El sol del atardecer se desliza como miel fundida por las laderas de los montes, tiñendo de tonos cálidos y plácidos las casas humildes de un pequeño pueblo de Castilla. La brisa huele a hierba recién cortada y a leña quemada a lo lejos. En una de esas casas, impregnada de aroma a pan caliente y mermelada de manzana, una conversación entre madre e hijo se mantiene suspendida en la cocina, envuelta en incertidumbre.
Hijo mío, mi vida, ¿qué le ves a esa chica tan alocada? la voz de la madre suena cansada, rebosante de la inquietud infinita de quien da vida. Te mira de arriba abajo, como si fueras polvo del camino. Y tú eres como un girasol, siempre mirando al mismo sol sin ver a los demás. Mira a Inés, la hija de los García, tan trabajadora y discreta, que te mira con buenos ojos. Pero tú, sólo piensas en esa otra.
El joven, fuerte y de manos curtidas por el trabajo, contempla la ventana tras la que crece la neblina vespertina. Su nombre es Víctor.
Mamá, por favor. Ninguna Inés me interesa. Jamás. Desde que Margot y yo compartimos pupitre en primero de primaria, no he podido mirar a otra. Si no quiere casarse conmigo, pues me quedo solo. No insistas, que no vas a convencerme.
Margot, ¿dónde vas arreglada como si fueras a una fiesta de palacio? pregunta cariñosa su madre en otra casa, con cierta sorna. ¿Otra vez de bailes hasta la madrugada? ¿Y no llamas a Víctor, ese muchacho de oro? Estudia, levanta una casa para vosotros, te adora. Es más firme que el granito.
La chica, ante el espejo, ajustándose la cinta de seda en su cabello oscuro, resopla. Su nombre oficial es Margarita, aunque todos la llaman Margot.
¿Dices montaña? Pues eso, pesado y aburrido como una roca. La juventud sólo se vive una vez, ¡hay que cantar, reír, viajar! ¿Y él? Casa, estudios y trabajo Vivirá y su recuerdo será sólo ese montón de madera. No quiero oír hablar de él, no lo quiero.
Y sale volando de la casa, como una mariposa nocturna atraída por el bullicio.
El otoño se instala en silencio, vistiendo el pueblo de dorado y escarlata. Víctor termina la universidad y poco después recibe la llamada del ejército. Margot está terminando el instituto. En la despedida de Víctor, tan bulliciosa y abundante como marcan las costumbres, la calle se llena de vecinos. Margot y su madre también están ahí.
En el caos de los abrazos, entre lamentos y brindis, Víctor aprovecha para llevar a Margot bajo el viejo manzano del jardín.
Margot dice, con dificultad. ¿Puedo escribirte? Todos los chicos escriben a sus novias desde la mili Y yo no tengo a nadie. ¿Quieres ser mi novia por carta aunque estés lejos?
Su mirada es tan vulnerable que por un segundo el corazón de Margot se ablanda. Pero sólo por un segundo.
Escribe si quieres. Si estoy de humor, te responderé. Y si no, pues no te enfades, responde encogiéndose de hombros y mirándole con sinceridad.
Al principio las cartas con el sello militar llegan a menudo, y Margot, por cortesía o aburrimiento, responde. Pero acaba el instituto, se despide de la infancia y se marcha a Madrid, seducida por sus luces y promesas. La universidad la llama como un faro. Pronto la correspondencia se vuelve una carga prescindible.
Su madre suspira mirando la carretera desde la ventana, soñando en secreto con que su hija regrese, recapacite y construya algo sólido junto a Víctor.
¡Me iré lejos! proclama Margot, haciendo la maleta. Terminaré la carrera, me casaré con alguien de ciudad, culto. Y nunca más volveré aquí.
Pero las paredes de la facultad son más duras de lo que pensaba. El primer examen de literatura la deja con una nota humillante, y la redacción escrita con un estilo pobre, fruto de la deficiente enseñanza rural, regresa con un suspenso rotundo. Sus sueños de ascenso se estrellan contra la realidad.
No sabe lamentarse. El ritmo capitalino borra pronto la herida. En una fiesta conoce a León, estudiante de derecho, mayor y seguro de sí mismo, que huele a colonia cara y libertad. Vive solo en un piso amplio, pues sus padres están en Barcelona.
Margot se muda con él casi sin pensar. Para no ser carga, trabaja en una cafetería repartiendo bollos por las oficinas. Se adapta enseguida al papel de anfitriona: limpia, cocina cocidos con los que León se enorgullece delante de sus amigos, y lleva pan recién horneado. Sueña con hijos y sofá propio. Ama a León con devoción, dispuesta a desaparecer en él.
Así pasa casi un año, hasta que una noche, mientras hojea el periódico, León le dice, indiferente:
Margot, creo que ya no siento lo mismo. No lo alarguemos. Mis padres regresan pronto. Tendrás que irte.
Ella no llora ni grita. Simplemente guarda sus cosas y se marcha a vivir con una amiga. Ahí, en la soledad de otra habitación, le llega con todo el dolor la sensación de pérdida. Y ese malestar que atribuye al estrés persiste.
El médico resuelve las dudas:
Está usted embarazada. Y ya es tarde para interrumpirlo, sentencia la doctora mirándole por encima de las gafas.
Margot ni se plantea abortar. Es el último lazo con León y la vida que tanto deseaba. Por entonces recibe carta de su madre: Víctor ha vuelto del ejército y pregunta por ella. Desesperada, urde un plan. Arriesgado, frío y único.
Víctor la espera en el umbral de la casa nueva que casi ha terminado. No ha cambiado: sigue siendo fiable, callado, y sus ojos brillan al verla. Ella finge casualidad, se muestra simpática, ríe más alto, le toca el brazo. Ni necesita esforzarse: él lo daría todo por una mirada suya. Se queda en la casa soñada por él. Dos semanas más tarde celebran una boda sencilla pero alegre.
Algunos, especialmente Inés que aún suspira por Víctor le dedican miradas agrias a la barriga de Margot, que crece velozmente. La suegra, mujer de mundo y ojos profundos, insinúa algo, pero Víctor sólo sonríe, confiado:
Va a salir un mozo fuerte, por eso tiene prisa por nacer.
Margot da a luz en el hospital de ciudad. Lleva un sobre para la comadrona, que confirme la prematuridad. Todo parece alinearse: el niño nace pequeño, justo dos kilos setecientos gramos. Ella suspira, creyendo en la justicia providencial.
Llaman al niño Carlos. Crece tranquilo, serio, con unos ojos inmensos. Víctor lo adora. Lo lleva sobre los hombros, talla juguetes de madera, le enseña los cantos de los pájaros. Incluso la suegra, cuyas dudas se diluyen ante la sonrisa de su nieto, le mima con dulces y cuentos.
Víctor trabaja sin descanso: primero en el campo, después levanta su propia pequeña explotación agrícola. Siempre regresa tarde, oliendo a tierra, heno y cansancio, feliz. Prosperan. El hogar que ha construido se llena de bienestar.
Margot gobierna la casa y cría a Carlos. Por la noche recuerda a León: su forma de hablar, de reír. De Víctor se ha acostumbrado, lo respeta, lo estima, pero no siente amor. Actúa como esposa amorosa, sabiendo que sola no podría criar a su hijo. Mientras él sueña con más hijos, ella toma hierbas amargas en secreto, frenando cualquier nueva maternidad. Era su modo de mantener la calma en una vida basada en la mentira.
Pero toda mentira, por muy oculta que esté, tiende a brotar a la luz como planta bajo el asfalto.
Carlos tiene ocho años. Es un día claro y ventoso. Los niños juegan en el campo de su amigo. El día anterior, al cavar una bodega, quedó un hierro olvidado en el suelo. Nadie ve cómo Carlos tropieza y se clava.
Gritos, carreras, llamada a emergencias Para Margot, el mundo se reduce a la angustia pura. Víctor llega primero, en su vieja furgoneta, acompañado del practicante del pueblo, y sin dudar, baja a la zanja y saca a su hijo. Margot corre detrás y ve, por primera vez, lágrimas en ese rostro endurecido. Silenciosas, pesadas.
En el hospital, operan al niño urgentemente. Ha perdido mucha sangre; requiere transfusión. Analizan la sangre de ambos padres. Es entonces cuando la mentira, oculta todo este tiempo, revienta como trueno en cielo despejado.
¿Por qué no dijeron que el niño era adoptado? pregunta el médico, seco como un látigo. Carlos tiene un grupo sanguíneo rarísimo, AB negativo. Ninguno de ustedes es compatible. Si en doce horas no encontramos donante, lo perdemos. No hay en el banco. Las posibilidades son mínimas.
Margot está paralizada. Todo se viene abajo. El miedo por el hijo supera la vergüenza.
Soy su madre. Pero el padre es otro, confiesa entre lágrimas.
Víctor mira al suelo, sus hombros parecen hundirse bajo un peso invisible.
Salen al frío pasillo, impregnado de desinfectante. Margot se descompone, le da igual si el marido la perdona o la echa de casa. Sólo reza por la vida de su hijo a todos los santos conocidos.
Margot, Víctor la agarra de los hombros, con desesperación en los ojos. ¿Recuerdas quién era el padre? ¡Dirección, nombre, lo que sea! ¡Habla! Nuestro hijo se muere. ¡Mi hijo! Ese hombre puede salvarlo. Yo le suplicaré de rodillas, le daré todo lo que poseo.
Ella sí lo recuerda. Víctor llama a un amigo de la Guardia Civil. En pocas horas, León ya abogado de éxito, pálido y descompuesto llega al hospital. Sólo repite que su familia no debe enterarse.
No queremos nada de ti le dice Víctor, firme pero educado. Ni dinero, ni reconocimiento. Sólo tu sangre.
Carlos se salva. Por milagro, por oraciones, por la rareza de la sangre del padre biológico. Sobrevive, se recupera, y no queda secuela.
El corazón de Margot cambia mientras vigila al hijo hospitalizado y ve a Víctor, sin moverse de una dura silla, velando por ellos. Frente al hombre que en el peor momento no busca venganza, sino sólo salvar al hijo de ambos, la muralla que había dentro de ella se resquebraja y cae. Al fin siente esa enorme, cálida emoción: amor verdadero, adulto, nacido gracias al dolor y la generosidad.
Con el tiempo, cuando Carlos ya corre de nuevo por el patio, una tarde en el porche, Víctor le dice, mirando a las estrellas:
Lo sabía casi desde el principio. Me lo imaginaba. Pero siempre ha sido mi hijo. Y lo será. Calla, luego añade, apenas audible: Y a ti nunca te habría dejado marchar. Eres la única que ha ocupado mi corazón desde niño. Y así será.
Un año después tienen una hija. Pequeña, rosada, con los ojos claros de su padre. La llaman Angelina. Víctor la lleva en brazos con tal cuidado que la rudeza desaparece de su cara, dejando sólo ternura. Margot observa y se culpa por los años perdidos, por la desconfianza y el miedo que la apartaron tanto tiempo de la felicidad.
La vida se tranquiliza y prospera. El campo de Víctor marcha bien. Margot, que nunca vuelve a trabajar fuera, florece. Es una mujer guapa y joven, y su casa siempre huele a repostería y limpieza. Su hogar es una casa llena, en lo material y lo emocional.
Carlos, ya adulto, estudia medicina, como si quisiera devolver lo que un día le salvaron. Se convierte en excelente cirujano y se casa con una compañera. Los padres les ayudan con un piso.
Angelina, vivaz y curiosa, estudia periodismo, decidida a contar historias tal vez como la suya.
Por las tardes, Víctor y Margot se sientan en el porche, viendo el sol descender tras los cerros; sus manos se buscan. El silencio entre ellos está lleno de todo lo vivido y lo perdonado. Saben que su amor no es una pulsación breve ni un arrebato, sino una luz duradera, como un farol antiguo. No deslumbra, pero alumbra el camino recorrido y les calienta el alma hasta el final. A veces los cimientos más sólidos de la vida se construyen no con pétalos de rosa, sino con la madera firme de pruebas superadas, perdón y pequeños gestos de bondad; y eso, al final, es el amor verdadero y eterno.







