Ese desagradable regusto —¡Esto se acabó, no va a haber boda! —exclamó Marina. —¿Pero qué ha pasad…

Life Lessons

A ver, te cuento lo que pasó, porque todavía tengo ese mal sabor de boca y necesito desahogarme contigo

¡Se acabó! ¡No va a haber ninguna boda! soltó Carmen de golpe, con ese tono suyo que no deja lugar a dudas.

Espera, ¿de qué hablas? balbuceó Javier, descolocado. Si todo estaba bien

¿Bien? Carmen soltó una risa amarga sí, claro, bien. Simplemente se quedó unos segundos callada, buscando cómo decirle la verdad pero al final decidió soltarlo tal cual ¡te huelen fatal los calcetines! No pienso respirar eso el resto de mi vida.

¿Sabes cómo reaccionó su madre cuando le contó que quitaba la solicitud del registro? Alucinó.

¿Pero cómo se te ocurre? se quedó de piedra la madre de Carmen.

Mira, es la verdad le dijo Carmen encogiéndose de hombros No me digas que tú no te dabas cuenta.

Claro que me daba cuenta admitió, algo avergonzada Pero hija, me parece humillante. Pensaba que le querías de verdad que el chico no era tan malo. Lo de los calcetines, bueno, eso se puede arreglar.

¿Cómo? ¿Enseñarle a lavarse los pies? ¿A cambiarse los calcetines? ¿A usar desodorante? Mamá, ¿pero tú te escuchas? Yo quería casarme, no adoptar a un niño grande, ¿sabes?

Entonces, ¿para qué llegaste tan lejos? ¿Para qué presentaste la documentación?

¡Porque tú no parabas! Javi es buen chico, es muy amable, me cae fenomenal ¿eso lo has dicho tú o no? Y eso de Tienes ya veintisiete, va siendo hora de casarse y de darme nietos, ¿te suena? ¿Sí?

Vale, Carmencita, pero yo pensaba que lo tenías claro, que lo vuestro iba en serio le contestó su madre, intentando defenderse Lo que pasa es que tú lo has pensado bien y has decidido. Eso sí, hija, eso de los calcetines me parece demasiado. No eres así.

Pues lo he hecho a propósito, por si no quedaba claro. Le hablé en su idioma, para que no hubiese vuelta atrás.

***

Al principio, Javier le pareció divertido, algo torpe, pero majo. Siempre vestía la misma camiseta y unos vaqueros, nunca hacía el intelectual, y podía pasarse horas hablando de pelis antiguas. Cuando lo hacía se le iluminaban los ojos.

Con él todo era sencillo, tranquilo.

Y eso era justo lo que Carmen necesitaba, después de tantos dramas y relaciones fallidas buscando el indicado.

A los dos meses de paseos por el Retiro, cines y cafés, Javier, nervioso, le preguntó:

¿Te apetece venir a mi piso? Te hago unas croquetas caseras, las preparo yo mismo.

La invitación tenía algo tan cálido y casero que a Carmen le dio un vuelco el corazón. Lo de las hago yo fue la guinda.

Y claro, aceptó

***

Pero cuando llegó a casa de Javier, la cosa cambió. No era que estuviera sucio, pero había caos, falta de gusto y de vida. Las paredes grises, sin cuadros ni fotos. Un sofá raído con un solo cojín en vez de almohadas. El suelo lleno de pilas de cajas, libros y revistas, zapatillas por medio Y el ambiente, cargado y con olor a polvo y cerrado.

La habitación parecía una estación de paso, como si estuviera a punto de mudarse pero nunca lo hiciera.

¿Qué tal mi fortaleza? preguntó Javier, abriendo los brazos, sin una pizca de vergüenza. Se sentía orgulloso y ni veía nada raro.

Carmen se forzó a sonreír. Al fin y al cabo, el chico le gustaba, discutir no servía.

En la cocina, la cosa no mejoró: la mesa cubierta de polvo, platos que llevaban días en la pila, tazas con marcas negras, una cazuela medio oxidada sobre la vitro. Carmen no pudo evitar fijarse en la tetera.

¿De qué color sería eso? pensó, intentando averiguarlo entre tanta mugre.

Se le cayó el ánimo al suelo.

Javier no paraba de hablar y de intentar hacerla reír, pero cuando le pasó el plato de croquetas, Carmen no lo quiso probar, diciendo que estaba a dieta.

Ni loca se hubiese atrevido a llevarse a la boca algo de esa cocina.

Más tarde, en casa, le dio vueltas al asunto.

Lo que había visto, en realidad, parecía menos grave. ¿Qué más da si vive solo y se le va un poco de las manos el orden? Pero detrás de ese desorden, Carmen percibió otra cosa: ¿cómo alguien puede estar cómodo así? No era por pereza, era por normalidad. Para él era lo de siempre.

Al final dejó un mal rollo.

***

Y un día Javier fue a su casa, le pidió matrimonio formalmente y hasta le dio un anillo. Presentaron papeles, los padres se pusieron a preparar todo.

Ser la novia tiene su punto, no te voy a mentir. Pero en los momentos de soledad, cuando Carmen se acordaba de Javier cocinando croquetas y contando chistes intentando hacerla feliz, sólo le venía a la cabeza ¡la dichosa tetera de la cocina!

Y Carmen comprendía: no era solo la tetera. Era una pista. Hablaba de cómo Javier veía la vida, la casa, a él mismo, y seguramente a ella.

Un día se imaginó una mañana juntos y se le pusieron los pelos de punta.

Se le veía entrando en la cocina, viendo restos de té y migas del bocata. Al pedirle que lo recogiera, seguro que Javier la miraría igual que había mirado su propia casa: sin comprender nada. No discutiría, no gritaría. Simplemente no entendería. Y ella tendría que repetirlo cada día. Y así, poco a poco, la paciencia y el cariño se le irían agotando con mil pinchazos invisibles para él.

Y mientras tanto, su madre feliz por la boda.

***

La boda

Esa ligereza y calor que sentía al lado de Javier se evaporó, dejando en su sitio una inquietud pegajosa.

Carmencita le preguntaba Javier casi a diario, con ojos de preocupación ¿Estamos bien, verdad? ¿Nos queremos?

Claro respondía ella, mientras sentía cómo algo se le rompía por dentro.

Al final, Carmen no aguantó más y decidió contarle todo a su amiga Lucía.

¿Y qué más da? Lucía no lo entendía Polvo, la tetera Mi marido deja la cocina que parece Normandía después del desembarco y ni se da cuenta. Los tíos no ven esas cosas.

¡Es que ese es el problema! No lo ven, nunca lo verán y yo sí, toda la vida, y eso me va a matar poco a poco.

***

No le culpaba, él jamás le engañó. Era sincero, simplemente vivía en otro mundo. Uno donde un plato mugriento en la pila era normal, y para Carmen eso era señal de desconexión y de dejarse llevar.

El tema no era la limpieza, ni el desorden. Era que los dos veían la vida de forma opuesta. Y esa grieta acabaría siendo un abismo insalvable.

Por eso decidió poner fin antes de que fuera demasiado tarde.

Solo faltaba encontrar el momento

***

Los invitaron a una fiesta.

Llegaron, se quitaron los abrigos y los zapatos

Entraron en el salón

El olor se les pegaba como una sombra.

Al principio Carmen no se dio cuenta de dónde venía ese hedor, pero cuando lo supo, y vio que los demás también lo notaban, se le cayó la cara de vergüenza. Sin decir nada, salió corriendo, se vistió y se fue.

Javier la alcanzó. La detuvo, le agarró la mano. Carmen se dio la vuelta y le soltó con rabia:

¡Ya está! ¡No va a haber boda!

***

La boda, efectivamente, nunca se hizo.

Carmen cree que hizo lo correcto y no se arrepiente.

Y Javier aún no entiende qué pasó. ¿Por un par de calcetines malolientes? Si hubiera sabido, ni se los habría puestoCarmen siguió su vida. Los días siguientes, después del drama, no fueron fáciles: los mensajes de conocidos, las llamadas de familiares, incluso los silencios llenos de juicio de su madre. Pero a medida que pasaban los meses, la sensación de alivio superó cualquier sensación de culpa.

En uno de esos días de primavera en que Madrid parece invitarte a respirar hondo y olvidar lo malo, Carmen se sentó en una cafetería, lista para empezar un cuaderno nuevo. Al abrirlo, se dio cuenta de que, justo delante de ella, una mujer mayor le sonreía. Tenía peinado canoso impecable y llevaba un libro de recetas entre las manos. Carmen no pudo evitar fijarse: las uñas cuidadas, el bolso alineado, el vestido sin una arruga.

La mujer le preguntó, sin rodeos:

¿Esperas a alguien? mientras señalaba la silla vacía.

Carmen dudó, luego sonrió y le ofreció asiento.

La mujer empezó a hablar de la vida, de sus nietos, de recetas, y de cosas inesperadas que le habían enseñado a dejar de lado los para toda la vida y a buscar los para hoy. Carmen se sintió entendida por primera vez en meses.

Al salir de la cafetería, la señora le dijo:

Nadie te enseña, pero se aprende: lo importante no es encontrar quien te aguante el olor, sino quien no te obligue a respirar lo que no es tuyo.

Ese frase se le quedó pegada, como una segunda piel.

Nunca hubiera imaginado que una decisión tan pequeña, un puñado de calcetines y una tetera mugrienta serían el inicio de algo nuevo. Pero así fue. Con cada hoja de su cuaderno, Carmen aprendía que la vida no se trata de soportar lo incómodo, sino de buscar lo que huele a limpio, a nuevo, a suyo.

Y por primera vez en mucho tiempo se permitió reírse, sola, por la calle, sabiendo que había elegido la libertad antes que la costumbre.

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