Ángel peludo
Hoy escribo desde mi piso en Madrid después de una experiencia que, aunque me sigue removiendo por dentro, ha cambiado para siempre mi relación con el miedo y la compañía inesperada. Todo comenzó hace unas semanas, una tarde de otoño cuando volvía de la agencia de publicidad donde llevo ya años como jefe de equipo.
En la Gran Vía, cuando apenas quedaba luz, me encontré de frente con un perro gigantesco sentado con mucha dignidad en el mismo centro de la acera. No le quitaba ojo. Me detuve, tragando el nudo de tensión.
Buen chico, buen chico murmuré casi sin voz, intentando no preocuparle, ni moverme bruscamente.
Era imponente: el cuerpo fornido bajo un pelaje marrón, largo y tan enmarañado por zonas que apenas se le adivinaban las patas. Sus ojos, negros y sabios, me examinaban atento, mientras sus orejas se agitaban cada vez que alguien pasaba de lejos o un coche arrancaba. El caso es que el temor me pesaba en las piernas; el horror a los perros se me había atragantado desde niño.
Mi mente viajó a San Lorenzo de El Escorial, donde tenía abuela. Fue allí, con cuatro años, una tarde de verano entre olivos y hortalizas, cuando una perra mastina del vecino, defendiendo a su cachorro que yo acunaba en brazos, se interpuso sin avisar y me bloqueó el paso, enseñando todos sus colmillos. No llegó a atacarme, pero aquel gruñido bajo, ese temblor, me calaron hasta el tuétano. Fue un miedo limpio, de los que anidan y crecen contigo.
Por eso, al verme de nuevo ante un animal enorme, mi instinto evitaba la confrontación; preferí rodear a prudente distancia, sin perderle de vista. Avancé hacia el portal, girando la cabeza cada poco. El perro se puso en movimiento, escoltándome desde varios metros atrás. No corría ni ladraba; simplemente, me seguía.
Qué listo eres musité una vez, sin poder contener el pensamiento, tan discreto, pero aquí, sin molestar.
No le encontraba explicación. ¿Y su dueño? ¿O me había adoptado él? Entre pregunta y pregunta, apuré el paso y subí las escaleras al cuarto, metiendo el llavero digital en la portilla. Ya seguro al otro lado, me asomé por la ventana: ahí seguía, sentado en la acera, observando la entrada como quien protege a un ser querido. Sólo cuando vio que desaparecía tras el cristal, se giró y se marchó despacio, columpiando la cola.
Así empezaron nuestras extrañas rutinas. Cada tarde, aquel ángel peludo como pronto bauticé para mí aguardaba a la vuelta de mi jornada; me acompañaba hasta casa poniendo siempre una frontera respetuosa de dos o tres metros entre nosotros. Día tras día, fui notando que la distancia se acortaba, hasta que un domingo caminó casi a mi lado.
El miedo, aunque todavía palpitante, empezó a mudar.
Había algo grave pero noble en el andar de ese perro, algo en sus orejas por fin relajadas, en su mirada profunda, que ya no pretendía asustar. Empecé a llamarle Galán el nombre, confieso, lo solté sin pensar un día en voz alta y me sorprendió verlo girar la cabeza, atento y casi complacido. Como si aceptara que ahora lo llamaría así.
Trabajando en la agencia, los días son un torbellino: reuniones, clientes quisquillosos, campañas, cambios, correos y más correos. Yo soñaba cada tarde con la paz: fuera los tacones, una taza de rooibos y silencio en mi salón. Pero con Galán, el paseo diario se convirtió en un raro placer. Me calmaba sólo su presencia recia y discreta. Jamás ladraba, nunca intentó jugar ni ponerme la pata; simplemente marchaba conmigo, guardando silencio, como quien entiende la importancia de acompañar sin invadir.
A veces ralentizaba el paso, permitiendo que él se pusiera codo a codo conmigo. Llegó un día en que me sorprendí mirándole de reojo y descubriendo que no sólo no sentía miedo, sino cierta tranquilidad, una seguridad hasta entonces desconocida.
Una tarde de septiembre, después de más horas en la oficina de las que era capaz de soportar, salí más tarde de lo habitual. Anduve mi ruta entre los adoquines del barrio de Chamberí y sentí que algo no estaba bien. No vi a Galán esperando en el cruce, ni apareció tras los setos del bulevar, como solía hacer.
Aquella ausencia me pesó: mi trayecto se hizo largo y extraño, la ciudad mucho más fría. Me invadieron pensamientos inquietos: ¿habría enfermado? ¿Lo habrían recogido ya sus dueños? La mente se me inundó de preocupaciones.
Las farolas tardaban en encenderse y las sombras crecían dentro de mí. Me di cuenta, recorriendo las calles medio solas, de cómo me había acostumbrado a su compañía, hasta el punto de echarla en falta como a un amigo perdido.
Ya cerca del cruce de Santa Engracia, un tipo salió al paso desde un soportal oscuro.
Hola, guapa, ¿nos conocemos? dijo con ese tono entre arrogante y socarrón, el que usan algunos en las malas películas.
No contesté; apreté el bolso contra el costado y aceleré los pasos.
¿Adónde corres tan deprisa? ¿Te asusto?
Le oía detrás. Sentí la mano en mi antebrazo, dura y crispada, cerrando el paso.
Tranquila, solo quiero hablar un rato. Aceleró la broma, acercando la cara y, de refilón, vi el brillo de una navaja bajo la farola.
El corazón me latía dolorosamente en el pecho. Quería gritar, pero la garganta se me cerraba. Me repetía que era cuestión de segundos, de no cometer un error, de rezar porque no perdiera el control.
Entonces, de repente, un bramido cortó en seco la noche: el ladrido grave de Galán. Como un trueno. El tipo soltó mi brazo y, en un pestañeo, el perro se lanzó sobre él y le atrapó la muñeca con precisión feroz. Las llaves y la navaja cayeron al suelo, la hoja saltó al borde de unos setos.
¡Suéltame, maldito chucho! aullaba él, retorciéndose sin éxito.
Déjale, Galán, vigílale. Llamo ahora mismo a la policía pude decir, aunque la voz me temblaba.
El perro lo soltó, pero se mantuvo ahí, entre él y cualquier posible escapatoria, mostrando los colmillos ante cada gesto sospechoso. Los agentes no tardaron mucho en llegar. Se hicieron con el agresor y, solo entonces, Galán se relajó lo suficiente para acercarse a mí, pues yo ya estaba al borde de las lágrimas, sentando en la acera, los codos en las rodillas.
Apoyó la cabeza sobre mis piernas y suspiró hondo. Le acaricié detrás de las orejas, agradecido, sintiendo el calor de su lealtad más allá de toda lógica. Me aferré a ese animal que un día tanto miedo me causó y le susurré al oído: Gracias, de verdad, gracias por estar.
Nada fue igual desde ese instante. No podía imaginar a Galán vagando otra vez solo por las calles de Madrid, así que lo llevé a casa. Bajé al chino de la esquina y le compré una cama blanda, su primer collar, el comedero, hasta un peluche. Al principio olisqueó todo como si entrara en una cueva extraña; yo le hablé despacio y le di su tiempo.
A los pocos días, Galán se encontró cómodo, primero junto a la puerta, luego en el rincón de la terraza, desde donde se asomaba cada mañana al trajín de la calle. No se separaba de mi lado y cada tarde, al volver, le notaba atento tras la puerta. Empezamos a pasear juntos por el parque de Santander: yo descubría la ciudad que siempre me había dado un poco de miedo, y él me enseñó, sin palabras, a dejarlo atrás.
Volvió a ponerse malo una mañana. No quiso moverse del colchón ni probar bocado. Llamé a la clínica del barrio de Chamberí y vino el veterinario enseguida.
Ha cogido algo en mal estado, nada grave, solo necesita unos días de cura y dieta especial me dijo mientras inyectaba calmante al animal.
Seguí todas las pautas: comida templada, el antibiótico escondido en queso manchego, agua fresca, muchos mimos. Me miraba con esos ojos vivísimos, como diciendo me fío de ti, y eso me bastaba.
Galán se recuperó pronto. Volvió a moverse con energía, a vigilarme desde la ventana y a tumbarse cerca del sofá mientras yo trabajaba en casa. Cada domingo, dejábamos vagar la mañana en el parque, él correteando, yo con el periódico y un café. El resto de la semana, le enseñé algunos trucos sencillos. Aprendió sienta, ven y quieto en unas pocas tardes, como si hubiera esperado toda la vida a que le hablasen claro. Me sentía orgulloso de mi amigo.
A veces me preguntaba si su dueño anterior reclamaria algún día al perro. La respuesta me llegó una noche, cuando vi a un hombre alto, de barba oscura, esperando fuera del portal. Me interceptó con educación:
Perdona, ¿eres tú quien cuida de Galán? Me llamo Ignacio, era su dueño. Lo confié a un vecino porque me trasladaron por trabajo, y cuando volví, ya no lo tenía. No logré encontrarlo hasta hoy.
Supe de inmediato que era sincero. Pero antes de que pudiera decir nada, me aseguró:
Veo que está feliz contigo. Si quieres, déjale quedarse. Solo quería asegurarme de que está bien cuidado.
Ignacio se marchó y yo supe que Galán, al fin, tenía un hogar estable y seguro. Y yo, confesado por fin, sentí que también lo tenía.
Hoy, mientras le veo dormir a mis pies, entiendo lo que me ha enseñado este ángel peludo: a veces el mayor miedo es sólo el primer paso hacia una libertad mayor. Porque no hay mejor compañía que la de quien, en silencio, te enseña a confiar otra vez.







