¿¡Y tú quién eres para decirme nada!? Milagros Jiménez lanzó la bayeta directamente a la cara de su nuera. ¡Vives en mi casa y comes de mi comida!
Clara se limpió la mejilla y apretó los puños. Llevaba tres meses casada y cada día era como estar en plena batalla, pero en una casa vieja, con los pasillos llenos de eco y relojes que a veces iban hacia atrás.
Friego el suelo, cocino, pongo la lavadora ¿Qué más quieres?
¡Lo que quiero es que cierres la boca, recogida! ¡Vienes aquí con una hija de otro a molestar!
La pequeña Lucía miraba asustada desde la puerta del pasillo. Cuatro años tenía la niña, pero ya entendía que la abuela era como un gato negro: no traía nada bueno.
¡Madre, basta! Enrique volvió del trabajo, oliendo a campo y aceite, la camisa manchada de tierra.¿Otra vez igual?
Pues sí. ¡Tu mujercita me contesta! Le digo que la sopa está salada y salta como un perro sarnoso.
La sopa está bien dijo Clara, agotada. Sólo buscas excusas para discutir.
¿Lo oyes? Milagros señaló a su nuera con el dedo torcido.¡Dice que soy yo la que molesta, en mi propia casa!
Enrique se acercó a su mujer y la abrazó por los hombros.
Madre, por favor, déjalo ya. Clara no ha parado en todo el día. No haces más que enfadarte.
¡Así que ahora también en mi contra, Enrique! Mira que te he criado y mira cómo lo pagas.
La vieja desapareció como una ráfaga de viento seco, portazo mediante. En la cocina, el aire se volvió denso, como si alguien hubiera cocido un guiso de silencio.
Perdona Enrique acarició el pelo de Clara. Desde que se le ha secado la paciencia, no hay quien aguante.
Quizá deberíamos buscar, no sé una habitación al menos.
¿Con qué dinero? Soy jornalero de máquinas, no director de banco. Apenas nos da para comer.
Clara se dejó caer sobre su marido. Era buen hombre: trabajador, noble. Sólo tenía una madre que parecía un sueño recurrente del que no podía despertarse.
Se conocieron en la feria del pueblo, entre el griterío de las casetas. Ella vendía bufandas de lana, él compraba calcetines y de palabra en palabra, le confesó que aquello de la hija no le era problema: a él le gustaban los niños.
Boda humilde, sin bombos. Desde el primer día, Milagros la miró mal. Clara era joven, formada contable de profesión, y el hijo, simple labrador mecánico.
Ven a cenar, abuela Lucía agarró la falda de la vieja.
Ahora, mi vida.
En la mesa, Milagros apartó el plato con un movimiento teatral.
Esto no hay quien lo coma. Lo mismo da dárselo a los cerdos.
¡Madre! Enrique golpeó la mesa.¡Ya basta!
¿Basta de qué? Digo la verdad. ¡Ojalá fueras como tu hermana, Rosario! ¡Qué buena ama de casa! ¡Y tú!
Rosario era la hija de Milagros. Vivía en Madrid y aparecía una vez al año, pero el caserón estaba a su nombre aunque apenas viniera.
Si no te gusta mi comida, cocina tú dijo Clara, tranquila.
¡Tú! ¡Cómo te atreves! la suegra se levantó de golpe. ¡Pero verás!
¡Hasta aquí! Enrique se interpuso. O te calmas o nos vamos. Ahora.
¿A dónde iréis? ¿A la calle? ¿Y la casa? No es tuya, Enrique.
Gran verdad. La casa era de Rosario. Ellos estaban allí de prestado, como en un sueño en el que te cuelas por una puerta equivocada y no puedes irte.
***
Una carga preciada
Esa noche Clara no podía dormir. Enrique la rodeaba, susurrando:
Espera un poco más, cariño. Compraré un tractor, montaré mi negocio. Tendremos casa nuestra.
Enrique, eso cuesta una fortuna…
Pillaré uno viejo. Lo arreglo. Tú sólo cree en mí.
Al amanecer, Clara despertó descompuesta. Corrió al baño, mareada e incrédula. ¿Es posible?
Dos rayitas en el test.
¡Enrique! ¡Mira! irrumpió en la habitación.
El hombre se frotó los ojos y, al ver el resultado, la cogió y la giró como en una danza de locos.
¡Clara, amor, vamos a ser padres!
Shh, baja la voz Tu madre…
Demasiado tarde. Milagros apareció en la puerta, como un cuervo.
¿Qué pasa aquí?
¡Vamos a tener un bebé! Enrique sonreía.
La suegra frunció la boca:
¿Y dónde pretendéis meterlo? Aquí no cabe ni un alfiler. Cuando Rosario venga, os echarán.
No nos echará Enrique torció el gesto.¡También es mi casa!
No, es de Rosario, ¿recuerdas? Yo la puse a su nombre. Tú eres un invitado aquí.
En ese instante la alegría se evaporó. Clara se dejó caer sobre la cama, el ánimo hecho arena.
Un mes después ocurrió la desgracia. Clara quiso acarrear un cubo de agua no había grifo en la casa. Un dolor agudo, sangre…
¡Enrique! gritó, y el pasillo se volvió largo y retorcido.
Pérdida. En el hospital le dijeron que había sido por el estrés, que necesitaba tranquilidad.
Pero, ¿qué es eso en una casa con suegra monstruosa?
Clara tumbada en la cama blanca, mirando el techo con estrellas falsas. Sintió que ya no podía, que no quería.
Me voy a ir susurró al teléfono a su amiga Laura.No aguanto, Laura.
Pero Enrique… Él sí es bueno.
Sí, pero su madre… Me mata.
Enrique llegó apurado, manchado de trabajo, con un ramo de margaritas secas.
Perdóname, mi vida. No he sabido protegerte.
No puedo más, Enrique.
Lo sé. Pediré un préstamo. Buscaremos piso.
No te lo darán, cobras poco.
Me lo darán. Tengo otro trabajo: de noche ordeñando vacas, de día con la maquinaria.
¡Te vas a dejar la salud!
No importa. Por ti muevo montañas.
Una semana después Clara volvió a casa. Milagros soltó al verla:
Ya decía yo, no has aguantado. Eres floja.
Clara no contestó. Sus lágrimas no valían esa lengua venenosa.
Enrique trabajaba el doble. De madrugada en el campo, de noche en la granja. Dormía tres horas y soñaba con gallinas que le picoteaban el reloj.
Buscaré trabajo dijo Clara. En la oficina buscan contable.
Eso pagan miseria…
Miseria y miseria, algo haremos.
Y lo hizo. Cada mañana, Lucía al colegio y ella al trabajo de papel y café frío. Por las noches, cenaba con Enrique y soportaba los dardos de Milagros, aprendiéndose a ser sorda.
***
Un rincón propio, una vida nueva
Enrique ahorró hasta los céntimos para comprar un tractor viejo, destartalado. El dueño casi lo regalaba.
Pide el crédito, insistió Clara. Lo arreglas y sacamos algo.
¿Y si no funciona?
Funcionará. Tus manos son oro.
Y el banco accedió. Compraron el trasto. En el corral, parecía una montaña de hierro oxidado.
¡Menudo negocio! se reía Milagros, voz aguda.¡Eso va directo al vertedero!
Enrique, sin decir una palabra, empezó a destripar el motor. Noches enteras, Clara a su lado con la linterna y las herramientas, mientras afuera llovían piedras y flores.
Vete a dormir…
Empezamos juntos, acabamos juntos.
Pasó un mes. Luego otro. Los vecinos se carcajeaban: el tonto del tractor, decían.
Hasta que una mañana el tractor ronroneó. Enrique no se lo creía. Montó y retumbó por el patio como un elefante jubiloso.
¡Clara, arranca! ¡Funciona!
Ella salió, le abrazó dulcemente.
Siempre lo supe.
Primer encargo: arar las tierras de un vecino. Luego traer leña al pueblo. Después, más encargos. Por fin, euros entrando en la cuenta.
Otra vez nauseas. Prueba de embarazo.
Enrique, voy a tener otro hijo.
Pero nada de esfuerzos, ¿me oyes? Aquí mando yo: descanso.
La protegía como si fuera cristal. Milagros, por supuesto, resoplaba:
Tan delicada. Yo parí tres y aquí estoy. ¡Esta no aguanta ni un suspiro!
Pero Enrique no cedía: ni un cubo, ni una escoba, ni una gota de sudor para Clara.
Al séptimo mes llegó Rosario, la hermana, con marido y planes de ciudad.
Madre, vendemos la casa. Han hecho una oferta muy buena. Tú vienes con nosotros.
¿Y estos? Milagros miró a Enrique y Clara.
¿Estos? Pues que se busquen algo.
Rosario, ¡he nacido aquí! clamó Enrique¡También es mi hogar!
Pero el papel está a mi nombre. Lo sabes.
¿Cuándo hay que irse? preguntó Clara, helada.
En un mes.
Enrique ardía de rabia, pero Clara le susurró: calma.
Esa noche, abrazados en la penumbra de la cocina envejecida:
¿Y ahora qué? Pronto nacerá el niño.
Encontraremos algo. Lo importante es estar juntos.
Enrique trabajaba como poseso. El tractor rugía de sol a luna. En una semana ganó lo que antes no juntaba en un mes.
Entonces, casualidad o destino en forma de retintín de campanas, les llamó Antonio, vecino de un pueblo lejano:
Enrique, vendo mi casa. Antigua pero está fuerte. Barata. ¿La ves?
Fueron a verla. Tres habitaciones, cocina de leña, un patio lleno de luz dorada.
¿Cuánto pides?
Antonio dijo el precio. Tenían la mitad.
¿Y si te lo pago en dos partes? propuso Enrique. Una ahora, otra en seis meses.
Hecho. Siempre fuiste hombre de palabra.
Volvieron flotando a casa. Milagros les recibió en la puerta:
¿Dónde andabais? Rosario trae los papeles.
Genial dijo Clara tranquila. Nos mudamos.
¿A la calle, o qué?
A nuestro hogar. Lo hemos comprado.
La suegra ni respiró. No lo esperaba.
Estáis mintiendo. ¿De dónde habéis sacado el dinero?
Trabajando Enrique abrazó a Clara. Mientras tú hablabas, nosotros currábamos.
La mudanza no fue difícil: pocas cosas se pueden decir propias en una casa ajena.
Lucía correteaba por el pasillo nuevo, el perrito ladraba afónico.
¿De verdad es nuestra casa, mamá?
Sí, hija. Es nuestro pequeño reino.
Milagros apareció al día siguiente, con voz de cartón.
Enrique, lo he pensado ¿Me lleváis con vosotros? El aire de la ciudad no me sienta bien.
No, madre. Ya elegiste. Vive con Rosario.
Pero soy tu madre
Una madre no llama ajena a una nieta. Adiós.
Cerró la puerta. Era pesado el gesto, pero justo.
Mateo nació en marzo, fuerte y sano. Lloraba alto, sin miedo. La comadrona reía:
¡Igualito que el padre!
Enrique le sostuvo, temblando.
Gracias, Clara, por no rendirte, por creer en mí.
A ti te lo agradezco yo. Siempre firme, siempre juntos.
Poco a poco llenaron la casa de vida. Plantaron tomates, criaron gallinas. El tractor trabajaba y la mesa olía a pan y leche tibia. Por las tardes, sentados en la puerta, Lucía jugaba con el perro y Mateo dormía acunado por la brisa.
¿Sabes? dijo Clara. Ahora sí soy feliz.
Y yo.
Hubo un tiempo que pensé que no podría más.
Supiste aguantar. Fuerte como el hierro.
Fuimos fuertes juntos.
El sol caía tras la loma y la casa era refugio, promesa, felicidad.
Un lugar donde nadie humilla, nadie echa ni llama extraño.
Donde se puede vivir, amar y criar hijos.
Donde se puede ser feliz.
***
Queridos lectores, cada familia tiene sus pruebas y a veces parecen imposibles de superar. Esta historia de Clara y Enrique es como un espejo donde ver nuestras propias luchas y la fuerza que nos rescata.
Así navegamos por la vida: de las penas a la alegría, y otra vez a lo desconocido, hasta que la suerte nos sonríe.
¿Y vosotros? ¿Creéis que Enrique hizo bien esperando tanto o habría sido mejor cortar el nudo del pasado y volar antes? ¿Qué es para ti un verdadero hogar: las paredes o el calor en el corazón?
Compartid vuestros pensamientos. La vida es una escuela y cada lección, aunque suene absurda como un sueño, siempre enseña.







