El banco del patio
Víctor Hernández salió al patio poco después de la una. Le latían las sienes: anoche acabó la última ensaladilla rusa y hoy, al levantarse, se dedicó a desmontar el belén y empaquetar las figuritas de los Reyes Magos. En casa hacía un silencio sepulcral. Se caló la boina, metió el móvil en el bolsillo y bajó las escaleras, como siempre, agarrándose a la barandilla.
A mediodía de enero, el patio parecía una escenografía de teatro: las aceras bien barridas por el portero, montones de nieve intactos (bueno, en Madrid sería más bien escarcha), ni un alma a la vista. Víctor sacudió el banco de madera junto al portal número dos. El frío se disipó al sentarse y, rodeado de ese vacío, era más fácil dejar volar los pensamientos. Sabía que podía quedarse allí cinco minutos y luego volver a subir a casa, como quien va a por el pan.
¿Se puede compartir vecindario? preguntó una voz de hombre.
Víctor levantó la vista. Alto, chaquetón azul marino, unos cincuenta y cinco años. Su cara le sonaba, aunque no sabía de qué.
Siéntese, que aquí cabemos todos contestó, haciéndose a un lado. ¿De qué piso es usted?
Del segundo, puerta C, el 3.º izquierda. Hace tres semanas que me he mudado. Me llamo Miguel.
Víctor Hernández dijo, estrechando la mano que le ofrecían casi por instinto. Bienvenido al oasis más silencioso de Chamberí.
Miguel sacó una cajetilla de tabaco.
¿Le importa?
Adelante, fume sin remordimientos.
Víctor no probaba un pitillo desde hacía más de diez años, pero el aroma del tabaco le recordó de repente la redacción del periódico local, donde había pasado media vida. Por un segundo le entraron ganas de aspirar ese humo, pero enseguida espantó la idea.
¿Lleva usted mucho tiempo por aquí? preguntó Miguel.
Desde el 87. Por aquel entonces, acababan de construir todo el bloque.
Yo trabajé cerca, en el Centro Cultural de la Metalurgia, de técnico de sonido.
A Víctor casi se le cae la boina.
¿Con don Valentín Rodríguez?
¡Exactamente! ¿Y usted de qué me suena…?
Le escribí un reportaje, allá por el 89, cuando organizaron el concierto aniversario. ¿Se acuerda de cuando actuaron Agosto”?
¡Claro! Yo puedo recitarte ese concierto de memoria Miguel sonrió. Montamos una columna de sonido descomunal, el transformador echaba chispas
La conversación echó a andar sola. Salían nombres olvidados, anécdotas: unas graciosas, otras con más amargura que horchata caliente. Víctor pensó varias veces en marcharse, pero el tema saltaba de músicos a altavoces, de cables a las intrigas del camerino. Era un no parar.
No estaba ya acostumbrado a largas charlas. Sus últimos años en el periódico se reducían a noticias de última hora, y desde que se jubiló apenas hablaba con nadie. Se había auto-convencido de que era mejor así: sin ataduras ni compromisos. Pero ahora, el pecho se le iba deshelando.
Mire Miguel apagó el tercer cigarro, en mi casa tengo todo guardado. Carteles, fotos, cintas de aquellos conciertos, grabadas por mí. Si le apetece verlas algún día…
Pero qué me hace falta a mí eso, pensó Víctor. Paseos, cafés, el peligro de acabar en una amistad de esas de vecinos; la rutina patas arriba. Además, ¿qué iba a descubrir ya?
Bueno, se puede echar un vistazo respondió. ¿Cuándo le viene bien?
Pues mañana mismo, a eso de las cinco, que ya habré salido del curro.
Perfecto Víctor sacó el móvil y abrió contactos. Apunte mi número. Por si acaso surge algo y hay que avisar.
Esa noche, Víctor no pegó ojo. Repasaba en la cabeza la conversación, rebuscaba en los cajones de la memoria, barajaba viejas historias. Varias veces estuvo a punto de mandar un mensaje y cancelar, poner cualquier excusa. No lo hizo.
Por la mañana, el teléfono sonó. En la pantalla: Miguel, vecino.
¿Seguro que sigue en pie? la voz parecía un poco temblorosa.
Seguro contestó Víctor. Nos vemos a las cinco.







