Hasta aquí hemos llegado: La nuera valiente de Castilla que, tras años de críticas maternas y comparación con la perfecta María, tomó las riendas de su hogar, defendió su trabajo y educación moderna frente a los reproches tradicionales de su suegra, poniendo un límite definitivo a las invasiones familiares y recuperando la paz junto a su familia

Life Lessons

¡Isabelita, hija, ¿es que has dejado de pasar la aspiradora por completo? Ya tengo los ojos llorosos de tanta polvareda. Mira, el polvo parece alfombra

Isabel apretaba los puños bajo la mesa mientras veía a Teresa Alonso, su suegra, empezar aquel reconocimiento minucioso de la casa con porte de inspectora sanitaria de la villa. Teresa se detenía en cada esquina, lanzaba miradas críticas a las estanterías, fruncía el gesto ante el polvo invisible del alféizar y negaba con la cabeza al ver los juguetes de los niños esparcidos por el salón. Tres años de estas visitas habían convertido cada llegada de Teresa en una auténtica tortura para Isabel.

Limpié y aspiré ayer, Teresa, y quité el polvo. Los niños han estado jugando esta mañana contestó Isabel, intentando mantener la calma.

Hay que limpiar cuando toca, no cuando apetece. Yo, a tu edad

Teresa se dejó caer sobre el sillón como una reina que condesciende a una conversación con una criada. Pasó el dedo por el reposabrazos midiendo polvillos.

En mi época, el suelo relucía tanto que podías retocarte el lápiz de labios en el reflejo. Los niños siempre impolutos, no había ni una arruga en la ropa. ¡Y el orden que teníamos! Mi difunto marido, que en paz descanse, podía llegar a casa a cualquier hora para echar revisión, y ni una mota de polvo encontraba. Así éramos.

Isabel la escuchaba en silencio, rechinando los dientes. Esa historia sobre suelos brillantes la había oído ya cincuenta, quizá sesenta veces. Perdió la cuenta.

¿Y qué has hecho de comer hoy para los niños?

Sopa de verduras.

¿Está en la nevera? Teresa ya se levantaba, camino de la cocina. Déjame ver.

Sacó la cazuela, la olió, probó una cucharada con cara de quien degusta veneno.

¡Mujer, la has salado demasiado! Y le has echado demasiada zanahoria. Los niños no son conejos, ¿a qué tanta zanahoria? Yo a Ramón cuando era niño le hacía sopas bien distintas. ¡No dejaba ni una gota!

Isabel no dijo nada. Contradecir era inútil.

¿Y qué desayuno le das a los niños? ¿Otra vez esos cereales de caja? Te lo digo siempre: sólo grano natural. María, la mujer de Tomás, siempre pone el grano a remojo la víspera, y por la mañana lo guisa fresco. Sus niños nunca enferman.

Siempre María. La inmaculada María con los hijos perfectos y el grano en remojo.

Teresa, los copos de avena también son naturales.

¡Ay, no me hagas reír! Todo ese fast food del demonio En mis tiempos ni existía la palabra. Todo lo cocinábamos con mimo, tres horas pegadas a los fogones.

Teresa recorrió la habitación de los niños con una nueva mueca.

Por cierto, ¿a qué hora se acuestan los niños? Ayer llamé a las nueve y Lucía seguía despierta.

A las nueve y media, normalmente.

¡Muy tarde! De niños, el horario es sagrado. A Ramón a las ocho ya lo tenía en la cama. Y no armaba escándalo, porque había disciplina. Vosotros, en cambio, siempre con los mimos y las tonterías

Isabel se mordió los labios. Le daban ganas de decir que los tiempos han cambiado, que los psicólogos ahora aconsejan otros modos, que sus hijos no son Ramón de hace treinta años. Pero ¿para qué? Teresa sólo se escuchaba a ella misma.

Y esas actividades modernas continuó Teresa, repasando los dibujos infantiles. Manualidades, pintura tonterías. A Ramón lo llevaba a natación y ajedrez. ¡Eso sí es desarrollo! Dibujar pueden hacerlo en casa, no gastes dinero en eso.

A Lucía le encanta dibujar. Tiene talento.

¡Talento! resopló Teresa. Eso lo dicen en la academia para sacarte los euros. ¿Qué talento va a tener una niña de cuatro años?

Se sentó de nuevo, brazos cruzados sobre el regazo.

Os habéis desmadrado, Isabelita. Las madres de ahora, sólo pensando en el móvil y los internets. La casa hecha un caos, los niños malcriados, y los maridos muertos de hambre. Mira María, la mujer de Tomás: trabaja, la casa de revista y cría a tres hijos. Y tú, con dos, ¡y no puedes con ellos!

Otra vez María. Santa María y su halo de sábanas almidonadas.

También trabajo, Teresa.

Ya, claro. Sentada todo el día al ordenador, moviendo papeles. ¿Eso es trabajar? Yo en tu lugar Teresa suspiró, abriendo la mano en un gesto de nostalgia, tres hijos, huerto, casa, todo en orden. Y siempre respeto a mi suegra. Jamás le hablé mal.

Isabel intentó explicarle que su trabajo requería concentración, que manejaba proyectos importantes, etc. Pero todo se estrellaba contra la sonrisilla condescendiente de Teresa, que asentía como una maestra paciente ante la inútil de la clase.

Cada visita era un examen del que Isabel sólo podía salir reprobada. Teresa encontraba defectos en todo: las toallas mal dobladas, el té ardiendo, las flores mustias, las cortinas pendientes de lavar. Tres años de presión la tenían al límite, pero seguía callando. Por Ramón. Por la paz.

Aquel día, Teresa vino especialmente irascible. Fue directa a la cocina, chasqueó la lengua al ver una sartén mal lavada.

Pedro, el hijo pequeño de cuatro años, jugueteaba con la cuchara en la sopa.

¡No quiero! ¡No está rica!

¡Ves! proclamó Teresa victoriosa. Ya te lo dije. Los niños no comen sopa porque tú no sabes guisar. Ahora te explico cómo se debe hacer una sopa para críos. Tienes que usar pollo del corral, no esa basura de supermercado

Algo hizo clic. Sin ruido, pero Isabel lo notó como una cuerda muy tensa que se partía por dentro.

Años de reproches, comparaciones con la intachable María, insinuaciones, suspiros, cabeceos todo bulló y subió a superficie, de golpe e irreversiblemente.

Isabel se levantó despacio. Miró a la suegra con una calma de hielo.

Señora Teresa. ¿A usted, cuando se casó, la llevaron a casa del marido o fue él a la suya?

Teresa se quedó inmóvil, cuchara en mano, sin saber respirar.

¿Qué?…

Digo, ¿cuándo se casó, fue usted a casa de su esposo o él a la suya?

A casa de mi esposo, claro titubeó Teresa. Pero ¿a santo de qué

Yo, en cambio, traje a Ramón aquí. A este piso de tres habitaciones. Que compré con mis ahorros. Ganados, por cierto, con este supuesto darle a los papeles en el ordenador.

El rostro de Teresa perdió color.

Así que aquí decido yo qué sopa se hace, a qué hora se acuestan mis hijos y a qué actividades van. ¿Y usted cuánto ha ganado, si puede saberse? ¿O siempre vivió del jornal de su marido y de los tomates del huerto?

Teresa se puso roja como un tomate.

¡Pero vamos a ver! ¡Cómo te atreves a faltarme así al respeto!

No falta de respeto. Te informo: mi nómina es de tres mil euros. Doblo el sueldo de Ramón. Así que la próxima vez que quieras darme lecciones, recuérdalo.

El silencio llenó la cocina. Incluso Pedro dejó la cuchara y miró a su madre y a su abuela con los ojos muy abiertos.

La puerta principal sonó. Ramón acababa de volver del trabajo y se detuvo, oliendo el ambiente tenso.

¡Ramoncito! Teresa corrió hacia su hijo. ¡Ramoncito, sabías lo que tu mujer me ha soltado! ¡Me ha humillado! ¡A tu madre!

Espera Ramón alzó la mano. Un momento. Isa, ¿qué ha pasado?

Isabel habló con voz cansada. Explicó los tres años de comparación constante, de críticas sobre todo lo que hacía, de sentir que no valía como madre ni como esposa; del continuo entrometerse en la crianza de los niños.

Ramón callaba, y a Isabel le sorprendió ver su cara mutar de la perplejidad al entendimiento, y del entendimiento a una especie de vergüenza. Se pasó la mano por la frente, dándose cuenta de algo incómodo.

Ramón, ¿no irás a creer a esta esta Teresa se trabó, buscando la palabra. ¡Soy tu madre! ¡Te sacrifique todo por ti!

Mamá Ramón levantó la vista, y la voz ya no le temblaba. Oye, ¿de verdad llevas tres años machacando a Isa?

¡Yo! ¿Machacar? ¡Sólo doy consejos! Pero ella

Consejos. Sobre la sopa, los horarios, las actividades, el polvo ¿Siempre igual?

Teresa abrió la boca, pero su hijo no la dejó responder.

Lo he notado. Después de tus visitas, Isa quedaba tocada. Pensé que sólo era cansancio. Pero resulta que ha estado aguantando esto sin decir nada, para evitar conflictos entre nosotros.

¡Ramón!

Mamá suspiró él, si sigues así, tienes la puerta cerrada a esta casa.

Teresa se quedó helada. Sus nudillos blancos, aferrada a la mesa.

¿Tú tú vas en serio? ¿Por ella?

Por mi esposa corrigió Ramón. Madre de mis hijos. La mujer que pagó este hogar y que durante tres años calló para no herirnos. Así que sí, mamá. Muy en serio.

Teresa le miró unos segundos como si fuera un extraño y, de pronto, cogió el bolso y se fue hacia la puerta. Antes de salir, se volvió: sus labios temblaban de rabia y despecho, pero la expresión de Ramón la hizo callar. Sólo hizo un gesto vago con la mano quizá de despedida, quizá de renuncia y desapareció.

El reloj de la cocina resonaba en el silencio. Pedro jugueteaba de nuevo, ignorando la sopa intacta.

Ramón abrazó a su esposa y la atrajo hacia él. Isabel apoyó la frente en su pecho, consciente de cuánto le dolían los hombros, como si durante tres años hubiese cargado con una piedra demasiado pesada.

¿Por qué has callado tanto, Isa? le susurró él, acariciándola. Tres años acumulando todo esto.

No quería que os pelearais. Es tu madre.

Ay, mi tonta él la apretó más, besándole la sien. Mi familia eres tú y nuestros hijos. Mamá tendrá que asumirlo o ver menos a sus nietos.

Isabel miró a Ramón, y por primera vez en tres años sintió cómo la opresión en el pecho se disipaba; pudo respirar con libertad.

¡Mamá, mamá! interrumpió Pedro. ¿Ya se fue la abuela? ¿Puedo no comerme la sopa?

Ramón e Isabel intercambiaron una mirada y se rieron, juntos, a carcajadas, como hacía tiempo no lo hacían.

La sopa hay que comérsela, cielo dijo Isabel. Pero mañana haré otra. De esas que te gustan.

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