El amor de los padres.
Los niños son las flores de la vida solía repetir mi madre con ternura. Y mi padre, entre risas, siempre agregaba:
Sobre la tumba de sus padres aludiendo a las travesuras, los berrinches y el jaleo sin fin que llenaba la casa.
Recuerdo cómo, ya cansada pero inmensamente feliz, acomodé a los niños en el taxi de regreso. Lucía tenía ya cuatro años y Mateo apenas año y medio. Ambos disfrutaron intensamente los días pasados en casa de los abuelos: con galletas caseras, abrazos infinitos, cuentos interminables y esas pequeñas alegrías con menos límites que en casa.
Para mí, Sofía, aquella visita también fue motivo de auténtica alegría. No solo por saborear de nuevo la cocina de mi madre imposible de rechazar, ni por admirar el árbol de Navidad cubierto de guirnaldas y adornos antiguos, entrañablemente desgastados. También por el reencuentro con mi familia entera, mis hermanas, mis sobrinos; el hogar donde nunca hacen falta explicaciones ni disculpas. Papá, fiel a su estilo, brindando con extensos y sentidos discursos. Los regalos de mamá, útiles, pensados, envueltos con cariño y siempre oportunos.
Por un instante, volví a sentirme niña. Y una gratitud cálida me brotó:
«¡Gracias, mamá y papá, por existir!».
Aquella Navidad, Alfonso y yo decidimos regalar algo muy especial a mis padres. No por compromiso, sino por agradecimiento. Por una infancia dichosa. Por años rebosantes de amor y cuidados junto a mis hermanas. Por la confianza con la que recibieron a Alfonso, confiándole aquello que más querían: su hija. Por el apoyo incondicional, por la fe en nuestro camino, por acompañarnos siempre en los pasos importantes.
Siempre he soñado con regalarle un coche a mi padre dijo un día Alfonso, casi en susurros. Pero el mío no llegó a verlo.
Luego, aclarando la voz, añadió con decisión:
Pero a tu padre sí se lo regalaremos, seguro.
Yo solo le respondí con una sonrisa, esa que encierra el amor, la gratitud y la promesa de muchos años por venir.
Como acordamos, fui a casa de mis padres con los niños. Llevaba entre mis manos cajas transparentes con ensaladas caseras, un asado y dulces preparados con esmero en nuestra propia cocina.
Mateo, con solemnidad, entregó a la abuela un ramo de rosas tan grande que casi lo tumbaba. Abracé a papá, le besé las mejillas, y aspiré hondo el olor inconfundible del hogar.
¿Y Alfonso? ¿Por qué vienes sin él? se inquietaron enseguida mis padres.
En ese momento, sonó mi móvil.
Es Alfonso sonreí. Que se retrasa un poco. Dice que empecemos sin él.
Los niños corrieron al salón. Bajo el majestuoso abeto decorado lucían cajas y paquetitos cuidadosamente etiquetados, traídos por los Reyes Magos.
A Lucía, por supuesto, le tocó la mayor parte. En una caja había una carroza mágica de Cenicienta; en otra, dos caballos blancos de largas crines doradas. Incluso zapatitos de cristal para la pequeña princesa. Vestido de tul, largo y vaporoso, guantes bordados con pequeñas piedras brillantes, joyas, espejo encantado, maquillaje infantil, kits de manualidades, cuentos nuevos…
Para Mateo, una caja gigante contenía un garaje de varios pisos, pequeñas y refulgentes ambulancias y bomberos subían y bajaban por rampas en espiral. Además, un enorme dinosaurio de ojos fosforescentes, un arco con flechas, una piscina seca llena de bolas multicolor, y una pistola espacial luminosa. Y por supuesto, montañas de libros para colorear, lápices y rotuladores mágicos.
Y tampoco se olvidaron de mí.
En una diminuta cajita con lazo, descansaban unos pendientes de oro con piedras que brillaban reflejando las luces del árbol.
En el gran plato de la mesa esperaba mi tarta favorita el Hormiguero, igual que en la infancia, con nueces, pasas, frutas escarchadas y virutas de chocolate.
Bajo el árbol quedaban también los regalos especiales para Alfonso. Nos prohibieron tajantemente abrirlos sin él.
Entre risas y abrazos, ofrecimos nuestros propios regalos: un frasco de auténtico perfume francés para mi madre, una pulsera de plata tejida artísticamente para papá. Lucía entregó solemnemente un retrato de los abuelos, un tanto travieso y parecido a los carteles de se busca, pero con tanto amor que todos rompieron a reír y aplaudir.
Pero la sorpresa mayor aún no había llegado.
Media hora después de los brindis y tras un rato admirando los regalos, me puse los pendientes nuevos. Brillaron en mis orejas, resaltando mis ojos alegres.
Lucía, con mirada atenta, dijo de pronto:
Mamá, ¿te pusiste esos pendientes para que te dijera que estás guapa?
Justamente para eso, tesoro le respondí sin rodeos.
¡Pues estás preciosísima! afirmó Lucía con toda seriedad. ¡Y yo también! ¡Y papá! ¡Y hasta Mateo! la habitación se llenó de carcajadas.
Y nuestro querido yerno, ¿dónde estará? ¡Ya va siendo hora de que aparezca!
Y apareció. Se encendió la luz del portón, las puertas de la cochera se abrieron y un gran coche blanco entró despacio, reluciente bajo el fresco de la noche, con globos atados a los retrovisores y el capó.
Todos salimos al patio, entre risas, bromas y unas bufandas bien anudadas.
Ahí estaba ella: la flamante berlina, brillante y nueva, perfumada a estrenar.
Alfonso bajó del coche, sin decir palabra de más. Se acercó a mi padre y le entregó las llaves.
Esto es para usted de todo corazón.
Le abrazó como un hijo ya mayor, fuerte y firme, sin efectismos. Mi padre dio un paso atrás, desbordando una alegría tímida.
¿Pero qué hacéis, hijos? No puedo aceptarlo… balbuceaba, como temiendo creerlo.
Pero enseguida, entre todos, le convencimos para sentarse al volante. Pasó la mano sobre el salpicadero, admiró los controles luminosos, casi futuristas. El interior olía a cuero, a futuro, a rutas aún sin recorrer.
Mi padre se restregó los ojos esos que rara vez derraman lágrimas.
Sois increíbles consiguió murmurar. Luego, abrazó uno a uno: a mí, a Alfonso, a sus nietos, a su esposa.
Así fue como las fiestas alcanzaron su plenitud aquel año.
Durante dos días, la casa vibró de alegría, tanto para niños como para mayores. Pero como todo, llegó el momento de la despedida.
Al día siguiente Alfonso salió pronto al trabajo. Mi padre lo llevó en el coche nuevo, con un aire rejuvenecido, seguro y orgulloso, como si se hubiera quitado de encima muchos años y preocupaciones. Yo les miré marchar y sonreí: el regalo había encontrado su horizonte, tal y como soñamos.
Por la tarde, ya con las maletas ligeras pero el corazón mucho más lleno, pedí un taxi rumbo a casa con los niños. Lucía abrazó fuerte a la abuela, Mateo saludó al abuelo, apretando entre los dedos su coche de juguete para el viaje.
Nos acomodamos en el asiento trasero. El camino era tranquilo, y pronto los niños se quedaron dormidos, abrazados, felices y saciados.
Ya cerca de casa, pedí al conductor que parara junto a una pequeña tienda.
Un minuto, por favor. Solo para comprar pañales y agua expliqué.
Salí, hice la compra, y al volver el corazón casi se me paró.
¡Mis hijos no estaban!
En el asiento delantero, el taxista charlaba con una joven desconocida.
¿Qué? musité aturdida.
La joven se giró bruscamente:
¿Y esta quién es? ¡¿Pero qué hace aquí?!
El taxista encogió los hombros:
No sé quién es y mirándome, me preguntó: ¿Y tú quién eres? ¿Qué quieres?
Una chispa me recorrió entera:
¿Pero es que se han vuelto locos? ¿¡Dónde están mis hijos!?
La chica chilló:
¡Así que también tienes hijos! y empezó a golpear al hombre con el bolso.
¡Pero, hombre, cómo dejas entrar a cualquiera en el coche! grité yo, ya fuera de mí ¿Dónde están mis hijos?
Durante unos minutos, el interior fue un caos: gritos, acusaciones, gesticulaciones, la calamidad total.
Hasta que una puerta trasera se abrió y un hombre me dijo con calma:
Perdona, señorita Este no es su taxi. El suyo está un poco más adelante.
Todo quedó congelado por un instante. Salí, cerrando de golpe, y corrí hacia otro coche idéntico, aparcado algo más adelante.
Abrí la puerta.
En el asiento trasero, profundamente dormidos estaban mis hijos. Dos angelitos, tan en paz que ni se inmutaron.
Solté el aire, aliviada como quien escapa del abismo. Subí, cerré la puerta y murmuré:
Vámonos, por favor.
Y entonces me sobrevino la risa. Ese tipo de risa nerviosa, liberadora, que arrastra incluso al conductor, quien secaba sus lágrimas también agradecido de que todo quedara solo en una buena anécdota.
Mientras observaba a mis hijos dormidos, entendí de golpe una verdad sencilla: los padres, en el día a día, parecen suaves, a veces cansados y hasta despistados. Pero ante el menor asomo de peligro ¡resurgen como leones!
Sin titubeos, sin vacilar, sin miedo. Solo una idea: proteger.
Así es el amor verdadero.
Silencioso mientras todo va bien y absolutamente invencible cuando de los hijos se trata.







