Doce años después: El desgarrador regreso de una madre en busca de su hijo perdido y el oscuro secreto familiar que salió a la luz en la televisión española

Life Lessons

Doce años después

¡Por favor, se lo suplico, ayúdenme a encontrar a mi hijo! casi sollozaba la mujer. ¡Ya no necesito nada más en esta vida!

Isabel se sentó en el sofá junto al presentador, retorciendo las manos de manera teatral. Se había vestido lo más sencillamente posible y, tras no dormir en toda la noche, tenía un aspecto pálido y desvaído. Quería parecer una madre sufriente, que conmoviera al público y los impulsara a ayudarla.

Mi mayor anhelo es recuperar la relación con mi hijo susurró, como si cada palabra le costara un esfuerzo enorme. He intentado todo lo que se me ha ocurrido. Acudí a la policía, confiando en que podrían ayudarme Pero ni siquiera quisieron tomar la denuncia. Me dijeron que Lucas ya era mayor de edad, que se había marchado hacía mucho. Vamos, que si antes no me preocupé por su paradero, ahora tampoco cabía quejarse

El presentador la escuchaba con atención, inclinando la cabeza con gesto comprensivo. En el fondo, dudaba mucho de aquella señora. Sospechaba que la historia era más vulgar de lo que Isabel relataba. Ella misma se distanció de su hijo y, tras años sin querer oír hablar de él, había regresado Coincidía, en ese sentido, con la policía. Pero los índices de audiencia ¡Al público le encantan estas historias, vaya si le gustan!

¿Entonces fue una discusión con su hijo lo que provocó que perdieseis el contacto? preguntó serenamente, lanzando miradas al estudio. Algunas personas lo recibían con escepticismo, otras parecían de verdad condolidas por la pobre madre.

Isabel asintió, con los ojos repentinamente brillantes por nuevas lágrimas. Inspiró hondo, intentando recomponerse para poder continuar.

Sí, todo empezó hace ya doce años. Mi hijo se enamoró, pero no una pasión pasajera, sino de esa que lo absorbe todo. Insistió en casarse. Yo comprendía sus sentimientos, pero aquella chica ¡no me gustaba nada! Veía perfectamente cómo terminaría la cosa: fumaba, salía y bebía por las noches, frecuentaba bares de dudoso ambiente Y lo peor de todo, poco a poco arrastraba a Lucas con ella.

Se detuvo, reviviendo aquel tiempo. El presentador supo esperar, dándole espacio.

Intenté hablar con él, advertirle, explicarle que iba por mal camino. Pero no quiso escucharme. Yo era únicamente esa madre que se niega a aceptar que su hijo ha crecido. Hasta que, una tarde, explotó. Golpeó la mesa y gritó: “¡Me voy de aquí!”

Isabel gimoteó; el presentador le tendió un pañuelo, que ella aceptó con afecto, secándose con cuidado para no estropear el maquillaje. Durante unos segundos se mantuvo en silencio y luego prosiguió:

Se fue. Recogió todas sus cosas mientras yo estaba en el trabajo. Desapareció sin despedirse ni dejar una nota Cambió su número, cortó contacto con amigos, familia, con todos ¡Y todo por culpa de una chica!

La voz le tembló y, por un instante, cerró los ojos, como conteniéndose.

Perdón, me cuesta mucho contenerme susurró, apretando entre las manos el pañuelo.

Se inclinó levemente, dejando que los mechones de pelo ocultaran parte de su rostro. Gesto estudiado para conseguir que el público, sí o sí, sintiera la hondura de su dolor. Según el guion, ahora le tocaba romper a llorar de verdad, mostrar la herida profunda. Pero en realidad Isabel no sentía ni una décima parte de lo que fingía. Sencillamente esperaba con ansiedad: ¿lograría provocar las emociones deseadas en la audiencia?

El presentador veía perfectamente la ausencia de lágrimas genuinas, pero le siguió el juego.

Comprendemos su dolor afirmó, pidiendo por gestos a un asistente que trajera agua. No tenga prisa, cuéntenos todo cuando se sienta preparada.

La pausa fue justa, tan larga como requería el drama. El presentador la midió al detalle: ni tan breve para resultar frío, ni tan extensa como para quebrar el ritmo.

¿Qué sabe de su hijo a día de hoy? preguntó por fin, inclinándose hacia ella para mostrarse sinceramente interesado.

Isabel levantó la vista, mostrando una destilada mezcla de desesperanza y esperanza.

Hace poco, una conocida se lo cruzó en Madrid empezó, y su voz vibró, tal vez por los nervios, tal vez fingiendo emoción. Hablaron brevemente y quedó claro que incluso se había cambiado el apellido. ¿Cómo voy a encontrarle ahora? Yo ya no sé qué hacer, por favor, ayúdeme. ¿Alguien lo ha visto?

Volvió el rostro hacia la cámara, manteniendo en él una expresión de profunda aflicción, tal como había planeado. Sostuvo la mirada hacia el objetivo, buscando atravesar la pantalla y alcanzar el corazón de los televidentes.

Hace poco ingresé en el hospital añadió entonces, dejando escapar una nota de angustia genuina y comprendí que los años pesan. ¿Quién sabe cuánto me quedará? Sueño con poder abrazar a mi hijo, decirle que todo está perdonado, y pedirle también perdón

El rostro de un joven apareció suavemente en pantalla. Unos veinte años, rubio, de ojos grises azulados y alta estatura: un chico apuesto pero sin ninguna característica sobresaliente. Hay muchachos así a miles; cualquiera podría cruzárselo sin reparar en él. Isabel detuvo la mirada. Tras tantos años, Lucas debía de haber cambiado mucho: quizás ahora llevaba barba, otra melena; tal vez tenía las facciones endurecidas, la mirada más firme, o un par de kilos de más La sola idea de esos cambios aumentaba el sentimiento de que encontrarlo sería casi imposible. Las posibilidades de éxito parecían remotas, casi ilusorias, pero Isabel no quería resignarse.

Si alguien reconoce a este joven, por favor, póngase en contacto con nuestro programa dijo el presentador con tono sosegado. El teléfono aparece en la parte inferior de la pantalla.

El rodaje concluyó e Isabel, tras despedirse del equipo, salió despacio hacia la calle. Decidió no dejar el papel ni un solo segundo: así tendría más posibilidades de éxito.

Al salir, se giró discretamente hacia su amiga aquella que tanto le insistió en acudir a la emisión. En el rostro de Isabel se dibujó una leve, satisfecha sonrisa.

¿Y bien, he estado convincente? murmuró, con un deje de autosuficiencia. ¿He generado compasión en la audiencia?

Tamara había observado el plató con ojo crítico y lo tenía claro: su ardid había surtido efecto. Las mujeres del público se emocionaron mucho; algunas se secaban precipitadamente las lágrimas, otras cuchicheaban, negando con la cabeza. Tamara esbozó una sonrisa apenas perceptible.

Las señoras del público casi lloran dijo, bajando la voz. Estoy convencida de que pronto sabrás dónde vive tu hijo, y podrás pedirle compensación por todo lo que invertiste en él. Fíjate: él vive a cuerpo de rey y a la pobre madre no le pasa ni un euro.

A Isabel no le gustó demasiado el tono brusco de su amiga, tan directo y cínico, pero admitió para sí cierta verdad en aquellas palabras.

Hasta hacía poco, apenas pensaba en Lucas. Sólo de vez en cuando reaparecía su imagen, pero sin dolor ni añoranza. Todo cambió cuando Tamara, por casualidad, se cruzó con un conocido que lo había visto en Madrid. Y aquel hombre fue quien habló de la nueva vida del desaparecido.

Un coche de lujo no simplemente caro, sino de esos que sólo ves en revistas o exposiciones, un traje de diseñador famoso, cuyo precio se medía en miles (y, desde luego, no en pesetas). Un reloj único, hecho a medida, con grabado y mecanismo complejo en una joyería ordinaria sería imposible encontrarlo. Y al verle salir de un restaurante londinense de prestigio, no quedaba duda: Lucas no sólo ganaba bien, sabía disfrutar del dinero. Un par de horas allí, donde la cuenta más baja superaba holgadamente los doscientos euros, era prueba suficiente.

Isabel nunca ocultó que lo que le preocupaba de veras no era la vida de su hijo, sino el dinero que, en su opinión, le debía; ¡para eso era su madre! Ella le dio la vida, así que ahora debía devolverle el favor.

No importa, lo encontrarán seguro repitió para sí, casi más que para Tamara. Sólo es cuestión de esperar un poco Está claro que pronto tendré la vida resuelta.

¿No es lógico pensar así? Isabel estaba convencida de que Lucas no se atrevería a rechazarla. Por lo visto, circulaba en ámbitos elevados y a esa gente no le convienen los escándalos. Ante los medios, no tendrá más remedio que simular ser el hijo ideal, y ganar así puntos de simpatía. ¡Después de tanto ruido, nada distinto podría hacer!

Ilusa No sabía aún que había caído en la trampa perfectamente urdida por el propio Lucas

***

Doce años atrás

Lucas regresaba a casa a las nueve de la noche, tras un día de agotador esfuerzo. Aquella tarde había completado el último y más difícil examen de toda la carrera. En su cabeza retumbaban fórmulas y conceptos mientras sus músculos protestaban. Sólo quería encamarse, dormir un día entero. Pero intuía que no se lo permitirían.

Ya antes de abrir la puerta escuchó voces dentro. Un hombre, tajante, con tono de enfado claro. Y una mujer Isabel, que hablaba intentando justificarse. De nuevo ese hombre en casa Lucas torció el gesto. Parecía que ese tipo siempre sabía cuándo llegaba para buscar bronca.

Metió la llave y empujó. Casi tropieza con bolsas de viaje apiladas junto al umbral. Se detuvo, confuso: ¿qué hacían ahí? Las reconoció enseguida eran sus propias maletas, las que usaba para viajar. El corazón le dio un vuelco.

¿Y esto? preguntó en voz alta, esforzándose en mantener la calma. ¿Por qué están aquí mis cosas? ¿Qué está pasando?

Su voz fue incluso más fuerte de lo esperado, traicionando el cansancio. Dejó la mochila de los libros en el suelo, cruzó los brazos y esperó. Las voces callaron y, enseguida, su madre salió al pasillo.

En cuanto le vio, Isabel frunció la cara y resopló, dándose media vuelta para marcharse. Lucas, atónito, la siguió con la mirada. No comprendía nada, pero sospechaba que no era una bronca familiar más.

Se quitó los zapatos y se dirigió con paso decidido hacia la cocina, de donde llegaban murmullos. La puerta estaba entreabierta y Lucas pudo ver la escena con claridad. Sentado a la mesa estaba Miguel, el hombre cuya voz reconoció antes. Instalado con familiaridad, tenía un brazo sobre el respaldo de una silla y la otra mano en una taza. Miró a Lucas un instante, evaluadoramente, y volvió a centrar la atención en Isabel.

Lucas sintió la ira crecerle dentro.

¿Y éste, qué hace aquí? preguntó mirando a su madre.

¿Todavía no se lo has dicho? saltó Miguel con sarcasmo, jugueteando con el móvil. ¿A qué esperas, mujer?

No habléis de mí como si no estuviera protestó Lucas, la voz vibrante. ¡Tengo derecho a estar aquí! ¡A diferencia de algunos! ¿Y a qué venís con vuestro hijo?

Aún tenía mucho que añadir, pero Isabel lo cortó. Su mirada, sin rastro de ternura, fue dura y fría; con la voz más gélida que nunca, dijo:

Desde hoy, ya no puedes seguir viviendo aquí. Tu antigua habitación ahora es para el hijo de Miguel.

Lucas se quedó como clavado en el sitio. Miraba a su madre buscando un asomo de calidez, alguna señal de que aquello era sólo una broma cruel. Pero Isabel se mantenía erguida, la barbilla alta, los labios apretados. Miguel asintió, ajeno a la tensión, bebiendo su té como si nada.

¡Un momento! ¿Con qué derecho decidís dónde debo vivir? intentó mantenerse firme, aunque se notaba tembloroso.

No podía creerlo. Que su presencia, molestara bueno, sí. Pero, ¿echarle así, de un día para otro, sin una conversación, sin explicación? ¡Eso era de una crueldad incomprensible!

Papá quiso dejarme la casa buscó refugiarse en algún punto de cordura.

Isabel cruzó los brazos y elevó la barbilla. Por un instante su cara adoptó una expresión de tragedia, pero a Lucas le pareció fingida.

Quiso, pero falleció de repente respondió, impasible. No le dio tiempo a cambiar el testamento. Por ley, esta casa es mía, sólo mía, y soy la única que decide quién puede vivir aquí. Desde este instante, está prohibido que pises mi puerta. Ya eres mayor, deberías dejar de depender de tu madre. ¿No te da vergüenza?

Cada frase caía como una bofetada. Lucas intentaba contener la cólera que subía por dentro. Le estaban expulsando de su hogar, del único lugar que reconocía como propio.

Un tic nervioso le sacudió el ojo. Decenas de pensamientos se atropellaban. Quizás la muerte de su padre no fue fortuita ¿Quién sabe si alguien tuvo algo que ver sólo para que la casa no escapara del control de Isabel?

Miró a Miguel, que seguía imperturbable, y sintió más rabia aún.

¿Vas en serio? volvió a mirar a su madre, buscando la más mínima señal de remordimiento. ¿De verdad eres capaz de echar a tu propio hijo a la calle?

Isabel se limitó a encogerse de hombros, como si le hablasen de una trivialidad doméstica.

Ya hasta he hecho tus maletas. Desde hoy aquí vivirá otra persona. Y ni se te ocurra volver sin mi permiso.

¿Esto es una broma, no? ¿Dónde se supone que dormiré? preguntó en voz baja, intentando no explotar.

Seguía albergando cierta vana esperanza de que todo fuese una puesta en escena, que su madre acabaría abrazándole y le diría: Tranquilo, solo quería verte la reacción. Pero Isabel sólo le sostuvo la mirada con absoluta frialdad.

Sentía unas ganas terribles de abofetear a Miguel, bien repantigado, bebiendo del vaso de su padre. De gritarle: ¡Tú no tienes ningún derecho aquí! Pero Lucas se contuvo.

No te quedarás en la calle respondió Isabel con desdén. Tienes amigos, alguno te acogerá. Y el resto, búscate la vida.

Dicho como si hablara de una camiseta que se puede dejar en cualquier silla. Lucas se tragó el dolor y la indignación.

Ah, y también he cogido el dinero para el último curso de universidad añadió, alzando de nuevo la barbilla. Búscate un trabajo si quieres acabar la carrera. Yo lo necesito más: me caso pronto.

El golpe fue devastador. Lucas quedó unos segundos sin palabras. Todo encajaba: su madre quería borrarle por completo. No sólo echarle de casa, sino dejarle sin recursos, sin futuro. Sin embargo, no pensaba rebajarse a suplicar. En su mente ya se trazaba un plan: solicitaría un curso de excedencia, encontraría trabajo y terminaría la carrera por sus propios medios. Tenía inteligencia, ganas, y eso bastaba.

Lucas asintió, asumiendo el reto. Buscó de nuevo en su madre una pizca de cariño, pero sólo encontró desprecio. En ese instante comprendió que ya no habría retorno. El vínculo de confianza se había roto para siempre.

Jamás podría perdonarla.

***

¿Has visto eso? preguntó, inclinado hacia Lucas sobre la mesa, su amigo Nicolás, enseñándole el móvil. Me lo envió una amiga de tu tierra. Acaba de salir el programa.

Lucas levantó la mirada de la carpeta de documentos. Sus manos la soltaron, dejándola caer sobre el escritorio. Sabía que ya no lograría concentrarse en el trabajo. Sentía una extraña satisfacción, mezclada con amarga ironía ante la situación.

Sí, lo he visto respondió esbozando una media sonrisa. El marido de Tamara no supo callarse. De todos modos, eso justo buscaba. Que mi madre vea lo que perdió.

Se reclinó, pasando la mano distraídamente por su pelo corto. Recordaba el programa televisivo: su madre luciendo padecimiento estudiado por el hijo desaparecido. Doce años atrás ella le echó a la calle, le dejó sin hogar ni recursos. Ahora intentaba explotar la carta de la maternidad rota.

Sí, Lucas había conseguido vengarse. No con escándalos ni acusaciones públicas, sino mostrando con frialdad lo que su madre había dejado marchar. Había levantado una vida nueva: consiguió estabilidad, éxito profesional, amistades sólidas. Era ahora ciudadano de otro país, con buen salario y planes de futuro. Todo esto sin ella, sin aprobación ni bendición.

Ahora su madre ya sabía qué había perdido: podría haber contado con su ayuda si no hubiese dado prioridad al nuevo marido y a su hijo. Si no le hubiera quitado el dinero para la carrera, ni expulsado, ni roto todo lazo.

Y pronto lo sabría definitivamente: no recibiría ni un céntimo. Ni una palabra de apoyo, ni la más remota posibilidad de reconciliación. Lucas lo tenía decidido: el pasado quedaba atrás. El futuro lo construiría solo, sin ella, sin opiniones, sin manipulaciones.

La mujer que le dio la vida, nunca podría alcanzarlo ya. Ni física ni emocionalmente. Y, en verdad, eso era lo esencial.

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