Mi hermano llevaba cinco años casado, pero nunca habíamos conocido a su esposa. Un día, me dijo que vendrían a pasar dos días a mi casa. Llegaron los dos, pero yo no podía soportar a aquella mujer.

Querido diario,
Hoy me siento con ánimos para repasar cómo fue la visita de mi hermano, después de tanto tiempo sin verle. Tras acabar la carrera, Álvaro mi hermano se mudó a Valencia para trabajar, con la idea de ahorrar unos euros y luego volver a Madrid para comprarse un piso. Pero la vida tenía otros planes: conoció allí a una chica, y acabaron casándose. Desde entonces, se quedó a vivir allí. Nosotras no llegamos a conocer nunca a su mujer. De hecho, justo durante su boda, yo estaba de nueve meses y a punto de dar a luz, así que ni me planteé viajar hasta allí. Papá no pudo pedir días libres en el trabajo, así que fue solo mamá la que asistió. Por lo visto, el trato entre ellas no pasó de lo cordial, simplemente se saludaron y poco más. Después de la boda, ellos se marcharon de luna de miel y mamá volvió a casa a los pocos días. Me comentó que la chica era guapa, siempre sonriente y resultaba simpática, pero lo cierto es que desde entonces, han pasado varios años y seguimos sin conocer a mi cuñada.
Este año, sin embargo, Álvaro nos sorprendió con una noticia: planeaba una especie de tour por varias ciudades. Primero vendrían los dos a visitarnos, luego a la boda de una amiga suya, luego a una reunión de antiguos alumnos, más tarde al encuentro familiar en la playa, y finalmente volverían a Valencia. Tenían previsto quedarse dos días en casa. Me pareció fenomenal. Es cierto que nuestro piso es pequeño, pero mis suegros tienen una casa de campo justo a las afueras y nos la cedieron encantados. Hacía tiempo que no se reformaba demasiado, pero las condiciones eran más que aceptables para pasar esos días.
Aquel día estaba de buen humor, ilusionada por ver a mi hermano. Cuando por fin llegaron, empezaron los problemas. Álvaro me presentó a su esposa, Lucía, y desde que nos saludamos empezó a quejarse: que en el viaje había pasado calor, que si el ruido, que el asiento incómodo… Nada le parecía bien.
Fuimos entonces hasta la casa de campo. Pensé en enseñarles un poco todo, pero cuando Lucía vio el baño y la ducha, torció el gesto como si le acabara de rozar un gato callejero. Se llevó a mi hermano aparte y, después de hablar, él le pidió a mi marido que los acercara al pueblo. Dijo que no pensaba usar esa ducha bajo ningún concepto. Vinieron a nuestra casa, Lucía se duchó, se maquilló, y volvieron.
Lo siguiente fue la comida. Habíamos preparado los platos más cuidados que se nos ocurrieron. Pero nada le valía: que si el gluten, que si había mucha grasa, que si no recordaba qué otro pero… Al final solo tocó cuatro verduras, y casi ni las miraba. Ni siquiera quiso dormir en la habitación que preparamos con tanto cariño; así que de vuelta al piso de Madrid. Y al día siguiente, paseando por el centro, era peor que mi hijo de tres años: que si tenía calor, que le dolían los pies, que estaba aburrida.
La verdad, reconocí que me sentí aliviada cuando por fin se marcharon. No puedo dejar de preguntarme cómo ha aguantado mi hermano tantos años. En tan solo dos días, nos dejó a todos agotados.

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