El secuestro del siglo — “¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no pueden alca…

Life Lessons

El secuestro del siglo

¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no me alcanzan! leyó Carmen en voz alta el deseo escrito en un papelito y, sin dudarlo, le prendió fuego con el mechero. Dejó caer las cenizas en su copa de cava y se la bebió de un trago, acompañada de las carcajadas de sus amigas.

Las luces del abeto parpadearon, como pensándolo, y de pronto se encendieron más fuerte. La música subió de volumen, las copas tintinearon, los rostros se mezclaron formando un colorido castillo de fuegos festeros. Una nube dorada descendió de las ramas o al menos así lo recordaba Carmen…

¡Maaa… mamá, venga, levanta!
Carmen abrió un ojo con esfuerzo. Encima de ella se erguía lo que parecía la alineación completa de la selección sub-10.
¿Pero quiénes sois? ¿Os conozco, críos?
Los niños, riendo, respondieron haciendo reverencias:
¡Mamá, acuérdate! Mateo, 9 años; Lucas, 7; Sergio, 5; David, 3.
Ahí estaban todos, con caras traviesas y dispuestos a todo. No era exactamente de estos hombres corriendo tras ella con los que había fantaseado en Nochevieja…

¿Y el entrenador… vamos, vuestro padre dónde está? gruñó con la voz áspera de la garganta seca, traedle a mamá un vasito de agua…

Cerró los ojos solo un segundo y, de inmediato: ¡Mamá!
Le pusieron dos vasos de agua, una mandarina y una taza de caldo de pepinillos en la mano. Sí, el mayor ya se sabía el manual de reanimación postnavideña. Menuda cantera…
Mamá, ¡te tienes que levantar, lo prometiste! suplicaban los pequeños.
Carmen intentó recordar cómo había llegado ahí, y sobre todo qué había prometido.
¿Cine?
Nooo…
¿Burger King?
¡Que no!
¿Juguetería?
¡Mamiii, no te hagas la loca! Ya estamos casi listos y tú la última.
Por lo menos decídmelo, ¿dónde nos vamos?
Cariño, levanta sonó una voz masculina al fondo. Entró un hombre alto, de pelo oscuro, con unos ojos avellana llenos de chispas doradas. Vaya, ¡menudo galán!
Estamos listos, la furgo cargada. Al súper de camino, y carretera y manta.
Carmen hizo el mayor esfuerzo de su vida para recordar por qué este chico la llamaba “cariño” y esos niños la llamaban “mamá”. Ni una sola pista en la cabeza.
¡No te olvides nuestros bañadores, mamá! ¡Y el tuyo! gritó uno desde el pasillo infantil.
“¿Piscina también? pensó Carmen. ¿En qué vida de ensueño estoy y por qué no me acuerdo de nada…?”

Abrió los ojos y miró a su alrededor. Y cuanto más miraba, menos reconocía: ni una foto, ni el mueble, ni siquiera las cortinas con ese estampado rarísimo.

Todo era ajeno. Salvo una cosa: una flor de Pascua en una maceta blanca con perlitas. Eso sí le resultaba familiar.

Cerró los ojos y se agarró a ese hilo. Recordaba la cena de Nochevieja con las chicas, mucho Secret Santa, risas de aquelarre, pero con bolsos de marca y recogidos imposibles. Por unas horas se habían escapado de la rutina: maridos, hijos, deberes, tuppers… Brillaban como colegialas de excursión.
Solo Carmen permanecía tranquila. Soltera y señora de su tiempo. Nadie a quien dar explicaciones, ni esperar, ni avisar.
La última soltera decían sus amigas, riendo y rellenándole la copa.
Regaló a Rosa, su amiga, un set de cremas con “caviar y hilos de oro”. Se partieron de risa: que si lo untan en una tostada, que si lo acompañan al cava y lo suben a Instagram.
A cambio Carmen recibió una flor de Pascua como la de la mesilla y una botella de cava de un castillo francés. De esas que solo se descorchan para la boda… de tu nieto.
Le tocó leer en alto un deseo misterioso o un brindis. E… ¡blanco! Lo siguiente que recordaba era el clásico: te caes, te duermes, abres ojos, hospital, escayola.
Carmen se miró en el espejo: igual de joven, con el eyeliner intacto. Pero… ¿niños?, ¿marido? No recordaba ni haberme casado ni parido ¡ni en pesadillas! Y lo más raro: sabía los nombres de los críos, pero ni idea del de él. Aquí huele a chamusquina…

Abrió la puerta. En el pasillo, maletas con ruedas dos grandes, negras y beige, con logos pijos, más tres mochilas pequeñitas.
Eso ya no era excursión en la sierra. ¿Viaje? ¿Destino?
En ese momento volvió a entrar el “marido”, cogió las maletas como quien lleva el pan y la fue empujando suavemente fuera.
Que nos despistamos, venga.
Carmen miró sus manos ¡y ni rastro de alianza! Ni la suya ni la de él. Una rareza más. ¿O será…?

Los niños se metieron en el monovolumen familiar, mochilas dentro, cinturones abrochados como veteranos de Benidorm. “Marido” al volante, Carmen suspiró y se dejó caer al asiento delantero.
Él le tendió un vaso de café. Caliente y con leche ¡justo como no le gusta! Aquello le dolió más que toda la resaca.
¡A rodar! dijo él feliz, guiñando a los peques. Según se alejaban de casa, el runrún de Carmen crecía.

Los niños detrás parloteaban y cuchicheaban. Él conducía tranquilo, con alguna que otra mirada ladina, como si compartieran una conspiración. Como si supiera exactamente lo que ella aún no había logrado recordar.
Carmen miraba la carretera. Todo parecía lógico: familia, coche, destino. Solo que absolutamente nada tenía sentido.

Cogieron la autopista y el paisaje urbano fue quedando atrás. En ese punto, Carmen comenzó a atar cabos: ¡ni es mi familia ni conozco a este tío! ¡Han sido ellos los que me han secuestrado!
O, ¡quizá yo soy la secuestrada!
Pero entonces… ¿por qué le sabía los nombres? La pobrecita empezó a hiperventilar. Solución lógica: tiene que hacer algo. ¡El que va a su lado no es su marido y la ha raptado!
Carmen enderezó la espalda, aferró el café como si fuera un amuleto y puso cara de quien va tan tranquila, pero por dentro ya había activado el “modo supervivencia”.

A la media hora, rebelión juvenil:
¡Papá, tengo que ir al baño!
¡Tengo sed!
¡Hay algo que picar!
La furgoneta paró en una gasolinera. Todos salieron en estampida.
Era su oportunidad. El corazón de Carmen retumbaba como la cabalgata de Reyes. Se escabulló del café y gateando llegó hasta la furgoneta. Se puso al volante…
Pero no, las llaves no estaban.
Ah, ahí estabas, ¡te buscamos! dijo la voz de él, tranquilito por la ventana.
Bueno, venga, seguimos, que se enfría el jamón insistió él. Yo conduzco, tú relájate.
Y vuelta a la carretera.

Al rato, asomó el aeropuerto entre el hormigón y el gentío. Dejan el monovolumen donde pueden y todos, como una piña, para dentro.
Carmen ya no aguanta más. ¡No se deja llevar a ningún sitio y no piensa dejarse secuestrar! Empieza a retrasarse del grupo. A la primera de cambio, sale disparada:
¡Esto es un secuestro! ¡Policía, ayuda! grita, abalanzándose sobre un guardia.
El guardia, que ni parpadea, la tira al suelo y la engrilleta en segundos. Aparecen refuerzos armados y todo.
¡Espera, por favor, te lo explico! gritó el supuesto “marido”.
¡Es una broma de Nochevieja! ¡Un juego! ¡No es un secuestro!
Carmen escuchaba su voz como si llegara desde un túnel. Y de repente los vio. Tras un stand de anuncios estaban sus amigas. Sonrientes, nerviosas, muertas de vergüenza pero exultantes.
¡Mamá! gritaron los “niños”, corriendo hacia una de las chicas. Alguien de las amigas, para más inri. El resto ya iban explicando la broma entre explicaciones, disculpas y ataques de risa.

Soltaron a Carmen. El mundo dejó de girar. De pie en medio del aeropuerto, el pelo desastroso y el corazón a mil… entendió que no la habían secuestrado.
La habían gastado… ¡una broma!

Cuando el subidón de adrenalina dejó paso a la lucidez, fue hilando: Todo era una broma. A lo grande, cara, con guion de serie negra.
Las amigas confesaron. Llevaban años intentando presentarle a “ese buen chico”, el que la miraba en todas las fiestas pero nunca se atrevía porque “con Carmen no te la juegas”.
Ella siempre zanjaba: No hace falta, estoy muy bien sola.
Pero las amigas, listas ellas, pensaron: ¿para qué convencerla si le podemos montar una familia entera con efectos especiales?
Así nació la idea: nada de citas, directo a la inmersión. A ver si así, sin mucho pensar, con desayuno, niños listos, un hombre atento e inusualmente guapo accedía a sentir el calor.
Queríamos que lo sintieras, sin tanto pensar confesaron.
Carmen, para sorpresa de todas, ya no podía enfadarse. Las mujeres y la lógica nunca han hecho buen maridaje, pero valoran el resultado final.
¿Poco ortodoxo? Seguramente. ¿Taquicardia? Eso también. Pero lección aprendida: a veces basta un café, tres críos y un “falso marido” para saber lo que buscas.

Y ahí estaba él, el “héroe”, sonriendo como el Gato de Shrek y con ojos de oro líquido. Los “niños”, que resultaron ser sobrinos, lo rodeaban idolatrando a su tío bromista.

¡Pero que os pilla el avión! saltaron las amigas, estrepitosas. ¡Corred a facturación!
¿Otra vez me van a secuestrar? pensó Carmen. ¿Y a dónde pretendían llevarla? ¿Al Mediterráneo, con paella y buceo?

Él le ofreció la mano:
Empecemos desde el principio. Soy Álvaro. ¿Te secuestro bien, pero esta vez de verdad?
Carmen miró a las amigas, todas expectantes. Luego vio las maletas. Después sus ojos. Y pensó: ¿Qué pierdo por aceptar?
¡Vamos! exhaló Carmen, sonriendo y dejándose llevar, sabiendo que este “secuestro” prometía ser el más divertido de su vida.
Pero sólo si esta vez los niños se quedan en casa añadió en susurros.

Las amigas se partieron de risa, Álvaro sonrió aún más, y el aeropuerto se transformó de escenario de caos a inicio de algo completamente nuevo, cálido y (por fin) propio.
A veces la vida no nos secuestra.
Sólo nos lleva, a golpe de locura, justo a donde siempre debimos estar.

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