El día en que perdí a mi marido fue algo más que el día en que lo perdí. Fue el día en que se esfumó la versión de mi matrimonio a la que tanto me aferraba. Todo ocurrió demasiado rápido, como si la vida hubiera decidido cambiar el guion sobre la marcha y sin avisar.
Salió temprano por la mañana, como casi siempre, porque tenía que recorrer varios pueblos. Era veterinario rural de esos que trabajan por contratos y se pasan la semana dando vueltas de aldea en aldea: revisaba vacas, vacunaba gallinas, solucionaba urgencias de ovejas que se creen perros pastores. Yo ya estaba acostumbrada a las despedidas rápidas, de esas que apenas te da tiempo a poner el café. Me sabía de memoria el ritual: botas de goma llenas de barro y la furgoneta cargada hasta arriba de jaulas y botes misteriosos.
Ese día, a mediodía, me escribió desde un pueblo perdido de Castilla uno de esos que ni Google Maps se aclara. Me dijo que había empezado a llover a cántaros y que todavía tenía que ir a otro pueblo, a media hora. Comentó que después vendría directo a casa, porque quería llegar pronto y cenar conmigo, como Dios manda. Le respondí lo de siempre: Ten cuidado, que el aguacero no perdona ni a los toros.
A partir de ahí nada más, hasta la tarde.
Primero fue un rumor. Me llamó una conocida, preguntando si estaba bien. Yo no entendía nada, porque no era lunes y no habían subido el precio de la luz. Luego me llamó su primo Fernando y soltó que había habido un accidente en la carretera camino al pueblo. El corazón se me puso a latir como si estuviera en una competición de flamenco y me sentí a punto de desmayarme. Minutos después llegó la confirmación: la furgoneta había resbalado con la lluvia, se salió de la carretera y acabó en una zanja. Él no sobrevivió.
No sé cómo llegué al hospital. Recuerdo estar sentada en una silla helada, oyendo a un médico que intentaba explicarme cosas tan técnicas como si estuviera leyendo instrucciones de montaje de Ikea en arameo. Mis suegros, llorando. Los niños, preguntando dónde estaba papá y yo, sin poder decirles nada.
Y justo ese mismo día ni siquiera habíamos terminado de dar la noticia a la familia pasó algo que me rompió el corazón por otro lado.
Las redes sociales empezaron a hacer de las suyas.
La primera publicación fue de una mujer que no me sonaba ni de haberla visto en el supermercado. Subió una foto de él abrazándola en un pueblo, y escribió que estaba destrozada, que había perdido el amor de su vida y que agradecía cada momento a su lado. Pensé que sería un error, que los algoritmos se habían vuelto locos.
Luego llegó la segunda publicación: otra mujer, con otras fotos diferentes, despidiéndose de él y dándole las gracias por el amor, el tiempo y las promesas. Para rematar, una tercera.
Tres mujeres diferentes. El mismo día. Hablando públicamente sobre su relación con mi marido. Como quien saca los manteles bonitos por si viene el alcalde.
No les importaba que yo acabara de enviudar, ni que mis hijos acabaran de perder a su padre, ni la pena de mis suegros. Soltaron su versión sin pudor, como si hicieran un homenaje público, ¡y venga likes!
Y ahí bueno, ahí fue cuando las fichas empezaron a caer.
Sus viajes constantes. Los horarios en los que desaparecía. Los pueblos lejanos. Las excusas de reuniones y urgencias nocturnas que ni los guionistas de Amar en tiempos revueltos. Todo empezó a cuadrar pero de una forma que daba más ganas de vomitar que de llorar.
Enterré a mi marido al mismo tiempo que descubría que había llevado una vida doble o igual hasta triple. Como para película de Almodóvar, pero sin música de fondo.
El velatorio fue uno de los momentos más surrealistas: gente dándome el pésame, sin saber que yo ya había visto esas publicaciones. Las señoras mirándome raro, susurrando. Yo allí, agarrando a mis hijos, con toda esa novela en la cabeza, los recuerdos cruzados y las ganas de salir corriendo hasta Toledo y más allá.
Después del entierro llegó el glorioso vacío.
La casa era un mausoleo: su ropa seguía colgada, las botas de lluvia, el taller lleno de herramientas, como si fuese a entrar en cualquier momento diciendo que no ha encontrado el apero bueno porque en la ferretería son unos chapuceros.
Y junto con la tristeza, apareció el peso del engaño.
No podía llorarle de verdad sin pensar en todo lo que había hecho, en todos esos capítulos ocultos entre las ovejas y los pueblos.
Meses más tarde, acabé yendo a terapia, porque ni con tres tazas de tila era capaz de dormir. Despertaba llorando cada mañana, como las abuelas en las telenovelas. La psicóloga una mujer sabia y con acento de Burgos me dijo algo que me caló: que si quería sanar, debía separar en mi cabeza al hombre que me traicionó, al padre de mis hijos, y al ser a quien quise. Que si sólo veía al traidor, la herida nunca cerraría.
Allá que fui, con mi pack completo de sentimiento y rabia.
No fue fácil. Tardé años. Con ayuda de la familia, la terapia y mucho silencio. Aprendí a hablar con mis hijos sin odio, a ordenar los recuerdos como quien selecciona las fotos del verano y deja las borrosas. Aprendí a soltar la rabia que me ahogaba más que el calor manchego en agosto.
Hoy han pasado cinco años. Los niños han crecido, yo he vuelto a trabajar y hasta me atrevo a tomarme un café sola, sin sentirme culpable por disfrutar un rato. Hace tres meses he empezado a conocer a un hombre. Sin prisas, sin promesas, sólo vamos despacio, como quien aprende a bailar flamenco sin pisarse. Sabe que soy viuda, no conoce todos los detalles. Andamos sin hacer ruido.
A veces me sorprendo contando mi historia en voz alta como hoy. No para buscar lástima, sino porque, por primera vez, puedo hablar sin sentir que el pecho me arde. No he olvidado lo que pasó, pero por fin no vivo encerrada en aquello.
Y aunque el día que mi marido se fue, mi mundo se vino abajo hoy puedo decir que he aprendido a recomponerlo, pieza a pieza, aunque nunca más fuera igual. Pero bueno, la vida en España nunca ha sido de color de rosa y, sinceramente, a mí esas telenovelas me aburren.




