Ponte el abrigo, fuera hace muchísimo frío. Vas a pillar un catarro.
Clara acercó a Berta la bufanda de lana, verde botella, la misma que la chica había elegido encantada en el mercado de La Latina hacía apenas un mes.
¡Tú no eres mi madre! ¿Lo entiendes?
El grito partió el aire del recibidor. Berta lanzó la bufanda al suelo como si quemara en sus manos.
Berta, solo quiero
¡Y jamás lo serás! ¿Me oyes? ¡Jamás!
La puerta dio un portazo. Los cristales vibraron con el golpe, y la casa se llenó del aire helado de la escalera.
Clara no se movió del sitio. La bufanda yacía arrugada a sus pies, inútil, como una promesa incumplida. Las lágrimas le ardían en la garganta. Apretó los labios y miró el techo, luchando por no llorar. No ahora
Seis meses atrás, Clara se había imaginado una vida muy distinta. Cenas familiares llenas de risas. Charlas hasta tarde. Quizá alguna excursión a la Sierra. Ignacio, su marido, hablaba maravillas de su hija: que era lista, sensible, pero retraída desde la muerte de su madre. Solo necesita tiempo, le decían todos. Volverá a confiar.
El tiempo pasaba. Berta no cambiaba.
Desde el primer día en que Clara cruzó el umbral de ese piso en Chamberí, no como invitada sino como esposa de Ignacio, la muchacha levantó un muro. Cualquier gesto de acercamiento chocaba con un muro de hielo: prefiero hacerlo sola a cualquier oferta de ayuda; estoy ocupada si la invitaba a dar un paseo; un silencio gélido ante cualquier cumplido.
Yo ya tengo madre le soltó Berta el segundo día de convivencia, en el desayuno. Ignacio llegaba tarde al despacho y apuraba el café.
Tuviste, y seguirás teniendo. Tú aquí no pintas nada.
Ignacio tosió incómodo, mascullando algo conciliador. Clara sonrió a medias y guardó silencio.
La situación solo empeoró con el tiempo.
Berta ya no gritaba cuando su padre estaba presente. Ahora era más sutil: fingía que Clara no existía, le respondía cortante, abandonaba la habitación en cuanto la veía entrar.
Papá era distinto antes dejó caer Berta una noche, revolviendo las lentejas. Antes de que vinieras. Hablaba conmigo. Ahora…
No terminó la frase, hundiéndose en el plato. Ignacio palideció. Clara dejó el tenedor y ya no pudo volver a probar bocado.
Ignacio iba de una a otra como un náufrago. Por las noches entraba en la habitación que compartía con Clara habitación que ella nunca llegó a sentir suya y le pedía paciencia.
Es solo una niña. Dale tiempo.
Luego buscaba a Berta y trataba de convencerla.
Clara lo hace todo con cariño. Dale una oportunidad.
Clara solía oír esas conversaciones tras la pared. El tono cansado de Ignacio, las respuestas cortantes de Berta, llenas de rabia.
Él estaba agotado, lo notaba en esa arruga entre las cejas, cada día más marcada; en su forma de saltar cuando madre e hija coincidían en la misma estancia; y en las ojeras que ensombrecían su mirada.
Pero tomar partido, no lo hacía. O no podía.
Clara recogió la bufanda. Instintivamente la sacudió y la colgó en el perchero. Cruzó al salón y, como cada vez, se detuvo en seco
Las paredes rebosaban fotografías: en baldas, en el aparador, junto a las plantas del ventanal. Una mujer rubia, sonriente. La misma mujer con una pequeña Berta en brazos. Ignacio joven, feliz, irreconocible. Bodas, vacaciones, navidades. Marta, la primera esposa. La fallecida.
Sus vestidos aún ocupaban espacio en los armarios: faldas floreadas perfumadas de lavanda; su maquillaje en la repisa del baño; sus zapatillas junto a la puerta, como si en cualquier momento fuera a volver con el pan.
Mamá cocinaba esto mejor, solía decir Berta en la mesa.
Mamá nunca habría hecho eso.
A mamá no le habría gustado.
Cada comparación era un puñal invisible. Clara sonreía, asentía y tragaba el orgullo con cada cucharada. Y de noche, insomne, se preguntaba: ¿cómo se compite contra un recuerdo? ¿Cómo ocupar el lugar de una mujer que, con el tiempo, solo se vuelve más perfecta?
Ignacio seguía amando a Marta. Clara lo supo desde el principio. Él miraba las fotos con nostalgia, escuchaba los recuerdos de Berta y volvía a cerrarse en sí mismo.
¿Qué era ella para Ignacio? ¿Un intento de rehacer su vida? ¿Un bálsamo contra la soledad? ¿Alguien que estaba ahí en el momento oportuno?
En las noches, cuando Ignacio dormía, Clara se quedaba mirando el techo: un techo extraño, en una casa extraña, donde nunca se sintió parte. Veía con claridad que su matrimonio se resquebrajaba. Que Ignacio no había enterrado su pasado. Que Berta jamás la aceptaría.
Y que, quizás, Clara había cometido el mayor error de su vida.
La certeza la asaltó en esas horas lentas y calladas del amanecer. Ignacio dormía profundamente, de espaldas. Siempre conciliaba el sueño rápidamente, pero Clara se quedaba afrontando sus pensamientos, las sombras de la calle en la pared, y la fotografía de Marta en la cómoda, que nunca se atrevió a guardar.
Basta.
La decisión llegó tan fría como lúcida. No podía luchar contra recuerdos. Ni ocupar el altar de una santa para esa familia.
Clara se incorporó en la cama. Ignacio ni se movió.
Tres días después fue sola al juzgado del distrito, con su DNI y el libro de familia. Cumplimentó los papeles con letra clara. La funcionaria la atendió con un suspiro de rutina; habría visto historias iguales cada día.
Clara…
Ignacio encontró los papeles por la tarde, inmóvil en la cocina.
¿Qué significa esto?
Léelo, dijo sin dejar de fregar los platos. He pedido el divorcio.
Pero… ¿Por qué? ¿Sin hablarlo…?
¿Qué deberíamos hablar, Ignacio?
Clara cerró el grifo, se secó las manos y le miró a los ojos.
Me cansé de vivir en un museo. Cansada de ser la otra. De ver cómo miras sus fotos. De oír a tu hija repetir que no soy nadie.
Berta solo es una niña, no lo entiende…
Claro que lo entiende. Y tú también. Solo que no queréis admitirlo.
Ignacio se acercó y la sostuvo por los hombros, con mucho cuidado.
Clara, hablemos. Puedo cambiarlo. Hablaré con Berta, guardaré las fotos. Podemos empezar de nuevo…
Sigues amando a Marta.
No fue una pregunta, sino una certeza. Le bastó mirarle a los ojos para ver la respuesta, antes de que dijera nada.
Ignacio soltó sus manos y dio un paso atrás. Su cara envejeció en cuestión de segundos.
Clara asintió, sin sorpresa.
Berta estaba en su habitación, la puerta entornada. Al pasar Clara, la joven levantó la vista del móvil y sonrió, apenas, triunfalmente. Ella había ganado.
Las siguientes horas fueron de rutina. Armarios. Perchas. Maletas. El vestido que Ignacio le compró por el aniversario hace solo tres meses, ahora una eternidad. El perfume que eligió para ella comparando frascos. El libro que nunca terminaron juntos.
Clara dobló cada prenda en la maleta, sin pensar, solo ordenando.
La tarde se hizo interminable. Cuando terminó, se sentó junto a las dos maletas: eso era todo lo que quedaba de su intento de familia.
A las ocho pidió un taxi.
Cargó las maletas sola; el ascensor bajó sigiloso, ninguna puerta se abrió ni crujió en la escalera. Dejó las llaves encima del aparador.
El taxista la ayudó a cargar las cosas, y partieron. Clara no miró atrás.
Las farolas de Madrid dibujaban caminos de luz entre las avenidas. Algún vecino apresurado hacia el metro, las terrazas medio vacías… Muy atrás quedaba aquel piso lleno de recuerdos y fotografías, Ignacio atrapado en su amor perdido, y Berta aferrada a la memoria de su madre.
Clara miró por la ventanilla y por primera vez en mucho tiempo respiró hondo. La soledad asustaba, sí. Pero más miedo le daba vivir a la sombra de un fantasma.
Iba a empezar de cero. Sin marido, sin familia, sin falsas esperanzas. Pero, al menos, libre del peso de una comparación imposible.
Aprendió que para avanzar hay que cerrar ciclos, que el pasado no puede compartirse con el presente. Hay que dejar marchar a los fantasmas, por uno mismo y por quienes quedan. Solo así se encuentra, al fin, la paz.







