—¿De quién eres, pequeña?..—Anda, ven que te llevo a casa, así entras en calor. La cogí en brazos y …

Life Lessons

¿De quién eres, pequeña? … Anda, ven, te llevo a casa, entrarás en calor. La tomé en brazos. La llevé conmigo, y, claro, en el pueblo las noticias vuelanlos vecinos enseguida, como si estuvieran al acecho. Madre mía, Carmen, ¿de dónde has sacado a esa niña? ¿Y qué vas a hacer con ella? ¿Pero tú estás loca, Carmen? ¿Cómo vas a cuidar de una niña? ¿Con qué vas a alimentarla?

Crujió el suelo bajo mi pieotra vez me digo que tengo que arreglarlo, pero nunca encuentro el momento. Me senté a la mesa y saqué mi viejo diario. Las páginas, amarillentas como hojas de otoño, aún guardan mis pensamientos. Afuera sopla viento, la encina golpea la ventana como si quisiera entrar.

¿Por qué tanto ruido? le digo. Espera, ya llegará la primavera.

Uno se ríe, claro, hablando con árboles, pero cuando se vive solo, todo parece más vivo. Después de aquellos años tan difíciles, me quedé viudomi Antonio falleció. Guardo aún su última carta, gastada de tanto leerla. Escribía que pronto volvería, que me quería, que seríamos felices… Y a la semana, recibí la noticia.

No tuvimos hijos quizás fue mejor así, en aquellos tiempos no había apenas para comer. El encargado del cortijo, Don Manuel, solía consolarme:

No te apures, Carmen, eres joven todavía, pronto te casarás de nuevo.

No quiero volver a casarme, respondía siempre firme Solo amé una vez, y fue suficiente.

Trabajaba en el cortijo desde el alba hasta el anochecer. El capataz, Don Pedro, a veces me gritaba:

¡Carmen, vete a casa ya, que ya es de noche!

Ya voy, contestaba aún tengo fuerzas; mientras las manos trabajen, el corazón no envejece.

Mi casa era humilde: una cabra llamada Fina, tan terca como yo; cinco gallinas me despertaban antes que ningún gallo. La vecina Dolores siempre me hacía bromas:

¿No te habrás cambiado por un pavo? Que tus gallinas despiertan al mundo.

Tenía mi huerto patatas, zanahorias, remolacha, todo de la tierra que trabajo. En otoño preparaba conservas de pepinillos, tomates, setas encurtidas. En invierno, abrir un tarro era como traer el verano a casa.

Aquel día lo recuerdo bien. Era marzo, húmedo y frío. Por la mañana lloviznaba, por la tarde helaba. Fui al monte a recoger leña para el fuego, había mucha tras las tormentas. Volvía cargada a casa por el viejo puente, y oí un llanto. Pensé que era el viento, pero no, era claro y con el sollozo de un niño.

Bajé bajo el puente y vi a una niña pequeña sentada, empapada de barro, con el vestidito roto y los ojos llenos de miedo. Cuando me vio, se quedó callada, solo temblaba.

¿De quién eres, pequeña? pregunté bajo para no asustarla.

No respondió, solo parpadeaba. Los labios, azules de frío, las manos rojas y hinchadas.

Estás helada, murmuré. Anda, ven conmigo, entrarás en calor.

La cogí en brazos, ligera como una pluma, la envolví en mi pañuelo y la apreté contra el pecho. Me preguntaba cómo podían abandonar a una criatura así. Tuve que dejar la leña y ya no pensaba en ella. De camino a casa, la niña se aferraba a mi cuello con sus deditos congelados.

Ya en casa, los vecinos se agolpaban en la puerta, las noticias vuelan en Aldea Nueva. Dolores fue la primera:

Virgen del Carmen, ¿de dónde la has sacado?

Bajo el puente, abandonada.

Ay, qué desgracia… suspiraba Dolores. ¿Y qué harás con ella?

Pues quedársela, ¿qué voy a hacer?

Carmen, ¿te has vuelto loca? la vieja Rosario ya asomaba ¿Una niña a estas alturas? ¿Con qué la vas a alimentar?

Con lo que Dios me dé, respondí tajante.

Lo primero que hice fue encender el fuego bien fuerte y puse agua a calentar. La niña estaba llena de moratones, flaquita, las costillas marcadas. La bañé en agua caliente, la envolví en mi viejo jersey, otro no había.

¿Tienes hambre? le pregunté.

Asintió tímida.

Le serví algo de puchero y corté pan. Comía deprisa pero educadamente, se notaba que venía de casa, no de la calle.

¿Cómo te llamas?

Silencio. Era miedo o no sabía hablar.

La acosté en mi cama y yo me eché en el banco. De noche, me despertaba para ver cómo estaba. Dormía acurrucada y sollozaba entre sueños.

Por la mañana, fui al ayuntamiento a avisar. El alcalde, Don Luis, se encogía de hombros:

Nadie ha venido por una niña. Quizá la dejaron de paso.

¿Y ahora qué?

Por ley, debe ir al orfanato. Aviso a la Diputación.

Me dolió el corazón:

Espérate, Luis, dame un tiempo, quizá aparezcan los padres. Mientras, la dejo aquí.

Carmen, piénsatelo bien…

No hay que pensar, ya está decidido.

La llamé Teresa como mi madre. Pensé que alguien vendría por ella, nadie apareció, y di gracias porque me había enamorado de esa niña.

Al principio fue duro. No hablaba nada, solo miraba y parecía buscar algo. De noche, se despertaba gritando, temblando. La abrazaba y le acariciaba el pelo:

No te preocupes, hija, todo irá bien.

De ropa vieja le hice vestidos. Los teñí de azul, verde, rojo; sencillos, pero alegres. Dolores se sorprendía:

¡Carmen, tienes manos de oro! Yo pensaba que solo sabías manejar la azada.

La vida enseña a coser y a cuidar contesté, y me alegró el elogio.

Pero no todos eran comprensivos. La vieja Rosario, al vernos, hacía cruces:

Eso no es bueno, Carmen. Un expósita trae desgracia. Si la madre la dejó, por algo sería. Árbol torcido…

Basta, Rosario. No eres quien para juzgar. La niña es mía, y punto.

El encargado del cortijo también insistía:

Carmen, ¿por qué no la llevas al orfanato? Allí tendrá de todo.

¿Y amor? pregunté Allí hay muchos huérfanos, pero nadie que los quiera de verdad.

Al final, hasta el alcalde empezó a ayudarmeme traía leche, arroz.

Teresa iba cambiando, primero decía palabras sueltas, luego frases. Recuerdo la primera vez que se rióme caí de la silla colgando cortinas, y se echó a reír como una campanilla. Se me pasó el dolor.

Intentaba ayudar en el huerto, le daba una azadilla pequeña y seguía mis pasos, aunque arrancaba más patatas que malas hierbas, pero yo no la regañabame alegraba verle vida.

Hasta que enfermó de fiebre. Se quedó roja, delirando. Corrí al ambulatorio, Don Andrés el médico:

Hija, tengo tres aspirinas para todo el pueblo. Espera que traigan algo la próxima semana.

¿La próxima semana? grité ¡No aguanta hasta entonces!

Crucé a pie hasta Villalba, nueve kilómetros, los pies llenos de ampollas. En el hospital, el joven doctor, Javier, me mirada, empapada y sucia:

Espere aquí.

Me dio medicinas y me explicó:

Nada de dinero, lo importante es que se recupere.

Tres días sin apartarme del lecho. Murmuraba oraciones, cambiaba paños. El cuarto día, bajo la fiebre, abrió los ojos y susurró:

Mamá, tengo sed.

Mamá… La primera vez que lo dijo. Lloré de felicidad, de cansancio, de todo. Y ella, con su manita, me secó las lágrimas:

¿Te duele, mamá?

No, hija, lloro de alegría.

Desde esa enfermedad, se volvió cariñosa, habladora. Pronto fue al colegio, y la maestra, Doña María, no hacía más que elogiar:

¡Qué niña tan lista, aprende como el aire!

El pueblo acabó aceptando, ya no murmuran. Hasta Rosario la agasajaba con tartas. Le cogió cariño cuando, durante una helada, Teresa le encendió el fuego; ella, con el lumbago, no podía. Teresa sugirió:

Mamá, vamos a casa de Rosario, está sola y con frío.

Así se hicieron amigas: la vieja gruñona y mi niña. Rosario enseñó a Teresa a tejer, le contaba historias y nunca más habló de desgracias ni de mala sangre.

Corrió el tiempo. Teresa tenía nueve años cuando preguntó por el puente. Aquella tarde, yo zurcía calcetines y ella mecía su muñeca de trapo.

Mamá, ¿te acuerdas de cómo me encontraste?

Me tembló el alma, pero disimulé:

Claro que me acuerdo.

Yo también. Hacía frío. Estaba asustada. Una señora lloró y se fue.

Se me cayeron las agujas. Teresa seguía hablando:

No recuerdo su cara. Solo el pañuelo azul. Decía siempre: Perdóname, perdóname…

Teresa…

No te apures, mamá, no estoy triste. Solo lo pienso a veces. Pero, ¿sabes? Estoy contenta de que fueses tú quien me encontró.

La abracé con fuerza. Muchos días pensé quién sería aquella mujer del pañuelo azul, qué la hizo dejar una hija bajo el puente. Quizá no tenía para alimentarla, quizá el marido bebía… La vida es dura. No soy yo quien ha de juzgar.

Aquella noche tardé en dormir. La vida me había preparado para esto: creí que la soledad era mi castigo, pero resultó ser la antesala de algo más grandeacoger y dar calor a una niña perdida.

Desde esa noche, Teresa comenzó a preguntar por su otro pasado. Yo nunca le mentí, solo suavizaba las palabras:

Hija, hay veces que la gente se ve sin opciones. Tal vez tu madre sufría mucho y no pudo.

¿Tú nunca lo harías? me miraba fijo.

Jamás. Eres mi alegría.

Los años pasaron volando. Teresa fue la mejor del colegio. Venía corriendo casa:

¡Mamá, hoy recité un poema en clase y la maestra dijo que tengo talento!

Doña María, la profesora, hablaba conmigo:

Carmen, esa niña tiene don para el estudio. Para la lengua, para la literatura… ¡Ojalá pudiera seguir formándose!

Pero ¿dónde? suspiraba Dinero no tenemos…

Yo la ayudo sin cobrar. No se pueden perder esas capacidades.

Así fue que María se ponía tardes con Teresa a repasar en la cocina. Yo les traía té con mermelada y escuchaba cómo hablaban de Cervantes y Lorca. Y me alegraba el corazón.

En tercero de la ESO, Teresa sintió su primer amor, por un chico nuevo en el pueblo, hijo de una familia llegada de la ciudad. Sufría, escribía versos en un cuaderno escondido bajo la almohada. Yo fingía no saber nada, pero sabía que el primer amor es amargo y lleno de dudas.

Al acabar el colegio, Teresa pidió plaza en Magisterio. Le di mis ahorros y vendí la cabra Fina, me costó, pero no había otra.

No, mamá, ¿cómo vivirá sin la cabra?

No te apures, hija. Hay patatas y las gallinas ponen huevos. Tú tienes que estudiar.

Cuando llegó la carta de admisión, el pueblo entero celebró. Incluso el encargado vino:

Carmen, felicidades. Has criado una hija y la has hecho estudiar. Ahora tenemos universitaria.

Recuerdo el día que se marchó. Esperábamos el bus en la plaza, nos abrazamos y lloraba.

Te escribiré cada semana, mamá. Volveré en vacaciones.

Claro que me escribirás, dije, aunque sentía el dolor del nido vacío.

El autobús se perdió en el cruce y yo seguía ahí. Dolores me puso el brazo sobre el hombro:

Anda, Carmen, que tenemos faena.

¿Sabes, Lola? Soy feliz. Otros tienen hijos de sangre, yo de Dios.

Cumplió su promesaescribía seguido. Cada carta era una fiesta. Leía y releía hasta aprender cada línea. Hablaba de clases, amigas, Madrid, y entre líneas se notaba que extrañaba casa.

En segundo conoció a su Pabloestudiante de Historia. Empezó a mencionarlo en sus cartas, y yo intuía que estaba enamorada. Lo trajo en verano a presentármelo.

Era serio, trabajador. Me ayudó con el tejado y la valla. Y a los vecinos les caía bien. En las noches en el porche contaba historias de España, daba gusto escucharle. Se veía que quería a mi Teresa.

Cuando volvía en vacaciones, todos se juntaban a admirar lo guapa que era. Rosario, muy mayor ya, hacía cruces:

Qué bendición. Yo me oponía, Carmen, perdóname. Mira qué fortuna ha dado Dios.

Ahora es maestra en un colegio de Madrid, enseña a niños como la enseñaron a ella. Se casó con Pablo, son un ejemplo. Me regalaron una nieta, Carmencita, que lleva mi nombre.

Carmencita es el vivo retrato de Teresa, pero más valiente aún. Cuando vienen, la casa se llena de vida; todo lo toca, todo lo pregunta, no deja nada quieto. Yo la dejo serel hogar sin risas de niños es como una iglesia sin campanas.

Estoy aquí escribiendo en mi diario mientras fuera sopla el viento de marzo. El suelo sigue crujiendo, la encina golpea la ventana, pero ahora el silencio es sereno, lleno de gratitud: por cada día aquí, por cada sonrisa de mi Teresa, por el destino que me llevó a ese viejo puente.

En la mesa hay una fotoTeresa, Pablo y la pequeña Carmencita. Junto a ella, el viejo pañuelo en que arropé a mi hija. Lo guardo como tesoro, a veces lo acaricio y revivo el calor de aquel tiempo.

Ayer me llegó una cartaTeresa me cuenta que está embarazada otra vez, esperan un niño. Pablo ya ha elegido nombreAntonio, como mi marido. Así que la familia continúa, habrá quien siga la memoria.

Aquel puente viejo ya no existe, pusieron uno nuevo, firme y de cemento. Paso solo muy de vez en cuando, pero siempre paro un momento y piensoqué puede cambiar un solo día, un llanto infantil en un atardecer lluvioso…

Dicen que la soledad es una prueba para valorar a los nuestros. Yo creo lo contrarioprepara el encuentro con quienes más nos necesitan. No importa la sangre, solo lo que dicta el corazón. El mío, aquella vez bajo el puente, acertó.

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