DOS HERMANAS…
Había una vez dos hermanas. La mayor, Carmen, era una auténtica belleza, exitosa y acomodada. La pequeña, Sole, era, digámoslo claro, una borrachuza de campeonato. En lo que respecta a la hermosura, ya no quedaba nada que decir a esas alturas del cuento: con 32 años, Sole se parecía más a una vieja arrugada del barrio de Salamanca que a una muchacha joven.
Estaba escuálida, la cara hinchada y cetrina (que ni los ojos se le veían), y el pelo, apagado y sin rastro de champú ni cepillo, sobresalía en mechones como si fuese esparto abandonado. A Carmen difícilmente se le podía reprochar nada: se había dejado un dineral y bastantes horas intentando sacar a su hermana de ese pozo sin fondo llamado alcoholismo. La llevó a clínicas privadas carísimas de esas donde te hablan más en inglés que en castellano , la paseó por brujas del extrarradio, pero nada de nada. Hasta le compró un pisito muy mono en la calle Atocha, aunque registrada a su nombre, no fuera a ser que Sole lo cambiara por un cartón de vino barato.
Medio año después, del piso sólo quedaba un colchón asqueroso, donde yacía la moribunda Sole cuando Carmen fue a despedirse de ella antes de largarse a vivir a Bruselas, buscando nuevos horizontes. Sole ya ni podía articular palabra; apenas le quedaban fuerzas para entreabrir los párpados y distinguir, a través de la ventana mugrienta, el borroso reflejo de su hermana.
Por el suelo, desparramadas, las botellas vacías que los demás borrachines del barrio compartían generosamente con Sole. Carmen no podía dejar allí tirada a su hermana, ¿cómo demonios iba a vivir después con esa culpa? Su conciencia no la dejaría en paz. Así que, para quedarse tranquila, decidió llevarse a Sole al pueblo, con la tía Aurora. A Aurora casi ni la conocían, sabían que era la hermana de la difunta madre, que visitaba de vez en cuando trayendo chorizos caseros, membrillo, manzanas recién cogidas, y setas secas de la sierra.
Carmen sólo se acordaba del nombre del pueblo: Villabotijo. Pensó, “si no la invitaron al entierro de mamá, será que la buena mujer sigue viva.” Le pidió el favor a un amigo con coche; envolvieron a Sole en una manta, la pusieron en el asiento trasero, y se encaminaron al minúsculo Villabotijo. Difícil perderse: había cuatro casas habitadas y poco más. Encontraron la de tía Aurora. Dejaron a Sole, aún envuelta en la manta, en la cama de la tía. Carmen sacó del bolso varios billetes de euros y los dejó en la mesa diciendo: Mira, tía Aurora, se muere, yo me tengo que ir, aquí tienes dinero para el entierro. A lo mejor vuelvo algún día para encontrar la tumba. Aquí tienes para lápida y para lo que haga falta. Le dejó también las llaves del pisito de Sole. ¿A quién más se lo iba a dar? Rechazó el ofrecimiento de té y se fue pitando…
Tía Aurora, una señora de 68 años, aún vivaracha y muy sui géneris, desenrolló la manta y comprobó que Sole respiraba. Se puso a calentar agua en el hornillo, sacó un manojo de hierbas secas de un saquito, le echó junto a unas bayas en la tetera, le añadió agua hirviendo y lo dejó reposar bien tapado. Durante tres días le estuvo dando el brebaje insistente, con miel, a cucharaditas cada media hora, incluso por la noche. Cuando Sole se quejaba, Aurora le soltaba: ¡Tú calla, que esto te va a dejar como nueva!
Al cuarto día, introdujo leche fresca de su cabra, Violeta, administrada también a base de cucharilla de postre. Siguió con caldos de verduras y después con un reconfortante consomé de pollo, de los que Aurora preparaba sacrificando a sus queridas gallinas (que eran sólo siete, pero en esos casos, ¿quién se anda con remilgos?). A base de cariño, tés con hierbas y la paciencia infinita de las tías, tras un mes Sole pudo sentarse sola en la cama.
Como aquel era invierno, Aurora, ni corta ni perezosa, la subía a un trineo tapada con un pañuelo de lana y una manta, rumbo a la antigua casita-bañera. Allí, más hierbas al vapor para lavarla y una buena cepillada: el pelo de Sole pronto olía a campo y verano.
La buena de Aurora volcó todo su cariño y años de ternura pospuesta en su sobrina, y a cucharaditas le devolvió la vida. Nadie que supiese de clínicas privadas en Barcelona o brujos gallegos fue capaz de salvarla, pero la tía sí lo hizo. Sole, alimentada con leche con aroma a trébol, huevos frescos de gallinas felices y un poco de aire puro, fue recuperando fuerza. Pronto las mejillas de Sole lucían sonrosadas, el pelo brillaba y hasta sus ojos azules parecían decir: Vaya, si resulta que tengo buena planta. Empezó a ayudar en la casa: recogía huevos, aprendía a ordeñar a Violeta y cuidaba la huerta. No echaba de menos su vida anterior, le resultaba mucho mejor esta, limpia y sencilla, ajena a la resaca y los tragos.
Observaba el sol salir, las nubes desfilar por el cielo, las flores abrirse en primavera. En la orilla de la charca del pueblo apareció una pata con sus patitos y Sole se dedicaba a cebarlos con miga de pan.
Descubrió, además, un don inesperado: a base de tardes de paciencia, Aurora le enseñó a tejer con ganchillo. Empezó con tapetes y, tras una excursión al mercadillo de la capital para comprar lanas, Sole terminó haciendo chales enormes y suaves, con unos dibujos que hasta las vecinas de Madrid envidiaban.
Empezaron a lloverle pedidos por doquier; el dinero no faltaba. Tres años después, Sole, hecha una hermosura y mujer de provecho, vendió todos sus chales exclusivos y, sumando los ahorros de la tía, se trasladaron juntas a un pueblito tranquilo en la costa mediterránea. Allí, compraron una casita blanca con un jardín pequeño pero lleno de vida.
Violeta la cabra el transporte en furgón especial lo sufragó Carmen se zampaba manzanas del jardín y, mientras rumiaba, se quedaba mirando al mar con esa sabiduría profunda de los rumiantes felices. No muy lejos, en las aguas claras, nadaban alegres Sole y su tía Aurora.
¿Y sabéis qué es lo mejor de toda esta historia? Que fue completamente realQue Sole, sin necesidad de alcohol, aprendió a reír de verdad. Río tanto, tanto, que con cada carcajada suave tejía sin querer algo nuevo: una amistad en el pueblo, un color más vivo en sus chales, una travesura inocente con la tía en la cocina, o un rato de sombra bajo el limonero cuando el sol caía a plomo. Y supo que a veces, la belleza es sólo cuestión de abrir los ojos, espabilar los sentidos y dejar entrar un poco de aire fresco, aunque venga del Levante o de la Sierra.
Porque en la casa blanca, entre los hilos de lana y las historias al anochecer, Sole descubrió que la vida cuando una se deja cuidar y aprende a querer de vuelta puede empezar de nuevo tantas veces como haga falta, y que a veces las segundas oportunidades florecen donde menos se espera: al calor de una cabra, una manta y el cariño paciente de una tía incombustible.
Y así, la alegría se quedó a vivir en casa de Sole y Aurora, y quien pasaba cerca del jardín podía escuchar, entre brisas y risas, el rumor de una familia rehecha y el eco de una dicha sencilla y luminosa, como un chal recién terminado tendido bajo el sol.







