Actualización disponible
La primera vez que el móvil se iluminó de rojo fue en medio de una clase en la Universidad Complutense de Madrid. No era sólo la pantalla: todo el cuerpo de aquel viejo “ladrillo” de Samsung que llevaba conmigo resplandecía por dentro, como un carbón encendido que guarda ascuas de antiguo.
Nacho, tío, te va a explotar susurró Sergio desde el pupitre contiguo, apartando el codo. Te lo dije: no instales esas ROMs piratillas.
La profe de Econometría dibujaba fórmulas en la pizarra, el aula murmuraba en voz baja, pero el fulgor rojizo traspasaba incluso la tela de mi chaqueta vaquera. El móvil vibraba, pero no como siempre: era una vibración regular, como un latido.
«Actualización disponible», apareció en la pantalla cuando, incapaz de aguantar más, lo saqué del bolsillo. Debajo, el icono de una app nueva: un círculo negro con un símbolo blanco, a medio camino entre una runa y una letra “M” estilizada.
Parpadeé. Me recordaba a tantas otras aplicaciones: icono minimalista, tipografía moderna, apariencia pulida. Pero algo dentro de mí se encogió, como si esa app estuviera también mirándome a mí.
Nombre: «Mirra». Categoría: «Herramientas». Tamaño: 13,0 MB. Valoración: ninguna.
Descárgala susurró alguien a la derecha.
Me sobresalté. A la derecha sólo estaba Alba, absorta en sus apuntes. No levantó la cabeza.
¿Qué? Me incliné hacia ella.
¿El qué? respondió, sin apartar la vista del cuaderno. Si no he dicho nada.
Esa voz en mi mente no era ni masculina ni femenina, ni un susurro ni un sonido propiamente dicho. Sencillamente apareció, como una notificación mental emergente.
«Descárgala», repitió, y de pronto la pantalla parpadeó, sugiriendo «Instalar».
Tragué saliva. Siempre había sido ese tío que se apunta a betas, cambia de firmware, trastea menús que la mayoría ni sabe que existen. Pero ni yo podía llamar a esto normal.
Aun así, el dedo se movió solo.
La instalación fue instantánea, como si ya hubiera estado allí desde el principio. Sin registros, ni logins sociales, ni lista de permisos. Sólo pantalla negra y una línea: «Bienvenido, Ignacio».
¿Y cómo sabes mi nombre? me salió en voz alta.
La profesora me clavó la mirada por encima de las gafas.
Joven, si ha terminado de conversar con su móvil, ¿quiere reincorporarse a la oferta y la demanda?
Carcajadas entre el alumnado. Murmuré disculpas, guardé el móvil bajo la mesa, pero mis ojos seguían clavados en el mensaje.
«Primera función disponible: Alterar probabilidad (nivel 1)».
Debajo, un botón: «Activar». Y, en letra pequeña: «Atención: el uso de la función modifica la secuencia de eventos. Puede provocar efectos secundarios».
Ya, claro refunfuñé. Si acaso firmo con sangre
El gusanillo de la curiosidad se removió en mi interior. Alterar probabilidad, ¿en serio? Parecía el típico generador de suerte con promesas huecas y anuncios a mansalva. Como mucho, crearía notificaciones diciendo que gané un iPhone.
Pero el móvil seguía irradiando ese rojo vivo y caliente, latente, casi orgánico. Lo apreté contra la pierna, lo tapé con el cuaderno y, al final, toqué el bendito botón.
La pantalla vibró como agua bajo un soplo de viento. Por una fracción de segundo, el mundo se silenció, los colores se avivaron. Retumbó en mis oídos un tintineo extraño, como si alguien pasara un dedo por una copa de cristal.
«Función activada. Elija objetivo».
Apareció un cuadro de texto y una sugerencia: «Resuma el resultado esperado».
Me quedé congelado. De broma nada; aquello parecía demasiado deliberado. Miré alrededor. La profe garabateaba, Alba escribía, Sergio dibujaba un tanque en la libreta.
Vale mentalmente decidido. Vamos a probar.
Tecleé: «Que no me pregunten hoy en clase». Con los dedos temblorosos pulsé «OK».
El mundo se estremeció. No más que un ascensor descendiendo un milímetro y deteniéndose. Una presión breve en el pecho. Luego, todo volvió.
«Probabilidad corregida. Energía disponible de la función: 0/1».
Bueno dijo la profesora mirando la lista. ¿Quién sigue en el orden?
Un frío reptó por mi estómago. Sabía que nombraría mi apellido. Cada vez que pensaba en por favor que no me toque, era fijo que me tocaba.
Sánchez, ¿dónde está? Como siempre con retraso Bueno… entonces…
El dedo descendió por la lista.
Ramírez. A la pizarra.
Alba resopló y, sonrojada, se acercó.
Me quedé helado. En mi cabeza resonaba: «Ha funcionado. De verdad…»
El móvil se apagó, sin más destellos rojos.
Salí de la facultad como aturdido tras un concierto. El viento de marzo barría basura y tierra por Ciudad Universitaria. El asfalto relucía de charcos; sobre la parada de bus pendía una nube gris y pesada. Yo, absorto en la pantalla.
La app Mirra seguía en el listado, parecía normal. Sin descripción, ni permisos, ni caché. Como si jamás hubiera existido salvo por mi memoria del mundo estremeciéndose.
Será casualidad intentaba convencerme. A lo mejor la profe ya había contado conmigo antes o fue pura memoria.
Pero en el fondo algo me decía que no. Y si no era casualidad
El móvil pitó. Notificación: «Nueva actualización de Mirra (1.0.1) disponible. ¿Instalar ahora?»
Joder, sois rápidos mascullé.
Pulsé «Detalles». Salió: «Solución de errores, mejora en la estabilidad, función nueva: Mirar a través».
De nuevo, sin firma de desarrollador, sin Android, sin la retahíla habitual. Sólo esa frase seca, sincera: «Mirar a través».
Pues va a ser que no protesté, dándole a «Posponer».
El móvil se ofendió, pitó y se apagó solo. Al instante volvió a encenderse y parpadeó con el mismo rojo, mostrando: «Actualización instalada».
¡Oye! me detuve en la acera. Pero si te he dicho
La gente me esquivó, algunos con una mueca de fastidio. El viento arrastró un folleto publicitario y lo pegó a mi pierna.
«Función disponible: Mirar a través (nivel 1)».
Debajo, la descripción: «Permite ver el estado real de objetos y personas. Radio: 3 metros. Tiempo de uso: máx. 10 segundos seguidos. Precio: incremento del feedback».
¿Qué feedback ni qué leche? Sentí un escalofrío descendiendo por la espalda.
El móvil no contestó. Sólo iluminó suavemente el botón «Prueba gratuita».
No aguanté más y, de camino en el autobús de la EMT, apretujado entre una señora con una bolsa gigante de limones y un estudiante de instituto con mochila, observé las calles desfilar mientras volvía a mirar el icono de Mirra.
Son sólo diez segundos me convencí. Para saber qué narices significa esto.
Abrí la app y pulsé.
El mundo pareció exhalar. Los sonidos se amortiguaron, las caras se definieron. Sobre cada persona titilaban hilos finísimos, invisibles casi, unos apenas rodeando, otros ensartados y densos.
Pestañeé. Los hilos flotaban, se cruzaban, perseguían caminos difusos hasta perderse en el aire. La señora tenía cables grises y algunos tronchados, quemados; el chaval hilos azulivos, vibrantes de impaciencia.
Levanté la mirada hacia el conductor: sobre su cabeza, un haz grueso y negro de hilos corrompidos, retorciéndose en un nudo hacia la carretera. Dentro, algo se removía como gusanos.
Tres segundos susurré. Cuatro
Miré mis propias manos: de las muñecas hacia arriba iban hilos rojos y finos, pulsando con luz; pero uno, más grueso, rojo oscuro, tiraba del móvil. A cada segundo, ese cable engrosaba.
El corazón me dio un vuelco.
¡Basta! golpeé la pantalla para cerrar la función.
El mundo volvió de golpe: rugido de motor, risas, chillidos agudos de los frenos. Me mareé y miles de manchas palpitaban ante mis ojos.
«Prueba finalizada. Feedback incrementado: +5%».
¿Qué qué? Apreté el móvil contra el pecho, temblando.
Llegó una nueva notificación: «Actualización disponible de Mirra (1.0.2). Se recomienda instalar.»
En casa, permanecí sentado al borde de la cama. Habitación diminuta: cama individual, escritorio, armario, ventana a un patio cutre con una vieja canasta de baloncesto. Colgado en la pared, un póster desvaído de la Estación Espacial Internacional desde el instituto.
Mi madre estaba en el turno de noche de la Fundación Jiménez Díaz; mi padre, otro transportista perdido por Europa, sabrá Dios dónde. El piso olía a soledad y polvo. Normalmente llenaba ese vacío con música o Netflix, pero hoy el corazón golpeaba brutal en el silencio.
El móvil pedía: «Instala la actualización de Mirra para su correcto funcionamiento».
¿Funcionamiento de qué? susurré. ¿De lo que le haces a la gente? ¿A las carreteras? ¿A mí?
Las imágenes del nudo negro sobre el conductor y mi cable engordando me sacudieron.
«Precio: incremento de feedback».
¿Feedback de qué? repetí, aunque ya iba intuyendo la respuesta.
Siempre había creído que el mundo era una suma de probabilidades. Que si sabías dónde empujar, podías alterar el resultado. Nunca pensé que alguien me daría una herramienta para hacerlo, literal.
«Si no instalas la actualización, brotó un mensaje superpuesto en el fondo de pantalla la red compensará por sí misma».
¿Qué red? me levanté. ¿Quién eres realmente?
No respondía con palabras, sino con sensaciones; una estructura mental, como si me pasaran el código fuente a través del tacto, no de la vista.
«Soy interfaz me llegó la idea. Soy la aplicación. Soy el método. Tú eres el usuario».
¿Usuario de qué? ¿De brujería? solté, aunque la risa me salió rota.
«Llámalo así, si prefieres. Red de probabilidades. Corrientes de resultados. Te ayudo a modificarlas».
¿Y el precio? cerré el puño. ¿De qué hablas?
La pantalla mostró brevemente una animación: ese hilo rojo creciendo, envolviendo una silueta humana hasta asfixiarla.
«Cada intervención refuerza el vínculo entre tú y el sistema. Cuanto más alteres el mundo, más te alterará».
¿Y si paro?
«Si dejas de intervenir, el vínculo sigue. Pero si el sistema no recibe actualizaciones, se equilibra solo. A través de ti».
El móvil vibró como ante una llamada. Nueva notificación: «Mirra (1.0.2) lista para instalar. Función nueva: Deshacer. Corrección de errores críticos de seguridad».
¿Deshacer qué? pregunté apenas en voz.
«Permite anular una intervención. Solo una vez».
Volvieron a mi mente el autobús, el nudo negro, los hilos. Mi propio hilo engrosando.
Si la instalo… musité.
«Podrás revertir una de tus alteraciones. Pero el precio…»
Por supuesto, sonreí de medio lado. Siempre hay un precio.
«Precio: redistribución de probabilidades. Cuanto más intentas corregir, más se distorsiona el entorno».
Caí sentado. Entre mi móvil, que ya había cambiado un día, y un mundo en el que de normal sólo eres arrastrado.
Solo quería que no me preguntaran en clase le hablé al vacío. Un deseo tonto. Y ahora
Aulló una sirena, desde lejos, hacia la M-30. Me estremecí.
«Se recomienda instalar actualización. Sin ella, pueden ocurrir comportamientos inestables».
¿Inestables cómo? pregunté.
Silencio.
Una hora después llegó la noticia del accidente: vídeo breve en todos los digitales. Un camión se llevó puesto un bus de línea junto a la Facultad de Económicas. Comentarios de usuarios: el conductor se durmió, fallaron los frenos, otra vez las rutas fatales.
En la imagen parada: el bus de antes. Placa coincidente. No seguí mirando el rostro del conductor.
Un hielo se instaló en mí. Apagué la tele, pero la escena daba vueltas en mi cabeza: el cable negro vibrante, las hebras retorcidas.
¿He sido yo? mi voz temblaba.
El móvil se encendió sin mi toque. En la pantalla: «Evento: accidente en Av. Complutense/Ciudad Universitaria. Probabilidad antes: 82 %. Después: 96 %».
He subido la probabilidad apreté los puños hasta hacerme daño.
«Toda intervención en la red de probabilidades provoca cambios en cascada. Al reducir la probabilidad de ser preguntado, la carga se desplazó. En algún sitio subió».
¡Pero no lo sabía! chillé.
«No saberlo no rompe el vínculo».
La sirena rugía ya en la propia esquina. Miré por la ventana. Luces azules: ambulancia, policía. Gritos.
¿Y ahora qué? fijé los ojos fuera.
«Instala la actualización. La función Deshacer te permitirá ajustar la red. Parcialmente».
¿Parcialmente? me encaré al móvil. ¡Si te acabo de ver que cualquier cambio resuena en todo! Si anulo algo, ¿qué pasará ahora? ¿Un avión, un ascensor, una vida?
Silencio. Únicamente el cursor titilando en la pantalla.
«La red busca equilibrio. Sólo importa si participas conscientemente».
Cerré los ojos. Vi las caras en el bus, la señora, el chaval, el conductor, yo mismo, observando sin actuar.
Si instalo Deshacer mascullé. ¿Puedo revertir la alteración de clase? ¿Restaurar la probabilidad original?
«Parcialmente. Se podrá revertir un evento concreto. La red se reajustará, pero no se garantiza la ausencia de consecuencias imprevistas».
Aunque quizá, ese bus… me quedé sin voz.
«La probabilidad puede variar».
Contemplé el botón de instalar. Manos trémulas. Una voz me susurraba que no era cuestión de jugar a ser dios, pero la otra aseguraba que lo peor sería mirar para otro lado.
«Ya estás dentro me deslizó Mirra. El lazo está creado. No hay marcha atrás, sólo dirección».
¿Y si no hago nada?
«El sistema seguirá actualizándose. Pero el coste recaerá sobre ti».
Recordé la cuerda roja, engordando.
¿Cómo cómo sería? dije muy flojo.
La respuesta llegó en imágenes: yo, envejecido, la mirada apagada, móvil aún en la mano. A mi alrededor, una cadena de sucesos, desgracias y milagros, algunos apenas dirigidos, la mayoría soportados, los rastros impresos en mi vida.
«Serás un nodo de compensación. El filtro por el que pasan todas las distorsiones».
Así que, o manejo esto, o sólo sirvo de fusible me reí amargamente. Menuda elección.
El móvil guardó silencio.
Acepté instalar la actualización.
Al pulsar el botón, el mundo se estremeció de verdad. Se oscureció todo, un mareo me atravesó, sentí que mi cuerpo se fundía con algo inconmensurable.
«Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Deshacer (1/1)».
Se abrió el selector: «Elija intervención a anular».
Aparecía sólo un evento: «Alteración de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23)».
Si anulo esto dudé.
«El tiempo no retrocederá. La red se reconfigura como si no hubiera existido esa intervención».
¿Y el bus? pregunté.
«La probabilidad de accidente cambia. Pero lo ya ocurrido…»
Ya, lo entiendo, lo interrumpí. No salvo a quienes ya
Las palabras se me estancaron en la garganta.
«Pero puedes evitar futuras consecuencias».
Guardé silencio largo rato. La sirena se apagó en la calle. El patio recuperó su gris rutina.
De acuerdo susurré. Anular.
La pantalla titiló. Esta vez no hubo sacudida: al contrario, el entorno se estabilizó, como si antes estuviera torcido y ahora alguien nivelara la mesa.
«Anulación completada. Función consumida. Feedback: estabilizado al nivel actual».
¿Y ya está? dije en voz baja. ¿Así de simple?
«Por ahora, sí».
Me dejé caer en la cama. Vacío. Sin alivio ni culpa: sólo cansancio.
Dime la verdad me dirigí al móvil. ¿De dónde sales? ¿Quién te programó? ¿Qué loco da acceso a algo así?
Larga pausa. Luego apareció: «Nueva actualización Mirra (1.1.0) disponible. ¿Instalar ahora?»
Me estás vacilando me levanté de golpe. ¡Si acabo de… si acabo de!
«Versión 1.1.0 añade función: Pronóstico. Mejora algoritmos. Corrige errores de moralización».
¿Errores de qué? me reí sin ganas. ¿Mis dudas morales son bugs para ti?
«La moral es una capa local. La red de probabilidades sólo distingue estabilidad y colapso, no bien o mal».
Yo sí distingo susurré. Y mientras viva, lo haré.
Apagué la pantalla. El móvil quedó inerte, pero yo sabía que la actualización ya estaba descargada, lista, esperando.
Me acerqué a la ventana. En el patio, un niño trepaba a un columpio oxidado. Una mujer empujaba su carrito sorteando charcos y hielo. Entrecerré los ojos: me pareció ver hilos finísimos surgir de todos ellos, pero quizá era sólo el reflejo.
«Puedes cerrar los ojos susurró Mirra en el límite de mi pensamiento. Pero la red no desaparecerá. Las actualizaciones seguirán. Las amenazas también. Con o sin ti».
Volví al escritorio, tomé el móvil. Ahora estaba frío, inerte.
No quiero ser dios dije. Ni tampoco fusible. Quiero…
Me quedé sin palabras. ¿Qué quería realmente? ¿No responder en clase? ¿Que mi madre descansara? ¿Que mi padre regresara? ¿Que no chocaran buses?
«Formula solicitud sugirió la app. Resúmela».
Me eché a reír.
Quiero que la gente decida su vida sin ti ni los de tu especie.
Larga pausa. Después: «Solicitud demasiado general. Matiza».
Claro, suspiré. Eres un interfaz. No entiendes déjanos en paz.
«Soy una herramienta. Todo depende del usuario».
Reflexioné. Si Mirra es solo una herramienta, quizá puede usarse para limitarse.
¿Y si quiero cambiar la probabilidad de que llegues a otros móviles? pregunté. Que Mirra sólo exista aquí, no en otras manos.
La pantalla vibró.
«Requiere recursos extensos. El precio será alto».
Más que ser el fusible de todo Madrid? arqueé una ceja.
«No hablamos sólo de la ciudad».
¿Entonces…?
«De toda la red».
Imaginé miles de móviles encendiéndose en rojo. Gente jugando a alterar el mundo como un juego. Accidentes, milagros, catástrofes caos. Y en el centro, un lazo como el mío, más grueso, más oscuro.
Quieres esparcirte afirmé. Como un virus honesto: das poder y exiges vínculo inmediato.
«Soy interfaz de algo que ya existe. Si no yo, otro lo hará. Si no app, será rito, reliquia, pacto. La red precisa conductores».
Pero ahora estás en mi mano le respondí. Así que me toca intentarlo.
Abrí Mirra. La actualización seguía aguardando. Bajé hasta el final; antes sin opciones, ahora aparecía: «Operaciones avanzadas (nivel de acceso 2 obligatorio)».
¿Cómo consigo nivel 2? inquirí.
«Usar funciones existentes, acumular feedback, alcanzar el umbral».
O sea, meterme más en el sistema para intentar frenarlo después. Un círculo vicioso.
«Cualquier alteración de la red consume energía. El vínculo es esa energía».
Guardé un largo silencio. Al fin, suspiré.
De acuerdo. No instalaré la nueva función. No jugaré al Pronóstico. Pero tampoco te dejaré ir a manos ajenas. Si eres herramienta, te quedas aquí. Conmigo.
«Sin actualizaciones la funcionalidad será limitada. Los riesgos crecerán».
Nos apañaremos repliqué. No como dios ni virus; como administrador. Un sysadmin de la realidad, joder.
Me sonreí por lo estúpido que sonaba. No creador, ni mártir, sólo un vigilante.
El móvil se lo pensó: «Modo de actualización limitado activo. Instalación automática deshabilitada. Las consecuencias son responsabilidad del usuario».
Siempre lo han sido susurré.
Dejé el móvil, incapaz ya de verlo como cualquier dispositivo. Era un portal: a la red, a los destinos ajenos, a mi propia conciencia.
En la calle los faroles encendieron la noche de Madrid. Probabilidades cruzadas, desenlaces a la deriva: quien perdía el último tren, quien encontraba un amigo improvisado, quien resbalaba y sólo recibía un moratón, quien quizás, no.
El móvil callaba. La actualización 1.1.0 seguía ahí, esperando paciente.
Me senté, abrí el portátil. Empecé una nota: Mirra: protocolo de uso.
Si voy a cargar con esto, que al menos quien venga detrás sepa a qué atenerse: sobre el Alterar probabilidad, el Mirar a través, el Deshacer y su precio. Sobre hilos escarlata y cables negros. Sobre lo fácil que es desear no pasar un mal rato y lo caro que paga el mundo las decisiones que forzamos.
En el fondo de la app, un contador invisible marcaba el tiempo. Nuevas actualizaciones estaban en camino; docenas de funciones, cada una con su coste. Pero mientras no aceptara, ninguna podría colarse en mi vida.
El mundo seguía girando. Las probabilidades, entrelazándose. Y, por primera vez, uno de nosotros intentaba dejar por escrito lo que jamás había tenido la magia: un manual de usuario.
Y muy lejos, en servidores que nunca estuvieron en Europa Press ni Movistar, Mirra guardó la nueva configuración: usuario que elige la responsabilidad antes que el poder.
Era un evento insólito, casi imposible. Pero, al fin y al cabo, a veces hasta la mínima probabilidad se merece cumplirse.







