Juan y María: Amor, sueños y enredos entre la aldea y la ciudad — Del campo castellano a una nueva vida, con ilusiones, desengaños y segundas oportunidades

Life Lessons

Querido diario,

Jamás se me pasó por la cabeza dejar mi pueblo para irme a la ciudad. Me fascinan las dehesas, el río, los campos de girasoles y los robledales, y la buena gente de siempre. Por eso me tiré al ruedo con una pequeña granja de cerdos ibéricos, pensando en vender la carne en el mercado y, si el tiempo y la suerte querían, crecer en el negocio. Tenía el sueño de levantar una gran casa, y el dinero que saqué de vender la casita de mi abuela lo invertí en ello. El coche era viejo, pero aguantaba.

Otra ilusión, quizá la más tozuda, era casarme con Lucía y convertirla en la señora de mi casa. Llevábamos ya un tiempo juntos y Lucía veía que la cosa aún iba despacio con el negocio y el dinero, que la casa solo tenía cimientos. Pero yo confiaba. Lucía era preciosa, de esas muchachas que desde pequeñas saben que su hermosura es pasaporte para una vida resuelta.

Para algo me habrá tocado esta cara, ¿no? Lo que tengo que hacer es encontrar a un hombre que se encargue de todo decía entre risas a sus amigas.

Mira que Pepe está haciendo la casa, coche ya tiene, solo hay que esperar, no va a hacerse rico de la noche a la mañana decía Maruja, su inseparable.

Yo lo quiero todo, y lo quiero ya contestaba Lucía haciendo un mohín, Pepe no tiene ni un duro.

Yo la adoraba, aunque me dolía pensar que quizá no sentía lo mismo por mí. Pero aún esperaba que con el tiempo todo se daría solo. Habría seguido empeñado en conquistarla si no fuese porque un verano llegó Álvaro, un chico de Madrid, a pasar las vacaciones en casa de su abuela junto a su amigo. Se aburría en las verbenas y ni miraba a las chicas, hasta que vio a Lucía.

Al principio, Lucía ni caso. Pero en cuanto supo que venía de familia pudiente, que su padre era concejal conocido, cambió de actitud al instante. Álvaro era mayor y tenía ese desparpajo de los chicos de ciudad, sabía hablar bonito y la cortejaba como nadie aquí. Flores traía todos los días, ramos como nunca se habían visto, que Lucía supo que venían encargados de la floristería de la capital y aquello la impresionó.

A mí me hervía la sangre:

No le aceptes más flores le rogué un día ¿Para qué me buscas las cosquillas?

Pero ella se echó a reír:

Pepe, son solo flores, no seas exagerado.

Llegué a encarar a Álvaro en una de esas noches de fiesta:

Las flores dáselas a otra, Lucía es mi novia, y con ella tengo mis planes.

Él ni me escuchó y acabamos a empujones, hasta que los amigos nos separaron. Desde esa noche, Lucía y yo nos distanciamos. Ella se apartó y yo, herido, igual. Lucía sabía bien que aquel chico solo estaba en el pueblo de paso, y calculaba cómo encandilarlo para irse a Madrid con él.

No tardó en invitarlo a casa aprovechando que sus padres habían ido al mercadillo de Salamanca. Se las apañó para que sus padres los sorprendieran juntos y, como preveía, fue su padre quien montó en cólera:

¿Se puede saber qué ocurre aquí? bramó.

Lucía cabizbaja, Álvaro con la cara de quien querría estar en cualquier otro rincón. La cosa acabó como era de esperar: el padre le exigió a Álvaro que se casara con su hija “o te parto la cara”, le soltó llevándolo aparte. Al día siguiente se fueron a la capital a firmar los papeles. La madre preparó todo corriendo. En el pueblo voló la noticia. Yo lo pasé fatal, pero en público no dejé que se notara.

Álvaro se maldecía por dentro:

¿Para qué habré venido? Vas y caes rendido por una chica de pueblo y mira lo que pasa… No era tan ingenua.

Lucía, mientras, acariciaba el sueño de la gran ciudad:

Ya le querré, ya. Le daré hijos, y será feliz de cómo se torcieron las cosas soñaba, aunque le preocupaba cómo la recibirían los padres de él.

Sorprendentemente, los padres de Álvaro la recibieron con los brazos abiertos. Estaban cansados de las pijas de Madrid que su hijo traía a casa, todas buscando solo dinero. Lucía les pareció una muchacha sencilla y hacendosa.

Pasad, Lucía, siéntete como en tu casa, hija le sonrió doña Isabel, y don Manuel también la recibió cordial.

La vida en la casa era cómoda, espaciosa. Lucía se volcó en ser la nuera perfecta, y poco a poco, incluso Álvaro empezó a verla de otra forma.

Me dio el braguetazo, sí, pero parece que de verdad cree que esto puede salir bien pensaba él, aunque en el fondo no se veía adaptado. En fin, mejor así, mientras no me dé guerra…

Él ya pensaba en seguir con su vida de fiestas y amigas en Madrid. Pero una tarde, durante la cena, Lucía les dio una noticia:

Estoy embarazada… vamos a tener un niño.

¡Enhorabuena, Lucía! ¡Qué ganas teníamos de un nieto! exclamó Isabel. Álvaro se quedó helado, sin saber ni qué decir.

La boda se celebró pronto. Los padres de él les regalaron un piso amueblado. Pero Lucía notaba que Álvaro no estaba nada entusiasmado.

En cuanto nazca el niño, Álvaro cambiará. Entenderá lo que es la felicidad se repetía, sin saber que su marido tenía un alma dañina.

Álvaro se tiró a la calle: Es que tengo mucho viaje por trabajo. Eso decía a Lucía, que le creía a pies juntillas. No se quejaba ante sus suegros si él desaparecía días o no dormía en casa. Solo esperaba, cocinando guisos y ordenando, nostálgica de su pueblo, sus amigas y, extrañamente, cada vez se le venía más a la cabeza Pepe.

Ahora dudaba de si no se habrá equivocado de camino. A veces le preguntaba a su marido si la quería, pero él nunca respondía claro. Doña Isabel observaba la tristeza de Lucía y comprendía que Álvaro no era un gran marido.

Cuando nació el niño, hubo alegría en la casa. Incluso Álvaro se emocionó al principio, pero poco duró. Los llantos, los pañales y las noches en vela pronto le sacaron de quicio. Lucía, agotada, apenas podía cocinar ya, y Álvaro sentía ganas de huir.

Además, notó que sus antiguas amigas lo habían dejado de lado:

¿Quién quiere nada con un casado?

A nadie le contaba de su familia. Sabía bien que Lucía era de aldea y sin estudios.

¿Qué hago con ella cuando el niño crezca? No quiero tener una mujer que termine de limpiadora; la reputación de la familia, pensaba. Mejor hubiera sido el divorcio y pagar la pensión.

Álvaro tenía una relación fija con Carmen, una mujer independiente, con su piso en Chamberí y dinero, que no quería oír ni hablar de hijos. Allí se sentía libre, salían y se divertían.

Carmen, ni te imaginas cómo me asfixia la rutina en casa. Ni quiero a Lucía ni al niño. Es guapa, pero solo sabe de vacas y campo. Me aburro, y me da vergüenza sacarla por Madrid.

Lucía empezó a darse cuenta de que ese matrimonio no era lo que soñó. Ya sospechaba lo de otra mujer. Él llegaba con olor a perfumes caros y manchas de pintalabios en la camisa. Gritos, indiferencia hacia su hijo, algún empujón.

Decidió contárselo a su madre, que respondió:

Nadie te obligó a casarte con Álvaro, fuiste tú quien lo eligió. Si te hartas, vuelve, pero para siempre.

Lucía se sentía derrotada. Una noche miró el móvil de su marido mientras dormía y encontró mensajes muy explícitos entre Álvaro y Carmen. Se lo contó a Isabel, su suegra. Ella contestó con frialdad:

Si piensas en divorciarte, ten clara una cosa: el niño se queda aquí. Sabes la posición de mi marido. Álvaro es su padre, tiene un buen pasar, un piso propio. ¿Qué puedes ofrecerle tú?

Una noche, el niño lloraba con fiebre y Álvaro andaba harto. Carmen le mandó un mensaje proponiendo que diera algo para dormir a Lucía y al niño, así podría escaparse.

Cuando Álvaro fue al baño dejando el móvil, Lucía leyó horrorizada el mensaje.

¿Y si de verdad les diera algo? ¿Y si pasara algo malo?

Aterrada, llamó a Pepe y le contó lo sucedido.

Ven, te recojo y te llevo al pueblo.

Su familia dice que me van a quitar al niño lloraba ella.

No te preocupes, eso son amenazas para asustarte. Tranquilízate, duerme un poco y cuando él se vaya, me llamas. Estaré cerca.

Lucía acunó a su hijo, fingió dormir con él. Esperó que Álvaro la mirara y al poco rato escuchó cómo se iba. Entonces, en cuanto la puerta se cerró, recogió lo necesario y llamó a Pepe, que apareció enseguida y la llevó a su antigua casa.

Al día siguiente, Álvaro volvió y no encontró a su mujer ni al niño. Llamó a sus padres.

No, hijo, no han venido le dijo Isabel, presa del nerviosismo. ¿Habrán huido? Voy a llamar a la policía.

No, mamá, déjalo, por favor. Mejor así. Quédate tranquila.

Pasaron los meses. Pepe y Lucía se casaron, después de que ella se divorciara de Álvaro. Se instalaron en aquella casa grande, esperando otro hijo. Y, al fin, Lucía tuvo la certeza de que su felicidad estaba junto a Pepe, en el pueblo de toda la vida.

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