La nieta necesaria… que nadie quería —Mira, mira, ¡es ella! Te lo aseguro —susurró una mujer elegante a un hombre de aspecto sencillo—. Esperemos un par de minutos y observemos. Una niña de unos cinco años jugaba tranquila en el arenero del parque, construyendo un auténtico castillo de princesas. De momento su “obra” parecía más bien una montaña enorme, pero a Karina no le hacía falta la ayuda de ningún adulto. ¡Ella sola podía con todo! Además, no podía olvidar cavar un foso alrededor del castillo y construir una cueva para el dragón. ¡Alguien debía proteger su reino! Era pleno verano y hacía un calor sofocante. Karina estaba bien resguardada bajo la sombrilla grande sobre el arenero, así que el sol no le molestaba, al contrario que a sus padres. Temiendo una insolación, la madre de Karina fue a buscar un poco de sombra, enviando de paso a su marido a por helados y refrescos. Se distrajo un momento con una llamada y perdió de vista a su hija. Y eso le bastó a quienes estaban cerca, acechando. —Hola, pequeñita —se sentó junto a la niña la desconocida, forzando a Karina a apartarse asustada. Al hacerlo, perdió el equilibrio y cayó sobre su castillo, derribándolo casi por completo. Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas. ¡Toda su faena destruida!—. No llores, si sólo es un montón de arena. Si quieres, yo te construyo un castillo de verdad. —¡MAMÁ! —gritó Karina, recordando todas las lecciones sobre seguridad que le habían dado en la guardería y en casa. Se levantó rápido y logró salir del arenero, evitando por pura suerte los brazos de un hombre desconocido que intentó detenerla. Nadia, al oír el grito desgarrador de su hija, corrió hacia ella, dejando caer el móvil al suelo. Por el teléfono aún se escuchaba la voz preocupada de su interlocutor. —Cariño —abrazó a la niña apretándola contra sí—. ¿Qué ha pasado, mi vida? —Ahí… esa señora extraña… y un señor también. ¡Él quería cogerme! ¡Mamá, tengo miedo! El padre llegó en ese momento, comprobó que la niña estaba bien y desvió la mirada a la pareja que la había asustado. Una mujer de sesenta años observó la escena familiar frunciendo el ceño. Esa niña… no tenía ninguna duda: ¡era su nieta! Color de pelo, de ojos, la forma de la cara… ¡era idéntica a Misha a esa edad! Bueno, pero versión niña. —Te has ido muy lejos —empezó la mujer con tono desdeñoso, mirando a su exnuera—. ¿Cómo te atreviste a llevarte a mi nieta a la otra punta del mundo? —Mark, lleva a Karina a casa. Yo me encargo aquí —ordenó Nadia, confiando la pequeña a su marido—. Y llama a mi padre, que envíe a alguien de su gente. —¡Oye, no te atrevas! ¡Quiero conocer a mi nieta! —protestó la mujer, aunque sin intención de enfrentarse al hombre que se alejaba con la niña—. ¡Menudo armario…! Si al menos hubiéramos comprobado si Nadya se ha vuelto a casar… —Señora Tamara —dijo Nadia, mirando con claro desprecio a la mujer—. ¿Sabe de qué habla? ¿Nieta? ¿Ha perdido la memoria? Se lo recuerdo… ********************* —¿Qué, cómo está mi futuro nieto? —preguntó ansiosa la mujer al ver regresar a su hijo Misha y a Nadya del hospital. —Es una niña, se lo he dicho ya —sonrió Nadya, deseando que la suegra se marchara de una vez. Últimamente casi solo dormía en su propia casa. Nadya tenía que refugiarse en la habitación fingiendo sentirse mal. —El médico se ha equivocado seguro —zanjó Tamara—. En los Soloviev siempre nacen chicos. —¿Por eso dejó de lado a su hijo mayor? ¿Porque su mujer tuvo una niña? —respondió Nadya, agotada de escuchar lo mismo cada día. —¡Eso no era su hija! —estalló Tamara, odiando recordar la historia—. ¡La otra lo engañó! Le advertí, pero no me hizo caso. ¡Me ignoró por una cualquiera! —Tania tiene la prueba de ADN y usted lo sabe… Lo revisó usted misma cinco veces. Todo para convencer a Alekséi de que era falso. —¡Eso era falso! ¿Cómo te atreves a dudar de mí, mocosa insolente…? —Tamara casi siseaba, conteniéndose para no montar un escándalo. Aún no le convenía por el embarazo de su nuera. ¡Había que conseguir un heredero! Ya le daba vergüenza delante de sus amigas: todas tenían nietos y ella… —Me voy a tumbar, si no le importa. Me mareo un poco. Nadya se encerró en el dormitorio. Últimamente se preguntaba si no había metido la pata casándose con Misha. Lo amaba, pero lo de aguantar a esa suegra… Eso sí que no. Su madre tenía razón cuando le aconsejaba mudarse bien lejos de esa familia de locos. Habló un par de veces con Misha sobre irse, pero él se negó. ¿Cómo iban a abandonar a su madre? Su padre tampoco servía para nada, y el hermano mayor… Ese ya ni les hablaba por negarse a tantas tonterías sobre el linaje. Nadya le pidió a Misha que por lo menos pusiera límites a su madre. Nada. “¡Mamá solo quiere nuestro bien!”, le decía él. —Mira, si no para de agobiarme, no verá a su nieta. Me voy con mis padres. No olvides que mi padre es coronel y me ayudará a hacerlo. Tras este ultimátum, Tamara empezó a venir algo menos y se contenía más, pero estaba claro que no duraría mucho. Lo peor es que detestaba la idea de una nieta. ¡Solo aceptaba tener un nieto! Ni las pruebas del hermano mayor servían para convencerla. Y Misha igual. Él solo quería un hijo varón. Nada de hijas. —Si tienes una niña, os echo a las dos a la calle. Eso significa que has estado con otro —le dijo una vez borracho. Aquello fue la gota que colmó el vaso para Nadya. Supo que la aventura llamada “matrimonio” debía acabar y empezar los trámites de divorcio. Al final, nació la niña. Misha montó un escándalo en la misma habitación del hospital. Tuvieron que sacar a ese energúmeno a la fuerza. Al día siguiente llegó Tamara. No gritó, pero sí insultó y despreció a la nuera. Hasta que apareció un hombre de uniforme, padre de Nadya, y la puso en su sitio, hasta con amenaza incluida. Misha corrió a pedir el divorcio. Pero le recordaron que no se podía mientras la niña no tuviera un año. Tuvo entonces la idea de impugnar la paternidad. El abogado casi se reía al oír el argumento: “En mi familia nunca nacen niñas”. Sin prueba genética no había nada que hacer. —Dudo mucho que gane el caso —le confesó el abogado—. Además, como usted mismo dijo, a su hermano también le ha nacido una niña… —¡Esa no es su hija! —Pero hay prueba de ADN… —¡Es falso! —gruñó Misha, manipulado por su madre. —No se ofenda, pero el tribunal va a aceptar la prueba como definitiva si la repiten. —No es mi hija y punto… Al final no hizo falta ninguna prueba. Nadya aceptó el proceso, rompió todo contacto con esa familia y aceptó ser madre soltera. Así estaría tranquila: Misha no reclamaría nunca derechos sobre su hija. ************************ —Entonces, ¿lo recuerda? ¿Y por qué no ha venido Misha? —Misha… Misha murió —dijo con tono dolido la mujer—. Tu hija es lo único que nos queda de él. No te preocupes, la educaremos bien, haremos de ella una señorita de verdad… —¿¿Vosotros?? ¿Por qué razón? —espetó Nadya—. Para mi hija sois unos desconocidos. ¡Vuestro hijo tampoco es nada! ¡Y lo reconoce la ley! Otra vez que os vea cerca de mi hija, denunciaré el intento de secuestro. Mi padre es muy respetado en esta ciudad, así que ni lo intentéis. —No lo entiendes, no nos queda nadie más… —Tenéis a vuestro hijo mayor. Alekséi también tiene una hija, id a verle a él. —No quiere ni vernos —murmuró la mujer, desviando la mirada. Solo entonces se dio cuenta del error cometido. —¡Un hombre sensato! —aprobó Nadya. ¿Aún queréis algo después de todo el daño que nos habéis hecho? ¿Te recuerdo cómo llamabais a mi hija? —¿Problemas, señora Nadya? —dos fornidos hombres de uniforme se acercaron rápido a la hija de su jefe. —Sí, una pequeña molestia. Aseguraos de que estas personas abandonan nuestra ciudad. —Pero… —Sin peros —respondió uno, avanzando hasta que el matrimonio Soloviev retrocedió. Nadya sonrió satisfecha—. Vamos. Nadya volvió a casa feliz. Solo una preocupación le hizo fruncir el ceño: —Habrá que vigilar a los Soloviev. Mejor que ni asomen por aquí. Se lo diré a papá para que lo arregle todo…

Life Lessons

Mira, fíjate bien, es ella, te lo aseguro susurra una mujer de porte elegante, señalando a un hombre de aspecto sencillo. Vamos a observar un par de minutos.

Una niña de unos cinco años, Clara, juega tranquilamente en el arenero de un parque de Madrid, construyendo lo que, para ella, es un castillo digno de cualquier princesa. Aunque su creación es, más bien, una montaña de arena, Clara rechaza obstinadamente la ayuda de los adultos. ¡Ella puede sola! No hay que olvidar hacer un foso alrededor y una cueva para el dragón, porque alguien ha de proteger el reino.

El día de verano, caluroso y luminoso, está en su punto más alto. Clara permanece cómoda bajo la sombra del toldo colocado sobre el arenero, a diferencia de sus padres, que ya sudan la gota gorda. Temiendo un golpe de calor, la madre se aparta a una zona con más sombra, mandando de paso al padre a buscar horchata fresquita y un helado. Mientras habla por teléfono, Sofía pierde de vista a Clara durante unos instantes. Es justo el momento que los observadores esperaban.

Hola, pequeña dice con descaro la mujer, sentándose junto a la niña. Clara, asustada, se aparta de golpe y cae sobre su castillo, destruyéndolo casi del todo. Al ver el desastre, los ojos de la niña se llenan de lágrimas. ¡Tantas horas de esfuerzo arruinadas!. Anda, no llores, que sólo es arena. Si quieres, te ayudo a hacer uno de verdad.

¡¡MAMÁ!! grita Clara con todas sus fuerzas, recordando todas las recomendaciones de seguridad de la escuela infantil y de sus padres.

De un salto, se aleja del arenero, logrando esquivar como por milagro los brazos de un hombre desconocido que intenta agarrarla.

Sofía escucha el desgarrador grito de su hija, tira el móvil al suelo y corre hacia ella. A través del teléfono aún suena la voz alterada de su interlocutor.

Mi niña abraza con fuerza a la pequeña, ¿qué ha pasado, cielo?

Mamá… allí… esa señora rara, y el señor también. ¡Intentó cogerme, mamá, tengo miedo!

Martín, el padre, llega un instante después. Tras comprobar que su hija está bien, observa con dureza a las personas que la han asustado.

El rostro de la mujer de unos sesenta y tantos años se tuerce en una mueca de desaprobación. Esa niña No hay duda, piensa, es su nieta. El pelo, los ojos, la forma de la cara… Es la viva imagen de Miguel a su edad, salvo por ser niña.

Vaya, te has escondido lejos empieza la mujer, mirando con desdén a su ex nuera. ¿Y con qué derecho te has llevado a mi nieta tan lejos de casa?

Martín, lleva a Clara a casa, yo me encargo dice Sofía, confiando su bien más preciado al marido. Y llama a mi padre. Que mande a alguien.

¡Oye, quieta ahí! ¡Quiero conocer a mi nieta! protesta la señora, sin intentar seguirles. Sabe que poco puede hacer frente a un hombre tan robusto. ¿Por qué no pensaron antes en si Sofía se habría vuelto a casar…?

Doña Teresa, dice Sofía, con claro desprecio, ¿de qué está hablando? ¿Qué nieta? ¿O es que su memoria le falla? Se lo recuerdo…

********************

¿Cómo va mi futuro nieto? pregunta la señora con impaciencia al hijo y la nuera, recién llegados del hospital.

Ya le he dicho que será una niña sonríe Sofía, cortésmente, deseando que la suegra se marche ya de su casa. Últimamente la mujer solo se va para dormir; Sofía tiene que refugiarse en su dormitorio simulando mareos para evitarla.

Se equivoca el médico afirma Teresa sin titubeos. ¡En los García Gómez solo nacen varones!

¿Y por eso repudió a su hijo mayor, porque su mujer tuvo una niña? responde con ironía Sofía, ya harta. Es el mismo discurso cada día.

¡Esa niña no es suya! Teresa se enfurece, evitando recordar esa historia desagradable. ¡Esa tal Carmen le engañó! Y él, bobo, le creyó. ¡A mí! No me hizo caso. Se dejó arrastrar por una cualquiera escupe las palabras casi sin contenerse.

Carmen tiene una prueba de ADN, y usted lo sabe. La revisó mil veces. Hasta intentó convencer a Luis de que era una falsificación.

¡Claro que era falsa! ¿Cómo te atreves a dudar de mí? Una insolente contesta Teresa, conteniéndose a duras penas. Mejor no armar escándalo, no vaya a ser que el embarazo de Sofía se complique. ¡Un nieto es vital para la familia! Qué vergüenza ante las amigas: todas con nietos, y ella

Voy a tumbarme, si no le importa. Me duele la cabeza.

Sofía se encierra en la habitación, preguntándose si cometió un error casándose con Miguel. Le ama, pero aguantar a su suegra es insoportable. Tenía razón su madre al sugerirles mudarse lejos de esa mujer.

Lo propuso varias veces a Miguel, pero él nunca lo aceptó.

¿Cómo iba a dejar sola a mamá? ¿Y papá? No vale para nada, siempre sentado leyendo el Marca, no ayuda ni a colgar un cuadro. ¿El hermano? Sabes que está peleado con mamá, por dejarse engañar por su esposa. Y lo de la prueba de ADN, seguro que es falsa

Sofía pidió al menos que su suegra no viniera tan a menudo, ni intentara controlarlos.

¡Mi madre solo quiere ayudarnos! reprocha Miguel. Da buenos consejos, te echa una mano en casa. ¡Dale las gracias! Siempre te encierras en nuestra habitación…

Me encierro sólo porque no aguanto más a tu madre explota Sofía. Si no para de agobiarme, ¡no verá jamás a su nieta! Me iré con mis padres. Y si lo olvidas, mi padre es coronel, puede ayudarme. ¿Está claro?

Desde entonces, Teresa afloja un poco. Sigue viniendo todos los días, pero menos tiempo y con menos exigencias. Sofía sospecha que no durará mucho.

Además, le mortifica la obsesión de Teresa con tener un nieto varón. En esta familia sólo nacen chicos. Lo que pasó con el hermano mayor, sorprendentemente sensato, es muestra de esa manía.

Y Miguel, contaminado por la idea, tampoco acepta tener una hija. Desprecia los informes de ecografía.

Si nace una niña, te echo a las dos de casa le llegó a decir Miguel, algo bebido. ¡Eso significaría que me has engañado! ¡Yo no soy como Luis, no me voy a dejar tomar el pelo!

Aquel día, Sofía se dio cuenta de que lo suyo no tenía futuro y comenzó a pensar en la separación.

Cuando nació la niña, Miguel hizo una escena en plena habitación del hospital, sin cortesía ni para la compi de Sofía, una jovencita asustada. Los de seguridad tuvieron que echarlo.

Al día siguiente, vino Teresa. No gritó, aprendida la lección, pero despotricó todo lo que quiso. Cuando empezó a repetirse, apareció un hombre en uniforme, ceño fruncido, y puso fin a la escena. Incluso la amenazó con problemas legales si seguía calumniando a Sofía.

Miguel corre a poner la demanda de divorcio, pero le recuerdan que la ley no lo permite mientras la niña no cumpla un año. Entonces intenta incluso renegar de la paternidad, presentando una demanda por impugnación.

El abogado, con cara de querer reírse, le advierte que sin una prueba de ADN no se puede opinar. ¿Que en la familia no nacen niñas? ¡Vaya tontería!

Dudo que gane el juicio admite el abogado. Además, según usted, su hermano también tiene una hija.

No es suya.

Hay una prueba de ADN…

¡Falsa!

Le prevengo, el juez dará por válido el informe.

Estoy convencido de que no es mi hija, y punto.

No llegó a hacer falta ninguna prueba. Sofía decide cortar toda relación, acepta la demanda y queda oficialmente como madre soltera.

************************

¿Y bien, Teresa? ¿Y Miguel, no ha venido?

Miguel… Miguel falleció contesta la señora con tono dolido. Tu hija es todo lo que me queda de él. Déjanos criarla, te lo ruego, la convertiremos en una persona de bien…

¿Vosotros? ¡¿Por qué?! responde Sofía furiosa. Para mi hija, no sois nada. Ni vuestro hijo tampoco, ¡lo dejó claro el juez! Si os vuelvo a ver cerca, denunciaré a la policía por intento de secuestro. Mi padre es muy respetado en Madrid, así que ateneos a las consecuencias.

No lo entiendes, Sofía… ¡no tenemos a nadie más!

Tenéis a vuestro hijo mayor. Que os acojan él y su hija.

Ni siquiera quiere vernos murmura Teresa, bajando la mirada. Solo entonces se da cuenta de lo que ha perdido.

Hizo bien asiente Sofía. Después de todo el daño que habéis hecho, ¿aún pedís algo? ¿Recuerdo lo que llamábais a mi hija?

¿Algún problema, Sofía? dos agentes de la policía municipal, amigos del coronel, se acercan.

Sí, sólo uno pequeño. Aseguraos de que estas personas abandonan Madrid.

¡Pero…

Sin peros corta el agente, avanzando hacia ellos. Teresa y su marido reculan, y Sofía sonríe satisfecha. Por aquí, por favor.

Sofía regresa a casa de excelente humor, solo una idea le frunce el ceño:

Habrá que vigilar a los García Gómez. Que no se atrevan a aparecer por aquí. Se lo diré a papá, él sabrá arreglarlo…

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