He tenido tres relaciones largas en mi vida. En las tres llegué a pensar que acabaría siendo padre. Y en las tres, al final, me marché cuando el tema de los hijos empezó a cobrar verdadera importancia.
La primera mujer con la que estuve, Isabel, ya tenía un hijo pequeño cuando la conocí. Yo tenía 27 años. Al principio, ni siquiera me importaba demasiado. Me acostumbré a sus horarios, a las rutinas del niño, a las nuevas responsabilidades. Pero cuando empezamos a hablar de tener un hijo juntos, pasaron los meses sin que ocurriera nada. Ella fue la primera en ir al médico. Todo en su cuerpo funcionaba perfectamente. Después, empezó a preguntarme si yo me había hecho alguna prueba. Le decía que no hacía falta, que ya llegaría cuando tuviera que llegar. Sin embargo, empecé a sentirme incómodo, irritable, tenso. Las discusiones comenzaron a ser frecuentes. Un día, simplemente, recogí mis cosas y me fui.
La segunda relación fue diferente. Ella, Carmen, no tenía hijos y desde el inicio los dos teníamos claro que queríamos formar una familia. Pasaron los años, lo intentamos muchas veces. Cada test negativo me volcaba en mí mismo. Carmen se echaba a llorar con más frecuencia. Yo comencé a esquivar el asunto. Cuando propuso que viéramos a un especialista juntos, le dije que estaba exagerando. Empecé a llegar tarde, a desconectarme, a sentir que estaba atado. Después de cuatro años, terminamos.
Mi tercera pareja, Teresa, tenía ya dos hijos adolescentes. Desde el principio me dejó claro que no necesitaba tener más niños. Pero el tema volvió a salir. En realidad, fui yo quien lo sacó otra vez, necesitando quizá demostrarme algo. Y, como las otras veces, nada ocurrió. Volvieron la incomodidad y la sensación de estar ocupando un lugar que no me correspondía.
Algo muy parecido se repitió en las tres relaciones. No era solo la decepción. Era el miedo. El temor a sentarme delante de un médico y escuchar que el problema era yo.
Jamás me hice las pruebas. Nunca confirmé nada. Siempre preferí marcharme antes que enfrentarme a una respuesta para la que no sé si hubiera estado preparado.
Hoy, con más de cuarenta años, veo a mis antiguas parejas con sus familias, con niños que no son míos. A veces me pregunto si realmente me fui porque estaba cansado o porque nunca tuve el valor de quedarme y enfrentarme a aquello que podía estar pasándome.
He aprendido que la cobardía también se disfraza de decisiones firmes, y que a veces marcharse es más fácil que quedarse a pelear la batalla más difícil: la de saber quién eres cuando enfrentas tus propios miedos.







