Mira, fíjate bien, es ella, te lo aseguro susurra una mujer de porte elegante, señalando a un hombre de aspecto sencillo. Vamos a observar un par de minutos.
Una niña de unos cinco años, Clara, juega tranquilamente en el arenero de un parque de Madrid, construyendo lo que, para ella, es un castillo digno de cualquier princesa. Aunque su creación es, más bien, una montaña de arena, Clara rechaza obstinadamente la ayuda de los adultos. ¡Ella puede sola! No hay que olvidar hacer un foso alrededor y una cueva para el dragón, porque alguien ha de proteger el reino.
El día de verano, caluroso y luminoso, está en su punto más alto. Clara permanece cómoda bajo la sombra del toldo colocado sobre el arenero, a diferencia de sus padres, que ya sudan la gota gorda. Temiendo un golpe de calor, la madre se aparta a una zona con más sombra, mandando de paso al padre a buscar horchata fresquita y un helado. Mientras habla por teléfono, Sofía pierde de vista a Clara durante unos instantes. Es justo el momento que los observadores esperaban.
Hola, pequeña dice con descaro la mujer, sentándose junto a la niña. Clara, asustada, se aparta de golpe y cae sobre su castillo, destruyéndolo casi del todo. Al ver el desastre, los ojos de la niña se llenan de lágrimas. ¡Tantas horas de esfuerzo arruinadas!. Anda, no llores, que sólo es arena. Si quieres, te ayudo a hacer uno de verdad.
¡¡MAMÁ!! grita Clara con todas sus fuerzas, recordando todas las recomendaciones de seguridad de la escuela infantil y de sus padres.
De un salto, se aleja del arenero, logrando esquivar como por milagro los brazos de un hombre desconocido que intenta agarrarla.
Sofía escucha el desgarrador grito de su hija, tira el móvil al suelo y corre hacia ella. A través del teléfono aún suena la voz alterada de su interlocutor.
Mi niña abraza con fuerza a la pequeña, ¿qué ha pasado, cielo?
Mamá… allí… esa señora rara, y el señor también. ¡Intentó cogerme, mamá, tengo miedo!
Martín, el padre, llega un instante después. Tras comprobar que su hija está bien, observa con dureza a las personas que la han asustado.
El rostro de la mujer de unos sesenta y tantos años se tuerce en una mueca de desaprobación. Esa niña No hay duda, piensa, es su nieta. El pelo, los ojos, la forma de la cara… Es la viva imagen de Miguel a su edad, salvo por ser niña.
Vaya, te has escondido lejos empieza la mujer, mirando con desdén a su ex nuera. ¿Y con qué derecho te has llevado a mi nieta tan lejos de casa?
Martín, lleva a Clara a casa, yo me encargo dice Sofía, confiando su bien más preciado al marido. Y llama a mi padre. Que mande a alguien.
¡Oye, quieta ahí! ¡Quiero conocer a mi nieta! protesta la señora, sin intentar seguirles. Sabe que poco puede hacer frente a un hombre tan robusto. ¿Por qué no pensaron antes en si Sofía se habría vuelto a casar…?
Doña Teresa, dice Sofía, con claro desprecio, ¿de qué está hablando? ¿Qué nieta? ¿O es que su memoria le falla? Se lo recuerdo…
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¿Cómo va mi futuro nieto? pregunta la señora con impaciencia al hijo y la nuera, recién llegados del hospital.
Ya le he dicho que será una niña sonríe Sofía, cortésmente, deseando que la suegra se marche ya de su casa. Últimamente la mujer solo se va para dormir; Sofía tiene que refugiarse en su dormitorio simulando mareos para evitarla.
Se equivoca el médico afirma Teresa sin titubeos. ¡En los García Gómez solo nacen varones!
¿Y por eso repudió a su hijo mayor, porque su mujer tuvo una niña? responde con ironía Sofía, ya harta. Es el mismo discurso cada día.
¡Esa niña no es suya! Teresa se enfurece, evitando recordar esa historia desagradable. ¡Esa tal Carmen le engañó! Y él, bobo, le creyó. ¡A mí! No me hizo caso. Se dejó arrastrar por una cualquiera escupe las palabras casi sin contenerse.
Carmen tiene una prueba de ADN, y usted lo sabe. La revisó mil veces. Hasta intentó convencer a Luis de que era una falsificación.
¡Claro que era falsa! ¿Cómo te atreves a dudar de mí? Una insolente contesta Teresa, conteniéndose a duras penas. Mejor no armar escándalo, no vaya a ser que el embarazo de Sofía se complique. ¡Un nieto es vital para la familia! Qué vergüenza ante las amigas: todas con nietos, y ella
Voy a tumbarme, si no le importa. Me duele la cabeza.
Sofía se encierra en la habitación, preguntándose si cometió un error casándose con Miguel. Le ama, pero aguantar a su suegra es insoportable. Tenía razón su madre al sugerirles mudarse lejos de esa mujer.
Lo propuso varias veces a Miguel, pero él nunca lo aceptó.
¿Cómo iba a dejar sola a mamá? ¿Y papá? No vale para nada, siempre sentado leyendo el Marca, no ayuda ni a colgar un cuadro. ¿El hermano? Sabes que está peleado con mamá, por dejarse engañar por su esposa. Y lo de la prueba de ADN, seguro que es falsa
Sofía pidió al menos que su suegra no viniera tan a menudo, ni intentara controlarlos.
¡Mi madre solo quiere ayudarnos! reprocha Miguel. Da buenos consejos, te echa una mano en casa. ¡Dale las gracias! Siempre te encierras en nuestra habitación…
Me encierro sólo porque no aguanto más a tu madre explota Sofía. Si no para de agobiarme, ¡no verá jamás a su nieta! Me iré con mis padres. Y si lo olvidas, mi padre es coronel, puede ayudarme. ¿Está claro?
Desde entonces, Teresa afloja un poco. Sigue viniendo todos los días, pero menos tiempo y con menos exigencias. Sofía sospecha que no durará mucho.
Además, le mortifica la obsesión de Teresa con tener un nieto varón. En esta familia sólo nacen chicos. Lo que pasó con el hermano mayor, sorprendentemente sensato, es muestra de esa manía.
Y Miguel, contaminado por la idea, tampoco acepta tener una hija. Desprecia los informes de ecografía.
Si nace una niña, te echo a las dos de casa le llegó a decir Miguel, algo bebido. ¡Eso significaría que me has engañado! ¡Yo no soy como Luis, no me voy a dejar tomar el pelo!
Aquel día, Sofía se dio cuenta de que lo suyo no tenía futuro y comenzó a pensar en la separación.
Cuando nació la niña, Miguel hizo una escena en plena habitación del hospital, sin cortesía ni para la compi de Sofía, una jovencita asustada. Los de seguridad tuvieron que echarlo.
Al día siguiente, vino Teresa. No gritó, aprendida la lección, pero despotricó todo lo que quiso. Cuando empezó a repetirse, apareció un hombre en uniforme, ceño fruncido, y puso fin a la escena. Incluso la amenazó con problemas legales si seguía calumniando a Sofía.
Miguel corre a poner la demanda de divorcio, pero le recuerdan que la ley no lo permite mientras la niña no cumpla un año. Entonces intenta incluso renegar de la paternidad, presentando una demanda por impugnación.
El abogado, con cara de querer reírse, le advierte que sin una prueba de ADN no se puede opinar. ¿Que en la familia no nacen niñas? ¡Vaya tontería!
Dudo que gane el juicio admite el abogado. Además, según usted, su hermano también tiene una hija.
No es suya.
Hay una prueba de ADN…
¡Falsa!
Le prevengo, el juez dará por válido el informe.
Estoy convencido de que no es mi hija, y punto.
No llegó a hacer falta ninguna prueba. Sofía decide cortar toda relación, acepta la demanda y queda oficialmente como madre soltera.
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¿Y bien, Teresa? ¿Y Miguel, no ha venido?
Miguel… Miguel falleció contesta la señora con tono dolido. Tu hija es todo lo que me queda de él. Déjanos criarla, te lo ruego, la convertiremos en una persona de bien…
¿Vosotros? ¡¿Por qué?! responde Sofía furiosa. Para mi hija, no sois nada. Ni vuestro hijo tampoco, ¡lo dejó claro el juez! Si os vuelvo a ver cerca, denunciaré a la policía por intento de secuestro. Mi padre es muy respetado en Madrid, así que ateneos a las consecuencias.
No lo entiendes, Sofía… ¡no tenemos a nadie más!
Tenéis a vuestro hijo mayor. Que os acojan él y su hija.
Ni siquiera quiere vernos murmura Teresa, bajando la mirada. Solo entonces se da cuenta de lo que ha perdido.
Hizo bien asiente Sofía. Después de todo el daño que habéis hecho, ¿aún pedís algo? ¿Recuerdo lo que llamábais a mi hija?
¿Algún problema, Sofía? dos agentes de la policía municipal, amigos del coronel, se acercan.
Sí, sólo uno pequeño. Aseguraos de que estas personas abandonan Madrid.
¡Pero…
Sin peros corta el agente, avanzando hacia ellos. Teresa y su marido reculan, y Sofía sonríe satisfecha. Por aquí, por favor.
Sofía regresa a casa de excelente humor, solo una idea le frunce el ceño:
Habrá que vigilar a los García Gómez. Que no se atrevan a aparecer por aquí. Se lo diré a papá, él sabrá arreglarlo…







