El sol empezaba a ocultarse tras las colinas cuando Ben se preparó para su paseo vespertino. Había p…

Life Lessons

El sol comenzaba a esconderse tras los pinos de la sierra de Madrid cuando Rodrigo se preparaba para su paseo vespertino. Había planeado una caminata tranquila entre los senderos del bosque, solo él y la brisa juguetona entre las ramas, lejos del jaleo diario de la ciudad y de los problemas que amenazan a la humanidad.

Pero entonces escuchó algo.

No fue el canto de un mirlo. Ni siquiera el susurro de las hojas o el trotecito escurridizo de algún conejo. Fue un gemido áspero y apurado, completamente fuera de lugar en la quietud bucólica de la naturaleza.

A Rodrigo se le encogió el corazón mientras se guiaba por el ruido, abriéndose paso entre zarzas como si fuera Indiana Jones en una versión madrileña. El sonido se hacía más intenso y desesperado. Tras apartar unas ramas con gesto épico, dio con el origen del drama: un perro tamaño mediano, seguramente cruce de pastor vasco, atrapado bajo el tronco de un pino caído. Una pata trasera estaba pillada y retorcida de mala manera mientras el animal, con el pelaje empapado de barro, respiraba rápido, mirando a Rodrigo con ojos que decían no me fio pero ya me da igual.

Rodrigo se quedó quieto un segundo, respirando como si la solución dependiera de mantener la calma. Dio un paso, luego otro, y con voz seria pero amable intentó tranquilizar al can: Tranquilo, majete. Que esto lo arreglamos.

El perro gruñó flojito, más por susto que por mala leche, porque ya ni fuerzas le quedaban para protestar como Dios manda.

Rodrigo se agachó, acercándose poco a poco como quien intenta que no se le escape el WiFi en casa. No pasa nada, susurró, rozando la espalda del perro con los dedos. Solo te tengo que sacar de aquí, colega.

El tronco pesaba lo suyo, como si lo hubiera plantado un abuelo de Goya. Rodrigo se quitó la chaqueta de punto, la colocó para amortiguar el tronco y se dispuso a empujar con toda el alma de un español que ha tenido que mover algún mueble demasiado grande en algún momento de su vida. El barro le engullía las botas y el sudor le empapaba la frente, por un momento pensó que aquello no iba a ceder nunca.

Pero, tras un último esfuerzo digno de los anuncios de turrón, el tronco rodó unos centímetros y liberó al perro.

El animal intentó moverse, se arrastró agotado y se dejó caer como si le hubiera tocado la Lotería pero sin fuerzas para celebrarlo. Allí estuvo un rato, hecho polvo y sin ganas ni de mirar. Rodrigo esperó, callado, como quien aguarda su turno para pedir en la barra.

Cuando el perro levantó la cabeza y le miró, aquellos ojos asustados mostraban algo más: una chispa de confianza inquebrantable (por ahora).

Rodrigo volvió a ofrecer la mano, ahora con más seguridad. El perro, tímido, se estremeció, pero lejos de apartarse, se apoyó en Rodrigo como si fuera su nuevo colchón, el tembleque cesando poco a poco.

Ya está, pequeñín, susurró, acariciando el pelaje mugriento. Ahora te llevo a casa.

Con todo el mimo del mundo levantó al perro, sujetándolo como se sujeta a un jamón de Guijuelo en Nochebuena. Paso a paso, lo llevó hasta su coche, sintiendo el peso y el calor del animal como si fuera un viejo amigo. Al llegar al coche, Rodrigo colocó al perro en el asiento del copiloto y encendió la calefacción, esperando que el confort del Seat le diera algo de alivio.

El perro, rendido, se acurrucó hecho un ovillo, puso la cabecita sobre las piernas de Rodrigo y movió la cola lo justo, dando un golpecito que decía: No está mal para ser lunes.

A Rodrigo se le hinchaba el pecho, pensando que ni el mejor bocadillo de calamares da esa sensación. Haber hecho algo que marcara la diferencia, haber regalado un poco de paz frente al caos. A veces, pensó, solo hace falta una persona para que la vida mejore por obra y gracia de la casualidad.

Mientras conducía rumbo a casa y el perro ya ronroneaba en el asiento, Rodrigo supo con certeza que había salvado algo más que una vida. Se había ganado una compañía inesperada en una tarde cualquiera de paseo por el bosque madrileño.

Rate article
Add a comment

four × four =