La inesperada enfermedad de Doña Esperanza desencadena el regreso de sus hijas a la aldea: ninguna la cuidó, solo su nieta Natalia estuvo a su lado. Las hijas aparecen cerca de Semana Santa, como siempre, buscando los dulces típicos que la madre preparaba, pero esta vez se encuentran con una sorpresa. Doña Esperanza, desde la verja, las recibe con frialdad: “¿A qué venís?”. La hija mayor, sorprendida, pregunta: “¡Mamá, pero qué te pasa!”. “¡Nada, queridas! He vendido todas las tierras y animales…”. “¿Cómo? ¿Y nosotras?”, las hijas no dan crédito a lo que escuchan. La calma rural de Villalba era monótona, por lo que cualquier novedad agitaba la vida del pueblo. Pero la llegada de Natalia, la nieta de la antigua encargada de la tienda del pueblo, causó un verdadero revuelo. Pronto la apodaron la “Cenicienta” local, tras ganar el respeto y la admiración de todos, incluso del músico del pueblo, don Pablo, que recuerda cómo su historia se entrelazó con la de Natalia, huérfana desde niña y criada por la abuela, cuyo carácter era temido y envidiado a partes iguales en todo Villalba. Durante años, Natalia trabajó incansablemente en la casa de la abuela, que sólo se preocupaba por sus hijos y la conveniencia propia, hasta que un día el talento de Natalia para el canto la cambió todo. De la mano de la nueva directora de la casa de la cultura y don Pablo, la joven triunfó en concursos y festivales, mientras su abuela seguía explotándola y sus tías sólo se acordaban de Villalba por las viandas y regalos de Semana Santa. Pero esta vez, Doña Esperanza ha decidido venderlo todo. “¡Id al supermercado si queréis comida! Ya no tengo fuerzas para mantener este ritmo. Natalia no os debe nada”, sentencia, dejando planchadas a sus hijas y apostando por el futuro de su nieta. Años más tarde, Natalia regresa triunfadora a Villalba junto a su hijo, recibiendo el abrazo emocionado de la abuela, que reconoce sus errores del pasado. “Si no fuera por ti y por don Pablo, seguirías siendo Cenicienta… pero tú te ganaste tu propio destino”, le dice entre lágrimas, sellando el reencuentro en la casa donde todo empezó, bajo la atenta mirada de todo el pueblo.

Life Lessons

María Leonor enfermó de repente. Ninguna de sus hijas fue a visitarla mientras estuvo postrada. Solo su nieta, Inés, se ocupó de cuidarla. Las hijas aparecieron más cerca de Semana Santa, como siempre, buscando los manjares caseros del pueblo que la madre les preparaba con esmero. María Leonor salió a la puerta para recibirlas.

¿A qué habéis venido? les preguntó con frialdad.

La mayor, Lucía, se quedó paralizada por la sorpresa.

¿Mamá, qué dices? exclamó.

¡Nada! Se acabó, queridas. Vendí todas las tierras y animales…

¿Cómo? ¿Y nosotras? las hijas no entendían nada.

La vida en Valdemora era monótona y sin sobresaltos. Así que cualquier acontecimiento, por pequeño que fuese, se convertía en el tema del mes.

Pero la llegada al pueblo de Inés, nieta de la antigua encargada de la tienda, agitó hasta las aguas más calmadas.

Se decía que hasta las mujeres más reservadas no resistían suspirar al verla.

¡Anda que Inés! comentaban las vecinas. ¡Más lista que el hambre! ¡Ahora que se mueran de envidia!

Y no era para menos: la hija de María Leonor, en un flamante todoterreno, paseaba por las calles polvorientas como si estuviera en la Gran Vía de Madrid.

Todo el pueblo se agolpaba para contemplar la escena como si fuese un desfile.

Las más mayores llegaban a secarse una lagrimilla con su pañuelo.

Parece un cuento, como el de la Cenicienta…

¡Por algo le pusimos ese apodo a Inés desde niña!

Ahora podía mirar con otra actitud a quienes la ridiculizaban tiempo atrás.

Al pasar, divisó al músico del pueblo, don Pablo, y le saludó desde la ventanilla.

¡Don Pablo, cuánto me alegro de verle! ¿Cómo anda de salud?

Bien, hija mía, bien. ¿Por qué no te pasas por el centro social a un ensayo?

¡Claro que voy!

El coche desapareció por la curva y la gente, más animada de lo habitual, fue regresando a sus casas. Pablo, satisfecho, murmuró:

Esta chiquilla sabe lo que quiere. ¡Ha llegado lejos! Ahora a ver si nuestros médicos logran tanto…

La vieja Jacinta preguntó:

¿Y qué tiene que ver eso?

Mujer, que hoy la envidia va a hacer estragos en la consulta. ¡Ya verás!

Jacinta negó con la mano, murmuró un “¡Válgame Dios!” y se marchó a toda prisa.

Pablo no lo tomaba a mal; sabía que lo suyo no era malicia.

Se sentó en el banco y, al recordar a Inés, no pudo contener un suspiro. Su historia le removía muchos recuerdos

El músico de Valdemora había sido clave en la vida de Inés, en todos los sentidos.

De niña, la pequeña quedó huérfana de madre y el padre había desaparecido tiempo antes. Entre los parientes, nadie quiso hacerse cargo de una niña huérfana, y pasó casi dos años en un orfanato.

Pero un buen día, algo se removió en el corazón de María Leonor, y decidió llevar a la nieta a casa.

En Valdemora vieron muy bien la decisión de la abuela. Aún trabajaba en la tienda, y su jefa la ponía siempre de ejemplo.

Ojalá todo el mundo hiciera como María Leonor.

Pero también había quien veía una intención interesada.

Le pagarán buena ayuda, seguro. Fijaos si hay, de verdad, una pizca de bondad en esa mujer ¡Y con el carácter que tiene!

No era sencillo discutirlo, pues la reputación de María Leonor como encargada de la tienda estaba salpicada de historias. A menudo engañaba con el peso o el cambio, pero nadie protestaba, porque en el pueblo no se lavan los trapos fuera de casa.

Además, se ganaba el aprecio solo de sus tres hijos: dos hijas y un hijo médico en la capital de la provincia.

Los tres visitaban cada poco a la madre para llenar el maletero de viandas, huevos, queso y fiambres. En eso, la tienda nunca escaseaba; su corral rebosaba de gallinas, patos y cerdos, los cabritos peleaban por su ración, y la huerta de dos hectáreas daba de todo.

Para una mujer, ya entrada en años, aquello era una locura, pero contratar a alguien salía caro, así que María Leonor recurrió a Inés.

Se lo contó a su amiga de la infancia, Zoila, durante una merienda.

Voy a traerme a Inés. No pinta nada en esos orfanatos, y la gente me critica por tenerla allí.

Zoila, dependienta de la tienda, siempre apoyaba las ideas de María Leonor, de quien dependía totalmente.

Haces bien, María. Y además, te ayudará en la casa.

No sé cómo apañarme cuando estoy en la tienda Así, mientras trabajo, que Inés cuide el corral.

¿Y el colegio? Que los críos ahora apenas tienen tiempo con tanto deber y actividades

Nada de actividades, la comida hay que ganársela.

La chiquilla, lejos de quejarse, aceptaba cualquier encargo feliz. Pronto, los vecinos comenzaron a llamarla Cenicienta.

Muchas vecinas le recriminaban a María Leonor:

¡Da pena ver a la pobre Inés! ¡Tan delgadita! ¿Y tú tan tranquila?

A lo que ella respondía, tajante:

¡Mirad vuestras casas! ¡Nadie le obliga a nada! Cuando acabe la escuela será veterinaria.

La abuela tenía toda la vida planeada para Inés. Quizá hubiese seguido todo así de no ser por la casualidad.

Un verano llegó al pueblo la nueva encargada del centro cultural, Marina, recién graduada del Conservatorio de Sevilla. Pronto recorrió las casas buscando quien supiera cantar o tocar. Don Pablo, cómo no, se ofreció:

Solo necesito un instrumento mejor, y montamos el grupo como en los viejos tiempos.

Al día siguiente, Marina le invitó a probar instrumentos.

Pruebe, don Pablo. No es gran cosa, pero funciona.

Y don Pablo comenzó a tocar una melodía que animó hasta la plaza. Formó coro con las chicas del pueblo, pero faltaba lo principal: una solista. Se lo contó a Marina.

Un grupo sin solista es un cocido sin garbanzos. ¿Dónde hallamos una voz joven?

Marina reflexionó y sonrió:

Sé exactamente a quién buscar. ¡Vamos! Y tráigase la guitarra.

En la escuela, el casting fue casi una revolución. Las chicas se ponían nerviosas ante la idea de cantar ante un jurado. A Inés le empujó su tutora.

Inés, no me líes, te he oído en misa: tienes buena voz.

Señorita Ana, no puedo. Debo irme a casa, la abuela me riñe.

No te preocupes, yo hablo con María Leonor. Imagina que te ha tocado la lotería.

La niña dudó, pero, venciendo la timidez, se decidió:

Vale, pero que sea rápido.

En un momento, Inés cantó todo su repertorio, canciones populares y actuales. Amaba la música; sus verdaderos oyentes hasta entonces habían sido las cabritas y los pájaros del campo.

Marina no pudo contenerse:

¡Es un diamante en bruto! Qué voz más limpia

Fue un éxito instantáneo. Tras hablar con los maestros, a María Leonor no le quedó más remedio que permitir a Inés dejar el corral y entregarse a la música.

La noticia no agradó a la abuela, que se lo confesó a Zoila:

¿Y ahora? ¿Voy a alimentar a Inés para que ande de concierto en concierto? Y el dinero, ¿de qué sirve?

Mujer, pero bien que cobras la ayuda por ella

¡Y qué! Vestirla y calzarla cuesta. Pensé que en verano me ayudaría, y por cantar no pagan nada.

Zoila, soñadora, dijo:

Tú ahora te enfadas, pero imagina que Inés triunfa y la ves en la tele. ¿A que te gustaría?

¿Y de qué me sirve esa fama? Yo necesito ayuda en casa, con mis hijas allá en Madrid

Tras aquella charla, la amistad se resquebrajó, y María perdió su único apoyo.

La carrera musical de Inés avanzó deprisa. Con el grupo, recorrió los pueblos de la comarca animando fiestas. Ganó el concurso provincial de folklore, y la fama no la cambió: seguía atenta y cariñosa con la abuela y, cuando esta enfermó, fue su única compañía noche y día.

En esos días, ninguna hija fue a verla. Solo aparecieron con la Semana Santa, a buscar el jamón y los dulces de siempre.

María Leonor las recibió con frialdad.

¿A qué habéis venido?

¿Mamá, por qué hablas así? preguntó Lucía.

Nada, chicas. Lo he vendido todo. Todo el ganado, la finca, todo.

¿Y nosotras? dijeron sin dar crédito.

Id al supermercado, como todo el mundo. Ya no tengo salud para mantenerlo.

¿Y Inés?

María no pudo más.

Inés ni es criada ni tiene que hacer el trabajo por vosotras. Cuando caí enferma, no vinisteis. Ahora solo llegáis cuando hay algo que coger. ¡Eso se acabó! Yo también quiero una vejez en paz.

¿Y Inés? Que estudie y disfrute. Tal vez sea artista de verdad.

Las hermanas se marcharon de vacío. María Leonor fue a casa de Zoila.

Gracias, amiga, por abrirme los ojos. Por poco arruino la vida de mi nieta. Ahora ayúdame a vender lo que queda de carne.

¿Qué carne, María?

Toda. Menos la cabra, que la guardo para mí.

Bien hecho. ¿Y tus hijas?

Nada. Dales por perdidas. Solo saben pedir, y yo me cansé.

Muchos años Inés no regresó a Valdemora, pero nunca dejó de llamar a su abuela ni de enviarle dinero. Entre giras y clases, apenas tenía tiempo libre, pero hizo lo posible por pasar una semana en su pueblo.

En el asiento trasero, su hijo Martín despertó.

Mamá, ¿falta mucho para ver a la abuela?

No, cariño, ¡ya hemos llegado! Mira, ahí sale la abuela.

A pesar de los años, María Leonor seguía ágil. Tomó en brazos a su bisnieto y lo llenó de besos.

¡Mi sol, mi vida! No veía el día de teneros aquí.

A Inés la abrazó con prudencia, para no despeinarla.

Vi tu concierto en la tele, y te juro que eras la más hermosa.

Inés sonrió, abrazándola.

Eso dices porque eres la yaya, apenas sé cantar.

No te quites mérito. Eres una artista.

Si no fuera por ti y don Pablo, seguiría siendo “Cenicienta”.

En los cuentos, la hada madrina lo hace todo, pero tú te has forjado el destino con tus propias manos.

Inés, sin darse cuenta, escondió sus manos, antes ásperas por el trabajo. María lo notó y la abrazó fuerte.

Llorando, la abuela la pidió perdón; pero Inés ya había perdonado todo hacía mucho.

Porque en la vida, cuidar y amar a los nuestros siempre trae más dicha que cualquier otra riqueza. Hay que saber dejar que quienes amamos puedan volar libres, aunque eso implique soltar lo que creíamos imprescindible. Y a veces, el verdadero amor se mide en gestos de generosidad y en abrir los ojos a tiempo.

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