Hoy he presenciado una acción que me ha conmovido profundamente, protagonizada por un joven conductor de autobús de 25 años. Quiero dejar constancia de lo que ocurrió, porque aún me late el corazón con fuerza al recordarlo.
En una parada, subió al autobús una señora mayor, calculo que tendría unos 80 años; observaba con atención la escena desde mi asiento. Ella sacó cuidadosamente un pañuelo (en realidad, dentro llevaba sus monedas) y, tras contar el importe exacto, le pidió al conductor si podía parar en la siguiente parada, justo al lado de una tienda de ultramarinos. Él asintió, como es habitual aquí en Madrid. Cuando llegó el momento, la señora le ofreció el dinero y le dijo:
Gracias, hijo mío.
Pero el conductor no le aceptó el dinero, sino que sacó su cartera, le sonrió y le pidió que esperara tres minutos. Bajó apresuradamente del autobús y entró en la tienda. A los pocos minutos, regresó con una bolsa de comida: cuatro litros de leche, nata, pan, algo de pasta y un poco de carne. Se lo entregó a la señora. Ella, abrumada, se negó en un primer momento:
No hace falta, hijo. Mi pensión me da para pan y esas cosas.
El joven, con voz firme y amable, respondió:
Si no lo acepta, lo tiraré a la basura.
La señora se echó a llorar, le dio las gracias una y otra vez y le deseó lo mejor en la vida. El conductor volvió al autobús y, tras cerrar la puerta, una mujer, rondando los cuarenta, se atrevió a decir en voz alta:
¿De verdad merecía la pena gastar tu dinero y hacer que todos lleguemos tarde solo por unos agradecimientos?
El joven la miró, abrió de nuevo la puerta y le dijo con serenidad pero sin titubear:
Por culpa de personas como usted, los mayores creen que todos los jóvenes somos unos maleducados, porque no saben enseñar a sus hijos más que egoísmo e hipocresía.
La mujer bajó del autobús tan roja como un tomate. ¡Ojalá hubiera más personas como este chico por aquí! En días como hoy, vuelvo a tener fe en la bondad y generosidad en nuestro país.





