— ¡¡Qué harta estoy de ti!!!… Que si como mal…, que si visto mal…, que si todo lo hago mal!!! — gritó Pablo, perdiendo los nervios. — ¡Tú no sirves para nada!!!… ¡Ni siquiera ganas un sueldo decente! … Y en casa nunca ayudas a nada… — lloró Marina desconsolada, — … Y tampoco hay niños… — añadió en voz muy baja. Belka, una gata blanquiroja de unos diez años, subida encima del armario, observaba en silencio la enésima “tragedia” familiar. Ella sabía, sentía de verdad, que mamá y papá se querían, y mucho… Así que no entendía por qué decían palabras tan amargas que solo conseguían hacer daño. Mamá, llorando, se fue corriendo a su habitación, y papá empezó a fumarse un cigarrillo tras otro. Belka, viendo cómo su familia se rompía, pensó: “Hace falta felicidad en casa… y la felicidad son los niños… hay que conseguir niños de alguna parte…”. Belka no podía tener gatitos — hacía tiempo que la habían esterilizado, y a mamá los médicos le decían que sí podría, pero algo siempre fallaba… Por la mañana, cuando los padres salieron a trabajar, Belka por primera vez se escapó por la ventana y fue a visitar a la vecina Pata para pedirle consejo. — ¡Pero para qué niños! — refunfuñó Pata —, mira los míos, ¡cuando vienen los niños de la casa me escondo! Si no me llenan el hocico de pintalabios, me achuchan tanto que no puedo ni respirar. Belka suspiró: — Nosotros necesitamos niños de verdad… Pero, ¿dónde encontrarlos…? — Pues mira, la callejera Misi ha tenido camada… cinco son… — respondió pensativa Pata — elige tú… Belka, temblando de miedo y saltando de balcón en balcón, bajó a la calle. Pasó nerviosa entre los barrotes de una ventana al sótano y llamó: — ¡Misi, sal un momento, por favor! Desde el fondo del sótano se oyeron unos chillidos desesperados. Belka se arrastró, mirando a todos lados, y rompió a llorar bajito. Bajo un radiador, sobre la gravilla, cinco minúsculos y ciegos gatitos tanteaban el aire buscando a su madre y la llamaban sin parar. Belka, al olfatearlos, entendió que Misi llevaba, al menos, tres días sin aparecer y los niños estaban hambrientos… Belka, a punto de llorar, con sumo cuidado y decisión, llevó uno a uno a los gatitos hasta el portal. Intentando que no se escapasen los hambrientos y llorones gatitos, se tumbó junto a ellos, esperando angustiada a que regresasen papá y mamá. Pablo, que recogió a Marina del trabajo en silencio, llegó de la misma forma a casa. Al subir al portal, se quedaron de piedra: allí en el rellano estaba Belka (que jamás había salido sola a la calle) tumbada, y cinco gatitos de todos los colores intentaban mamar de ella, maullando. — ¿Pero esto qué es…? — balbuceó Pablo, desconcertado. — Un milagro…, — respondió Marina, y cogiendo a la gata y los gatitos en brazos, subieron corriendo a casa… Pablo, mirando la caja con los pequeños, preguntó: — ¿Y qué hacemos ahora? — Los alimentaré con biberón… Cuando crezcan, se los daré a mis amigas… — contestó Marina en voz baja. Tres meses después, Marina, todavía incrédula ante la noticia, acariciaba a la “manada” mientras repetía una y otra vez mirando al vacío: — Esto no puede ser…, esto no puede ser… Pero luego, tanto ella como Pablo lloraron de alegría, él la levantó en brazos, y los dos hablaban y hablaban sin parar… — ¡No he construido esta casa para nada!… — ¡Sí, al aire libre el niño estará genial!… — ¡Y los gatitos, que corran por el patio!… — ¡Aquí cabemos todos!… — ¡Te quiero!… — ¡Y yo a ti, muchísimo!… La sabia Belka se secó una lágrima: la vida, por fin, vuelve a sonreírles…

Life Lessons

¡No puedo más contigo! Ni comes bien, ni te vistes bien, en realidad, ¡nada haces bien! la voz de Pablo se quebró en un grito.
¡Si es que no vales para nada!… ¡Ni siquiera eres capaz de ganar dinero de verdad!… ¡En casa nunca te animas a ayudar! sollozaba Carmen, Y además… no tenemos hijos…, añadió apenas en un susurro.

Blanca, la gata blanca y anaranjada, de casi diez años, había subido al armario y observaba en silencio aquel nuevo episodio trágico. Ella sabía, y hasta sentía, que papá y mamá realmente se querían, mucho de verdad… Por eso, no comprendía por qué se decían palabras tan duras, que solo hacían daño a todos.

Mamá, llorando, se encerró en la habitación, y papá empezó a fumar un cigarro tras otro. Blanca, dándose cuenta de que la familia se derrumbaba delante de sus propios ojos, reflexionó: «Hace falta felicidad en esta casa… y la felicidad son los niños… Hay que buscar unos niños de alguna parte…».

La propia Blanca no podía tener gatitos hacía tiempo que la habían esterilizado, y a mamá… Los médicos decían que era posible, pero nunca terminaba de llegar

A la mañana siguiente, cuando los padres se marcharon a trabajar, Blanca, por primera vez, se escapó por la ventana para ir a visitar a la vecina, Patitas, y pedirle consejo.

¿Para qué queréis niños?, soltó resoplando Patitas, mira los de aquí, vienen con los niños… y yo tengo que esconderme de ellos; a veces me pintarrajean todo el hocico con carmín, otras casi no me dejan respirar de tanto apretarme…

Blanca suspiró: Nosotros queremos niños buenos… El problema es dónde encontrarlos…

Pues mira…, la gata callejera María acaba de tener camada… cinco gatitos hay por ahí…, murmuró pensativa Patitas, escoge tú…

Blanca, tentándose la suerte, saltando de balcón en balcón, bajó a la calle. Tiritando de nervios, se coló por las barillas de la ventana del sótano y llamó:

¡María, ven un momento, por favor!

De lo hondo del sótano, llegaron unos agudos maullidos desesperados. Blanca avanzó cautelosa, mirando en todas direcciones y, con el corazón encogido, escuchó aquellos finos lamidos. Debajo de un radiador, sobre la grava, cinco gatitos ciegos, de distintos colores, giraban las cabecitas buscando aire, llamando sin parar a su madre. Blanca, tras olerlos, comprendió que María llevaba mucho sin aparecer al menos tres días, y los pequeños estaban muertos de hambre…

Conteniendo las lágrimas, Blanca, con todo el cuidado y la insistencia necesarias, llevó a cada cachorro hasta el portal del edificio. Intentando controlar la inquieta y llorona camada, se tumbó junto a ellos y, preocupada, miró hacia el fondo del patio esperando que papá y mamá aparecieran.

Pablo, que recogía a Carmen del trabajo en silencio, la acompañó hasta casa. Al llegar al portal, se quedaron de piedra; en el escalón estaba su Blanca (que, por cierto, jamás había salido sola a la calle), y cinco cachorritos de todos los colores intentaban mamar de ella, maullando quedo.

¿Pero esto qué es? balbuceó Pablo.
Es un milagro…, murmuró Carmen. Y entre los dos, cogiendo en brazos a la gata y a los pequeños, corrieron hacia el piso.

Mientras miraban a la gata, ronroneando feliz en su caja con los bebés, Pablo preguntó:
¿Y ahora qué hacemos con ellos?
Los alimentaré con biberón… Cuando crezcan, los damos, llamaré a mis amigas…, musitó Carmen.

Tres meses después, Carmen, atónita ante lo que veía, acariciaba aquella pequeña manada de gatos, mirando a ninguna parte, repitiendo una y otra vez:
No puede ser… Esto no puede estar pasando…

Esa tarde, los dos lloraron de alegría y Pablo la alzó en brazos, y no paraban de hablar ilusionados.
¡Ahora sí que la casa tiene sentido!
Sí, y a los niños les vendrá genial tanta libertad…
¡Y que corran por el jardín los gatitos!
¡Cabrán todos!
¡Te quiero mucho!
¡Y yo a ti, muchísimo!

La sabia Blanca enjugó una lágrima y comprendió que, al final, la vida siempre da segundas oportunidades a quien sabe buscar la felicidad en los pequeños milagros.

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