Pianista alemán tacha al son jarocho de “ruido sin técnica”… hasta que una joven veracruzana logra que el gran maestro llore en pleno Teatro Principal de Veracruz, durante la inauguración del Festival Internacional de Música Clásica

Life Lessons

El Teatro Real de Madrid resplandecía bajo el fulgor de las farolas y los destellos de la Gran Vía. Era la noche inaugural del Festival Internacional de Música Clásica, cita anual que reunía a los talentos más renombrados de Europa y del mundo. El público, vestido de gala, conversaba en castellano, francés, inglés, italiano. Todo el ambiente rebosaba elegancia y expectación. Sobre el escenario, el programa era exclusivo de música clásica europea. Bach, Mozart, Beethoven. Andrés Friedrich Simmermann, pianista alemán de sesenta años y leyenda viva del piano, acababa de cerrar con virtuosismo el Concierto nº 21 de Mozart.

Los aplausos tronaban en la sala. Andrés, enfundado en un impecable esmoquin negro, cabellos canosos peinados hacia atrás, saludaba con la seguridad del que ha conquistado Viena, Berlín y el Auditorio Nacional. Pero en la última fila, casi invisible entre las sombras, estaba Clara Jiménez, una joven madrileña de veinticinco años. Lucía un vestido regional blanco con bordados azules y rojos, y entre sus manos sostenía algo que parecía fuera de lugar en aquel escenario solemne.

Era una guitarra española pequeña, la versión castiza de la antigua vihuela, emblema de la música tradicional manchega que ella llevaba con orgullo. Nadie sospechaba que esa noche iba a cambiar para siempre la mirada de muchos sobre la esencia de la música.

Clara había crecido en Almagro, ese bello pueblo manchego de corralas y tabernas, donde la música tradicional no era solo celebración, sino forma de vivir y de sentir. Su abuelo, don Eugenio, había sido uno de los guitarristas más respetados de la comarca. Le enseñó desde niña, con sus manos agrietadas por la vendimia, cómo acariciar las cuerdas. No se toca la guitarra con los dedos, hija, se toca con el alma. Cada rasgueo narraba la historia del pueblo, la mezcla de culturas y vivencias de quien pisó aquellos caminos.

Seis meses antes, don Eugenio había fallecido y en su lecho le cedió aquella guitarrilla. Llévala a todo rincón. Haz que en Europa valoren nuestra música. Es diferente, pero tiene el mismo corazón. Desde el escenario veía a Andrés Simmermann saludando al público una y otra vez.

Andrés había estudiado en Leipzig y dirigido las mejores orquestas filarmónicas. Su reputación era indiscutible, sus manos estaban aseguradas en Alemania como patrimonio nacional. Pero al bajar del escenario, cruzó junto al camerino donde Clara aguardaba y le escuchó dirigirse al director del festival, un hombre madrileño empeñado en agradar al maestro alemán. ¿Ahora viene música folclórica? preguntó Andrés, sin disimular el menosprecio.

Sí, maestro, un breve homenaje a la música castellana, solo unos minutos, se excusó el director. Andrés dio media vuelta y miró a Clara fijamente, de arriba abajo, como quien descubre una rareza pintoresca. Música manchega He oído eso. Folklore ruidoso, sin técnica real, ¿verdad? Rasgueos simples, sin armonía ni estructura. No es música formal, dictaminó. Clara sintió hervir la sangre y apretó la guitarra contra el pecho. El director reía nervioso, y Andrés, con aire de autoridad, añadía: No me malinterprete, señorita, el folklore tiene su espacio, es divertido, pero no se puede comparar con la música clásica, que exige años de estudio y técnica. Con todo respeto, maestro, replicó Clara, conteniendo la emoción, la música manchega lleva siglos de historia, con raíces africanas, árabes, judías y cristianas, estructura y complejidad.

Andrés alzó la mano, cortés pero inflexible: He dedicado mi vida a la música formal, créame, sé distinguir el arte mayor del entretenimiento popular. Dio la espalda, diciendo con desdén: Le deseo suerte, seguro el público local lo agradecerá. Clara sintió arder el rostro y sus ojos se humedecieron. El director murmuró: No le haga caso, ya sabe cómo son estos europeos Pero en Clara no cabía el consuelo.

Pensó en su abuelo, en las noches infinitas de tertulia manchega, donde aprender a sentir la música era más importante que imitarla técnicamente. En el camerino modesto se sentó, abrazando la guitarra, dejando que las palabras del pianista le retumbaran. Ruido sin técnica. Así juzgaba él la banda sonora de la memoria de generaciones enteras. Cerró los ojos y recordó los patios de Almagro en julio, donde don Eugenio y sus amigos tocaban hasta el amanecer. Recordó los corrillos bailando jotas y fandangos, los versos improvisados llenos de humor y sabiduría.

La música manchega no es solo melodía, decía su abuelo, es nuestra plegaria, nuestro legado, la conversación con la tierra y sus ancestros. Cada rasgueo es oración, cada ritmo un latido. Clara abrió los ojos. Jamás dejaría que un europeo arrogante menospreciara algo tan íntimo; la verdadera música se mide por la capacidad de tocar el alma, de unir pueblos.

Un golpe la despertó. Era Maite, una de las organizadoras, mujer madrileña de media edad. Clara, quedan diez minutos. ¿Preparada? Sí, lista. Maite vaciló y confesó: Escuché al alemán. Tranquila, ese hombre No importa, respondió Clara con firmeza. Voy a mostrarle que la música manchega tiene un valor que quizá nunca entenderá.

El maestro de ceremonias apareció en escena: Querido público, para cerrar la velada de música clásica, un homenaje a la tradición castellana. Recibamos a la señorita Clara Jiménez, música de raíz. Los aplausos fueron corteses, nada como los que recibió Andrés. Clara lo percibía. Ella era solo el aperitivo folclórico tras el banquete de alta cultura.

Subió al escenario, tarareando por dentro una melodía antigua. El teatro mostraba muchos asientos vacíos; muchos aprovecharon para retirarse. Los que quedaban conversaban, revisaban móviles, esperando ansiosos que terminara el acto. En la tercera fila, Andrés Simmermann permanecía sentado por pura cortesía, junto a otros músicos internacionales: una chelista francesa, un violinista italiano, una soprano austriaca, todos con gestos aburridos.

Clara se sentó en medio del escenario con su guitarra manchega. Parecía insignificante en el espacio enorme reservado habitualmente a grandes pianos y orquestas. Tuvo que acomodarse y, aunque sus manos temblaban, respiró hondo y pensó en las generaciones anteriores, los campesinos, los artesanos, los jornaleros que habían hecho de esa música su vida y su consuelo. Rasgueó suavemente, al principio tímida, y el sonido crudo llenó la sala. Andrés observaba con el ceño fruncido, sabiendo reconocer cierta habilidad, pero sin ver la complejidad que tanto estimaba.

Entonces, Clara cerró los ojos, se dejó poseer por el ritmo ancestral, y su pasión emergió. El compás de la jota y el fandango salía de su alma, mezclando polirritmos que evocaban siglos de historia compartida. Cantó versos tradicionales en castellano, llenos de nostalgia: Por tierras de Castilla voy andando y al final, si no vuelvo en la vida, en la memoria vendré. La soprano levantó la vista, capturada por la sinceridad de la voz. No era perfecta ni operística, pero tenía verdad y emoción.

Clara continuó, improvisando versos, como dictaba la tradición: Dice el maestro de Europa que mi música es ruido, pero mi guitarra canta lo que su piano ha perdido. El público murmuró, incomodándose algunos. La francesa sonrió, intrigada. Clara prosiguió: Mi música no está escrita en papeles, vive en el alma de mis abuelos. Andrés sintió una extraña punzada. Aquello requería habilidad mental, creación instantánea, música viva, algo que no hacía desde niño.

El ritmo cambió, acelerando el tempo mientras la emoción crecía y el lamento y la alegría se entrelazaban: Estas manos morenas como la tierra que amo, no tienen diploma, pero saben lo que toco. Maite lloraba entre bambalinas. El violinista italiano se inclinaba adelante, absorto por la autenticidad de Clara. La música se transformaba, narraba la historia de Castilla y de todos los que lucharon por ser escuchados, respetados, igualados en dignidad.

Clara tocó una Seguidilla antigua, más profunda y lenta que la versión comercial. Para bailar la seguidilla se necesita algo de arte, algo de arte y otra cosita, dejar el ego en un rincón. Andrés sintió como si le hablara directamente. Recordó el amor por la música popular de su abuela alemana y cómo la técnica académica había acabado ahogando la emoción.

Con los ojos cerrados, Clara empapada en sudor, tocaba con intensidad creciente. El público, indiferente al principio, estaba ahora hipnotizado. Nadie miraba el móvil ni murmuraba. La música alcanzó un clímax emotivo cuando Clara interpretó una melodía ancestral para despedir a los muertos. Lágrimas rodaron por sus mejillas. En ese trance, sentía que Eugenio volvía a estar con ella, guiando sus manos: Así, hija, así se toca con vida. Cantó con voz entrecortada: Ya se fue el trovador que alegraba las plazas, y en su tumba dice: aquí yace la esperanza.

Andrés lloraba, rompiéndose sus barreras; la francesa tampoco ocultaba lágrimas, la austriaca con las manos sobre el corazón, el italiano quitándose las gafas. Nadie podía evitar emocionarse. La música de Clara era imperfecta, pero en ello residía su grandeza.

Clara sintió el tiempo detenerse, como si estuviera en el patio de su abuelo disfrutando la brisa manchega y el aroma de migas recién hechas. Su música era un puente entre mundos, entre vida y muerte, entre Castilla y Europa, entre técnica y sabiduría ancestral.

No sabe leer música mi abuelo, confesó entre verso y verso sin dejar de tocar, pero sabía más de música que muchos con diplomas, porque vive aquí se tocó el pecho y aquí se señaló la cabeza y aquí extendió los brazos, en el corazón compartido. No busco permiso para mi canto, sino para recordar que todos somos hermanos, buscando el camino a casa. Los versos eran suyos, canalizando la voz de aquellos considerados menores frente a la academia.

Andrés dejó que las lágrimas le resbalaran. Clara continuó, ahora con una Seguidilla compleja, los dedos volando con precisión y velocidad. Cuando al fin se levantó con la guitarra, comenzó a marcar el zapateado manchego: otro instrumento, una conversación entre manos y pies, cuerpo y alma. Dame la mano y ven aquí cantaba, invitando no solo a bailar, sino a compartir humanidad. Todas las murallas de Andrés se derrumbaron. Sollozaba abiertamente. La soprano le consoló poniendo su mano en el hombro.

El son final resonó fuerte, y Clara se quedó de pie, exhausta, lágrimas surcándole el rostro, abrazando la guitarra de su abuelo.

Un silencio absoluto siguió, hasta que Andrés se puso de pie, aplaudiendo con fuerza y emoción, sin disimular el llanto. Los demás músicos le siguieron, la audiencia entera en pie, el teatro estallando en ovación jamás vista en la noche.

Andrés bajó al escenario, la sala en pie, subió las escaleras con torpeza. Frente a Clara, se arrodilló. La sala jadeó. El maestro alemán, leyenda del piano, arrodillado ante la joven manchega. Perdóneme, fui un necio arrogante, balbuceó en castellano torpe. Usted me ha enseñado la verdad; la música está en el corazón. Tiene más música usted que yo jamás. Clara, entre lágrimas, no supo qué decir y Andrés, olvidando fama y reputación, expresó: Mi abuela tocaba canciones populares y me hicieron llorar de felicidad. Con la técnica lo olvidé. Hoy, usted lo ha despertado.

Se puso en pie y se giró al público: He juzgado la música por su complejidad académica; hoy he descubierto mi error. Clara tomó la palabra: Maestro Simmermann, solo quería que supiera que no hay menor ni mayor en el arte de emocionar. Le agradezco, me ha dado el mayor regalo: la verdad de la música. El director propuso: ¿Tocarían juntos algo? El público aclamó la idea.

Andrés, temeroso pero emocionado, aceptó. Clara sugirió La Tarara, popular y sencilla, pero llena de alma. No piense, sienta. Clara marcó el ritmo, su voz entonando: La Tarara sí, la Tarara no, la Tarara madre, que la bailo yo Andrés acompañó con delicadeza armónica. El contraste era hermoso; piano y guitarra española, dos visiones musicales volviendo a encontrarse en la emoción.

La sala, a la conclusión, estalló en gritos, aplausos y silbidos. Andrés y Clara se abrazaron con fuerza, como músicos, como representantes de pueblos y tradiciones reconcilidadas. Gracias por no rendirse y enseñarme mi ceguera, murmuró Andrés. Clara le respondió: Gracias por tener el valor de admitir su error; eso requiere más fuerza que cualquier técnica.

El director anunció que el festival abriría sus puertas a todas las músicas y tradiciones en adelante, y que el verdadero arte es el que toca el alma.

Días después, la prensa se hizo eco del acontecimiento. Videos del maestro arrodillado ante Clara circularon por todo el mundo; titulares lo presentaban como el momento donde el alma castellana enseñó humildad a la academia europea. Andrés canceló su agenda y pasó dos semanas en Almagro, aprendiendo en los corrillos, tocando con guitarristas, bailando jotas y seguidillas. Le enseñaron que la música no es museo sino río, como le dijo don Eugenio hijo: Si la estancas, muere, maestro. Andrés entendió al fin; perfección técnica sin alma es tan solo ruido elegante.

Clara, preparando café en la cocina, le dijo: Su técnica es bella; solo faltaba recordar que se utiliza para expresar el corazón, no para impresionar. Andrés aprendió a tocar la guitarra manchega, a improvisar y a escuchar de verdad.

En la rueda de prensa de despedida, el maestro confesó: Llegué a España pensando que traería luz; fui yo el que recibí la luz. La música europea no es el único estándar. Medimos mal cuando despreciamos la emoción y la comunidad. Un periodista preguntó si la formación formal era inútil; No, respondió Andrés, es una herramienta, pero no la única; el corazón y la memoria popular son maestros igual de válidos.

Antes de regresar, Andrés prometió un año sabático, recorriendo Europa y América, aprendiendo de los pueblos y su música, convencido de que la verdadera grandeza musical no reside en el diploma, sino en la capacidad de emocionar y unir.

La música, como la vida, solo tiene sentido cuando se comparte y cuando se escucha con el corazón abierto. Esa noche, en Madrid, quedó claro que la humildad y la apertura de espíritu valen más que cualquier técnica, y que incluso los maestros siguen teniendo mucho que aprender.

Rate article
Add a comment

2 × five =