Conseguí que mi hijo se divorciara y ahora me arrepiento: historias de nueras, suegras y segundas oportunidades en España

Life Lessons

Ayer mi nuera volvió a dejarme a mi nieta el fin de semana me contaba la vecina, doña Carmen, cuando nos cruzábamos en el rellano hace ya muchos años . Y no hay manera de alimentar bien a la pobre niña. Mamá dice que las princesas no comen mucho, me suelta, se toma dos cucharadas y se acabó. Está tan delgada que parece traslúcida, la criatura.

A Carmen nunca le gustó Lucía, la esposa de su hijo Javier. Desde el primer momento, por el simple hecho de que ella era siete años mayor que él. Y Javier, un muchacho acabado de dejar el instituto, sin apenas haber conocido otras mujeres.

Si es que no había estado con ninguna antes se lamentaba Carmen. No es raro que se haya enamorado así. Ha sucumbido a su experiencia, ¡y punto!

Lucía era una mujer atractiva, con presencia. Se cuidaba, tenía estilo, avanzaba en su carrera profesional. No era de extrañar que el hijo de Carmen se hubiera fijado en ella: la belleza y la seguridad atraen, y a Lucía le sobraban ambas cualidades.

Vivía a base de dieta saludable y se preocupaba por la alimentación de su hija, enseñándole a no abusar, a pensar en su salud y su figura.

Poco después de unos meses de relación, Lucía quedó embarazada. Tal vez por llevar la contraria a su suegra, siempre metiéndose entre ellos, o quizá por querer casarse a toda costa… o quizás sólo fue fruto de la casualidad. Lo cierto es que Javier decidió casarse con Lucía, a pesar de tener sólo dieciocho años. Ella ya contaba veinticinco.

Javier, recién graduado, entró a formarse en un módulo técnico. Compaginaba los estudios con el trabajo. Se mudaron juntos, independientes de los padres: primero de alquiler, más tarde compraron un pequeño cuarto en una residencia de estudiantes.

Fueron tiempos felices para los jóvenes, pero Carmen seguía sin dar tregua: siempre encontraba por dónde criticar a su nuera. Que si la comida, que si no planchaba bien la camisa de su hijo, que si cómo vestía a la niña Para Carmen, Lucía no tenía acierto, sólo defectos.

Lucía, harta, redujo al mínimo el trato con la suegra. Empezó a llevar personalmente a su hija al colegio, a gimnasia y a clases de ajedrez. Iba de aquí allá, corriendo del trabajo al colegio, luego a las extraescolares… y todavía sacaba tiempo para el gimnasio, la manicura, la peluquería… Apenas pasaba por casa tanto como le hubiese gustado.

Javier llegaba al piso y lo encontraba vacío: la pequeña en actividades, y Lucía ocupada con mil cosas fuera, o haciendo sus asuntos.

En una de esas tardes solitarias se presentó su vecina María, una viuda de 38 años con dos hijos adolescentes, que vivía en el mismo pasillo de la residencia. El grifo se había roto y necesitaba ayuda para evitar que se inundara la cocina común.

Javier, siempre habilidoso, arregló el problema rápidamente. Mientras tanto, María estaba haciendo un guiso de macarrones con albóndigas y le ofreció un plato a modo de agradecimiento. Javier, hambriento ante la ausencia de comidas caseras de Lucía, no pudo decir que no.

A partir de entonces, María invitaba a cenar a Javier con frecuencia en la cocina común, mientras no estaban ni Lucía ni su hija. Disfrutaban juntos de tardes tranquilas, hablando y compartiendo platos sencillos: empanada, pisto, croquetas Poco a poco, surgió entre ellos una chispa y de forma inesperada, la complicidad pasó a ser algo más; ya no sabían pasar una tarde sin compartir aquellos momentos.

Toda la vida en la residencia era pública, repleta de miradas y oídos indiscretos. A Lucía, cómo no, no tardaron en llegarle los rumores de que su marido pasaba demasiado tiempo en casa de la vecina, y que allí no se hablaba precisamente de literatura.

El escándalo sacudió todo el pasillo. Lucía, orgullosa y herida, echó a Javier de la casa sin miramientos y con sus pertenencias volando por el rellano.

Era ya tarde para volver a casa de sus padres, así que Javier aceptó, sin más remedio, la hospitalidad de María.

La hija de Lucía y Javier tenía por entonces seis años. Javier tenía veinticinco. Lucía, treinta y dos. María, treinta y nueve.

Cuando Carmen se enteró de que su hijo se había marchado de casa, celebró la noticia como una victoria. Pero al descubrir que Javier había acabado yéndose con una mujer catorce años mayor, y madre de dos hijos, se quedó muda…

A mí, que tanto la conocía, su reacción me sorprendió muchísimo. Se había pasado media vida reprochándole a Lucía ser mayor que su hijo, y de repente, silencio total, aceptación plena… ¿O había sido el reconocimiento de su propio fracaso?

Han pasado ya más de quince años desde que se quebró el matrimonio de Lucía y Javier. Todo este tiempo, Javier ha vivido junto a María. No han tenido hijos juntos, pero se nota que se quieren, viven en armonía, pese a la diferencia de edad: hoy Javier tiene cuarenta años, María cincuenta y cuatro. Carmen los recibe en casa sin una sola queja, todo es paz y sosiego. Y yo veo que Javier es feliz, de verdad.

A veces me pregunto: ¿puede haber felicidad verdadera cuando la mujer es mayor? Yo sólo sé que lo que importa, al final, es el amor.

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