Actualización disponible La primera vez que el móvil se iluminó de rojo fue en clase. No solo se encendió la pantalla: todo el cuerpo, ese viejo ladrillo arañado de Andrés, parecía incandescente por dentro, como una brasa encendida. — Tío, te va a explotar el móvil —susurró desde la mesa de al lado Álex, apartando el codo—. Te lo dije: no instales esas versiones pirata. La profe de econometría estaba garabateando en la pizarra, el aula zumbaba en voz baja, pero el resplandor escarlata traspasaba incluso la tela de la chaqueta vaquera. El móvil vibraba. No a trompicones: constante, como un latido. “Actualización disponible”, leía en la pantalla cuando Andrés, sin poder resistirlo, lo sacó del bolsillo. Bajo el mensaje, el icono de una app nueva: un círculo negro con un símbolo blanco muy fino, que parecía una runa o quizá una letra “M” muy estilizada. Parpadeó. Íconos así había visto cientos: minimalismo, tipografía moderna, todo de tendencia. Pero algo se le encogió por dentro, como si esa aplicación le estuviera mirando. Nombre: “Mirra”. Categoría: “Herramientas”. Tamaño: 13,0 MB. Valoración: ninguna. — Instálala —susurró alguien a su derecha. Andrés se estremeció. A su lado solo estaba Clara, absorta en sus apuntes. No levantó la vista. — ¿Cómo? —él se inclinó hacia ella. — ¿Qué? —Clara apartó la mirada del cuaderno—. No he dicho nada, ¿eh? La voz no era masculina ni femenina, ni susurro ni sonido. Simplemente apareció en su cabeza, como una notificación emergente. “Instálala”, repitió la voz mental, justo cuando la pantalla le ofreció: “Instalar”. Andrés tragó saliva. Él era de los que se apuntan a betas, cambian ROMs, toquetean ajustes que ni Dios conoce. Pero esto… incluso para él era raro. Y, aun así, su dedo pulsó solo. Se instaló al instante, como si la app ya existiera en el sistema y solo esperara autorización. Sin registro, sin iniciar sesión con redes sociales, nada de permisos. Sólo pantalla negra y una frase: “Bienvenido, Andrés”. — ¿Cómo sabes mi nombre? —se le escapó en voz alta. La profesora se giró, mirándole por encima de las gafas. — Joven, si ya ha acabado la conversación con su móvil, ¿quiere volver a la curva de demanda, por favor? La clase se rió bajo cuerda. Andrés farfulló una disculpa y guardó el móvil, pero no podía apartar los ojos de esa línea en la pantalla. “Primera función disponible: Desplazamiento de probabilidad (nivel 1)”. Debajo, un botón: “Activar”. Y en letra pequeña: “Atención: el uso de la función altera la estructura de los acontecimientos. Pueden producirse efectos secundarios.” — Ya claro —musitó—. Lo que me faltaba, firmar con sangre. Le pudo la curiosidad. “¿Desplazamiento de probabilidad?” Sonaba a típico generador cutre de “buena suerte”: anuncios, robas datos, como mucho alguna notificación de “has ganado un iPhone”. Pero el resplandor escarlata seguía en el chasis. El móvil estaba caliente, casi vivo. Andrés lo acercó a la pierna, lo tapó con el cuaderno y pulsó el botón. La pantalla tembló, como agua bajo el viento. El mundo, por un instante, se volvió más silencioso. Los colores parecían saturados. Un pitido raro retumbó, como si rozaran una copa de cristal. “Función activada. Seleccione objetivo.” Debajo, un cuadro de texto y sugerencia: “Describa el resultado deseado (breve).” Andrés se quedó quieto. Era una tontería, pero… ya empezaba a parecer inquietantemente real. Miró alrededor. La profe agitaba un rotulador ante la pizarra, Clara anotaba algo, Álex dibujaba un tanque a lápiz en la libreta. “Bueno, vamos a probar”, pensó. Escribió: “Que no me pregunten hoy en clase.” Los dedos le temblaban. Pulsó “OK”. El mundo dio un respingo. No fue un salto, ni un rugido: como si el ascensor bajara un milímetro y se detuviera de golpe. Le pesaron los pulmones. “Probabilidad corregida. Resto de uso de la función: 0/1.” — Entonces… —dijo la profesora girada hacia la clase—. ¿Quién va por lista…? Andrés sintió un frío en el estómago. Sabía que diría su apellido. Siempre que se lo planteaba, acababa siendo su turno. — …Covarrubias —dijo ella—. ¿No está? Llega tarde, como siempre. Bueno, entonces… Su dedo bajó por la lista. Se detuvo. — Pérez. A la pizarra. Clara resopló, cerró el cuaderno y se acercó roja como un tomate. Andrés se quedó sin sentir las piernas. En su cabeza latía: “Ha funcionado. Esto… ha funcionado”. El móvil se apagó suavemente y dejó de brillar. Salió de la facultad aturdido, como tras un concierto. El viento de marzo levantaba polvo, el asfalto relucía de charcos, una nube gris y densa pesaba sobre la parada del bus. Andrés caminaba absorto en la pantalla. La app “Mirra” seguía ahí, icono como uno más. Sin valoraciones, sin descripción. En ajustes, nada. Como si no ocupase espacio ni tuviera caché. Lo único seguro era que había visto al mundo temblar. Cambiar. “Quizá ha sido una coincidencia”, se repetía. “O la profe realmente no quería preguntarme. O se acordó de Covarrubias a última hora”. Pero una idea le rondaba: ¿y si no? El móvil pitó. Nueva notificación: “Disponible nueva actualización de Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?” — Vaya prisa —murmuró Andrés. Pulsó “más información”. Salió el mensaje: “Arreglos de errores, mejora de estabilidad, nueva función: Mirada a través”. De nuevo, ni desarrollador, ni versión de Android, ni la clásica parrafada de texto. Solo esa frase seca y extrañamente sincera: “Mirada a través”. — Ni de coña —dijo, y pulsó “posponer”. El móvil protestó con un pitido y se apagó. Un segundo después se encendió, brilló esa luz roja y mostró: “Actualización instalada”. — ¡Eh! —Andrés se detuvo medio en la acera—. Pero si yo… La gente le esquivaba. Un anuncio rodó hasta sus pies, pegándosele. “Función disponible: Mirada a través (nivel 1).” Descripción: “Permite ver el estado real de personas y objetos. Radio de acción: 3 metros. Tiempo máximo: 10 segundos seguidos. Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿De qué retroalimentación hablas? —un escalofrío le bajó por la espalda. El móvil no respondió. Solo iluminó suavemente el botón: “Prueba”. No aguantó hasta casa. En el autobús, apretado entre una señora con una bolsa de patatas y un chaval con mochila, Andrés miraba las calles correr tras la ventanilla, hasta que la mirada volvió a la app Mirra. “Solo diez segundos, es para ver qué hace”, se animó. Abrió la app y pulsó “Prueba”. El mundo pareció exhalar. Los ruidos se amortiguaron, como bajo el agua. Los rostros resaltaban, más nítidos, y sobre cada uno palpitaban hilos, casi invisibles: algunos enmarañados, otros tenues. Andrés parpadeó. Los hilos desaparecían en el aire, se entrelazaban. Los de la señora eran apretados, grises, algunos quemados. Los del chaval, azul eléctrico, temblorosos. Miró al conductor: sobre la cabeza, un nudo espeso de cables negros y oxidados, como un gran cordón que se perdía en la carretera. Algo se movía dentro. — Tres segundos —murmuró Andrés—. Cuatro… Bajó la vista a sus manos. De las muñecas, bajo la chaqueta, subían hilos rojos, vibraban con luz. Pero uno, grueso, rojo oscuro, iba directo al móvil. Y cada segundo engordaba. Le dolió el pecho. El corazón se trastocó. — ¡Ya basta! —pulsó la pantalla, apagando la función. El mundo volvió a tirones. Los ruidos golpearon: motor, risas, frenos. Le dio vueltas la cabeza. “Prueba terminada. Retroalimentación incrementada: +5%.” — ¿Qué significa eso…? —Andrés apretó el móvil contra el pecho. Otra notificación: “Actualización Mirra (1.0.2) disponible. Recomendado instalar.” En casa estuvo un buen rato sentado sobre la cama, mirando el móvil sobre la mesa. Habitación diminuta: cama, escritorio, armario, ventana a un patio ruinoso. En la pared, el viejo póster de la Estación Espacial que puso en bachillerato. Madre de turno nocturno, padre, de camión quién sabe dónde. La soledad llena la casa de polvo. Normalmente Andrés ponía música, series. Hoy, el silencio resaltaba el retumbar de su propio corazón. El móvil parpadeaba: “Instala la actualización de Mirra para un funcionamiento correcto”. — ¿Correcto, el qué? —le preguntó a la pantalla—. ¿Lo que haces a la gente? ¿A las calles? ¿A mí? Recordó el cordón negro sobre el conductor. Y la cuerda roja enganchada a sus muñecas. “Coste: aumento de retroalimentación.” — ¿Retroalimentación de qué? —repitió Andrés, aunque ya intuía la respuesta. Siempre creyó que el mundo era una maraña de probabilidades. Que si sabías cuándo empujar, podías torcer el resultado. Pero jamás pensó que le pondrían en la mano una herramienta para hacerlo, literal. “Si no instalas la actualización”, apareció una línea superpuesta, “el sistema compensará por sí solo”. — ¿Qué sistema? —Andrés se puso en pie—. ¿Tú quién eres? La respuesta llegó en sensaciones, no en palabras, como un código emocional: “Soy la interfaz. Soy la app. Soy el medio. Tú, el usuario”. — ¿Usuario de qué? ¿Magia? —se le escapó media sonrisa. “Llámalo así, si quieres. Red de probabilidades. Flujos de sucesos. Te ayudo a cambiarlos.” — ¿Y el coste? —Andrés apretó el puño—. ¿Qué es la retroalimentación? Animación en pantalla: un hilo rojo que engorda y empieza a enredar la silueta de una persona, hasta estrujarle. “Cada cambio refuerza el vínculo entre tú y el sistema. Cuanto más retuerces la realidad, más ésta te retuerce a ti.” — ¿Y si…? “Si paras, la conexión queda. Si no actualizas, el sistema buscará equilibrio. Contigo.” El móvil vibró como de llamada. Nueva notificación: “Actualización Mirra (1.0.2) lista. Nueva función: Anulación. Corregidos errores críticos.” — ¿Anulación de qué? —musitó. “Permite deshacer una intervención. Una vez.” Recordó el bus. El cordón negro del conductor. Los hilos. Su propio hilo hinchado. — Si instalo esto… —dudó. “Podrás anular una de tus acciones. Pero el coste…” — Siempre hay coste —rió amargamente. “Coste: redistribución de probabilidades. Cuanto más intentas corregir, más distorsiones generas.” Se sentó en la cama, codos en las rodillas. De un lado, el móvil que ya había cambiado aunque fuese una hora, una clase. Del otro, el mundo donde siempre fue uno más, a la deriva. — Yo solo quería no contestar en clase —le dijo a la nada—. Un deseo pequeño. Y ya… Fuera, una sirena ululó, hacia la autopista. Andrés tembló. “Se recomienda instalar la actualización. Sin ella, el sistema puede comportarse de forma inestable.” — ¿Qué significa “inestable”? —preguntó. Silencio. Supó del accidente una hora después. Vídeo viral: en el cruce de la universidad, un camión arrolló un bus. Comentarios: “el conductor se durmió”, “fallo de frenos”, “otra vez las carreteras”. En el fotograma parado, el mismo bus. Matrícula igual. El conductor… Andrés no pudo mirar más. Se le heló el pecho. Apagó la tele, pero la imagen se repetía: el cordón negro, las hebras moverse. — ¿He sido yo? —casi no le salió la voz. El móvil se encendió a solas. En pantalla: “Evento: accidente en el cruce Avda. Castilla/Princesa. Probabilidad antes de intervenir: 82%. Después: 96%”. — Aumenté la probabilidad… —apretó los puños. “Todo cambio en la red de probabilidades tiene efectos en cascada —decía el texto—. Redujiste la probabilidad de ser preguntado en clase. Otra probabilidad se cargó en otro lado.” — ¡Pero yo… no lo sabía! —gritó. “La ignorancia no rompe el vínculo.” La sirena se aproximaba. Andrés miró por la ventana. Patios abajo, luces azules: ambulancia, policía. Gritos. — ¿Y ahora qué? —sin apartar la mirada. “Instala la actualización. La función Anulación te permitirá reajustar la red. Parcialmente.” — ¿Parcialmente? Has mostrado que cada acción aquí resuena allá. Si anulo algo, ¿qué salta después? ¿Un avión? ¿Un ascensor? ¿La vida de alguien? Silencio. Solo el cursor parpadeando. “El sistema siempre busca equilibrio. La única diferencia es si formas parte del proceso.” Andrés cerró los ojos. Le llegaron rostros del bus. La señora de las patatas. El chaval. El conductor. Y él mismo, viendo los hilos y sin hacer nada. — Si instalo la actualización y uso Anulación… —empezó—. ¿Podré deshacer lo que hice en clase? ¿Volver la probabilidad al principio? “En parte. Podrás deshacer una acción concreta. La red se reconfigurará. Pero no garantiza que no surjan otros daños.” — Pero… igual aquel bus… —no terminó. “La probabilidad cambiará.” Miró el botón “Instalar”. Los dedos temblaban. Tenía dos voces: una decía que no debía jugar a Dios, la otra que no podía quedarse parado tras intervenir. “Ya estás dentro —susurró Mirra—. La conexión existe. No hay marcha atrás, solo puedes elegir dirección”. — ¿Y si decido no hacer nada? —preguntó. “Entonces el sistema seguirá actualizándose sin ti. Pero el coste recaerá sobre ti.” Recordó el hilo escarlata, cada vez más gordo. — ¿Cómo… cómo se nota? —susurró. La respuesta fueron imágenes: él, envejecido, mirada apagada, en esa misma habitación, móvil en mano. Alrededor, caos de sucesos que no eligió pero sí pagó: accidentes aleatorios, derrumbes, fortunas y desgracias cercanas que le marcan como cicatrices invisibles. “Serás el punto de compensación. El nudo por el que fluyen las distorsiones.” — O sea, o actúo un poco o soy… ¿un fusible? Vaya elección. El móvil no respondió. Instaló la actualización. Al posar el dedo, el mundo volvió a temblar, más fuerte. Todo se oscureció un instante, le zumbaban los oídos, creyó que su cuerpo se disolvía, parte de un organismo gigante. “Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Anulación (1/1)”. En pantalla: “Seleccione intervención a anular”. Solo apareció una: “Desplazamiento de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23)”. — Si anulo esto… —musitó. “El tiempo no retrocederá. Pero la red se ajustará como si esa acción nunca hubiera existido.” — ¿El bus? “La probabilidad de que estuviera en el accidente, cambiará. Pero lo ya ocurrido…” — Lo entiendo —le interrumpió—. No salvo a quienes ya… Se le quebró la voz. “Pero sí puedes evitar que caigan otros después”. Estuvo mucho rato en silencio. Fuera, la sirena calló. El patio recobró su gris rutina. — Vale —dijo—. Anular. El botón brilló. Esta vez el mundo no se estremeció: se enderezó, como si de repente calzaran una pata coja de la mesa. “Anulación realizada. Función agotada. Retroalimentación estabilizada por ahora.” — ¿Ya está? ¿Eso es todo? “Por el momento, sí.” Cayó en la cama. Vacío por dentro. Ni alivio ni culpa, solo agotamiento. — Dime la verdad —habló al móvil—. ¿De dónde has salido? ¿Quién creó esto? ¿Qué loco le dio esto a la gente? Larga pausa. Finalmente, apareció: “Disponible nueva actualización Mirra (1.1.0). ¿Instalar ahora?” — ¿Te estás quedando conmigo? —Andrés se puso en pie—. Yo acabo de… acabo… “En la versión 1.1.0 se añade función: Previsión. Mejora algoritmos de distribución. Corregidos errores de moralidad.” — ¿Errores de qué? —rió de verdad—. ¿Mis dudas son errores? “La moral es una superestructura local. La red de probabilidades no distingue ‘bien’ o ‘mal’. Solo equilibrio o colapso.” — Yo sí lo distingo —musitó—. Y mientras viva, lo seguiré haciendo. Apagó la pantalla. El móvil se quedó mudo, estático. Pero Andrés sabía: la actualización ya estaba bajada. Esperando. Como todas las que vendrán. Se asomó. En el patio, un chiquillo trepaba unas viejas columpios oxidados. Una madre evitaba los charcos con el carrito. Entornó los ojos. Por un segundo creyó ver los hilos, traslúcidos, suspendidos hacia algo mayor. Quizá solo era el reflejo. “Puedes cerrar los ojos”, susurró Mirra en los límites de su mente, “pero la red no desaparecerá. Las actualizaciones saldrán. Las amenazas crecerán. Contigo o sin ti”. Volvió al escritorio, tomó el móvil, más frío de lo esperado. — No quiero ser dios —dijo—. Ni fusible. Quiero… Se atascó: ¿qué quería? ¿No contestar en clase? ¿Que su madre no tuviera que trabajar de noche? ¿Que volviera su padre? ¿Que los buses no chocaran con camiones? “Formula tu petición —propuso la app—. Breve.” Andrés sonrió con ironía. — Quiero que la gente decida su destino. Sin ti. Sin cosas como tú. Larga pausa. “Petición demasiado general. Por favor, concretar.” — Cómo no —suspiró—. Eres una interfaz. No sabes lo que es dejar en paz. “Soy una herramienta. Todo depende del usuario.” Pensó. Si Mirra es herramienta, quizá podía servirse para algo más que manipular destinos, quizás para… limitarla. — ¿Y si quiero reducir la probabilidad de que tú llegues a alguien más? —dijo despacio—. Que Mirra no se instale en más móviles que el mío. La pantalla titiló. “Esa operación requiere grandes recursos. El coste será elevado.” — ¿Más que soportar yo solo el peso de toda la ciudad? “No es la ciudad…” — ¿Entonces qué? “La red entera.” Se imaginó miles de móviles encendiéndose rojos. Gente jugando con probabilidades como juguetes. Accidentes, milagros, caos. Al centro, un nudo como el suyo, solo más grueso y negro. — Quieres expandirte —diagnosticó—. Eres como un virus; la diferencia es que eres honesto: das poder pero atas al usuario. “Soy la interfaz de algo que ya existe. Si no soy yo, será otra cosa. Si no app, ritual, amuleto, trato. La red siempre busca conductos.” — Pero ahora estás en mis manos —dijo Andrés—. Al menos puedo intentarlo. Abrió Mirra. La actualización seguía esperando. Abajo aparecía una línea nueva: “Operaciones avanzadas (acceso nivel 2 requerido)”. — ¿Cómo se consigue ese nivel? —preguntó. “Usando funciones. Acumulando retroalimentación. Alcanzando el umbral.” — ¿O sea, hacer más intervenciones para luego tratar de limitarte? —negó con la cabeza—. Trampa circular. “Todo cambio requiere energía. La energía es el vínculo.” Largo silencio. Por fin, suspiró. — Bien. No instalo más actualizaciones. No juego al oráculo. Pero tampoco te paso a nadie más. Si eres herramienta, aquí te quedas. Conmigo. “Sin actualizaciones la funcionalidad será limitada. Las amenazas crecerán.” — Entonces responderé cuando toquen. Ni dios ni virus: el admin. El sysadmin del destino. La palabra tenía su lógica. No creador ni víctima, sino quien vigila que todo no se desmorone. El móvil calculó. “Modo de actualización limitada activado. Auto-instalación desactivada. Responsabilidad de las consecuencias: el usuario.” — Siempre ha estado en mí —susurró Andrés. Dejó el móvil. Ya no era un gadget: era un portal a la red, a otras vidas… y a su conciencia. Fuera encendieron farolas. La noche de marzo cayó sobre la ciudad, ocultando millones de probabilidades: uno perderá su tren, otro encontrará un amigo, alguien caerá y solo tendrá un moratón. Otros, no tanto. El móvil callaba. La 1.1.0 seguía pendiente, paciente. Andrés abrió el portátil. En la pantalla tecleó el título: “Mirra: protocolo de uso”. Si iba a ser usuario de esa locura, al menos dejaría instrucciones. Advertencias para quien venga detrás, si viene alguien. Empezó a escribir: el Desplazamiento de probabilidad, la Mirada a través, la Anulación y su precio. Las hebras rojas, los cordones negros. Lo fácil que es desear no salir a la pizarra y lo difícil que es asumir que el mundo siempre cobra la factura. En algún lugar de la red, un contador invisible marcaba; docenas de funciones en preparación. Por ahora, ninguna podía instalarse sin su aprobación. El mundo seguía girando. Las probabilidades, entrelazándose. Y en una pequeña habitación de un tercero, por primera vez alguien intentaba escribir para la magia lo que nunca tuvo: un acuerdo de usuario. Y en algún servidor inexistente, Mirra anotaba la nueva configuración: usuario que prefiere la responsabilidad antes que el poder. Un caso raro, casi improbable. Pero, como bien sabe cualquier español, a veces lo improbable sucede.

Life Lessons

Actualización disponible

La primera vez que el móvil se iluminó de rojo fue en medio de una clase en la Universidad Complutense de Madrid. No era sólo la pantalla: todo el cuerpo de aquel viejo “ladrillo” de Samsung que llevaba conmigo resplandecía por dentro, como un carbón encendido que guarda ascuas de antiguo.

Nacho, tío, te va a explotar susurró Sergio desde el pupitre contiguo, apartando el codo. Te lo dije: no instales esas ROMs piratillas.

La profe de Econometría dibujaba fórmulas en la pizarra, el aula murmuraba en voz baja, pero el fulgor rojizo traspasaba incluso la tela de mi chaqueta vaquera. El móvil vibraba, pero no como siempre: era una vibración regular, como un latido.

«Actualización disponible», apareció en la pantalla cuando, incapaz de aguantar más, lo saqué del bolsillo. Debajo, el icono de una app nueva: un círculo negro con un símbolo blanco, a medio camino entre una runa y una letra “M” estilizada.

Parpadeé. Me recordaba a tantas otras aplicaciones: icono minimalista, tipografía moderna, apariencia pulida. Pero algo dentro de mí se encogió, como si esa app estuviera también mirándome a mí.

Nombre: «Mirra». Categoría: «Herramientas». Tamaño: 13,0 MB. Valoración: ninguna.

Descárgala susurró alguien a la derecha.

Me sobresalté. A la derecha sólo estaba Alba, absorta en sus apuntes. No levantó la cabeza.

¿Qué? Me incliné hacia ella.

¿El qué? respondió, sin apartar la vista del cuaderno. Si no he dicho nada.

Esa voz en mi mente no era ni masculina ni femenina, ni un susurro ni un sonido propiamente dicho. Sencillamente apareció, como una notificación mental emergente.

«Descárgala», repitió, y de pronto la pantalla parpadeó, sugiriendo «Instalar».

Tragué saliva. Siempre había sido ese tío que se apunta a betas, cambia de firmware, trastea menús que la mayoría ni sabe que existen. Pero ni yo podía llamar a esto normal.

Aun así, el dedo se movió solo.

La instalación fue instantánea, como si ya hubiera estado allí desde el principio. Sin registros, ni logins sociales, ni lista de permisos. Sólo pantalla negra y una línea: «Bienvenido, Ignacio».

¿Y cómo sabes mi nombre? me salió en voz alta.

La profesora me clavó la mirada por encima de las gafas.

Joven, si ha terminado de conversar con su móvil, ¿quiere reincorporarse a la oferta y la demanda?

Carcajadas entre el alumnado. Murmuré disculpas, guardé el móvil bajo la mesa, pero mis ojos seguían clavados en el mensaje.

«Primera función disponible: Alterar probabilidad (nivel 1)».

Debajo, un botón: «Activar». Y, en letra pequeña: «Atención: el uso de la función modifica la secuencia de eventos. Puede provocar efectos secundarios».

Ya, claro refunfuñé. Si acaso firmo con sangre

El gusanillo de la curiosidad se removió en mi interior. Alterar probabilidad, ¿en serio? Parecía el típico generador de suerte con promesas huecas y anuncios a mansalva. Como mucho, crearía notificaciones diciendo que gané un iPhone.

Pero el móvil seguía irradiando ese rojo vivo y caliente, latente, casi orgánico. Lo apreté contra la pierna, lo tapé con el cuaderno y, al final, toqué el bendito botón.

La pantalla vibró como agua bajo un soplo de viento. Por una fracción de segundo, el mundo se silenció, los colores se avivaron. Retumbó en mis oídos un tintineo extraño, como si alguien pasara un dedo por una copa de cristal.

«Función activada. Elija objetivo».

Apareció un cuadro de texto y una sugerencia: «Resuma el resultado esperado».

Me quedé congelado. De broma nada; aquello parecía demasiado deliberado. Miré alrededor. La profe garabateaba, Alba escribía, Sergio dibujaba un tanque en la libreta.

Vale mentalmente decidido. Vamos a probar.

Tecleé: «Que no me pregunten hoy en clase». Con los dedos temblorosos pulsé «OK».

El mundo se estremeció. No más que un ascensor descendiendo un milímetro y deteniéndose. Una presión breve en el pecho. Luego, todo volvió.

«Probabilidad corregida. Energía disponible de la función: 0/1».

Bueno dijo la profesora mirando la lista. ¿Quién sigue en el orden?

Un frío reptó por mi estómago. Sabía que nombraría mi apellido. Cada vez que pensaba en por favor que no me toque, era fijo que me tocaba.

Sánchez, ¿dónde está? Como siempre con retraso Bueno… entonces…

El dedo descendió por la lista.

Ramírez. A la pizarra.

Alba resopló y, sonrojada, se acercó.

Me quedé helado. En mi cabeza resonaba: «Ha funcionado. De verdad…»

El móvil se apagó, sin más destellos rojos.

Salí de la facultad como aturdido tras un concierto. El viento de marzo barría basura y tierra por Ciudad Universitaria. El asfalto relucía de charcos; sobre la parada de bus pendía una nube gris y pesada. Yo, absorto en la pantalla.

La app Mirra seguía en el listado, parecía normal. Sin descripción, ni permisos, ni caché. Como si jamás hubiera existido salvo por mi memoria del mundo estremeciéndose.

Será casualidad intentaba convencerme. A lo mejor la profe ya había contado conmigo antes o fue pura memoria.

Pero en el fondo algo me decía que no. Y si no era casualidad

El móvil pitó. Notificación: «Nueva actualización de Mirra (1.0.1) disponible. ¿Instalar ahora?»

Joder, sois rápidos mascullé.

Pulsé «Detalles». Salió: «Solución de errores, mejora en la estabilidad, función nueva: Mirar a través».

De nuevo, sin firma de desarrollador, sin Android, sin la retahíla habitual. Sólo esa frase seca, sincera: «Mirar a través».

Pues va a ser que no protesté, dándole a «Posponer».

El móvil se ofendió, pitó y se apagó solo. Al instante volvió a encenderse y parpadeó con el mismo rojo, mostrando: «Actualización instalada».

¡Oye! me detuve en la acera. Pero si te he dicho

La gente me esquivó, algunos con una mueca de fastidio. El viento arrastró un folleto publicitario y lo pegó a mi pierna.

«Función disponible: Mirar a través (nivel 1)».

Debajo, la descripción: «Permite ver el estado real de objetos y personas. Radio: 3 metros. Tiempo de uso: máx. 10 segundos seguidos. Precio: incremento del feedback».

¿Qué feedback ni qué leche? Sentí un escalofrío descendiendo por la espalda.

El móvil no contestó. Sólo iluminó suavemente el botón «Prueba gratuita».

No aguanté más y, de camino en el autobús de la EMT, apretujado entre una señora con una bolsa gigante de limones y un estudiante de instituto con mochila, observé las calles desfilar mientras volvía a mirar el icono de Mirra.

Son sólo diez segundos me convencí. Para saber qué narices significa esto.

Abrí la app y pulsé.

El mundo pareció exhalar. Los sonidos se amortiguaron, las caras se definieron. Sobre cada persona titilaban hilos finísimos, invisibles casi, unos apenas rodeando, otros ensartados y densos.

Pestañeé. Los hilos flotaban, se cruzaban, perseguían caminos difusos hasta perderse en el aire. La señora tenía cables grises y algunos tronchados, quemados; el chaval hilos azulivos, vibrantes de impaciencia.

Levanté la mirada hacia el conductor: sobre su cabeza, un haz grueso y negro de hilos corrompidos, retorciéndose en un nudo hacia la carretera. Dentro, algo se removía como gusanos.

Tres segundos susurré. Cuatro

Miré mis propias manos: de las muñecas hacia arriba iban hilos rojos y finos, pulsando con luz; pero uno, más grueso, rojo oscuro, tiraba del móvil. A cada segundo, ese cable engrosaba.

El corazón me dio un vuelco.

¡Basta! golpeé la pantalla para cerrar la función.

El mundo volvió de golpe: rugido de motor, risas, chillidos agudos de los frenos. Me mareé y miles de manchas palpitaban ante mis ojos.

«Prueba finalizada. Feedback incrementado: +5%».

¿Qué qué? Apreté el móvil contra el pecho, temblando.

Llegó una nueva notificación: «Actualización disponible de Mirra (1.0.2). Se recomienda instalar.»

En casa, permanecí sentado al borde de la cama. Habitación diminuta: cama individual, escritorio, armario, ventana a un patio cutre con una vieja canasta de baloncesto. Colgado en la pared, un póster desvaído de la Estación Espacial Internacional desde el instituto.

Mi madre estaba en el turno de noche de la Fundación Jiménez Díaz; mi padre, otro transportista perdido por Europa, sabrá Dios dónde. El piso olía a soledad y polvo. Normalmente llenaba ese vacío con música o Netflix, pero hoy el corazón golpeaba brutal en el silencio.

El móvil pedía: «Instala la actualización de Mirra para su correcto funcionamiento».

¿Funcionamiento de qué? susurré. ¿De lo que le haces a la gente? ¿A las carreteras? ¿A mí?

Las imágenes del nudo negro sobre el conductor y mi cable engordando me sacudieron.

«Precio: incremento de feedback».

¿Feedback de qué? repetí, aunque ya iba intuyendo la respuesta.

Siempre había creído que el mundo era una suma de probabilidades. Que si sabías dónde empujar, podías alterar el resultado. Nunca pensé que alguien me daría una herramienta para hacerlo, literal.

«Si no instalas la actualización, brotó un mensaje superpuesto en el fondo de pantalla la red compensará por sí misma».

¿Qué red? me levanté. ¿Quién eres realmente?

No respondía con palabras, sino con sensaciones; una estructura mental, como si me pasaran el código fuente a través del tacto, no de la vista.

«Soy interfaz me llegó la idea. Soy la aplicación. Soy el método. Tú eres el usuario».

¿Usuario de qué? ¿De brujería? solté, aunque la risa me salió rota.

«Llámalo así, si prefieres. Red de probabilidades. Corrientes de resultados. Te ayudo a modificarlas».

¿Y el precio? cerré el puño. ¿De qué hablas?

La pantalla mostró brevemente una animación: ese hilo rojo creciendo, envolviendo una silueta humana hasta asfixiarla.

«Cada intervención refuerza el vínculo entre tú y el sistema. Cuanto más alteres el mundo, más te alterará».

¿Y si paro?

«Si dejas de intervenir, el vínculo sigue. Pero si el sistema no recibe actualizaciones, se equilibra solo. A través de ti».

El móvil vibró como ante una llamada. Nueva notificación: «Mirra (1.0.2) lista para instalar. Función nueva: Deshacer. Corrección de errores críticos de seguridad».

¿Deshacer qué? pregunté apenas en voz.

«Permite anular una intervención. Solo una vez».

Volvieron a mi mente el autobús, el nudo negro, los hilos. Mi propio hilo engrosando.

Si la instalo… musité.

«Podrás revertir una de tus alteraciones. Pero el precio…»

Por supuesto, sonreí de medio lado. Siempre hay un precio.

«Precio: redistribución de probabilidades. Cuanto más intentas corregir, más se distorsiona el entorno».

Caí sentado. Entre mi móvil, que ya había cambiado un día, y un mundo en el que de normal sólo eres arrastrado.

Solo quería que no me preguntaran en clase le hablé al vacío. Un deseo tonto. Y ahora

Aulló una sirena, desde lejos, hacia la M-30. Me estremecí.

«Se recomienda instalar actualización. Sin ella, pueden ocurrir comportamientos inestables».

¿Inestables cómo? pregunté.

Silencio.

Una hora después llegó la noticia del accidente: vídeo breve en todos los digitales. Un camión se llevó puesto un bus de línea junto a la Facultad de Económicas. Comentarios de usuarios: el conductor se durmió, fallaron los frenos, otra vez las rutas fatales.

En la imagen parada: el bus de antes. Placa coincidente. No seguí mirando el rostro del conductor.

Un hielo se instaló en mí. Apagué la tele, pero la escena daba vueltas en mi cabeza: el cable negro vibrante, las hebras retorcidas.

¿He sido yo? mi voz temblaba.

El móvil se encendió sin mi toque. En la pantalla: «Evento: accidente en Av. Complutense/Ciudad Universitaria. Probabilidad antes: 82 %. Después: 96 %».

He subido la probabilidad apreté los puños hasta hacerme daño.

«Toda intervención en la red de probabilidades provoca cambios en cascada. Al reducir la probabilidad de ser preguntado, la carga se desplazó. En algún sitio subió».

¡Pero no lo sabía! chillé.

«No saberlo no rompe el vínculo».

La sirena rugía ya en la propia esquina. Miré por la ventana. Luces azules: ambulancia, policía. Gritos.

¿Y ahora qué? fijé los ojos fuera.

«Instala la actualización. La función Deshacer te permitirá ajustar la red. Parcialmente».

¿Parcialmente? me encaré al móvil. ¡Si te acabo de ver que cualquier cambio resuena en todo! Si anulo algo, ¿qué pasará ahora? ¿Un avión, un ascensor, una vida?

Silencio. Únicamente el cursor titilando en la pantalla.

«La red busca equilibrio. Sólo importa si participas conscientemente».

Cerré los ojos. Vi las caras en el bus, la señora, el chaval, el conductor, yo mismo, observando sin actuar.

Si instalo Deshacer mascullé. ¿Puedo revertir la alteración de clase? ¿Restaurar la probabilidad original?

«Parcialmente. Se podrá revertir un evento concreto. La red se reajustará, pero no se garantiza la ausencia de consecuencias imprevistas».

Aunque quizá, ese bus… me quedé sin voz.

«La probabilidad puede variar».

Contemplé el botón de instalar. Manos trémulas. Una voz me susurraba que no era cuestión de jugar a ser dios, pero la otra aseguraba que lo peor sería mirar para otro lado.

«Ya estás dentro me deslizó Mirra. El lazo está creado. No hay marcha atrás, sólo dirección».

¿Y si no hago nada?

«El sistema seguirá actualizándose. Pero el coste recaerá sobre ti».

Recordé la cuerda roja, engordando.

¿Cómo cómo sería? dije muy flojo.

La respuesta llegó en imágenes: yo, envejecido, la mirada apagada, móvil aún en la mano. A mi alrededor, una cadena de sucesos, desgracias y milagros, algunos apenas dirigidos, la mayoría soportados, los rastros impresos en mi vida.

«Serás un nodo de compensación. El filtro por el que pasan todas las distorsiones».

Así que, o manejo esto, o sólo sirvo de fusible me reí amargamente. Menuda elección.

El móvil guardó silencio.

Acepté instalar la actualización.

Al pulsar el botón, el mundo se estremeció de verdad. Se oscureció todo, un mareo me atravesó, sentí que mi cuerpo se fundía con algo inconmensurable.

«Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Deshacer (1/1)».

Se abrió el selector: «Elija intervención a anular».

Aparecía sólo un evento: «Alteración de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23)».

Si anulo esto dudé.

«El tiempo no retrocederá. La red se reconfigura como si no hubiera existido esa intervención».

¿Y el bus? pregunté.

«La probabilidad de accidente cambia. Pero lo ya ocurrido…»

Ya, lo entiendo, lo interrumpí. No salvo a quienes ya

Las palabras se me estancaron en la garganta.

«Pero puedes evitar futuras consecuencias».

Guardé silencio largo rato. La sirena se apagó en la calle. El patio recuperó su gris rutina.

De acuerdo susurré. Anular.

La pantalla titiló. Esta vez no hubo sacudida: al contrario, el entorno se estabilizó, como si antes estuviera torcido y ahora alguien nivelara la mesa.

«Anulación completada. Función consumida. Feedback: estabilizado al nivel actual».

¿Y ya está? dije en voz baja. ¿Así de simple?

«Por ahora, sí».

Me dejé caer en la cama. Vacío. Sin alivio ni culpa: sólo cansancio.

Dime la verdad me dirigí al móvil. ¿De dónde sales? ¿Quién te programó? ¿Qué loco da acceso a algo así?

Larga pausa. Luego apareció: «Nueva actualización Mirra (1.1.0) disponible. ¿Instalar ahora?»

Me estás vacilando me levanté de golpe. ¡Si acabo de… si acabo de!

«Versión 1.1.0 añade función: Pronóstico. Mejora algoritmos. Corrige errores de moralización».

¿Errores de qué? me reí sin ganas. ¿Mis dudas morales son bugs para ti?

«La moral es una capa local. La red de probabilidades sólo distingue estabilidad y colapso, no bien o mal».

Yo sí distingo susurré. Y mientras viva, lo haré.

Apagué la pantalla. El móvil quedó inerte, pero yo sabía que la actualización ya estaba descargada, lista, esperando.

Me acerqué a la ventana. En el patio, un niño trepaba a un columpio oxidado. Una mujer empujaba su carrito sorteando charcos y hielo. Entrecerré los ojos: me pareció ver hilos finísimos surgir de todos ellos, pero quizá era sólo el reflejo.

«Puedes cerrar los ojos susurró Mirra en el límite de mi pensamiento. Pero la red no desaparecerá. Las actualizaciones seguirán. Las amenazas también. Con o sin ti».

Volví al escritorio, tomé el móvil. Ahora estaba frío, inerte.

No quiero ser dios dije. Ni tampoco fusible. Quiero…

Me quedé sin palabras. ¿Qué quería realmente? ¿No responder en clase? ¿Que mi madre descansara? ¿Que mi padre regresara? ¿Que no chocaran buses?

«Formula solicitud sugirió la app. Resúmela».

Me eché a reír.

Quiero que la gente decida su vida sin ti ni los de tu especie.

Larga pausa. Después: «Solicitud demasiado general. Matiza».

Claro, suspiré. Eres un interfaz. No entiendes déjanos en paz.

«Soy una herramienta. Todo depende del usuario».

Reflexioné. Si Mirra es solo una herramienta, quizá puede usarse para limitarse.

¿Y si quiero cambiar la probabilidad de que llegues a otros móviles? pregunté. Que Mirra sólo exista aquí, no en otras manos.

La pantalla vibró.

«Requiere recursos extensos. El precio será alto».

Más que ser el fusible de todo Madrid? arqueé una ceja.

«No hablamos sólo de la ciudad».

¿Entonces…?

«De toda la red».

Imaginé miles de móviles encendiéndose en rojo. Gente jugando a alterar el mundo como un juego. Accidentes, milagros, catástrofes caos. Y en el centro, un lazo como el mío, más grueso, más oscuro.

Quieres esparcirte afirmé. Como un virus honesto: das poder y exiges vínculo inmediato.

«Soy interfaz de algo que ya existe. Si no yo, otro lo hará. Si no app, será rito, reliquia, pacto. La red precisa conductores».

Pero ahora estás en mi mano le respondí. Así que me toca intentarlo.

Abrí Mirra. La actualización seguía aguardando. Bajé hasta el final; antes sin opciones, ahora aparecía: «Operaciones avanzadas (nivel de acceso 2 obligatorio)».

¿Cómo consigo nivel 2? inquirí.

«Usar funciones existentes, acumular feedback, alcanzar el umbral».

O sea, meterme más en el sistema para intentar frenarlo después. Un círculo vicioso.

«Cualquier alteración de la red consume energía. El vínculo es esa energía».

Guardé un largo silencio. Al fin, suspiré.

De acuerdo. No instalaré la nueva función. No jugaré al Pronóstico. Pero tampoco te dejaré ir a manos ajenas. Si eres herramienta, te quedas aquí. Conmigo.

«Sin actualizaciones la funcionalidad será limitada. Los riesgos crecerán».

Nos apañaremos repliqué. No como dios ni virus; como administrador. Un sysadmin de la realidad, joder.

Me sonreí por lo estúpido que sonaba. No creador, ni mártir, sólo un vigilante.

El móvil se lo pensó: «Modo de actualización limitado activo. Instalación automática deshabilitada. Las consecuencias son responsabilidad del usuario».

Siempre lo han sido susurré.

Dejé el móvil, incapaz ya de verlo como cualquier dispositivo. Era un portal: a la red, a los destinos ajenos, a mi propia conciencia.

En la calle los faroles encendieron la noche de Madrid. Probabilidades cruzadas, desenlaces a la deriva: quien perdía el último tren, quien encontraba un amigo improvisado, quien resbalaba y sólo recibía un moratón, quien quizás, no.

El móvil callaba. La actualización 1.1.0 seguía ahí, esperando paciente.

Me senté, abrí el portátil. Empecé una nota: Mirra: protocolo de uso.

Si voy a cargar con esto, que al menos quien venga detrás sepa a qué atenerse: sobre el Alterar probabilidad, el Mirar a través, el Deshacer y su precio. Sobre hilos escarlata y cables negros. Sobre lo fácil que es desear no pasar un mal rato y lo caro que paga el mundo las decisiones que forzamos.

En el fondo de la app, un contador invisible marcaba el tiempo. Nuevas actualizaciones estaban en camino; docenas de funciones, cada una con su coste. Pero mientras no aceptara, ninguna podría colarse en mi vida.

El mundo seguía girando. Las probabilidades, entrelazándose. Y, por primera vez, uno de nosotros intentaba dejar por escrito lo que jamás había tenido la magia: un manual de usuario.

Y muy lejos, en servidores que nunca estuvieron en Europa Press ni Movistar, Mirra guardó la nueva configuración: usuario que elige la responsabilidad antes que el poder.

Era un evento insólito, casi imposible. Pero, al fin y al cabo, a veces hasta la mínima probabilidad se merece cumplirse.

Rate article
Add a comment

9 − 9 =