El crujido de la rama seca bajo su pie, Iván apenas lo notó. De repente, el mundo entero giró y se mezcló como un caleidoscopio de colores ante sus ojos, y en un segundo se transformó en millones de chispas luminosas que vinieron a clavarse justo encima de su codo izquierdo.
¡Ay…! Iván se llevó la mano a la zona dolorida y enseguida soltó un alarido.
¡Iván! su amiga Lucía corrió hacia él y cayó de rodillas a su lado. ¿Te duele?
¡No, hombre, me encanta! gimió él, haciendo una mueca de dolor.
Lucía extendió con cuidado la mano y tocó el hombro de Iván con suma delicadeza.
¡Déjalo ya! saltó Iván de repente, fulminándola con la mirada. ¡Me duele, no me toques!
Iván se sintió doblemente frustrado. Primero, porque seguramente se había roto el brazo y el próximo mes lo pasaría aguantando las bromas de sus amigos por ir con escayola. Y segundo, porque había sido él el que se subió al árbol, queriendo impresionar a Lucía y demostrarle lo valiente y hábil que era. Si la primera razón podía sobrellevarla, la segunda le revolvía el estómago. Se había lucido como un tonto delante de ella, y encima ahora ella le daba lástima. ¡Ni hablar! Se levantó, sujetando el brazo flojo, y se dirigió decidido hacia el centro de salud.
No te preocupes, Iván, ¡de verdad! Lucía trotaba a su lado, intentando animar a su amigo. Todo va a salir bien, Iván, de verdad.
¡Déjame en paz! se paró, la miró con desprecio y escupió al suelo. ¿Qué va a estar bien? ¿No ves que me he roto el brazo? ¿No lo entiendes? ¡Vete a tu casa, ya me hartas!
Sin girarse, siguió andando por la acera, dejando a Lucía con los ojos abiertos de par en par, murmurando siempre lo mismo:
Todo saldrá bien, Iván… todo saldrá bien…
***
Don Iván García, si no recibimos la transferencia de fondos en las próximas veinticuatro horas, nos veremos obligados a actuar en consecuencia. Por cierto, han anunciado heladas para mañana en las carreteras; tenga cuidado, no vaya a ser que el coche resbale y ya sabe usted que estos accidentes, bueno, nunca se sabe cuándo pueden pasar. Le deseo un buen día.
La voz del teléfono se apagó y quedó un silencio denso. Iván soltó el móvil y, agarrándose la cabeza, se dejó caer hacia atrás en la silla.
¿Y de dónde saco yo ese dinero? Ese pago estaba previsto para el mes que viene…
Suspirando con resignación, volvió a marcar un número y se lo llevó a la oreja.
Señora María Dolores, ¿podemos hoy hacer la transferencia a la empresa del grupo por el equipamiento que recibimos?
Pero… Don Iván…
¿Se puede o no se puede?
Sí, pero entonces los pagos de este mes…
¡Que les den! Ya lo solucionaremos luego. Haz el ingreso hoy.
De acuerdo, pero después tendremos problemas con…
Iván cortó la llamada, enfurecido, y golpeó con el puño el reposabrazos de la silla.
Malditos buitres…
Algo suave e inesperado tocó su hombro. Dio un respingo en la silla, asustado.
¡Sofía, te dije que no me interrumpieras cuando estoy trabajando! ¿A que sí?
Su esposa Sofía se acercó por detrás y le acarició el pelo, besándole suavemente la oreja.
Iván, no te pongas así, cariño, de verdad, todo va a salir bien.
¡Ya está bien con el todo va a salir bien! ¿No entiendes que me están amenazando y que puede que mañana me pase algo malo? ¿Te vas a quedar tranquila si me pasa algo?
Se levantó de golpe y apartó a Sofía de un empujón.
¿Qué haces aquí? ¿Preparando gazpacho? Pues vete a la cocina. ¡No me pongas más nervioso!
Sofía suspiró y salió del despacho. Antes de marcharse se giró y, desde la puerta, susurró una vez más aquellas palabras.
***
¿Sabes…? Ahora, tumbado aquí, recuerdo toda nuestra vida juntos…
El anciano abrió lentamente los ojos y miró con ternura a su envejecida esposa. Aquella mujer, que había sido tan bella, tenía ahora el rostro surcado de arrugas y la postura caída. Sin soltar su mano, le arregló el goteo del suero y le sonrió en silencio.
Cuando tenía algún lío, cuando estaba al borde del abismo, cuando me sucedían las peores desgracias… siempre venías tú y repetías la misma frase de siempre. Y no sabes lo que me irritaba eso. Hubiera querido estrangularte por tanta ingenuidad El anciano esbozó una sonrisa, pero se le encogió el pecho en un largo acceso de tos. Cuando pasó, continuó: Me he roto huesos, me han amenazado de muerte, he perdido todo, he caído en pozos de los que pocos salen, y tú toda la vida igual: Todo va a salir bien. Y nunca me mentiste, lo increíble es eso. ¿Cómo podías saberlo?
Yo no sabía nada, Iván suspiró la anciana. ¿Crees que te hablaba a ti? Era yo la que se lo repetía para no caerme a pedazos. Toda mi vida te he querido como una loca. Eres mi vida. Cuando te pasaba algo malo, sentía que el alma se me desgarraba. He llorado mares de lágrimas, he pasado noches enteras en vela y siempre pensaba: Aunque caigan piedras del cielo, mientras siga vivo, todo irá bien.
El anciano cerró los ojos un momento y apretó con todas sus fuerzas la mano de ella. Las palabras le salían con esfuerzo.
Así que era eso Y yo, encima, enfadado contigo. Perdóname, Sofía. Fíjate, he vivido toda la vida contigo y nunca pensé en cómo te sentías. Qué necio he sido…
Sofía se enjugó discretamente una lágrima y se inclinó sobre su marido.
Iván, no te preocupes…
Se quedó en silencio unos instantes, observando sus ojos. Luego apoyó suavemente la cabeza sobre el pecho inmóvil de él, acariciando con cariño su mano que ya se enfriaba.
Todo FUE bien, Ivá, todo FUE bien…
***
A veces, solo al final comprendemos que la verdadera fortuna no está en los logros ni en el orgullo, sino en el amor sencillo y paciente de quien ha estado siempre ahí, creyendo y esperando con nosotros.







