Huye de Él —¡Eh, hola, chica! —dijo Natalia, sentándose junto a Lidia—. ¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Qué tal todo? —Hola, Nata —respondió la joven, algo distraída—. Todo bien. —¿Y por qué entonces no me miras a los ojos? —Natalia la observó con atención—. ¿Otra vez te ha hecho una de las suyas Román? ¿Qué ha pasado ahora? —Ay, no exageres —Lidia puso los ojos en blanco, arrepentida de haber ido a ese café—. Estoy perfecta. Y con Román tenemos una relación ideal. De verdad, es bueno. Mejor cambiamos de tema. Sin escuchar la respuesta indignada de su amiga, Lidia se marchó dejando un trozo de tarta en el plato. No quería oír consejos, pensando ingenuamente que los demás solo la envidiaban. Román era… una pasada. Guapo, con dinero, atento. Aunque tenía manías algo raras. Como cuando le prohibió teñirse de rubia. Ahí fue la primera gran pelea. ¡Estuvieron a punto de romper! Y por una tontería. Lidia fue a la peluquería a retocarse. Una amiga estilista le había dicho que había nacido para ser rubia. No se resistió. Volvió a casa con rizos platino. Román se puso blanco de rabia. Le tiró un libro que estaba leyendo. Hubo gritos, reproches y la exigencia de que se tiñese inmediatamente. En su casa, las rubias no tenían lugar. Lidia, aguantando las lágrimas, corrió a la peluquería más cercana. Intentaron convencerla de dejar ese color, pero la vieron tan mal que la atendieron enseguida. Él no dijo nada, solo asintió satisfecho. Al día siguiente, como compensación, le regaló una pulsera carísima. Y tampoco le dejaba vestirse de blanco. Rojo, azul, verde… cualquiera menos blanco. Lidia bromeó un día preguntando de qué color sería su vestido de novia, pero él la miró tan raro que se le quitaron las ganas de bromear. —Huye de él —le insistía Natalia—. Huye y no mires atrás. Si hoy no te deja vestir de blanco, ¿qué será mañana? ¿No salir de casa? Por muy “bueno” que sea, búscate a alguien normal. —Cada uno tiene sus rarezas —Lidia encogía los hombros—. Lo nuestro es en serio. Incluso vamos a tener un hijo. Román quiere niña y ya le ha puesto nombre: Ángela. Y tú me dices que huya… **************************************************** Lidia debió escuchar a su amiga. Porque pronto descubriría que Natalia tenía razón sobre las rarezas de Román. Había una habitación prohibida en la casa, siempre cerrada con llave. Un día, Lidia preguntó: —¿No serás familia de Barba Azul? —No te preocupes —respondió Román, sonriendo raro—. No tengo cadáveres de exmujeres ahí. No volvió a hablarse del cuarto misterioso. Hasta que, por casualidad, Lidia pudo mirar dentro. Volvió de la universidad antes de lo previsto. Sabía que Román estaba en casa, pero no lo encontraba. Pasando por la puerta prohibida, oyó su voz. Empujó la puerta y por la rendija vio una escena inolvidable. Un retrato al óleo de una chica ocupaba toda la pared. Y Román, arrodillado ante él. La joven del cuadro sonreía dulcemente y extendía los brazos. Era igualita a Lidia, solo que rubia. —Solo un poco más, Ángela. Pronto estaremos juntos —murmuraba él. Lidia, al oír la siguiente frase, se quedó helada, a punto de entrar y enfrentarlo. —Ella me dará una niña, seguro que sí. Y entonces tu alma podrá habitar ese cuerpecito. Estarás conmigo para siempre. Te cuidaré, y cuando crezcas, nos volveremos a amar. “¡Está loco!”, pensó Lidia, y salió corriendo en pánico. ¡Cuánta razón tenía Natalia! Pero ¿qué hacer ahora? ¿Cómo escapar de un psicópata? Y lo peor: de verdad estaba embarazada, aunque aún era pronto. Sus padres vivían lejos, solo tenía a Natalia cerca. Fue directa a su casa. —Jamás habría creído que Román fuese así —decía temblando, con los puños cerrados—. Si no lo llego a ver, ¡no me lo creería! —Tranquila —le ofreció un vaso de agua—. Hay que decidir qué hacer. ¿Te vas a quedar con él? —¡Nunca! —negó Lidia—. Es un loco. Temo por mí y por mi hija. Ahora entiendo por qué no podía teñirme ni vestir de blanco. Así me parecía demasiado a ella. —Menos mal que lo supiste antes de casarte —reflexionó Natalia—. No le has contado lo del embarazo, ¿verdad? —Quería darle la sorpresa… —Mejor así. Dile que te has ido con otro y vete lejos. Vuelve a casa de tus padres, estudia allí. Lo importante es alejarte de él. —Eso haré. ***************************************** Los siguientes seis meses fueron durísimos para Lidia. Más en lo emocional que en lo físico. Mudanza, explicaciones a sus padres… Dejó los estudios por el embarazo: abortar no pudo, la pequeña no tenía culpa de nada. Y sí, fue una niña, como quería Román. Para su sorpresa, él aceptó la ruptura sin muchos problemas, solo le insinuó que mejor no hablara demasiado. Ni preguntó adónde se iba, como si no le importase. A veces Lidia se equivocaba, dudaba si hizo bien rompiendo con él y sin hablarle de la niña. Aquella noche, acostó a Gela y se quedó pensando en la ventana. Llamaron a la puerta: un repartidor de comida. Lidia aún no sabía cocinar. Terminó de cenar y se puso a estudiar, decidida a retomar la universidad. Las letras se le emborronaban, la cabeza le daba vueltas… Intentó llamar al médico, pero el cuerpo no le respondía. Antes de perder el conocimiento, vio a Román, acunando a la recién nacida. ******************************************** Lidia despertó en el hospital. Su madre la había visitado justo a tiempo. La policía buscó a la niña, pero fue inútil. Román se la llevó y desapareció sin dejar rastro. Solo años después recibiría una señal: una foto de Román abrazando a una preciosa niña rubia.

Life Lessons

¡Hombre, Lucía! exclama Teresa, sentándose en la silla de al lado en la cafetería de la Gran Vía de Madrid. Hacía siglos que no te veía. ¿Cómo va todo?

Hola, Tere contesta Lucía, algo ausente. Todo bien, la verdad.

¿Ah, sí? Pues no me mires así, que te conozco. ¿Otra vez Jaime te ha hecho alguna? ¿Qué ha pasado ahora?

Ay, no empieces con tus dramas responde Lucía, rodando los ojos y lamentando haber entrado en esa cafetería tan famosa. Está todo en orden, de verdad. Entre Jaime y yo todo va genial, él es buen tío. Anda, deja ya el tema.

Lucía ni siquiera escucha a su amiga indignada; recoge el bolso y se va, dejando media porción de roscón sobre el plato. No quiere hacer caso a nadie, convencida de que la envidia es lo que hace hablar a los demás.

Jaime era tan especial. Guapo, atento, con un buen trabajo y detallista. Eso sí, a veces era muy raro con ciertas cosas. Por ejemplo, le prohibió teñirse de rubio.

Ese fue el motivo de su primera bronca fuerte. ¡Y casi lo dejan! ¿Por una tontería así?

Un día Lucía fue a la peluquería para cortarse las puntas. Su peluquero, ángel de la guarda, le aseguraba que tenía alma de rubia. Sin pensárselo mucho, salió del salón con el pelo en un platino impecable.

La reacción de Jaime fue completamente inesperada: se puso lívido de rabia. Una novela que leía tranquilamente en el sofá acabó volando hacia Lucía. Soltó toda clase de insultos y ordenó que se tiñera al instante, con la excusa de que en su casa, rubias no.

Lucía, aguantando las lágrimas, volvió corriendo a la peluquería. Intentaron convencerla para que no lo hiciese, pero al verla llorar, le devolvieron su color castaño.

Jaime, por su parte, asintió satisfecho y no comentó nada más. Por la mañana, para compensar, le regaló una pulsera de oro carísima.

Tampoco le permitía vestir de blanco. Podía escoger el color que quisiera: rojo, azul, verde Cualquier cosa, menos el blanco. Un día, bromeando, Lucía le preguntó qué color tendría su vestido de novia, y recibió una mirada tan perturbadora que nunca más volvió a hacer la broma.

Deberías huir de él le insistía Teresa. Huye ahora, sin mirar atrás. Hoy no puedes vestir de blanco, ¿mañana qué? ¿No podrás ni salir a la calle? El chico será lo que quieras, pero tú necesitas a alguien más normal.

Cada uno es como es se encogía de hombros Lucía. Lo nuestro va muy en serio. Incluso estamos pensando en tener un bebé. Jaime quiere una niña, ya le ha puesto nombre y todo: Ángela. Y tú diciendo que huya

********************

Lucía debería haber hecho caso a su amiga. Porque por más que se mintiera, Jaime era inquietante. Y no tardaría en comprobarlo.

En el piso, había una habitación a la que Lucía nunca podía acceder. Siempre estaba cerrada con llave. Un día, la chica bromeó:

¿No serás primo de Barba Azul, verdad?

Tranquila respondió Jaime, esbozando una sonrisa torcida, no oculto cadáveres de antiguas esposas.

Y ahí terminó la conversación. Todo cambió cuando, por casualidad, volvió a casa antes de lo esperado: cancelaron su última clase en la Universidad Complutense. Sabía que Jaime estaba en casa, pero no lo encontraba por ninguna parte. Al pasar junto a la puerta prohibida, escuchó una voz confusa. Se acercó y, espiando por la rendija, vio una imagen que la dejó helada.

Un enorme retrato de una joven abarcaba toda la pared. Jaime estaba de rodillas ante el cuadro.

La chica del lienzo sonreía dulcemente, tendiendo los brazos hacia alguien invisible. Lucía se dio cuenta con horror de que la joven se parecía muchísimo a ella, salvo que era rubia platino.

Aguanta un poco más, Ángela Pronto estaremos juntos otra vez repetía Jaime. Lucía sentía rabia y miedo, iba a entrar a gritos, pero se detuvo al escuchar lo siguiente:

Ella me dará una niña, lo sé. Y entonces, tu alma podrá entrar en ese pequeño cuerpo. Podremos estar juntos para siempre. Te cuidaré; cuando crezcas, nuestro amor continuará

«¡Chiflado!», pensó Lucía, y huyó aterrorizada. Sus amigas tenían razón, ¿cómo escapar ahora de este psicópata? Y lo peor era que estaba embarazada, aunque era demasiado pronto para contarlo.

Sus padres vivían en Valladolid, lejos, y su única amiga de confianza era Teresa. A ella debía acudir.

Jamás habría creído esto de Jaime susurraba Lucía, temblando. Si no lo veo, no me lo creo.

Cálmate Teresa le ofreció un vaso de agua. Hay que tomar una decisión. ¿Vas a volver con él?

Nunca más contestó Lucía. Está loco. Me aterra lo que pueda hacerme a mí o a mi hija. Ahora lo entiendo todo: por eso las prohibiciones, quería que me pareciese a esa chica

Menos mal que lo ves antes de casarte reflexionó Teresa. No le has contado lo del embarazo, ¿verdad?

Se lo quería dar como sorpresa

Mejor. Dile que tienes a otro y vete. Vuelve con tus padres, terminas la carrera allí, y punto. Mantente alejada.

Eso haré

********************

Para Lucía, los últimos seis meses han sido un infierno. No tanto por lo físico, sino por el desgaste mental. Volver a casa de sus padres a Valladolid, hablarles en la mesa del comedor, dejar la universidad No pudo abortar: el bebé, pensaba, no tenía culpa de nada. Al final nació una niña, como Jaime quería.

Para su sorpresa, al enterarse de que se iba, Jaime sólo indicó que no hablara de más y dejó que Lucía se marchara sin más preguntas. Ni siquiera le importó a dónde iba.

A veces, en noches como esta, cuando acuesta a la pequeña Gela y mira a la calle desde la ventana, Lucía duda de si hizo bien marchándose sin contarle nada a Jaime.

Llaman a la puerta. Es un repartidor de Glovo, con la cena que Lucía pidió. Jamás aprendió a cocinar bien. Cena rápido, decide ponerse a estudiar, quiere acabar la carrera.

Pero las letras en los apuntes bailan, la cabeza le da vueltas Lucía intenta marcar el 112 desde su móvil, pero los dedos no responden. No puede moverse. Antes de desmayarse, ve a Jaime entrando, tomando en brazos con cuidado a su hija recién nacida

********************

Lucía despierta en el hospital. Su madre, afortunadamente, había llegado a visitarla en ese momento.

La Policía busca a la niña, pero sin resultado. Jaime ha desaparecido con la pequeña, como si nunca hubiera existido.

Años después, una sola señal llegará: una foto en la que Jaime aparece abrazando a una preciosa niña de pelo rubio, igual que el retrato de aquella habitación prohibida.

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