Diario de Lucía Gutiérrez, otoño de 1988
Villa del Prado, Madrid
¿Aún no sabes nada de tu marido? ¿Ni una carta, ni una llamada?
Nada, Verónica, ni al noveno día, ni al cuadragésimo se ha dignado a dar señales de vida me esforzaba en tomarlo con humor mientras me ajustaba el mandil sobre mis caderas anchas.
Igual anda de parranda o vete a saber suspiró mi vecina, negando despacio con la cabeza. Tú espera, a ver. ¿La Guardia Civil tampoco dice nada?
Todos callados, Vero, como peces en el Manzanares.
Ay, hija… así es la vida.
Qué difícil se me hacen estas conversaciones. Cambié la escoba de mano y seguí barriendo las hojas caídas de la acera delante de casa. El otoño se resistía a irse, y la vereda recién limpia pronto se cubría de otro manto de hojas ocres. Yo iba y venía, barriendo, amontonando.
Tres años hacía ya que me jubilé de enfermera en el hospital de Alcorcón, disfrutando o eso me decía de una jubilación merecida. Pero el mes pasado tuve que ponerme a trabajar de portera en la Comunidad de Vecinos. El dinero ya no daba, y nada mejor he encontrado.
Nosotros vivíamos como cualquier familia española de barrio en Madrid. Sin lujos, sin grandes dramas. Trabajábamos, criábamos a nuestro hijo. Ramón, mi marido, no era amigo de beber salvo por fiestas, se le respetaba mucho en la fábrica de Leganés siempre cumplidor, y nunca le conocí otros líos. Yo, en el hospital toda la vida, llena de diplomas y reconocimientos.
Ramón se fue aquel verano de vacaciones con el Inserso a Torremolinos y nunca regresó. Ni se me pasó por la cabeza que pudiera pasar algo malo. Si no llama, pensaba, será que está descansando bien. Pero al no volver el día acordado, empecé a buscarle: llamé a hospitales, a la policía nacional, incluso a la funeraria.
A mi hijo, que está hace la mili en Valencia, le mandé primero un telegrama, luego conseguí localizarle por teléfono. Entre los dos conseguimos averiguar que su padre dejó el hotel pero nunca llegó a tomar el tren de vuelta. Como si hubiera desaparecido. Y vuelta a empezar: hospitales, comisarías.
En la fábrica se lavaron las manos: Cumplimos con darle la plaza para las vacaciones, lo demás es cosa de familia. Si no vuelve al trabajo cuando toca, lo despediremos.
Yo quería irme a Málaga a buscarlo, pero mi hijo Javier me convenció:
Mamá, ¿qué vas a hacer tú allí? Cuando me den una semana libre, si consigo el permiso, iré yo. Con el uniforme igual hasta me hacen más caso.
Aquello me tranquilizó un poco. Pero mientras tanto, para no llenarme la cabeza de pensamientos negros, busqué trabajo y hacía casi vida en la comisaría. Barriendo, entre gente, me sentía menos frágil. En casa, por las noches, lloraba. Me castigaba a mí misma y al destino por ponerme esa prueba ya de mayor. Más que nada, me mataba la incertidumbre.
Ramón apareció ante mí tan inesperadamente como se había marchado.
Llevaba el mismo traje azul oscuro con el que se fue, sin maleta siquiera. Solo estaba ahí, al pie del portal, con el cuello alzado y las manos en los bolsillos del pantalón, viendo cómo yo barría.
Ni siquiera lo vi al principio; no sé cuánto llevaba allí, hasta que Javier me avisó.
¡Ramón, Javier…! solté la escoba y corrí.
Abrí los brazos como una paloma que vuelve a su nido, y me lancé contra el pecho de mi marido para abrazarle. Él tardó un poco, pero acabó también devolviéndome el abrazo.
Venga, a casa. Parecéis niños la voz grave de Javier mostraba su enfado. Lo sentí en el aire, en el paso seco tras nosotros.
Hijo, déjame abrazarte. ¡Desde la primavera no te veía!
Sí, sí. Hace frío, entremos.
¿Por qué no avisaste, Ramón? Así habría limpiado la casa, habría preparado algo.
Mamá, vengo porque tocaba. No he venido a por empanadas. Lo prometí. Aquí estoy.
Miré de reojo a mi marido y luego a mi hijo. He pasado por tanto estos meses, que me sentía en una nube. Vivo, sano. Lo único que quería era que comieran bien y descansasen. Ramón callaba, sentado.
Mamá, siéntate ya.
Pero yo, inquieta, ponía la mesa, preparaba tazas, el café con leche
Mamá, he encontrado a papá en casa de otra mujer.
Me volví, miré a mi hijo y después a Ramón. Sentado, la cabeza baja, las manos cruzadas sobre las rodillas; parecía un chiquillo malcriado, más flaco, hundido, incapaz de reconocer su culpa.
¿Otra mujer? ¿De qué hablas, Ramón?
Yo había imaginado todo tipo de desgracias: un asalto, sin dinero para el billete, herido, deambulando de un pueblo a otro buscándose la vida.
No regresó, mamá. Se quedó en casa de Olga Herrero, una mujer que vive cerca de la playa. No quería volver.
Me costaba entender.
¿Cómo? ¿Por qué?
Porque sentí que no vivía, Lucía elevó un poco la voz. Me di cuenta de que la rutina me ahogaba. Fábrica, casa, fábrica los domingos a la huerta. Y no, no tenía libertad.
¡Libertad dice! me encendieron las mejillas.
Hijo, ¿por qué lo has traído aquí? ¿Querías humillarme? ¿No habría sido más honesto decirme que estaba muerto? Yo aquí, llorando los ojos, y él en la playa
Lucía yo solo quería empezar de cero.
No, no querías empezar de cero. Te cegó el sol de Andalucía, lo que pasa es que has sido cobarde y te fuiste con otra como un sinvergüenza. Un hombre de verdad habría venido, habría pedido el divorcio y luego habría rehecho su vida. Primero honesto contigo y con los demás. No quiero verte, fuera…
Ramón se levantó en silencio y, de paso por el pasillo, entró a la habitación.
¡No, vete ya! ¡Como si no hubieras venido nunca! ¡No quiero, ni puedo! grité, sintiendo que me quebraba.
Papá, márchate Javier apareció tras él.
A Ramón lo volví a ver dos semanas después.
Barriendo la acera, empujando el agua de la lluvia, le vi al principio de la calle, con un abrigo viejo y boina ridícula.
Lucía dijo mi nombre, y luego más fuerte.
Alcé la cabeza; le miré con una mezcla de rabia y vacío. Era como si me hubiera roto los huesos, y aunque quería perdonarle, ya no podía ni abrazarle.
Él se acercó.
Me he quedado, Lucía. He vuelto a la fábrica. No de encargado, de operario. ¿Me dejas pasar?
Me apoyé sobre la escoba y, mirándole bien, respondí:
Sí: a firmar el divorcio, en cuanto antes.
¿No perdonas? Lo entiendo.
Y si lo entiendes, ¿para qué has vuelto?
Cuando me fui, Olga me dijo: Si te marchas, no vuelvas, y la hice caso, Lucía. Por eso he vuelto.
Mira tú Ni allá, ni aquí te quieren, Ramón. Porque ya nadie quiere hombres así. Y volviste solo porque Javier te presionó. Vive tu vida, como querías, pero no me estorbes. Me pisas las baldosas y le barrí varias veces los zapatos.
Seguí barriendo, furiosa. A los cinco minutos, me di la vuelta. Ya no estaba. Suspiré, como quien se quita un fardo pesado del corazón. Temía que se quedara ahí, y que yo acabara por perdonar A veces los que más daño hacen, son los que antes defendimos.







