni caso, dormía como un bendito. Sin embargo, fue buena persona y no me dejó tirado. Vivía cerca, en la Calle Mayor. Ayudó otro más y me llevó medio a peso, yo casi caminando como un autómata, hasta su cuarto en uno de esos pisos compartidos antiguos.

Dos horas después, me desperté con una urgencia terrible, no por haberme despejado, sino por el maldito vino blanco. Intenté levantarme dando tumbos y Ángeles casi se pone encima mía, tapándome la boca y susurrándome que dejara de hacer ruido.

Yo no entendía nada, solo tenía unas ganas de orinar que no podía más, ¡y se lo comenté! Ella, como buena enfermera, me trajo un cubo, se fue, volvió y se llevó el cubo. ¡Qué alivio! Noté como si volvía a la vida.

Pero entonces me cayó la ficha: ¡llevaba dos horas fuera de casa! Mi mujer, mi suegra, mi suegro, hasta mis primos debían estar buscándome sin descanso, colapsando el teléfono del ambulatorio, pronto empezarían a llamar a hospitales ¡un drama!

Traté de explicárselo a Ángeles a susurros y gestos. Ella estaba aterrorizada: si las vecinas cotillas veían salir un hombre de su cuarto, la despellejaban viva. Lo entendí, pero la urgencia apretaba. Al final, organizó todo: una vecina salió a por pan, la segunda estaba trasteando en la cocina, y ella haría ruido con la tetera para cubrirme. Yo, descalzo, los zapatos en mano, deslizándome como un ladrón por el pasillo viejo hasta la puerta del piso compartido…

Deslicé el pestillo y de repente, chirrido del demonio, pero no delante, sino detrás de mí y una voz nasal, inconfundible y chillona grita: ¡Bueeeenos días, Don Fernando Martínez! Era la mismísima Manuela Delgado, la mejor amiga de mi suegra. Los zapatos se me cayeron ruidosamente, chapoteé hasta la puerta, y sin mirar atrás solté: Buenos días, Manuela. Sabía perfectamente que en cuanto llegara a mi suegra, daría el parte con todo lujo de detalles.

A la media hora llegué a casa; menos mal que Manuela aún no había llamado. Todos emocionados: ¡Fernando, creíamos que te habíamos perdido! ¡Venga, corre, la comida está lista y el taxi espera, directo al aeropuerto!

Llegamos a casa de mi madre en Valencia, pero yo estaba en un sinvivir, esperando la llamada fatídica de mi suegra. Daba brincos cada vez que sonaba el teléfono, no quería ni ir a la playa, esperando esa condenada llamada Ni dormía ni comía.

A los tres días mi madre me cazó en la cocina y me arrancó la confesión. Lo solté todo, tal cual había sido. Respondió: Claro, hijo, como dice la canción yo te creo, pero no creo que nadie más lo haga. Descansa, que yo atiendo todas las llamadas. En casa, ya se verá.

Pasó el mes. Volvíamos a Madrid y mi humor no podía estar peor. Me imaginaba los interrogatorios de mi esposa, mi suegra y todos los familiares, la escena en mi cabeza era ya una película de terror. El avión aterrizó, todos bajando, y yo, clavado en el asiento de puro nervio. Carmen me tuvo que tirar, casi arrastrado por la pista, mientras mis suegros sonreían exageradamente detrás de la valla del aeropuerto, saludando con entusiasmo falso: ¡Por fin! ¡Nos teníais preocupados! Carmen, qué bien te sienta el sol. Fernando, hijo, te veo muy pálido, muy delgado, ¿has estado enfermo?

Los miraba y no podía creer haberlos querido tanto ¡Qué tramposos!

En casa, cena, brindis, un jaleo pero ni palabra sobre Manuela. Dije, bueno, que jueguen, ya les llegará.

Pasó otro mes. Había adelgazado siete kilos, arritmia y todo, vivía como un zombi, incapaz de pensar con claridad. El alcohol ya no me hacía nada, ni me subía ni nada. Llegaron las fiestas de noviembre, toda la familia reunida, asados y vino, mi suegra justo enfrente Y estallé.

Me apoyé en la mesa, me incliné y casi grité: ¿Y qué tal, mamá, su amiga Manuela Delgado, cómo sigue? Cuando respondió, no pude más. Solté una carcajada brutal, tiré el vaso, me desplomé de la risa y estuve, de puro desahogo, riendo como loco varios minutos, asustando a todos.

Me echaron agua fría, me serené, bebí, comí con ganas como si me hubiera quitado cien kilos de encima.

Nadie entendió por qué reaccioné así ante el triste mensaje de mi suegra: Ay, Fernando, el día que os fuisteis de vacaciones, a Manuela le dio un pequeño ictus y casi ni puede hablarEsa noche dormí como no lo había hecho en meses, con la panza llena y el corazón, por fin, en paz. Al día siguiente, mi suegra me miró de reojo y, sacando del bolso una cajita de pastillas de valeriana, me susurró al pasar: Fernando, la próxima vez, haz como los niños del campamento: si te pierdes, ponte una pulsera con tu teléfono.

Nos echamos a reír los dos, pícaros, cómplices de una broma secreta. Entendí, entonces, que la familia no juzga tanto como uno se imagina; a veces solo espera a que uno tenga el valor de reírse de sí mismo para poder, por fin, cerrar los sustos como se cierran las historias en las sobremesas: entre risas, brindis y el alivio dulce de saberse en casa.

Desde entonces, cada verano en la sierra, cuando algún niño se extravía un rato o hay que improvisar un remedio, cuento la historia del cardiólogo que fue encontrado bajo un seto en la Plaza de Oriente y cómo, gracias a una buena enfermera, sobrevivió para contarlo. Los peques se ríen, los monitores me guiñan un ojo y yo, mientras reparto tiritas y consejos, me prometo nunca más dejar que el miedo pese más que el humor.

Al final, la vida como el buen vino hay que saborearla, con riesgos, sustos, algo de escándalo… y una pizca generosa de risa compartida.

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