¡Vete a casa! ¡Te lo diré cuando llegues! dijo Marcos con un tono más que irritado. ¡Lo que faltaba ya, montar un espectáculo delante de los vecinos!
¡Pues estupendo! bufó Natalia mientras alzaba la barbilla. ¡De lo que se entera uno!
Natalia, no me hagas perder la paciencia gruñó Marcos. ¡En casa lo hablamos! ¡Uy uy uy! ¡Qué mandón! Natalia se recogió la trenza y se fue caminando hacia el portal de la casa.
Marcos esperó a que Natalia se alejara lo suficiente, sacó el móvil y susurró con voz baja al micrófono:
Sí, ya se va para casa. Recibidla bien, ¿eh? Como habíamos hablado. Y al sótano, a ver si se le baja el genio. ¡Que llego en nada!
Guardó el móvil en el bolsillo y se disponía a entrar en el estanco para celebrarse su éxito educativo como marido, cuando le sujetó el brazo un hombre completamente desconocido.
Disculpa el atrevimiento, ¿eh? se le notaba incómodo al desconocido, que forzaba una sonrisa. Con usted estaba una chica antes
Mi esposa, ¿pasa algo? Marcos arrugó la frente, de mal talante.
No, no, nada, nada la sonrisa ahora era almibarada. Pero, por casualidad, ¿su mujer no se llama Natalia García López?
Sí, Natalia asintió Marcos, cada vez más mosqueado. Y hasta casarse, era García López. ¿Por qué tantas preguntas?
Y ¿su segundo nombre es Isabel?
¡Sí! contestó Marcos con evidente irritación. ¿Pero usted de qué conoce a mi mujer?
Perdone, pero¿ella nació en el noventa y tres?
Marcos hizo cuentas rápidas y asintió, ahora con los músculos tensos.
Sí. ¿Pero qué pasa? ¿Quién es usted y cómo conoce a Natalia? la incomodidad le atenazaba.
Natalia llevaba solo tres años en ese pueblo de Segovia. Era una desconocida total hasta entonces. Venía diciendo que se había escapado de sus padres porque la querían casar a la fuerza.
Por eso aquel tipo, enumerando detalles, en un pueblo pequeño donde nadie sabía nada de ella, le erizaba la piel.
¡Ay, perdón, perdón! se sonrojó el hombre. ¡No la conozco personalmente! Digamos que soy bueno, un admirador.
Mira, admirador, te cuento: como sigas hablando así te cuento las costillas le soltó Marcos, clara amenaza. ¿Qué es esto de admirador? ¿A robarme la mujer te has venido?
¡No, no, no, hombre, que va! agitaba desesperado las manos. Lo digo en el sentido de admirador de su talento.
Natalia no es que tenga grandes talentos balbuceó Marcos, perplejo.
Hombre, ¡que la descalificaran de por vida de Muay Thai con dieciocho años por excesiva agresividad ya es talento, y del bueno! espetó el otro.
¡Lástima que lo dejara tras un par de torneos privados ganados! Verla en el ring era un espectáculo.
A Marcos empezaron a temblarle las manos. Trató de sacar el móvil apurado, pero se le escurrió y se derramó en pedazos por el suelo. A la carrera recogió las piezas, pero el aparato, traicionero, no quiso encenderse.
Marcos echó a correr hacia casa, murmurando en el aire:
¡Dios mío, que llegue a tiempo!
Cuando la nueva vecina apareció en aquel pueblo castellano, Marcos enseguida reparó en ella. ¿Y quién no iba a hacerlo? Joven, deportista, guapa y simpática. Y para colmo, entró a trabajar como maestra de Educación Física para los críos de Primaria.
Todos pensaron al principio que sería una recién graduada haciendo las prácticas, que se iría al acabar. Pero resultó que tenía veinticinco años y había venido para quedarse.
Luego esperaron que trajera a su familia, pero nada: la chica estaba sola.
¡Algo raro tiene! chismorreaban las vecinas. Joven, guapa y viene aquí ¡Yo te digo que esconde algún secreto terrible!
¿Secretos hoy en día? restaba importancia otra. Seguro que tuvo un lío con algún hombre y ha venido a curarse las heridas del alma.
¡O ha tenido un broncazo con los padres y ha huido! ¡Eso pasa, yo lo vi en la tele!
Marcos la observaba, pero de lejos.
¿Quién sabe qué historia traerá a la espalda? Ya veremos cuando se sepa algo más.
Trabajar en el cole no era sólo desgaste y cansancio. Era horas de sala de profesores, donde se desnudan almas. Al medio año, entre charla y charla, arrancaron a Natalia su historia.
Mis padres son empresarios. Buena gente. Pero cuando la empresa les fue mal, uno de los proveedores les jugó una mala pasada y todo se fue al traste. Papá decidió casarme con alguien de posibles para arreglarlo todo.
Y, bueno, ¡había que ver al príncipe! Preferí salir corriendo.
¿Y has venido aquí tú sola? preguntaba una compañera veterana.
En todos los sitios hay gente encogió los hombros Natalia. Prefiero buscarme la vida antes de casarme con alguien que no quiero.
Y de paso, ni matrimonio fue ni lo habría aceptado: ¡yo no soy mercancía que se vende al mejor postor!
Ya verás cómo aquí encuentras de verdad el amor la animaban las compañeras. El pueblo es pequeño, pero hay buena gente.
Cuando la versión de Natalia corrió por el pueblo, Marcos lo tuvo claro:
¡Me la caso yo! Aquí las chicas ya no valen para mucho, pero esta es forastera, y además, a la familia no la veremos ni en pintura.
Eso decía en casa, a su madre Carmen, a su padre Andrés y a su hermano mayor Juan.
Es joven, fuerte, deportista… ¡Y profesora de gimnasia! Seguro que nos da hijos sanos y trabaja en la casa. Si solo tiene un par de horas en el cole
¡Un partido de primera! aprobó la familia. Y si da guerra, la enseñamos como toda la vida.
Y estaban tan convencidos que la boda sería un trámite. Marcos era guapo, tenía buen porte y además, era subdirector de una cooperativa hortofrutícola.
Cuando venía inspección de la sede central, Marcos se hacía el humilde y proponía ideas de mejora. Hasta tal punto que el director conservó su puesto, que era hombre con enchufe, y Marcos acabó de subdirector.
Tú que sabes, tú que arreglas. Y si lo arreglas, ya te pediremos cuentas.
Se reían, decían que la iniciativa se paga cara, pero lo cierto es que él organizó toda la cooperativa y la robo en ella se extinguió, que no era poca cosa.
De castigos, eso sí, Marcos era severo. Y Juan, como jefe de seguridad, más. El más mínimo robo de zanahorias y ya estaban esos dos diciéndote cuatro cosas.
Pero se hacía la vista gorda, porque todo funcionaba por fin.
¿Cómo iba Natalia a decirle que no a un hombre así, cumplidor y formal? Primero aceptó salir a pasear, después se dejó cortejar, y al final, tras meses de noviazgo, dijo sí al matrimonio.
Marcos la sacó de la pensión donde vivía y se la llevó a casa.
Ya ves, nuera, aquí vivimos todos juntos, como una familia de verdad se explayó Carmen, la suegra.
Todo lo hacemos juntos, y nos ayudamos en todo. No sé cómo sería en tu casa, pero aquí la costumbre es esta.
En la mía no había costumbres, contestó Natalia. De hecho, de las costumbres me escapé. Si soy la mujer de Marcos, aprenderé a vivir como aquí.
La confesión fue bien recibida.
Pero, verás, tengo que pedir perdón: no sé hacer nada. Cuando vivía con mis padres, había servicio.
¡Eso lo arreglamos pronto! respondió el suegro, Andrés. Tú aprendes rápido, ¿no?
Aprendo sí, pero no soporto las injusticias.
Querida, intervino Carmen, la justicia es relativa. Lo importante es seguir las reglas del hogar, ¡y tienen siglos de tradición!
Respeta a tu marido y su familia tanto como quieras que te respeten a ti. Y lo más bonito en la mujer es la docilidad y la bondad; los hombres ya se encargan de las grandes cosas.
Bueno, si así se estila se encogió de hombros Natalia. Pero espero que no haya castigos a la antigua usanza.
¡Nada de látigos ni establos! rieló el suegro.
Natalia se las veía venir, porque en menos de un mes le recortaron la libertad hasta el límite.
Solo trabajo y compras. Para todo lo demás:
¿A dónde vas?, que hay faena aquí sobrando. Y aún falta el huerto, las gallinas, los patos Natalia gritaba Carmen, ¡somos familia! ¿Y cómo voy yo a hacerlo todo sola?
Y bastante razón tenía: Marcos y Juan solo aparecían por casa de madrugada y ni cenar juntos podían de tanto trabajar. Andrés, dolorido y ya mayor, daba más órdenes que ejemplo y todo, al final, recaía sobre Carmen y Natalia.
Pero Carmen tampoco era ya joven, y sufría tanto de jaquecas como de las piernas. Si una tenía un mal día, la otra cargaba con todo, y la casa no descansaba jamás.
¿Y la vida personal? se quejaba Natalia. No de pareja, sino de persona. ¿No puedo ir al cine, a una cafetería, ni siquiera pasear? ¡Ni una amiga tengo aún!
Las amigas no sirven a una casada. Créeme: dan más disgustos que alegrías.
Y eso del cine o el bar, háblalo con tu marido. Y andar sola por ahí ¡no está bien visto aquí! Aquí todo se sabe, y la gente inventa. ¡Que tú eres maestra! Hasta pueden echarte por una mala lengua.
¿De verdad? se escandalizó Natalia.
Cariño, Madrid no es esto. En Castilla, todo se sabe. Y cualquier paso que des, ahí te caen todos encima y no te libra ni rezando. Piensa en tu trabajo.
El argumento era fuerte pero Natalia no pensaba enterrar su vida en la casa.
Trabajaba duro, obedecía, hacía lo que le decían, pero exigía también respeto. Cuando hacía falta, se plantaba. Y si veía injusticia, contestaba bien alto.
Si hay que currar, todos a una repetía ella. Lo que no puede ser es que una trabaje y otra, de brazos cruzados.
Pasaron dos años y medio desde la boda, y seguían los mismos roces. Natalia luchaba por el reparto del trabajo y una convivencia justa. Si no, ella tampoco se dejaba.
¡Esa Natalia tiene un carácter! exclamaba Carmen cuando mandaban a Natalia a por el pan. ¡Ya chafa más que un nabo duro! Le dices una cosa y responde con cinco.
¡Y me falta al respeto! se quejaba Andrés. Le pido agua o un cojín y ni caso.
Marcos, esto no puede ser decía Juan, el hermano. ¡No se puede tolerar!
Lo sé, está desmadrada. Me lleva la contraria, ¡y yo soy el hombre! Hay que domarla como a la fiera. Y eso que ni hijos tenemos aún. El día que los haya, será la reina y nos echará a todos.
Hay que prepararlo. Concluyó Juan. Llévala a pasear por la plaza y luego que entre sola. Aquí la recibimos como toca.
Si la razón no funciona, se le aprieta. Y si se revela, la metemos al sótano. En el colegio diremos que está de vacaciones. Un mes ahí, y se le pasa la tontería.
Así lo urdieron. Mientras Marcos sacaba a pasear a Natalia, la familia se preparaba, llenos de rencor sagrado, esperando la llamada para darle la lección.
Pero a Marcos le falló el plan.
La verja estaba, pero la puerta de la casa daba la impresión de no haber existido nunca. En el zaguán, Juan gimoteaba sentado en el suelo, sujetándose el brazo, claramente roto. Marcos cogió su móvil del bolsillo y llamó al 112, pegándole el móvil a la oreja:
¡Di la dirección! le gritó. Y pide que manden más de una ambulancia.
Juan asintió, pálido.
En el vestíbulo, entre los restos de la cómoda, estaba Andrés medio inconsciente, pero con vida. Algo era algo. En la cocina, Carmen sentada en el suelo, lucía un moratón monumental y las manos agarrotadas en torno a un rodillo, partido en dos, aún más grande que el que usaban para amasar empanadas.
Sentada a la mesa, con la taza de té entre las manos, estaba Natalia. Serena.
¿Amor? alzó la mirada. ¿Vienes a por tu parte?
N-no musitó Marcos.
Entonces Natalia meditó, no sé qué ofrecerte. ¿Quizá un poco de justicia para la familia?
¡Esto esto hay que advertirlo antes! explotó Marcos. ¡Casi los matas!
Yo sé bien los límites. Cada uno recibió lo que venía buscando. El que trajo violencia, violencia se llevó.
Y el rodillo lo partí yo con la rodilla. Y a tu madre ni la toqué: fue ella quien se chocó con la puerta al huir.
¿Y ahora qué hacemos? preguntó Marcos, apenas un susurro.
Viviremos en paz, sonrió Natalia. Con justicia. Y ni se te ocurra pensar en divorcio, porque estoy esperando un hijo. ¡Y el bebé tendrá padre!
Marcos tragó saliva:
De acuerdo, cariño.
Cuando todos sanaron y se calmaron, las normas familiares cambiaron. Reinó por fin la paz y el respeto en la casa, y nunca más nadie se atrevió a faltar el uno al otro jamás.







