El hijo ajeno — Tu marido es el padre de mi hijo. Con estas palabras, una mujer desconocida interrumpió el tranquilo almuerzo de Cristina en una cafetería del centro de Madrid. Sin el menor recato, la dama tomó asiento frente a ella, esperando alguna reacción. — ¿Y cuántos años tiene tu pequeño? —respondió Cristina con absoluta calma, como si se tratase de algo cotidiano. — Ocho —contestó Marina, frunciendo el ceño. ¡No era la reacción que esperaba! ¿Dónde estaba la indignación, los reproches, el desprecio? — Estupendo —sonrió Cristina, sin dejar de disfrutar el famoso pastel de cereza del Café Gijón, especialidad solo disponible allí—. Verás, llevamos casados tres años, así que todo lo anterior no me importa. Solo una pregunta: ¿Lo sabe Arturo? — No —respondió Marina con fastidio—. ¡Pero no importa! Voy a pedir la pensión alimenticia. Y tendrá que pagar, ¿entendido? — Por supuesto —asintió Cristina—. Mi marido adora a los niños. Si hubiera sabido algo, seguro habría estado presente en la vida de tu hijo. ¿Por cierto, cómo se llama? — Iñigo —respondió automáticamente Marina, aunque pronto se irguió, molesta—. ¿Te da igual que tu esposo tenga un hijo fuera del matrimonio? — De nuevo: lo pasado antes de nuestra boda no me afecta —continuó Cristina con su eterna y serena sonrisa—. Sé perfectamente que me casé con un hombre hecho y derecho, no un crío inocente. Que tuviese relaciones antes es lo más normal. Lo que me importa es ser la única ahora. — Vale, nos veremos en los tribunales. Prepárate para desembolsar todo lo que a mi hijo le corresponde por ley. Marina salió dejando tras de sí un intenso perfume, mientras Cristina contenía una mueca de desagrado. Parecía como si la mujer se hubiera bañado en el frasco entero. — Inténtalo, —murmuró Cristina mientras terminaba su pastel—. Ya veremos cómo te sienta saber que el único sueldo oficial de Arturo son mil euros al mes… El negocio está a nombre de su padre, además cuida de su madre enferma. Apenas sacarás nada… Cristina, de hecho, sentía lástima por el niño. Quizás debería visitarlos, ver en qué circunstancias vivía y proponer una ayuda justa, mensual. Eso, claro, si Iñigo era realmente hijo de Arturo. Ya conocía historias así… ************* La prueba de ADN fue rápida; tener recursos lo hace todo más sencillo. El resultado fue rotundo: Iñigo era hijo de Arturo. Por cierto, el niño le pareció a Cristina demasiado callado y retraído. No era normal que un chaval de ocho años, durante hora y media de trámites y esperas para el análisis, ni se moviera del sitio ni abriera la boca, sin pedir ver dibujos animados ni corretear… Nada de lo que haría cualquier niño de su edad. Era extraño. Cristina sentía más necesidad aún de conocer a aquel nuevo miembro de la familia. Piso en buen barrio, portero en la entrada, vivienda reformada… Cristina no entendía cómo alguien podía vivir así y quejarse de falta de dinero. — El juicio es la semana que viene —anunció Marina con desgana al abrirle la puerta—, allí hablaremos. — Quería conocer mejor a Iñigo. Arturo desea participar en su vida; incluso ha pensado llevarle los fines de semana si se adapta. — ¡Anda ya! —Marina se exaltó. — El juez lo decidirá —replicó Cristina con serenidad—. Es su padre, tiene derecho. Por cierto, no veo ni un juguete… — No me sobra dinero para tonterías —respondió desdeñosa Marina—. Bastante hago con vestirle bien, ¿a qué vienen los juguetes? — ¿De veras? —Cristina echó una significativa ojeada al bolso de Loewe sobre la mesa, la ropa de diseño por el sofá, los cosméticos de lujo junto al espejo—. ¿Dices que no tienes dinero? — Todavía soy joven, quiero rehacer mi vida —masculló Marina. No le gustaba nada el tono de su invitada—. Y eso no es tu asunto. — ¿Y con quién dejas al niño mientras tanto? —insistió Cristina, entendiendo ya la razón del carácter apagado de Iñigo. — Ya es mayor. Puede quedarse solo. ¿Más preguntas? Si no, nos vemos en el juzgado. — Solicitaré un justificante de cada euro destinado al niño —Cristina tampoco quería quedarse allí más tiempo—. Me da miedo que la decisión del tribunal no te guste… ******************* “…el tribunal resuelve estimar parcialmente la demanda de Marina López García, reconocer que Arturo Martín Ruiz es el padre biológico de Iñigo López García y ordenar la inclusión de los apellidos en el registro civil. Se desestima la demanda de pensión alimenticia para Iñigo López García. Se estima la demanda de Arturo Martín Ruiz para determinar la residencia del menor junto a su padre…” Cristina sonrió satisfecha: Iñigo vivirá con ellos. Quizás algún vecino la critique, pero era lo correcto. Todos en la urbanización afirmaban que a Marina le importaba poco su hijo, que le gritaba sin motivo y que incluso usaba la violencia delante de testigos. La psicóloga infantil que trató a Iñigo insistió en la necesidad de retirarle la custodia. A su favor declararon también profesores y antiguos cuidadores. Ahora, Iñigo tendrá habitación propia, juegos, ordenador… Y sobre todo, el amor de unos padres que, aunque llegaron tarde a su vida, le querrán de verdad; porque tanto Arturo como Cristina ya no podían imaginar su hogar sin ese niño extraordinario.

Life Lessons

Su marido es el padre de mi hijo.

Con esas palabras, una desconocida se acercó a donde estaba comiendo tranquilamente Beatriz. Sin el menor reparo, la mujer se sentó frente a mí y esperó una reacción a su sorpresiva declaración.

¿Y cuántos años tiene su niño? le pregunté en tono sereno, como si escuchar este tipo de cosas fuera lo más normal del mundo y no me afectase en absoluto.

Ocho me respondió la tal Lucía, haciendo un gesto de fastidio; noté que esperaba escándalo, reproches o, al menos, una pizca de indignación. ¿Desdén? ¿Palabras acusatorias? Nada de eso encontró en mí.

Estupendo dije, volviendo mi atención al exquisito pastel de cerezas que sirven solo en esa confitería de la calle Serrano. Arturo y yo llevamos casados solo tres años, así que todo lo que sucedió antes no me interesa. Solo una pregunta permití mostrar algo de curiosidad, ¿él lo sabe?

No replicó Lucía, recostándose con altivez en la silla. ¡Pero da igual! Voy a denunciarlo para que pague la pensión. ¡Y pagará, ¿queda claro?!

Por supuesto, faltaría más respondí con calma. Mi marido adora a los niños; si lo hubiese sabido antes, seguro habría participado en la vida de su hijo. Por cierto, ¿cómo se llama?

Pablo contestó casi sin pensar, y luego me miró mal. Pero, ¿no te importa que tu marido tenga un hijo fuera del matrimonio?

Te lo repito: lo que ocurriera antes de mi boda no es asunto mío le aseguré, manteniendo la sonrisa. Comprendía perfectamente que me casaba con un hombre de treinta años, no con un chiquillo. Sé que tuvo otras relaciones, y eso no me afecta. Lo fundamental es que ahora soy la única.

Pues nos veremos en los juzgados. Ve preparando la cartera, exigiré todo lo que la ley le corresponde a mi hijo.

Lucía se fue, dejando tras de sí una estela de perfume demasiado denso. Me costó no fruncir la nariz: parecía que se había vaciado medio frasco encima justo antes de entrar.

Intenta lo que quieras murmuré para mí, mientras apuraba el último bocado del pastel. Lo que quizá no sepa es que la nómina oficial de Arturo es solo de mil euros, porque el negocio está a nombre de su padre… y además cuida de su madre enferma. Al final, lo que cobre será una miseria.

Me dio cierta pena el niño, que no tiene culpa de nada. Quizás algún día me acerque a ver cómo viven, y lleguemos a un acuerdo para ayudarle de una forma más digna cada mes.

Eso sí, si de verdad Pablo resulta ser hijo de Arturo. Que hay demasiadas historias así…

*********************

El análisis de ADN se hizo enseguida; con dinero, todo fluye más rápido. El resultado fue inequívoco: Pablo era hijo de Arturo.

El chiquillo, en la sala de espera, me pareció demasiado tranquilo, demasiado apagado. ¿Quién ha visto a un niño de ocho años quedarse hora y media sentado, mirando al vacío, mientras los adultos rellenan papeles? Ni pidió ver dibujos animados, ni correteó, ni hizo el menor ruido… Nada de lo habitual en los críos.

Me dio mala espina. Ahora tenía más razones para visitar a este nuevo miembro de la familia.

La casa estaba en un buen barrio, con portero y todo. Un piso de dos habitaciones, reformado y bien decorado…

No entendía cómo, viviendo así, Lucía se quejaba de falta de dinero.

El juicio es la semana que viene me gruñó al abrirme la puerta, podrías haberte esperado.

Solo quiero conocer un poco mejor a Pablo. Arturo está decidido a implicarse en su vida; quizás algún día se lo lleve algún fin de semana, si el niño lo acepta.

¡Eso no lo permitiré nunca! soltó indignada.

El juez decidirá. Arturo es su padre, tiene derecho. Por cierto, no veo ni un juguete a la vista…

¡No puedo gastar en cosas de esas! me contestó de mala gana, apenas me llega para vestirle, ¿y tú piensas que voy a gastar en tonterías?

¿En serio? miré el bolso de firma sobre la mesa, la ropa de marca tirada en el sofá, la cosmética de alto precio preparada frente al espejo. ¿Y aun dices que no te llega?

¡Soy joven! ¡Tengo derecho a rehacer mi vida! me replicó a la defensiva, odiando el tono con que le hablaba.

¿Y con quién dejas a Pablo cuando sales? insistí, porque me empezaba a cuadrar por qué el niño era tan reservado.

Ya no es un bebé, puede quedarse solo. ¿Algo más? Si no, nos veremos en el juzgado.

Pienso pedir que justifiques hasta el último euro que se asigne para el niño le advertí, con ganas de marcharme cuanto antes. Me indignaba su actitud hacia su propio hijo. Sinceramente, creo que la sentencia no te gustará…

**********************

…El tribunal acuerda: estimar parcialmente la demanda presentada por doña Lucía Torres Gómez. Declarar que don Arturo Muñoz Fernández es padre biológico de Pablo Torres Gómez y ordenar la correspondiente inscripción en el Registro Civil. En cuanto a la pensión reclamada para el menor, se deniega. Se estima la demanda reconvencional de don Arturo Muñoz y se establece que la residencia del menor será con su padre…

No pude evitar sonreír. Se consiguió lo que buscábamos: Pablo vivirá con nosotros. Puede que algunos me critiquen, que digan que le he quitado su hijo a su madre, pero fue la mejor decisión. Todos los vecinos de la urbanización coincidían en que Lucía jamás se preocupaba por el niño, que solía gritarle, incluso lo había agredido delante de testigos. El psicólogo infantil también fue claro: Pablo no podía quedarse con ella. Lo apoyaban profesores y antiguos cuidadores.

Ahora Pablo tendrá una habitación luminosa para él solo, muchos juguetes, un ordenador y, sobre todo, el cariño de unos padres que le quieren y lo acogen de corazón. Porque tanto Arturo como yo hemos aprendido a querer profundamente a ese pequeño.

Hoy he entendido que la familia se elige, y que a veces, dar amor a quien más lo necesita es la mayor responsabilidad y también el mayor privilegio de la vida.

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