Ay, niña, no te hagas ilusiones con él, que no va a casarse contigo.
A Inés apenas le habían caído los dieciséis cuando perdió a su madre. Su padre hacía ya siete años que se marchó a Madrid en busca de trabajo, pero nunca volvió; ni cartas ni dinero, nada.
En el pueblo, todos acudieron al entierro y ayudaron como pudieron. Su tía Carmen, su madrina, la visitaba a menudo, le recordaba lo que debía hacer, y la aconsejaba. Al terminar el colegio, consiguieron que trabajara en la oficina de correos en el pueblo de al lado.
Inés era una muchacha fuerte, de esas de mejillas sonrosadas y rostro redondo, nariz chata, pero con unos ojos grises y brillantes que lo decían todo. La trenza rubia que le caía hasta la cintura era casi su seña de identidad.
El chico más guapo del pueblo era, sin duda, Javier. Dos años había pasado desde que regresó del servicio militar y no paraban de rondarlo las chicas. Incluso las universitarias que venían de Madrid en verano no podían evitar fijarse en él.
En vez de estar de conductor en el pueblo, le pegaba hacer de galán en películas. Pero Javier aún no tenía intención de sentar cabeza, no se había cansado de disfrutar la vida.
Hasta que una tarde la tía Carmen se presentó en su casa y le pidió ayuda para arreglar la valla de Inés, que amenazaba con caerse. En el pueblo, sin fuerza masculina, la vida pesa más. Inés podía con el huerto, pero de la casa, ella sola no podía.
Él no pensó mucho y aceptó. Se presentó, echó un vistazo, y empezó a mandar: Tráeme esto, ve allí, pásame aquello. Inés obedecía, sin decir palabra.
Y con cada orden, sus mejillas se ponían más rojas, la trenza saltaba entre su espalda cuando se movía. Cuando Javier se cansaba, ella le servía un cocido de los de antes y té, fuerte, como le gustaba. Y se quedaba mirándole mientras partía el pan negro con sus dientes blancos y firmes.
Tres días estuvo Javier arreglando la valla, y el cuarto apareció en casa de Inés sin motivo. Ella le preparó la cena y, entre conversación y miradas, acabó quedándose a dormir. Empezó a ir cada noche, marchándose al amanecer para que nadie lo viera. Pero en un pueblo, nada se esconde.
Ay, niña, no vayas a creerte nada, ese no se casa. Y si lo hace, ya vas a sufrir. Cuando llegue el verano, y vengan las chicas de Madrid, ¿qué harás? Te vas a consumir de celos. No es el tipo de hombre que te conviene le susurraba la tía Carmen.
Pero, ¿acaso una juventud enamorada escucha razones de la experiencia?
Meses después, Inés empezó a sentirse mal. Primero pensó que sería un resfriado, o el estómago. Debilidad, náuseas… Hasta que la verdad, como una bofetada, le cayó encima: llevaba el hijo de Javier en su vientre.
En un momento de desesperación pensó en librarse de ello; demasiado pronto para ser madre. Pero después, pensó que así no estaría sola. Si su madre la había criado sola, ella también podría. Su padre poco le había ayudado, siempre bebiendo. Y las habladurías del pueblo pasarían.
Al despuntar la primavera, se quitó el abrigo y todos en el pueblo notaron la barriga. Sacudían la cabeza, algunos murmuran desgracias. Javier vino a verle, preguntando qué pensaba hacer.
¿Qué otra cosa puedo hacer? Darle vida. No te preocupes, criaré sola al niño. Vive como quieras le respondió, removiendo el fuego en el hogar. Las chispas rojas bailaban en sus mejillas y ojos.
Javier se quedó embelesado, pero se fue. Inés lo había decidido sola; a él, ni le rozó. Llegó el verano y las chicas de ciudad invadieron el pueblo. Javier desapareció.
Inés seguía en el huerto, y la tía Carmen venía a ayudarle a arrancar hierbas, porque inclinarse era difícil con aquella tripa tan grande. Las vecinas decían que tendría un hombretón.
Lo que Dios mande bromeaba Inés.
Una madrugada de septiembre, un dolor la despertó, como si la partieran en dos. El dolor se fue, pero regresó pronto. Corrió en busca de la tía Carmen, que, de solo ver su cara, lo entendió todo.
¿Ya llega? Siéntate, que vengo y salió corriendo.
Fue a casa de Javier, que estaba junto a su camión aparcado. Ya se habían marchado los turistas. Mal día: esa noche Javier había bebido de más.
La tía Carmen le revolvió a gritos. Javier, medio dormido, sin entender, hasta que la realidad le cayó encima:
¡Pero si el hospital está a diez kilómetros! Para cuando busquemos médico y volvamos, ya habrá nacido. ¡La llevo ahora mismo! Prepárala.
¿Pero en el camión? Se va a agitar tanto que casi va a parir por el camino gritaba la mujer.
Pues vienes tú también, por si acaso resolvió Javier.
Dos kilómetros de camino destrozado, sorteando baches, cuidando que no se cayese nadie. La tía Carmen sentada sobre los sacos en la caja. Al llegar al asfalto, aceleraron.
Inés retorcida en el asiento, apretando los labios para no gritar y sujetando la barriga con las manos. Javier se puso serio.
Miraba a Inés de reojo, y se le veían marcadas las mandíbulas y los dedos blancos sobre el volante. Pensativo, y, por primera vez, responsable.
Llegaron a tiempo. Dejaron a Inés en el hospital y, a la vuelta, la tía Carmen no dejó de acusar a Javier:
¿Para qué arruinaste la vida de la niña? Solita, sin padres, es apenas una cría y la dejas con preocupaciones. ¿Cómo va a criar sola a ese niño?
Ni siquiera habían regresado al pueblo cuando Inés ya se había convertido en madre de un niño sano y fuerte. La mañana siguiente se lo trajeron para alimentarlo. No sabía ni cómo tomarlo en brazos, ni cómo acercarlo al pecho.
Temblando de miedo y alegría, observó la carita roja y arrugada de su hijo. Apretó los labios y fue siguiendo las instrucciones que le daban.
Pero el corazón le latía con esa mezcla de miedo y dicha. Observaba la frente diminuta, soplando sus pelitos, y sonreía torpemente.
¿Vendrán a buscarte? le preguntó el médico mayor antes del alta.
Inés encogió los hombros y movió la cabeza:
No lo creo.
Suspiró el médico y se fue. La enfermera envolvió al niño en una manta del hospital, para que llegara a casa. Le exigió que la devolviera.
Federico te lleva al pueblo en el coche del hospital. No vas a ir en autobús con este niño le indicó con cierto reproche.
Inés dio las gracias. Caminaba por el pasillo de la clínica, cabizbaja y roja de vergüenza.
En el coche, Inés apretaba a su hijo contra el pecho, mientras se preguntaba cómo sería ahora su vida.
La paga de maternidad, una miseria, apenas cientos de euros. Le daba pena por sí misma y por aquel hijo inocente. Pero al mirar la carita arrugada y dormida se llenó de ternura, y apartó los malos pensamientos.
De repente, el coche se detuvo. Inés miró ansiosa a Federico, un hombrecillo de unos cincuenta años.
¿Qué pasa?
Han caído dos días de lluvias. Fíjate en esos charcos: ni pasar, ni bordear. Si avanzo, me quedo atascado. Solo con camión o tractor podría.
Perdona. Falta poco, dos kilómetros. ¿Podrás llegar andando? le indicó el camino, donde la laguna formaba ya un mar sin fin.
El niño dormía en sus brazos. Incluso sentada, le pesaba. Era un hombretón. ¿Pero cómo andar con él por esa ruta?
Se bajó con cuidado, acomodó bien al niño y avanzó por el borde del charco gigantesco. Los pies se hundían en el barro hasta los tobillos, a punto de resbalar.
Sus zapatos, ya viejos, chapoteaban. Si hubiera sabido, habría ido con botas de goma al hospital. Uno de los zapatos se quedó atrapado en el barro. Inés pensó, pero no podía sacarlo, así que siguió con uno solo.
Al llegar al pueblo, el atardecer caía y no sentía ya los pies de frío. No le quedaban fuerzas ni para asombrarse de que las ventanas estuvieran iluminadas.
Subió los escalones secos. Los pies entumecidos, pero el cuerpo empapado en sudor por el esfuerzo. Abrió la puerta y se quedó helada.
Junto a la pared había una cuna y un cochecito; dentro, ropa bonita para el bebé. Javier, apoyado sobre la mesa, dormía.
Quizás por algún sexto sentido, o porque sintió su presencia, Javier levantó la cabeza. Inés, ruborizada, desaliñada, sostenía al niño en el umbral, el vestido mojado y las piernas enlodadas hasta las rodillas, y solo un zapato puesto.
Al ver que caminaba descalza, corrió a ayudarla, tomó al niño y lo acostó en la cuna. Fue a la cocina, sacó una olla con agua caliente.
La sentó, le ayudó a desvestirse y le lavó los pies. Mientras Inés se cambiaba junto al fuego, ya había patatas hervidas y una jarra de leche sobre la mesa.
El niño lloró, e Inés se apresuró a tomarlo en brazos y lo amamantó sin vergüenza.
¿Cómo lo has llamado? preguntó Javier, ronco.
Luis. ¿Te parece bien? ella levantó la mirada, con sus ojos claros.
Los ojos de Inés estaban llenos de dolor y amor, y a Javier se le encogió el corazón.
Bonito nombre. Mañana iremos al registro y nos casaremos.
No hace falta… susurró Inés, mirando al niño.
Mi hijo tiene que tener padre. Ya he visto suficiente mundo fuera, y no sé cómo seré como marido, pero a mi hijo no lo abandono.
Inés asintió, sin levantar la cabeza.
Dos años después, nació una niña: la llamaron Esperanza, como la madre de Inés.
No importa los errores del principio; siempre se puede recomenzar.
Así fue esta historia. ¿Tú qué piensas? Deja tu comentario y dale me gusta.





