Tengo 50 años y era una adolescente estudiante cuando me quedé embarazada de mi novio, que también e…

Life Lessons

Tengo 50 años y todavía recuerdo perfectamente cuando, siendo estudiante, me quedé embarazada de mi novio. Ambos estábamos en el instituto y ninguno de los dos tenía trabajo. Cuando mi familia lo supo, la reacción fue inmediata: me dijeron que había deshonrado la casa y que no criarían un niño que “no consideraban suyo”. Una noche, me ordenaron hacer la maleta. Salí de casa con una pequeña maleta, sin saber dónde dormiría al día siguiente.

Fue la familia de mi novio la que me acogió con los brazos abiertos. Sus padres nos recibieron en su casa desde el primer momento. Nos dieron un cuarto, nos pusieron normas claras y lo único que nos pidieron fue que termináramos nuestros estudios. Se hicieron cargo de la comida, las facturas y hasta de las visitas médicas durante el embarazo. Yo dependía completamente de ellos.

Cuando nació nuestro hijo, su madre estuvo conmigo en el hospital. Me ayudó a bañarlo, a aprender a cambiarle los pañales y a calmarlo por las mañanas. Mientras me recuperaba, ella cuidaba del pequeño para que yo pudiera dormir unas horas. Su padre compró la cuna y todo lo necesario para los primeros meses del bebé.

Tiempo después, fueron ellos mismos quienes insistieron en que no querían que nos estancáramos ni que nuestro futuro quedara limitado. Me ofrecieron costearme los estudios de auxiliar de enfermería y acepté. Yo estudiaba por las mañanas mientras mi suegra se quedaba con nuestro hijo. Mi novio comenzó la carrera de ingeniería informática. Los dos estudiábamos, mientras ellos seguían cubriendo la mayor parte de los gastos.

Fueron años de mucho esfuerzo. Nuestra vida diaria era muy estricta, sin lujos. A veces apenas teníamos lo justo para llegar a fin de mes, pero nunca nos faltó comida ni apoyo. Si alguno enfermaba o se venía abajo, ellos estaban ahí. Cuidaban del niño para que pudiéramos ir a los exámenes, hacer prácticas o trabajar horas extra cuando surgía la oportunidad.

Con el tiempo, conseguimos trabajo. Yo de enfermera, él en su campo. Nos casamos y comenzamos a vivir de manera independiente. Criamos a nuestro hijo juntos. Ahora, con cincuenta años, nuestro matrimonio sigue siendo fuerte. Nuestro hijo ha crecido viendo el esfuerzo y la dedicación.

Con mi familia biológica apenas mantengo contacto. Nunca hubo grandes discusiones después, pero la cercanía nunca volvió. No guardo rencor, pero la relación ya no fue lo mismo.

Si hoy tuviera que decir qué familia salvó mi vida, no fue la que me vio nacer. Es la familia de mi marido, la familia que me tendió la mano cuando más lo necesitaba y que me dio todo aquello que yo no podía imaginar.

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