La amante de mi marido Mila estaba sentada en el coche, mirando la pantalla del navegador. Todo correcto: había llegado a la dirección indicada. Ahora solo le quedaba armarse de valor y hacer lo que había planeado. Suspiró hondo, salió decidida de detrás del volante y caminó unos cincuenta metros hasta detenerse ante la entrada de una pequeña cafetería. “Paraíso del Café” —decía el letrero. “Vaya nombre…” —pensó Mila con ironía. Tenía que entrar ahí, pero de repente su fuerza de voluntad la abandonó. ¿Y si daba media vuelta, subía al coche y se marchaba lo más lejos posible? No, Mila no era de esas. No había venido hasta aquí para nada. Tiró del pomo e, inspirando, cruzó la puerta. En breve vería a ELLA: la amante de su marido y rompehogares. ¿Qué sabía de ese mujer? En realidad, poco. La pérfida rival era apodada “Gatito”, aunque, por supuesto, así solo la llamaba su marido, y trabajaba de camarera allí. Mila eligió una mesa junto a la ventana y esperó a que alguien se acercara para tomar nota. Enseguida apareció la camarera. ¡Era sin duda ella! Mila la reconoció: la había visto una vez en foto. Y estaba yendo justo hacia su mesa. Esos segundos le parecieron una eternidad. Le pasaron por la cabeza tantos pensamientos que servirían para un novelón entero. —Buenos días —saludó la camarera, y Mila se fijó en su placa—. “Catalina”. Así que ese es su verdadero nombre. —Vaya, de imaginación tu marido anda escaso, llamando a Catalina “Gatito” —pensó Mila, mientras la joven, sin sospechar nada, continuó—: Si desea ver la carta, avíseme cuando esté lista para pedir. Mila le devolvió la sonrisa más radiante que pudo, mientras analizaba a su rival con la vista de entomóloga. ¿Cómo había acabado así, cara a cara con la amante de su esposo? Es una larga historia; pero, vayamos por partes. Llevaba ya diez años casada y, al menos hasta ahora, se consideraba feliz. Tienen una hija de ocho años, Eva, la niñita de papá —al menos, así lo ve Mila— y sabe bien, como psicóloga, lo importante que es el cariño del padre para una hija. En casa siempre hablan las cosas antes de que sean problemas; nunca han tenido broncas ni enfados graves. Son una familia española de lo más común: piso con hipoteca, coche y un chalet pequeño en la sierra. Y entonces, ¡zas!, la amante aparece como un trueno. Fue por casualidad. Hace unos días, mientras su marido se duchaba, él le gritó para que cogiera el móvil, pensando que era su suegro al teléfono. Al mirar la pantalla, Mila vio otra cosa: una videollamada en WhatsApp, un contacto llamado “Gatito” y la foto de una joven desconocida abrazando a su marido. Más tarde, recibió otro mensaje: “Alex, el lunes trabajo 2/2. Pásate por ‘Paraíso del Café’ al salir; quiero invitarte a nuestro café. Te quiero…”. Mila sintió que el móvil era una víbora. Todo estaba claro: la foto, la llamada, el mensaje. ¿Desde cuándo pasaba esto? ¿Qué hacer ahora con la evidencia? Esa noche, puso una excusa para salir y fue a sentarse en un banco de un parque cercano. Repasó toda su vida de pareja; no se explicaba cuándo empezó la grieta. Pero no era de las que hacen la vista gorda o montan numerito. Necesitaba verlo con sus propios ojos. Los siguientes días, Mila fue un manojo de nervios. Finalmente, decidió ir a la cafetería a enfrentarse a la “amante”. *** —Pondré un café con leche y un pastel, ¿qué me recomienda? —Nuestro “sobao” está muy bien. —Vale, uno de esos. Cuando se lo sirvió la “amante de su marido”, Mila apenas pudo probarlo. Todo le parecía insípido. Había pocos clientes. Eligió ese momento para tener una charla con la camarera: —Casi no he probado el postre… No es por el pastel. Es que no tengo apetito, pienso en muchas cosas. —¿Quiere que le traiga otra cosa? —No, gracias. Pero… ¿Qué haría usted en mi lugar? ¿Terminaría el postre o pediría el divorcio? —La miró fijamente. Catalina parecía desconcertada, pero Mila siguió. —¿Lleva mucho trabajando aquí? ¿Es estudiante? ¿De qué? —Sí… Estudio una carrera creativa, en la Universidad de Cultura. Mila dejó de interrogarla. ¿De verdad había valido la pena ir allí? Pidió la cuenta y dejó una propina generosa antes de marcharse. *** Algo decidió esa tarde: celebraría el décimo aniversario de bodas, como habían planeado. Eva tenía mucha ilusión. Ya hablaría con Alex después. Durante la celebración familiar, justo cuando traían el pastel, Mila no daba crédito al ver quién lo traía: ¡Era Catalina! Su marido le sonrió con complicidad. —Feliz aniversario, cariño. Este pastel es para ti. Tras el brindis, Alex reveló el secreto: —Ya os conocéis, imagino. Todo ha sido una broma. Contraté una agencia que organiza celebraciones diferentes, con actores y todo. En nuestro caso, mi supuesta “infidelidad”. Lo has afrontado con mucha entereza y sabiduría, de verdad, chapó… Mila temblaba de indignación. Gritó a Alex: —¡¿Esto te parece apropiado?! ¡¿Esto es tu idea de celebrar un aniversario?! Aprovechando la situación, cogió el plato de pastel y se lo plantó en toda la cara a su marido. —Toma, ¡aquí tienes toda la “chispa” que te faltaba! Alex, con la cara cubierta de crema, se quedó pasmado. —¿Pero tú estás loca? —No, simplemente animando la relación como tú querías… Y salió del local dando la mano a Eva. —¿Nos vamos a separar, mamá? —preguntó la pequeña. —No lo sé todavía, cariño. Ya veremos. Vamos juntas, ¿vale? Y así, madre e hija se alejaron por la calle, bajo la luz caída del atardecer.

Life Lessons

La amante de mi marido

Marina se encuentra sentada en el coche, observando la pantalla del navegador. Todo está correcto, ha llegado a la dirección que buscaba. Solo le queda reunir fuerzas y hacer lo que ha venido a hacer. Inhala profundamente y sale con determinación del coche. Camina unos cincuenta metros y se detiene ante la entrada de una pequeña cafetería. El Paraíso del Café, reza el letrero. Vaya nombre… paradisíaco, desde luego, reflexiona Marina con amarga ironía. Tiene que entrar, pero de repente la flaquea la voluntad. ¿Y si lo deja estar, vuelve al coche y se marcha a toda prisa? No. Marina jamás haría algo así. Ella ha llegado hasta aquí con un propósito.

Tira del pomo y, abriendo la puerta, entra al local. Ahora verá a ELLA: la amante de su marido, la que ha roto la paz de su hogar. ¿Qué sabe de esa mujer? Realmente, no mucho. El marido la llama Gatitaasí, con esa ternura empalagosay trabaja ahí como camarera. Marina elige una mesa junto a la ventana y espera a que vengan a tomarle nota. Ahí viene la camarera. ¡Sin duda es ella! La reconoce de la foto que vio de pasada. Y se acerca justo a ella. Esos segundos le parecen a Marina eternos. Le pasan por la cabeza tal cantidad de pensamientos que piensa que podría llenar un libro entero.

¡Buenas tardes! saluda la camarera, y Marina echa un vistazo furtivo a su chapa identificativa.
Carmen. Así se llama. Vaya, a su marido no se le cayó la creatividad al bautizarle Gatita. Mientras tanto, Carmen, ajena a los tumultos mentales de la clienta, continúa:
¿Le traigo la carta? Cuando esté lista para pedir, me llama.

Marina le contesta con su mejor sonrisa, aunque no deja de observar a su rival con mirada escrutadora, como si pretendiera descubrir algún secreto bajo su piel. ¿Cómo ha acabado allí, cara a cara con la amante de su marido? Es una larga historia. Pero vayamos por partes.

Hace ya diez años que Marina está casada con Alejandro. O mejor dicho, era feliz… al menos eso creía. Tienen una hija, Lucía, de ocho años. Alejandro adora a Lucía, su princesa, a la que colma de caprichos. Cada vez que Marina le reprocha ¿Otra muñeca más para la colección?, él simplemente se encoge de hombros. Lucía adora a su padre; a veces piensa Marina que incluso más que a ella. Pero no le importa. De formación, Marina es psicóloga, trabaja como psicoterapeuta y sabe cuán importante es el amor del padre para una niña, pues es la base de sus futuras relaciones.

Siempre procura hablar abiertamente con Alejandro sobre cualquier problema, y por eso casi nunca discuten en serio. Son una familia corriente, de clase media; un piso en hipoteca, un coche, y una pequeña casa rural a unos cincuenta kilómetros de Madrid.

Y entonces, como un jarro de agua fría: ¡una amante!

Marina lo descubre por casualidad. Unos días atrás, Alejandro se está duchando cuando suena el móvil. Desde el baño, le grita:
Será mi padre, que dijo que llamaría esta noche. ¿Puedes cogerlo tú? Yo no llego.

Marina nunca había contestado una llamada de él, pero si se lo pide, ¿por qué no hablar con su suegro? Se acerca a la cómoda donde está el móvil y al ir a cogerlo por fin, ve que no es su suegro el que llama. Es una llamada por WhatsApp, el nombre que aparece es Gatita, y además, la foto de perfil está bien visible. Marina no da crédito: en la foto, esa joven desconocida abraza a su marido. ¿Qué significa eso? Siente que le da vueltas la cabeza. ¿Contestar? ¿Hablar con ella? La duda dura poco y la llamada se corta.

Marina se aparta del móvil, como si quemara. Pero en ese momento entra un mensaje. No puede resistirse y mira la pantalla. Alejandro, la próxima semana trabajo 2/2 desde el lunes. Pásate por El Paraíso del Café al cambiar de turno, quiero invitarte a mi café especial. Te quiero, te echo de menos… Y algunos emoticonos al final.

Retira la mano del móvil de su marido como si fuese una víbora. Sabe que no puede haber error: Gatita en la foto con Alejandro, una llamada, un mensaje tierno. Le duela lo que le duela, parece que su marido tiene una aventura. ¿Desde cuándo? ¿Será algo serio o una simple distracción? Da igual, el golpe es igual de duro. Marina necesita ordenar sus ideas.

Alejandro sale de la ducha y le pregunta si ha hablado con su padre. Ella responde que no le dio tiempo a contestar y no vio quién llamó. Luego se excusa con un dolor de cabeza y dice que va a la farmacia.

Pero no va a la farmacia. Se sienta en un banco en una placita cerca de casa para pensar en lo ocurrido. Intenta buscar el momento en que su matrimonio falló, pero no encuentra fisuras. A pesar de todo, Marina no es mujer de fingir que no pasa nada cuando el barco familiar hace aguas. Pero tampoco es de montar escenas; prefiere hablarlo todo y tomar decisiones meditadas, por duras que sean. Su primer impulso es preguntar directamente a Alejandro, pero entonces tendría que explicar cómo ha visto sus mensajes. No, tiene que ser más astuta…

Entonces recuerda que sabe el nombre y la dirección del café donde trabaja la amante; hasta su horario de trabajo, y ha visto su cara. ¿Y si va y la ve en persona? ¿Quizá hasta hablar con ella?

Los días siguientes Marina está presa de insomnio y sin apetito, como en una pesadilla. Finge normalidad, pero su estado no pasa desapercibido para Lucía, ni mucho menos para Alejandro. A todos les dice que es por el trabajo, que le ha tocado un caso difícil, que quizá debe pasar revisión. Lucía la abraza tiernamente; Alejandro la mira con desconfianza.

Hasta que un día se harta del tormento y se dice basta: tiene que ver a Gatita o no podrá descansar nunca.

***

Pondré un café con leche y algún postre pide Marina. ¿Qué me recomienda?

La tarta de miel está bastante bien sugiere Carmen.
Vale, póngame esa.

Cuando la amante de su marido le sirve, Marina apenas toca la bandeja. El café, regular, la tarta de miel… de lo más corriente. La cafetería está casi vacía, normal, son las once de la mañana. Marina elige esta hora a propósito para poder conversar con la camarera. Acertó; tras diez minutos, Carmen se le acerca y, con cuidado, pregunta:

No ha probado casi el postre. ¿No le ha gustado? ¿Quiere que le traiga otro?

No, no es por la tarta. Simplemente, no tengo apetito. Estoy pensando en mil cosas.

Perdone, no la molesto más.

No, Carmen, no me molesta. Estoy dándole vueltas a si termino el postre o directamente pido el divorcio. ¿Usted qué haría? la observa, como tanteando.

La camarera se asusta un poco. Probablemente Marina le parece una loca de remate.

Nunca me he visto en esa situación…

¿Y si tuviera que decidir? Imagine que descubre que su marido la engaña.

Carmen no responde, solo mira a Marina en silencio, quien cambia de tema.

¿Hace mucho que trabaja aquí?

Casi un año responde con cautela.

¿Es estudiante?

Sí la camarera recela, pero contesta.

¿Y qué estudia?

Arte dramático en la Universidad Complutense murmura.

Interesante. Será buena metiéndose en el papel de esposa traicionada… o de amante, ¿no?

Carmen calla, visiblemente incómoda. Marina decide cortar la conversación. De repente se da cuenta de que venir aquí no tenía sentido. ¿Qué consigue viendo a Carmen? ¿Acaso tendría que tirarle el café encima o montarle un escándalo? ¿Se sentiría mejor? Desde luego que no. Frunce el ceño y solicita:

Me trae la cuenta.

Cuando Carmen regresa, Marina ya se ha marchado. Sobre el mantel, solo unas monedasy una generosa propina.

Carmen mira por la ventana y suspira con tristeza.

***

En la cafetería, Marina toma una decisión. Celebrará su décimo aniversario con Alejandro como estaba previsto. No va a privar a Lucía de esa alegría; la niña lleva días preparando un cartel sorpresa. Cuando pase el aniversario, Marina hablará con Alejandro.

Y así, están en el restaurante favorito, los tres juntos celebrando diez años de matrimonio. ¿Qué boda es esa? ¿De hojalata? ¿De madera? Más bien de cristal: a punto de romperse mientras yo hago como si nada, piensa Marina. Termina la cena y, de repente, Alejandro le guiña el ojo a Lucía y dice: ¿Cómo vamos a celebrar sin tarta?. Lucía grita entusiasmada:

¡Tarta! Y el trozo más grande para mí.

Alejandro hace una seña, y sacan la tarta. Marina solo observa por Lucía, cuando ve quién la trae. Lo que siente no es sorpresa; es shock. Es Carmen, Gatita, la amante, llamadla como quieran, pero no hay duda: es ella.

Carmen deja la tarta y se queda al lado. Alejandro le sonríe y le dice a Marina:

¡Feliz aniversario! La tarta es para ti.

Un animador invita a Lucía a ir a jugar, y ella va feliz.

Marina no puede articular palabra. Alejandro la auxilia:

Supongo que ya conoces a Carmen.

Ella asiente con educación.

Nada puede con nuestro amor. Eres lo mejor que me ha pasado intenta besarla, pero Marina se aparta.

¿Qué es esto, Alejandro? pregunta, por fin.

Cariño, esto era una broma. Sí, lo sé, de mal gusto… Lo contraté a través de una agencia especializada en eventos originales. Cada caso tiene su guion y actores. Nuestra historia era mi infidelidad. Pero tú has estado tan digna, con tanta entereza, que me quito el sombrero. ¡Qué suerte la mía contigo! intenta abrazarla; Marina lo evade de nuevo.

¿Así que no tienes una amante?

Claro que no dice Alejandro, contento.

¿Y Carmen?

Aún estoy estudiando contesta Gatita. Trabajo aquí a la vez y en la agencia también. Se ha portado usted muy dignamente, Marina. He llegado a recibir tartazos, insultos… Pero usted, tranquila, y hasta dejó propina.

No tengo palabras Marina mira boquiabierta a su marido y a Carmen. ¿Te parece graciosa una broma así, Alejandro? ¿Apropiada? ¿Por qué me haces esto? Su voz tiembla, rozando el grito.

Carmen intenta escurrirse, pero Marina la detiene con un gesto. Alejandro nunca la había visto así, siempre tan ecuánime, y ahora explota.

¡¿Sabes cómo han sido estos días para mí?! ¿En qué cabeza cabe gastar una broma así justo antes de nuestro aniversario?

Mira, Marina intenta explicar Alejandro. Eres tan calmada… Me faltaba un poco de chispa. Quise despertar algo nuevo. Fue una estupidez, lo admito. Perdóname.

Marina apenas se contiene de la rabia. Carmen aprovecha para escabullirse.

¿Chispa quieres? ¡Pues toma chispa! y, sin vacilar, coge la tarta y la restriega por la cara de Alejandro. ¡Ahí la tienes, toda la chispa y el relleno junto!

Alejandro trata de sacarse la crema y, cuando por fin lo logra, chilla:

Pero, ¿te has vuelto loca?

No, cielo canta Marina con voz dulce. Solo intento avivar la relación y se dirige hacia la salida.

¿Pero qué te pasa? ¡Que no te he engañado, por si no lo entiendes!

Marina se gira, lo mira con rabia y pronuncia:

¡Ojalá lo hubieras hecho!

Luego recoge a Lucía, le toma la mano y salen juntas del restaurante. Una vez fuera, respira profundamente el aire fresco de la noche y, de repente, rompe a reír.

Mamá, ¿qué te pasa? ¿Qué te ha hecho gracia?

Nada, hija. Solo he recordado un chiste.

¿Me lo contarás?

Por supuesto, pero antes tenemos que hablar de algo serio. Verás, Lucía, durante un tiempo vamos a vivir separadas de papá…

¿Separadas para siempre? pregunta Lucía, alarmada.

No lo sé responde Marina con sinceridad. El tiempo lo dirá. ¿Estás conmigo?

Lucía asiente y se alejan por la calle, perdiéndose juntas en la noche madrileña.

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