Limpié la casa, me vestí, puse la mesa, pero nadie vino. Sin embargo, esperé hasta el final a mi hija y a mi yerno.

Cuando falleció mi esposa, Lucía, nuestra hija Carmen tenía solo seis años. Desde aquel día, nada volvió a ser igual. En el entierro de Lucía, le juré que cuidaría de nuestra niña y que la querría por los dos mientras me quedara vida. Carmen creció convirtiéndose en una joven inteligente. Estudiaba, me ayudaba en casa y cocinaba como su madre, platos tan sabrosos que se me saltaba las lágrimas, de puro recuerdo y placer.
Luego, Carmen comenzó la universidad en Madrid. Sus notas empezaron a bajar, pero no me importó; mi hija no solo estudiaba, también trabajaba para costearse los gastos y seguía viniendo el sábado para echarme una mano en casa. Fue en la universidad donde conoció a Álvaro, y pronto me lo presentó. Parecía un muchacho correcto, educado. Sentí una gran felicidad cuando me dijeron que, tras la boda, querían vivir conmigo en nuestro piso de dos habitaciones aquí, en Salamanca.
Pero tras la boda, todo se torció. Álvaro empezó a ser grosero, me dirigía palabras duras y no perdía ocasión de levantarme la voz. Así que cuando Carmen propuso vender el piso familiar y comprar un apartamento más amplio en el centro de Madrid, puse una única condición: la vivienda debía estar a mi nombre. Como era de esperar, Álvaro empezó a gritar, acusándome de desconfiar de él. Pero yo no ocultaba nada. Les hablé claro: Necesito asegurarme de que en mis últimos años no me vea en la calle. Cuando yo falte, el piso será vuestro, y podréis hacer con él lo que queráis.
Tras esa conversación, mi hija y su marido recogieron sus cosas, me llenaron de reproches y, dos días después, se instalaron en Madrid. Desde entonces, Carmen parecía haberme borrado de su vida. Sin embargo, yo nunca perdí la esperanza de que entrara en razón y superara su enfado.
Pasados unos meses llegó mi 60 cumpleaños y, en mi interior, estaba seguro de que Carmen aparecería para darme una sorpresa. Limpié toda la casa, preparé sus platos favoritos, me vestí con esmero y me senté a la mesa. Pasé el día mirando por la ventana, con la ilusión de ver abrirse la verja y ver a mi hija de nuevo atravesando el jardín. Esperé hasta el anochecer. Cuando el cielo se cubrió de sombras, me cambié de ropa, me fui a la cama y dejé toda la comida puesta en la mesa. Lloré. Hablé con la fotografía de Lucía y, sin darme cuenta, me quedé dormido. Me pregunté si Carmen realmente estaría tan dolida como para ni siquiera felicitarme por teléfono. ¿O quizá le habría pasado algo? Pero, ¿cómo iba mi Carmen a olvidarse así de su viejo padre?

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