Durante cuarenta años escuché la misma frase, repetida como una diadema en mi cabeza:
Mi mujer no trabaja. Es la reina de la casa.
La gente sonreía, algunos se deshacían en elogios y otros, no te digo que no, hasta me tenían envidia.
Y yo pues yo me lo tragaba.
Creía, firmemente, que era indispensable. Que tenía valor. Que mi labor era la más grande del mundo mundial.
Y vaya si era trabajo. Solo que nadie lo llamaba así.
Yo era cocinera, limpiadora, niñera, profesora, enfermera, psicóloga, chofer, contable, organizadora de todo lo organizable. Mi jornada era de catorce horas, y si me descuido, hasta más. No existía eso de “día libre”. Ni “sueldo”. Ni siquiera el “gracias” cuando más lo necesitaba.
Solo había una cantinela:
Tú estás en casa. Tú estás bien.
Mis hijos jamás pisaron el colegio con el uniforme hecho un desastre. Mi marido jamás volvió a casa sin encontrar la cena caliente. Mi hogar era el ejemplo perfecto de orden y mi vida, resumida, se dedicaba a que el resto estuviera cómodo y tranquilo.
A veces me miraba al espejo y no veía una mujer.
Veía una función.
Pero me decía a mí misma: “Esto es la familia. Eso es amor. Es mi decisión.”
Me consolaba pensando que todo esto era “nuestro”.
Nuestra casa.
Nuestro dinero.
Nuestra vida.
Pero la realidad, ay, la realidad decidió despertar.
El día que mi marido marchó a reunirse con San Pedro, mi mundo se desplomó; no solo por el dolor, sino por el golpe de realidad.
Lloramos. Todos repetían que era “un gran hombre”, “el proveedor”, “la columna de la familia”.
Y luego llegó el temido momento de leer el testamento.
Ahí estaba yo, viuda, con las manos temblorosas y el corazón encogido, esperando, no sé, una pizca de seguridad, de protección después de todos esos años entregados.
Y entonces escuché las palabras que me hicieron sentir extranjera en mi propia vida.
La casa estaba a su nombre.
La cuenta bancaria, a su nombre.
Todo, absolutamente todo, a su nombre.
Y ese “lo nuestro” se volvió “lo suyo” en cuestión de segundos.
Mis hijos mis hijos heredaron lo que yo había conservado, limpiado y cuidado toda la vida.
¿Y yo?
Yo no tenía derecho ni a susurrar:
“Esto también es mío.”
Así empezó mi nueva vida, la más humillante de todas: no en pobreza, sino en dependencia.
Tenía que pedir permiso:
¿Puedo comprarme las medicinas?
¿Puedo comprarme unos zapatos?
¿Me puedo teñir el pelo?
Como si no fuera una mujer de setenta años, sino una niña pidiendo la paga.
A veces, lista de la compra en mano, me preguntaba cómo era posible
¿Cómo podía ser que después de cuarenta años de trabajo, mi esfuerzo valga cero?
No me dolía solo la falta de dinero.
Me dolía haber sido engañada.
Me dolía haber llevado una corona de palabras, y no de seguridad.
Me dolía ser “reina”, pero sin derechos.
Y entonces, empecé a hacerme preguntas que jamás fui capaz de plantearme antes:
¿Dónde estaba yo en ese “amor”?
¿Dónde estaba mi nombre?
¿Dónde estaba mi futuro?
Y, sobre todo, ¿por qué durante años pensé que tener mi propio dinero era señal de desconfianza?
Ahora ya sé la verdad.
Tener tu propio ingreso, cuenta bancaria, cotizaciones, bienes no es traicionar al amor.
Es respetarte a ti misma.
El amor no debería dejarte sin protección.
El amor no debería restarte fuerza y luego obligarte a pedir limosna.
Moraleja:
Una mujer puede dar la vida por su hogar pero el hogar también debe reservarle un sitio a ella no sólo en la cocina, sino en derechos, seguridad y dinero.
El trabajo doméstico es digno.
La dependencia, en cambio, es una trampa.
Pregunta para ti:
¿Conoces a alguna mujer que fue “reina en su casa” y al final se quedó sin derechos y sin futuro propio?







