Diario de Domingo, 12 de marzo
Hoy, lo confieso, he aprendido mucho sobre los amigos y sobre mí mismo. Todo empezó, como siempre, con la ilusión y el cansancio. Desde las seis de la mañana, mi mujer Carmen no paraba un segundo: mercado de San Miguel a por la ternera más fresca, luego al supermercado a por ese vino de Rioja que tanto le gusta a Álvaro y la ginebra cara para Lidia, después a trocear, cocer y guisar en una cocina que parecía un auténtico campo de batalla.
Mientras tanto, yo pelaba patatas junto al fregadero, sintiendo crecer una montaña de pieles y mi propio fastidio, aunque procuraba ocultarlo. Carmen, de verdad, ¿no crees que dos kilos de solomillo serán demasiado? Al fin y al cabo somos seis, ¡y tú ya has preparado ensaladillas para un regimiento!. Pero mi mujer es de ésas a las que le duele el alma si algún invitado se queda con hambre. Lo lleva en la sangre, como su abuela de Zamora, capaz de organizar un banquete con cuatro mieses y un poco de pimentón.
Ya sabes cómo son: Lucía y Juanra y luego Gloria con Álvaro. Hace meses que no los vemos, vienen del otro lado de Madrid, ¿cómo voy a recibirles con un picoteo pobre? Luego dirán que ya que nos hemos comprado piso en Chamberí se nos ha subido a la cabeza y nos volvemos tacaños.
Repasó la lista de la compra cinco veces, apartó un dinerillo de su nómina para pagar la ginebra Hendrick’s y el vino que le haría ilusión a Gloria. Quería que fuera una velada perfecta. Yo, para no dejarle demasiado espacio al resentimiento, recordé el último cumpleaños de Álvaro: allí fuimos nosotros con un regalo carísimo, una tarta de tres pisos que Carmen horneó con mimo, y nuestra propia botella de whisky. Ellos, recuerdo, sólo sirvieron café de sobre y unas galletas que sabían a rancio.
Pero mi mujer me cortó rápido: No seas mísero, Juan. Aquella vez pasaban por apuros con la hipoteca y la reforma. Ahora ya parece que les va mejor: Álvaro ascendió, a Lucía la vi con abrigo nuevo en la última foto que subió. A lo mejor hoy sí traen algo. Yo ni postre hago, les insinué que lo trajeran ellos. Verás cómo nos sorprenden.
A las cinco de la tarde la casa relucía. La mesa del salón parecía la vitrina del mejor delicatessen: lengua en salsa en una fuente ovalada, ensaladilla con langostinos y huevas de trucha, bandejas de jamón ibérico y lomo, pimientos rellenos, una merluza en salsa verde. En el horno, esperaban los solomillos al Pedro Ximénez con setas. En frío, aguardaban la ginebra, un rioja crianza y un albariño.
Carmen, ya exhausta pero satisfecha, se puso su mejor vestido y se acomodó el pelo. Se sentó a mi lado, inquieta. Me tiemblan las manos, Juan, ¡qué nervios! Es la primera vez que los recibimos aquí, y quiero que sea inolvidable.
El timbre sonó puntual, a las cinco y media. Lucía apareció envuelta en su abrigo de visón ese que costaba más que medio baño nuestro, Álvaro con cazadora de piel, Gloria pintada como para una boda y Juanra ya chispeante. Con muchas risas y gritos de ¡Viva los nuevos vecinos!, entraron dejando el portal inundado de perfume. Yo, como siempre, recogiendo abrigos y bufandas, abrumado por el estruendo. Carmen, a mi lado, con la sonrisa bien puesta pero escudriñando discretamente sus manos. Estaban vacías. Ni un mísero bizcocho de La Mallorquina, ni un cava mediano, ni una caja de bombones Valor. Nada.
Carmen tragó saliva y no dijo nada. Quizá lo dejaron en el coche, pensé. Todo el mundo a la mesa, donde Álvaro no tardó en abrir los ojos: ¡Vaya despliegue, Carmen! Sabía yo que aquí se come como los reyes. No hemos probado bocado en todo el día para reservarnos para tu solomillo, ¿eh?. Risas, codazos, y a los quince segundos ya habían asaltado las cazuelitas de ensaladilla.
Por la cabeza de Carmen sólo pasaba lo mismo que a mí: ¿Habrá un sobre con dinero?. Pero al regresar con los canapés ya estaban todos atacando los platos, sin esperar el brindis. ¡Oye, la ensaladilla de nota! Juan, ¿por qué no nos sirves un albariño?.
Pocas veces he visto desaparecer la comida con esa velocidad. Lucía pidió la tercera porción de lengua, Gloria criticaba con familiaridad: ¿No está un poco seca la merluza? Así sin salsa, no baja. Álvaro admiraba la calidad del rioja, pero un Ribera sería ya perfecto, Carmen. Y eso que el vino costó veinticinco euros la botella.
Intentaba cambiar de tema: Gloria, ¿estuviste al final en Lisboa como decías?. Ay, sí, un hotelazo, Juan, ¡de película! Y mira, mira este bolso, original, ¿eh? Seiscientos euros, pero quien me lo quite. Comentaron las vacaciones, presumieron de compras, dijeron que se iban a las islas griegas en verano y que no hay que gastarse en reformas, que es tirar el dinero. Total, las paredes son paredes. Nosotros preferimos vivir, ir a restaurantes buenos, viajar. No entiendo cómo os podéis gastar tanto en muebles, soltó Gloria.
Mientras tanto, Juanra soltaba: Ayer estuvimos comiendo en Botín. La cuenta, ochenta euros por cabeza, pero lo flipas, eso sí que es buena carne. Carmen, ¿tardará mucho el solomillo? Que tengo el estómago pegado a la espina dorsal.
Carmen empezó a temblar. El agotamiento y la rabia le hervían por dentro. Allí estaban ellos, con abrigos de mil euros, sentados en nuestra mesa, devorando lo que con tanto esfuerzo preparó, y ni un mísero detalle. Ni una flor, ni una tableta de chocolate.
Se levantó, fue a la cocina. Lucía se coló detrás, fingiendo ayudar, y cuchicheando: Oye, muy apañado todo, pero el vino, la verdad En nuestra casa sólo lo ponemos si no hay otra cosa en el trastero. Y, oye, ¿quedará algo para llevarnos mañana? Que seguro que sobra carne o ensaladilla, así un tupper lo agradezco. Es que me da pereza cocinar el lunes, y todo esto está buenísimo.
¿Quieres que te prepare un tupper con mi cena?, preguntó Carmen, helada.
¡Claro! Siempre lo hacemos. Así ahorramos para el viaje de este verano, tú tienes de sobra. Y dime, ¿has hecho tarta? Apetece algo dulce. Carmen ya ni contestaba. Pero me dijiste que traías tú el postre, musitó. ¡Ay! Yo no como dulce, estoy a dieta. Contaba con que tú, que eres tan repostera, harías un milhojas o algo así. Hemos venido con las manos vacías porque, jo, sois ricos, estáis estrenando piso. No pensaba que necesitaras nada.
En ese momento, mi mujer cerró la puerta del horno. El solomillo seguía dentro. Caminó al frigorífico, lo cerró de un portazo y dijo: No va a haber carne.
¿Cómo?, Lucía no entendía. ¿Se ha quemado?. No, simplemente, no va a haber. Salió al salón, donde ahora todos se servían copas y bromeaban. Yo, ya rojo de vergüenza, aguantaba como podía la situación.
Queridos amigos, la cena ha terminado, anunció Carmen con la voz tensa. Todos se quedaron mudos. ¿Qué dices?, preguntó Gloria. Que aquí se acabó la fiesta. El solomillo se queda en el horno. Os levantáis, cogéis vuestros abrigos y os vais, o si preferís podéis buscar sitio en algún restaurante del centro, donde cobran setenta euros la ración.
Hubo bronca, insultos y palabras amargas. Álvaro gritaba, Lucía protestó porque no es forma de tratar a tus amigos, Juanra añadió algo sobre que somos unos cutres. Carmen no contestó. Yo, harto, abrí la puerta y les invité a salir. No olvidéis los tuppers vacíos.
Cuando se cerró la puerta tras ellos, la paz llenó la casa. Carmen se apoyó en mi hombro, temblándole todavía las manos. ¿Habría debido callarme y aguantar, Juan?. No le aseguré. Me alegro de que hayamos puesto límites. Han cruzado la línea hace mucho. Hoy por fin has pensado en ti.
Nos servimos el solomillo y la tarta de frutos del bosque que había encargado Carmen en una pastelería de la calle Fuencarral, uno de esos caprichos caros que había reservado para el final. La casa desordenada y la vajilla sin recoger no importaban. Brindé con mi mujer, con ese mismo vino tan ácido, y de verdad me supo a gloria.
A media noche, recibimos mensajes furiosos de Lucía y compañía: ¡Menuda rancia! Aquí cenando un Happy Meal por tu culpa, ya te vale. Carmen leyó y bloqueó sus números. No sé si es cobardía o firmeza, pero sentí, como nunca, que nuestra casa estaba más limpia, no sólo de platos sino de gente innecesaria.
Hoy he aprendido que dar sin esperar reciprocidad puede ser virtud, pero tragarse el respeto por uno mismo es una necedad. Y que a veces, para que entre aire fresco, hay que cerrar la puerta… y el frigorífico.







