No habrá perdón
¿Alguna vez has pensado en buscar a tu madre?
La pregunta cayó como una bomba. Martina, que justo esparcía sobre la mesa de la cocina los papeles que había traído del despacho, se quedó congelada, sin soltar la mano que impedía que la torre de documentos se desparramara por todo el suelo. Levantó la mirada despacio y clavó los ojos en Fernando, con tal cara de asombro que a él tampoco pareció sentarle muy bien su propia ocurrencia. ¿A santo de qué iba ella a buscar a esa mujer, la misma que, como quien se sacude una mancha, destrozó su vida de un solo plumazo?
Por supuesto que no respondió Martina, procurando sonar tranquila, aunque la voz le salió como un estacazo bien dado. ¿Qué clase de disparate es ese? ¿Por qué tendría yo que meterme en semejante lío?
Fernando se removió incómodo, peinándose el pelo con la mano, como si no supiera muy bien dónde meterse. Forzó una sonrisilla, esa que en los cumpleaños de familia le salía sólo por cumplir.
No sé farfulló al fin. Escucho mucho que la gente criada en casas de acogida o en familias adoptivas acaba buscando a sus padres biológicos. Me ha parecido Si algún día te animaras, puedo ayudarte, de verdad.
A Martina se le encogieron las costillas, como si alguien invisible le apretara las entrañas hasta que doliera. Respiró profundo, tragándose el mal humor que asomaba, y le devolvió la mirada a Fernando, seria como una profesora con su alumno torpe.
Gracias, pero no hace falta sentenció, cada sílaba como si cerrase una puerta. Alzó un poco la voz, como quien remata un penalti. ¡Ni se me pasa por la cabeza buscarla! Hace años que para mí esa mujer no existe. ¡Nunca se lo perdonaré!
Vale, sí, sonaba brusca, pero tampoco iba a ponerse a llorar ni a hacer un drama de sobremesa. Hay heridas que ni con agua de Lourdes. Quería a Fernando, claro que sí, pero no todo se puede compartir. No todo es Instagram ni confesionario. Así que se zambulló de nuevo entre los papeles, fingiendo estar atareadísima con contratos y expedientes.
Fernando frunció el ceño, aunque no insistió más. Para él, la madre era una figura casi sagrada: daba igual si había sido su heroína o la señora que sólo aparecía en la foto del DNI. Con sólo haber pasado el embarazo y parir pensaba él ya merecía su altar y sus flores. Creía a pies juntillas que el vínculo entre madre e hijo era un hilo irrompible, ni el tiempo ni los disgustos podían partirlo.
Martina ni lo entendía ni le apetecía entenderlo. Claro como el agua: ¿quién en su sano juicio querría encontrarse con quien le arrancó la infancia como quien arranca malas hierbas? Y lo peor que no lo sabía Fernando, es que la historia de la madre de Martina era de lo más cutre, de esas que, si las echan en la tele, cambias de canal.
De adolescente, Martina se atrevió a hacer la temida pregunta a la directora de su residencia infantil, Teresa Salgado, una mujer tan seria que sólo los valientes se acercaban a su despacho.
¿Por qué estoy aquí? le susurró Martina, con los nudillos blancos de agarrar la silla. Mi madre ¿Se murió? ¿Le quitaron la custodia? Algo gordo tuvo que pasar, ¿no?
Teresa aparcó un montón de archivos a un lado, se la quedó mirando y suspiró, de esos suspiros que los profesores sueltan antes de dar noticias malas o cuando faltan dos días para las vacaciones.
La privaron de la patria potestad y fue condenada dijo despacio, pero sin adornos. Sabía que era mejor ser clara: aunque duela, más vale la verdad que pasarse media vida en la ignorancia.
Llegaste con cuatro años y medio. Fue gracias a unos vecinos que te vieron deambulando sola por la calle siguió Teresa, sin sentimentalismos. Andabas por Madrid, chiquitita y desorientada, hasta que alguien se acercó, te preguntó y acabaste en el hospital. Resultó que una mujer tu madre te dejó sentada en un banco de Chamartín y se largó en el Cercanías. Era octubre, llovía, y tú en un abrigo finito y botas de plástico. Del frío acabaste pachucha y tuviste que quedarte en el hospital semanas. Una maravilla, vaya.
Martina se quedó como estatua, los dedos absolutamente rígidos, tiesos como el cucurucho del roscón. La cara no le cambió ni un músculo, pero los ojos, esos sí, se oscurecieron como dos pozos en una noche sin estrellas. Ni parpadeaba, pero Teresa sabía que estaba grabando cada silaba a fuego.
¿Y la encontraron? ¿Qué dijo? musitó Martina, apretando los dientes.
Sí, y la juzgaron. Su explicación Teresa se sonrió con una amargura que dolía hasta mirarla. Dijo que no tenía un duro y le salió un trabajo. El problema, según ella, era que la patrona del hostal no permitía niños, que eras una traba. Así lo resolvió: dejarte ahí y empezar de cero, sin estorbos, a ver si colaba.
Martina contuvo la respiración. No recordaba aquel noche lluviosa, pero notaba la humedad debajo de la piel. Por fin, levantó la vista de la mesa y asintió con ese rictus de quien sabe que nada más va a salir de allí.
Por lo menos, gracias por contármelo dijo con voz tan plana que ni el GPS hubiera detectado vida.
En ese momento Martina supo, sin atisbo de duda, que nunca buscaría a su madre. Que ni por curiosidad, ni de visita a la cárcel, ni por preguntas de documental. Fin.
Abandonar a una niña pequeña en la estación, así, como quien olvida una bufanda Ni pies ni cabeza. ¿Pero cómo podía alguien vivir tranquilo después de semejante hazaña? ¿Acaso la señora esa tenía corazón o era una de cartón piedra? Por mucho que Martina lo pensaba y lo pensó más de una tarde de sofá y mantita, no encontraba ni medio atenuante que no fuera una excusa barata.
¿Por qué no ir a los servicios sociales y rellenar el formulario? ¿Por qué no dejarle en una residencia de menores, donde al menos una enfermera le podría mirar la fiebre? Pero no. Mejor dejarla a la intemperie, a la ventura, como si un taxi la fuera a meter en casa.
Martina intentó ponerse en el lugar de su madre, buscarle hasta una pizca de humanidad, alguna disculpa que no fuese cutre. Pero nada cuadraba. Todo olía a caquita, a decisión premeditada de soltarse de un peso, como si su hija fuera un mueble viejo.
Con cada vuelta que daba a aquel asunto, Martina se reafirmaba: no, ni pensarlo. No la buscaría, no preguntaría, no haría de CSI ni de Hermano Mayor. Esa página estaba tan cerrada como las tiendas los domingos por la tarde. Perdonar así, por amor al arte, era misión imposible.
Y, con ese pensamiento, sintió un alivio rarísimo, casi físico, como el que siente al quitarse el sujetador después de un día larguísimo.
********************
¡Tengo una sorpresa para ti! Fernando brillaba más que un escaparate de Navidad. Se le notaba que estaba deseando sacar su as de la manga, uno de esos asombros tan ilusionados que dan hasta un poco de miedo. ¡Venga, corre, que te va a encantar! ¡No se puede hacer esperar a alguien tanto!
Martina apareció en el pasillo con la taza de té ya frío en la mano, mirándole como si no entendiera nada. ¿Ahora a qué venía tanta efusividad? ¿Para bien, para mal? Agachó la cabeza, dejó la taza, suspiró y se puso la chaqueta como por inercia.
¿Dónde vamos? logró decir al fin, esforzándose por sonar natural, pero con el estómago más apretado que los pantalones tras una sobremesa familiar.
¡Ya verás! canturreó Fernando, agarrándola de la mano y saliendo disparado. Martina se dejó llevar, el miedo cosquilleando por dentro. ¿Sería un concierto? ¿Un reencuentro con alguna excompañera marisabidilla del cole? Fue dando palos de ciego todo el paseo, ningún presentimiento lógico.
En cuanto cruzaron el Retiro, Martina reparó en una mujer que esperaba sentada en un banco. Una señora discreta, chaquetón oscuro, bufanda y un bolso mediano. Le sonaba esa cara, pero ni idea de dónde. ¿Sería una tía abuela de Fernando? ¿Una vecina? Ni idea.
Fernando tiró de ella directo al banco, mientras Martina intentaba casar las piezas de este puzle rarísimo. Cuando llegaron a un par de metros, la mujer levantó la cabeza y ensayó una sonrisa contenida. Martina sintió de pronto un vuelco en el pecho: esa cara su propia cara, con treinta años más.
Martina dijo Fernando, solemne, como el director de ceremonias en la boda de Letizia: después de mucha investigación ¡he encontrado a tu madre! ¿A que estás contenta?
Martina se quedó de piedra. ¿Perdón? ¿Pero de qué iba Fernando? Si ella lo había dicho CLARO: no quería saber nada de esa mujer.
¡Hija! ¡Qué guapísima eres! la mujer saltó de golpe y trató de abrazarla, con la voz temblando y los ojos húmedos.
Martina, rígida, retrocedió un paso, cortante como una tabla de jamón.
¡Soy tu madre! insistía la señora, sonrisa nerviosa, sin pillar el ambiente hostil ni por asomo. ¡Te he buscado tanto! Pensaba en ti cada día
¡Y ha sido dificilísimo! interrumpió Fernando, pletórico, como si acabara de organizar los Sanfermines él solo. He tirado de contactos, he hecho llamadas, me he pateado medio Madrid ¡Pero aquí está!
El entusiasmo de Fernando se evaporó de golpe con la bofetada que Martina le plantó sin pensárselo. Los ojos le brillaban, tenía el labio mordiéndose un grito furioso. Miró a Fernando como si acabara de tropezar con un desconocido que le roba la cartera.
¿Pero tú eres tonto o qué? le dijo, la voz ácida como el vinagre. ¡Te dije mil veces que no quería saber nada de mi madre, que esa es una historia ZANJADA!
Fernando estaba blanco, como si le hubieran pasado una plancha. Tragó saliva, rebelde, y se atrevió a contestar.
Yo lo hacía por ti. Quería ayudarte, hacerte un regalo
Martina no abría la boca, tan enfadada que sólo podía respirar entre cortos y descompuestos sorbos de aire. Tenía la sensación de que Fernando le había roto su pequeño refugio, de que lo más íntimo volvía a ser exhibido para que la gente lo mirara y opinara, como si su vida fuera una novela barata de sobremesa.
La otra mujer miraba de uno a otro, sin atreverse a moverse, torpemente a punto de decir algo, pero tragando saliva cada vez que Martina la fulminaba con la mirada.
No te pedí que la buscaras escupió por fin Martina, bajito pero implacable. Te lo dejé muy claro, pero has hecho lo que te ha dado la santa gana.
Fernando bajó el brazo y se mordió el labio, buscando en ella una pizca de comprensión, pero lo único que halló fue una muralla de hielo.
¡Te digo que es tu madre! ¡Le pese a quien le pese! dijo con más dramatismo que un concursante de Operación Triunfo. ¡Madre sólo hay una!
La otra, la mujer de la bufanda, se acercó, la voz frágil, como pidiendo perdón por existir.
Tú estabas siempre enferma, yo sin un euro, y entonces surgió la oportunidad de un trabajo fue hilando, cada palabra más floja. Si todo hubiese salido bien, te habría recogido después. Pero
Martina se giró hacia ella, implacable.
¿Recogerme de dónde? ¿Del cementerio? saltó Martina, la voz tan estricta como la de una inspectora de Hacienda. Podrías haber ido a servicios sociales, haberme dejado en un hospital. ¡Pero no sola en la calle, no ahí, y no así!
Fernando, con un ataque de nervios, intentó tomarle la mano a Martina. Ella se soltó de un tirón, sin mirarle siquiera.
El pasado es pasado. Hay que mirar al futuro decía él, como repitiendo el eslogan de un partido político. Siempre quisiste tener familia en la boda. Te he cumplido el sueño
Martina le miró con una decepción que dolía. De esas miradas que desinflan globos de helio pero sin dar pena.
He invitado a Teresa Salgado, la directora de la residencia, y a Paula Romero, mi educadora replicó Martina, más serena, pero con voz de mando. Ellas han sido mis madres de verdad. Ellas estaban cuando yo lo pasaba mal, ellas me cuidaron, me apoyaron Ellas son mi familia.
Se zafó de Fernando y se marchó ni una palabra, ni una mirada atrás. Y caminó, y caminó, hasta que el parque se quedó pequeño y Madrid suficientemente grande como para esconder las lágrimas y la rabia.
No tenía ni ganas de recoger las cuatro cosas que le quedaban en casa de Fernando. Total, sólo era un par de bolsas con ropa y poco más: la mudanza la harían después de la boda, así que casi todo seguía en su mini piso social. Mejor así. Ahora lo que necesitaba era no verle ni en pintura. Ni un WhatsApp, ni un hola en el portal, ni ese tonillo paternalista que le ponía los pelos de punta.
Su móvil vibraba en el bolsillo: todas llamadas de Fernando. No se atrevía ni a mirar la pantalla, por no perder el poco autocontrol que aún le quedaba. Mejor dejar que el temporal se calme antes de soltar lo que pensaba, que igual lo único que conseguía era liar más la madeja.
Pero Fernando insistía y, para colmo, empezó a dejarle audios. En el primero se le notaba pasivo-agresivo, rollo profesor de secundaria al límite:
Martina, estás actuando como una cría. Yo sólo quería ayudar y mira eres una desagradecida. Esto es una rabieta, vaya.
El siguiente, aún peor:
He tomado una decisión. Lucía así llamaba a su madre vendrá a la boda. Punto. No pienso cambiar de opinión por tus caprichos. Habrá relación familiar y nuestros hijos la llamarán abuela, como debe ser.
Martina escuchaba esos mensajes junto a la parada del bus, sintiendo que todo dentro se encogía. Apagó el móvil, lo metió en el bolsillo y alzó la vista, buscando consuelo en un Madrid más gris que el abrigo que llevaba.
Se quedó largo rato mirando los últimos mensajes de Fernando, esas frases llenas de puntos y sin espacios para respirar: Lucía estará en la boda. Punto. Como si fuera una sentencia y no se admitieran apelaciones.
Abrió el WhatsApp, tecleó firme y breve: La boda se cancela. No quiero verte ni a ti ni a esa señora.
Enviar.
Vio la palomita azul, lo leyó mil veces. El teléfono vibró otra vez: llamada de Fernando, más mensajes. Ni los leyó. Buscó su nombre, lo bloqueó de un plumazo. Ale, a otra cosa.
El silencio la envolvió, por fin. Quizá después lo lamentaría. Quizá. Pero aquel día, en ese preciso instante, fue lo único sensato que podía hacer. Por fin, la tormenta interna empezó a amainar, y una claridad cansada, casi dulce, le fue ocupando el pecho.
Así debía ser. Con personas que cruzan ciertas líneas no hay futuro que valga.







