Vitalio, solo en su despacho con su portátil y una taza de café, recibe una inesperada llamada del hospital materno que cambiará su vida: una joven fallecida durante el parto, una niña recién nacida y la súplica de una abuela para que no abandone a su hija desconocida. Entre dudas, recuerdos de un fugaz verano en la Costa del Sol y el peso de decisiones irrevocables, Vitalio se enfrenta por primera vez a la paternidad y a los lazos del pasado que vuelven para quedarse.

Life Lessons

Me senté cómodamente en mi escritorio, con el portátil abierto y una taza de café bien cargado. Tenía que terminar algunos asuntos del trabajo. De repente, me interrumpió una llamada de teléfono. El número aparecía como desconocido.

¿Sí, dígame?
¿Don Manuel Díaz Alonso? Le hablo desde la maternidad del Hospital de La Paz. ¿Conoce usted a Jimena Morales Álvarez? preguntó una voz de hombre, mayor por lo que pude deducir.
No, no conozco a ninguna Jimena Morales. ¿A qué viene la pregunta? contesté, extrañado.
Verá, es que Jimena falleció ayer durante el parto. Nos pusimos en contacto con su madre. Ella nos ha dicho que usted es el padre de la niña la voz se detuvo, esperando mi reacción.
¿Qué niña? ¿Qué padre? ¡Yo no entiendo nada! empecé a ponerme nervioso.
Jimena dio a luz a una niña. Ayer. Y usted es el padre. Si es que es usted Manuel Díaz Alonso. Necesitamos que venga mañana al hospital. Hay decisiones que tomar… el hombre hablaba despacio y con claridad.
¿Decisiones de qué? seguía sin comprender nada.
Venga mañana a la maternidad de La Paz. Pregunte por Julián Fernández Olivares. Ese soy yo. Lo hablamos en persona.

Me quedé mirando el teléfono después de que colgara, intentando asimilar lo que acababa de oír.

Jimena… ¿Quién demonios es Jimena? iba diciendo, caminando sin rumbo por el salón. No tengo ni idea… A ver, otro enfoque. ¿Cuánto tarda una mujer en quedarse embarazada y dar a luz? Nueve meses. Ahora estamos en mayo. O sea que sería en septiembre… ¿Qué hice yo en septiembre?

Miré la taza de café y la dejé sobre la mesa, frunciendo el ceño. Me venía más a cuento ahora algo más fuerte, pero…

En septiembre estuve en Marbella de repente, la imagen se formó nítida en mi memoria. Dos semanas. ¡Eso es! ¡Jimena!

Ahora recordaba vagamente su rostro. Rubia, ojos claros… ¿Cuántas Jimenas habré conocido así? ¿Tengo que recordarlas a todas? Nunca me he casado, a mis cuarenta años, ni pienso hacerlo. Y desde luego, jamás quise tener hijos. ¡Jamás! Tengo mi vida, bien asentada, y no pienso alterarla por ninguna Jimena…

Pero está muerta…, resonó en mi cabeza como un martillo.

¿Cómo pudo morirse? pregunté en voz alta, mirando al techo. ¿Qué edad tendría? ¿Veinte, como mucho?

Sentí ganas de fumar, pero había dejado el tabaco. Por dentro algo se movía, un sentimiento desconocido. ¿Compasión, desazón, remordimiento?

Una niña… dije en voz alta, como charlando con alguien invisible. Bueno, que la niña la cuide su abuela, la madre de Jimena. Para eso está. Y quién sabe, igual la niña ni siquiera es mía…

Para mí el tema quedó zanjado. Mañana iría, hablaría con el médico, renunciaría a toda responsabilidad, y asunto resuelto. Seguiría como antes.

Sin embargo, no podía dormir. Las ideas me asaltaban, y dentro del pecho se revolvía algo, inquietándome…

Ese cuerpo joven, frío, no podía ser Jimena. No conseguía tragar el nudo que sentía en la garganta, que crecía y se transformaba, apretando los ojos, inundándome por completo. Tuve que secarme los ojos… Y la recordé. Recordé su risa, corriendo por la orilla del mar, mirándome con esa chispa de ilusión. Una chica divertida, de la que me olvidé nada más regresar a casa. ¿Y ahora ella estaba ahí, tendida en la morgue? ¿Y era su cuerpo el que yo imaginaba ver sobre la mesa…?

Salí al pasillo casi corriendo. Pedí a Julián Fernández que me diera un minuto.

Le pedí un cigarrillo al primer enfermero que vi y fumé ansiosamente en la entrada del hospital. Luego, entré decidido al despacho del director.

¿Quiere ver a su hija? preguntó Julián Fernández.
No. Quiero hablar antes con la madre de Jimena. ¿Dónde está?
Esperando en el pasillo. Ha pasado usted junto a ella ahora mismo.
Ahora vuelvo le dije, y salí precipitadamente.

Vi enseguida a una mujer delgada, con un pañuelo negro anudado a la cabeza, sentada unos metros más allá. Recorrí el pasillo en tres zancadas.

Buenas tardes logré decir.
La madre de Jimena alzó la mirada. Y sentí hundirme en el dolor que veía reflejado en sus ojos…

Qué parecida es a Jimena pensé. Como dos gotas de agua.

Me llamo Laura. Laura Álvarez, soy la madre de Jimena susurró.
Soy Manuel, también Alonso aclaré por decir algo.
Lo sé. Mi hija me habló de usted. Ahora ya no podrá contarme nada más y Laura rompió a llorar.

Me sentí perdido. No sabía ni qué decir, ni cómo reaccionar.

Laura se limpió las lágrimas y me habló:
Por favor, no abandone a su hija. No puedo soportar que mi nieta acabe en un centro de menores. ¿Entiende?
¿Pero en un centro? ¿No se la dan a usted, siendo la abuela? intenté animarla, aunque por dentro pensaba: Si no debe ser mucho mayor que yo….
No pueden me respondió, con voz muy baja. Estoy en grupo de riesgo, tengo un problema de corazón… Solo tiene que reconocer a la niña. Yo me haré cargo, no le molestaremos nunca más, se lo prometo y me miró suplicante.

Vamos dije, llevándola de la mano al despacho del director.

Julián Fernández apartó la vista de unos papeles.

¿Qué hay que hacer para el reconocimiento de paternidad? pregunté, nervioso.
Una prueba de ADN contestó él, mirándome serio. ¿Cómo le va a poner de nombre?

¿A quién, perdón? me quedé parado.
A la niña, hombre. ¿No quiere aunque sea mirarla? me sonrió el director.

Miré a Laura y negué con la cabeza:
No, no quiero…

Los trámites se resolvieron más rápido de lo previsto. La prueba confirmó que era mi hija. Y ahora no sabía cómo seguir adelante. No estaba preparado para aquello. Pero tampoco podía dejarla atrás, desentenderme. Ni siquiera conseguía aún decir la palabra HIJA. Para mí era solo la niña.

Les ayudaré en lo que pueda. Iré pasando dinero, compraré un cochecito y lo que necesiten, decidí antes de que la niña saliera del hospital.

Cuando vi a la enfermera aparecer con el bultito envuelto en un arrullo rosa, con encajes y lazos, la boca se me quedó seca.

Laura tomó a la niña en brazos, levantó el encaje y me preguntó:
¿Quieres ver a la pequeña?

No me dio tiempo a responder. La puerta del despacho se abrió y Julián Fernández pidió a Laura que entrara un momento.

Laura me pasó la niña sin dudar. Me quedé petrificado. El bulto era cálido y olía dulcemente. De pronto, la niña gimoteó, hizo un sonido parecido al maullido de un gato y rompió a llorar. Alarmado, la miré y me vi a mí mismo. Era igual que yo de pequeño. Me quedé observándola, asombrado.

Sentí que las piernas me flojeaban, me senté en una silla y la mecí suavemente. Se calmó. Levantó la vista y, por un momento, juraría que me sonrió.

Laura salió del despacho al minuto.

Déjeme, que la cojo yo dijo, alzando los brazos hacia su nieta.

No contesté sin pensar. ¡Acaba de sonreírme! y esbocé mi mayor sonrisa en años. Tomando aire, me volví a Laura y le dije:
Vámonos a casa, Laura. Nos vamos juntos, en familia.

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