Diario de Tomás, Madrid, 17 de marzo
¡Ya no puedo más!solté la cuchara, furioso, y miré de soslayo a mi esposa. ¿Se puede llamar a esto comida? Unos fideos que parecían engrudo y un par de filetes mal hechos, apenas pasados por la sartén. ¿Pero qué has hecho en todo el día? ¿Otra vez pegada al móvil?
¿Pero cómo puedes decirme eso?exclamó Jimena, entre sollozos algo teatrales, ocultando el dichoso teléfono detrás de la espalda.¡He estado pendiente de Martín todo el día! Ese niño es incontrolable, se nota que es igual de trasto que su padreañadió, con ganas de herir, viendo como me hervía la sangre. ¡Y tú ni te imaginas lo duro que es esto! Desde que nació, no levanto cabeza
Martín tiene ya dos años y mediorespondí con la mayor calma que pude reunir. Lo lógico es que empezara la guardería y tú pensaras en volver a trabajar. Así todo sería más fácil.
¿Y por qué tengo que meterle yo en ese nido de bichos?saltó Jimena, indignada. ¿Quieres que vivamos en el hospital?
A los niños hay que atenderlos, estimularles, estar con ellosinsistí. ¡Aunque no lo creas!
¡Eso hago! Y precisamente la pediatra me ha dicho que Martín está muy espabilado para su edadse defendía. Este tema ya lo habíamos discutido varias veces y ella siempre temía que yo acabara enviando al niño a la guardería. De volver al trabajo, ni hablar. Después del permiso de maternidad, se había acomodado a las redes sociales, y desde entonces solo pensaba en navegar por internet sin ninguna intención de retomar la rutina.
¿Y quién tiene que agradecer eso?No aguanté más y di un golpe en la mesa que hizo temblar los platos. ¡A mi madre! Ella es la que viene a diario a estar con Martín, mientras tú o duermes o te pasas el día con el dichoso móvil. Podrías al menos limpiar la casa o preparar una cena en condiciones. ¿Por qué tengo que llegar del trabajo y encontrarme con esto?miré con asco mi plato.
¡No soy tu criada ni tu chacha! ¡Soy tu mujer! Y tú tienes que garantizarme una buena vida, para eso eres mi marido.
Y lo peor es que Jimena de verdad creía todo eso. Después de cientos de tertulias televisivas y horas en foros de internet, su idea de la vida conyugal había cambiado por completo. Antes pensaba que una esposa debía cuidar de su familia y de la casa, pero ahora se veía demasiado valiosa como para estar al nivel de las chachas. Ya no iba a consentirlo.
¿Así que es eso?le espeté, mordiéndome la lengua. Yo trabajo todo el día para sacar la familia adelante, y tú ¿te dedicas a calentar el sofá?
Pienso dedicarme al desarrollo personalme respondió orgullosa. Ya verás cuando presumas de mujer ingeniosa delante de tus amigos. Y no como la tuya, que puede hablar de cualquier cosa.
¿Sí? ¿Sobre qué puedes hablar? ¿Qué has leído últimamente? ¿Algo que no sea de redes sociales o de cotilleos?me acerqué y la miré fijamente. Claro, ni una palabra. Los programas del corazón no cuentan como cultura. Responde en serio: ¿piensas ocuparte de la casa y del niño como hace cualquier esposa normal, o no?
No, Tomás, ya he dicho que no pienso volver a ser sirvienta.
Jimena soltó un torrente de quejas: que si no gano suficiente, que si soy un tirano, que nunca estoy en casa Escuché todo en silencio y, cuando acabó, dije simplemente:
Divorcio.
¿¡Qué!?se atragantó ella, que acababa de tomar aire para seguir protestando.
Divorcio,repetí, frío. Buscaré a una mujer que sea buena esposa y madre para Martín. Total, tú solo pasas un par de horas con él. El resto del tiempo está con las abuelas. No eres madre, ni mucho menos esposa.
Jimena se alteró, pero enseguida se relajó. Estaba convencida de que solo buscaba asustarla. ¡Cómo iba yo a conseguir la custodia del niño! Ella era la madre, y punto.
El cambio fue inmediato. Apenas me dirigía la palabra. Martín y su abuela se fueron quince días a Valencia, al piso de la playa, y Jimena aceptó encantada: sin niño alrededor, más tiempo para el móvil. Solo que, pasados los días, empezó a echar de menos al niño y empezó a llamar más a menudo a mi madre para preguntar por él.
Dos semanas más tarde, llegó la citación del juzgado. Cumplí mi palabra y solicité el divorcio. En el juicio, Jimena se llevó otra sorpresa: su propia madre tomó mi partido.
Creo que Martín debe quedarse con su padreafirmó Lourdes, mirándola con tristeza. Lamentablemente, el instinto maternal no ha tocado a Jimena. No se ha ocupado del niño, toda la tarea ha sido mía y de Emilia, la madre de Tomás. Él trabaja mucho, pero aun así sabe estar pendiente del chico.
La jueza asentía, comprensiva. Jimena no tenía nada: ni empleo, ni piso, ni vínculo real con el niño. Yo, por el contrario, tenía todas las de ganar.
¡Por favor! ¡Os pido que no nos divorciéis! ¡Dame otra oportunidad!Jimena rompió a llorar.Tomás, te prometo que cambiaré, olvidaré todas esas tonterías de foros y seré la esposa ideal. ¡Confía en mí!
Vale
*************************
Un mes antes.
Mi hija se le ha ido de las manos, Tomás, me da vergüenzanegaba con la cabeza Lourdes. Yo te entiendo, ¿para qué quieres esa mujer a tu lado? Está todo el día en casa y ni siquiera recoge ni cuida de Martín. Así que si decides divorciarte, no te juzgaré. Solo pido poder seguir viendo al niño, nada más.
Yo la sigo queriendo, con todos sus defectossuspiré. Pero esto ya no se puede aguantar. Quiero darle una última oportunidad.
Pues hazlo. Ya sé cómo hacerlo: presenta la demanda. Al ver que vas en serio, le entrará en la cabeza. Tienes tres meses para reconciliarte y recapacitará.
**************************
Jimena aprendió la lección. La casa volvió a ser un remanso de paz; todo estaba limpio, los olores a comida casera volvían a llenar el aire y ella por fin empezó a ser tan atenta y cariñosa como al principio. Por fin dedicaba tiempo a Martín, que no podía estar más feliz con su madre.
He aprendido que el respeto y el compromiso no se regalan ni se exigen; se construyen día a día, con hechos. Y que una familia solo funciona cuando todos reman en la misma dirección y asumen su parte con generosidad y amor.







