¡Otra vez chupando, el perro! ¡Maxi, ven a llevártelo! Nuria miraba con fastidio a Temo, que salta…

Life Lessons

¡Otra vez está lamiéndose! ¡Javier, quítalo de ahí!
Inés miraba a Draco con enfado, ese chucho atolondrado que saltaba alrededor de sus pies. ¿Cómo habíamos acabado con semejante trasto? Nos lo pensamos mucho, semanas enteras discutiendo la raza, hablando con adiestradores. Éramos conscientes de la responsabilidad. Al final nos decidimos por un pastor alemán; amigo fiel, guardián y protector, todo en uno, como esas ofertas del supermercado que te lo meten todo en el mismo pack. Pero es que a este, al que habría que proteger es a él, de los gatos del barrio
Pero si aún es un cachorro. Dale tiempo, cuando crezca, ya verás.
Espero que tengas razón. Porque este potrillo, como siga creciendo así, nos va a comer a los dos y no vamos a poder alimentarlo ni con una paga doble. Y deja de pisotear, bruto, ¡que vas a despertar a la niña! refunfuñaba Inés mientras recogía los zapatos que Draco había esparcido por el pasillo.

Vivíamos en la Avenida Reina Victoria, en el primer piso de uno de esos bloques de pisos antiguos del centro de Madrid, con ventanas bajas casi a ras de la acera. Un sitio perfecto, salvo por un detalle: las ventanas daban a un rincón del patio donde al caer la noche apenas había luz y se reunían los vecinos a charlar y beber, y a veces terminaban en peleas.

Casi todo el día Inés estaba sola en casa, criando a la pequeña Lucía. Yo me marchaba por la mañana a trabajar al Museo del Prado, y cuando tenía tiempo libre me perdía entre mercadillos de viejo o rebuscaba en los puestos de libros de la Cuesta de Moyano. Tenía ojo de coleccionista, y según Inés, era peor que un detector de metales para detectar tesoros: cuadros, ediciones antiguas, piezas de cerámica hasta cubertería de plata de principios del siglo XX. Sin darnos cuenta, habíamos llenado la casa de cuadros y detalles antiguos. Inés, natural, se sentía inquieta quedándose sola, entre tanta reliquia y con una niña de meses en brazos. Y no era extraño, porque en nuestra finca ya habían robado dos veces.

Inés, ¿tú cuándo crees que saco a Draco a pasear, ahora o después de comer?
Pues mira, no lo sé, la verdad, ¡y me resulta ya un tema agotador!

Solo escuchar el pasear y Draco, como un rayo, sale disparado por el recibidor, se resbala en la esquina y vuelve con la correa en la boca, pegando saltos como un potrillo. En serio, podría ser un caballo, no un perro. Es un amor de animal, quiere a todo el mundo, juega con todos. Eso sí, los invitados apenas cruzan el portal. Draco tiene buen corazón, pero lo escogimos para protegernos y ni siquiera persigue gatos, sino que va a jugar con ellos. Más de una vez se ha llevado un sopapo. Los gatos de nuestro patio sí que deberían ser guardianes… Mañana me paso el día otra vez sola, Javier se marcha a Cuenca a un encuentro de pintura y yo me quedo: ¿cuidando porcelana y paseando al tontorrón este? A veces me pregunto si no sería mejor haber cogido un bichón.

Por la mañana, Javier se levantó sin hacer ruido, pero yo oí el silbido de la tetera, el tintineo de la correa, las órdenes en voz baja al perro para que no ladrase ni hiciera ruido. Me volví a dormir un rato hasta que Lucía me llamó. Un día más, tranquilo, rutinario. Precísamente esa calma puede ser la felicidad, aunque las amigas piensen que casarse joven, cuidar de un bebé y de la casa es acabar tragada por la monotonía. Yo, sin embargo, he aprendido a valorarlo. Claro que no es como había soñado: echo de menos a Javier cuando está fuera, el piso es pequeño, el sueldo justo y su pasión por los objetos antiguos a veces nos trae sobresaltos financieros… Ahora el perro, y me toca bregar con él. Pero uno aprende que hay que querer a los suyos con defectos y virtudes, que nadie es perfecto. Cuando asumí esa simple verdad, me serené y decidí disfrutar con lo que tenía.

Estaba sentada en la habitación de Lucía, dándole el pecho. Se le cerraban los ojos mientras comía y yo era paciente, esperando a que se despertara para seguir. Llamaron al timbre pero no abrí, ¿a quién esperaba? En Madrid nadie se planta en casa sin avisar. Aquellas horas de la mañana, tan silenciosas, me parecían un tesoro. Solo se oía el tic-tac del reloj antiguo del recibidor y el bullicio lejano de la ciudad: el traqueteo de los autobuses, algún camión, el barrendero arrastrando su escoba, voces de niños… Pero, ¿y Draco? No había dado señales de vida. Uy, qué raro. No está mal de orejas, pero es tan despistado que le pusimos ese apodo. Ahora me toca vivir con él, cuidarlo y pasearlo, casi sin beneficio. Mejor habría sido adoptar a un caniche.

Miraba embelesada a Lucía, tan preciosa, ya dormida tras mamar. Mi tesoro, le susurraba mientras la acomodaba en la cuna. Crece sana, hija, ¿qué más se puede pedir?

En ese momento sonó un ruido raro en el salón, una mezcla entre crujido y chirrido. Me quedé sin moverme. El sonido volvió a repetirse. Salí de puntillas, descalza y sin hacer ruido, al comedor. Lo primero que me alarmó fue ver la silueta de Draco. Estaba medio oculto tras la cortina que separaba la entrada del salón, semiagachado, la postura tensa, el rabo tieso y observando fijamente el interior. Seguí su mirada… y se me heló la sangre: en la ventana, o mejor, en la ventanilla entornada, asomaba medio hombre. Lo típico: la cabeza rapada de los matones de discoteca, brazos y hombros ya dentro, forcejeando para pasar todo el cuerpo. Aquello era real. ¿Gritar? Ya casi estaba dentro. Un segundo más, y

Un grito me sacudió. Una sombra negra voló hasta la ventana: era Draco. Saltó al alféizar y se lanzó al cuello del ladrón. ¡Aaaah! aulló el tipo, los ojos como platos. Yo salí al rellano y llamé a los vecinos. El resto pasó entre gente que venía, llamadas a la policía, mucho movimiento… pero el miedo ya se había cortado. ¿Qué habría hecho si estuviera sola? Superando el miedo, me acerqué dudando por si Draco se le pasaba la mano. No faltaba más… pero vi, para mi alivio, que el perro le sujetaba del cuello del abrigo, firme pero sin hacer sangre, apretando solo cuando el ladrón intentaba librarse. Si se quedaba quieto, aflojaba. ¿De dónde sacaba esa destreza? El tontorrón del parque se convirtió en perro de trabajo. Ni siquiera se puso a ladrar alarmando al barrio; prefirió irse a esperar tras la cortina y cogerlo justo cuando estaba bien atrapado. Ni le mordió ni le asfixió, solo lo retuvo, esperando a los de la ley. Hizo todo como un profesional, lo nuestro es retener, lo demás, a la justicia.

Hasta los policías más veteranos decían no recordar a un ladrón tan contento de ser detenido. El susto que se llevó el desgraciado con Draco en el cuello no tuvo precio en euros. Eso sí, luego el perro no quería soltarlo. Estaba tan orgulloso que costó convencerlo. Al final vino el agente con perros de la policía, le dio una orden y Draco soltó. Se sentó a los pies del agente mirándolo con devoción, como pidiéndole instrucciones. Solo le faltó saludar.

Vaya joya de perro tienen ustedes respetó el agente acariciándole el lomo. Nos vendría bien uno así en el grupo de rastreo

Javier volvió a casa tarde. Abrió la puerta con cautela y se quedó paralizado. Lo primero: Draco tumbado a cuerpo de rey encima del sofá, donde tenía estrictamente prohibido subirse. Lo segundo: Inés, rindiéndole mimos, rascándole la barriga, acariciándole y besándole el hocico mientras le murmuraba: Mi alegría, pollito, potrillo, que crezcas sano y feliz, para alegría de papá y mamá. Y qué injusta he sido contigo prométeme que no me guardarás rencor.

Escuché esta historia en Cuenca, durante una de las jornadas culturales, de boca del propio Javier, el experto en arte. Si Draco pudiera contarla, seguro que le daría aún más emoción: cómo cazaba, cómo lo sujetó, cómo se lo entregó a la policía. Ha pasado mucho tiempo, pero la tengo muy viva. Siento que Draco golpea con la pata pidiendo que la escriba.

Hoy he entendido que cada uno, hasta el más torpe, tiene su momento y su valor. Nunca más juzgaré a alguien solo por lo que hace cuando juega con una pelota.

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